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Diez horas de caza

Editado
© Cristian A. Tello
30 de diciembre del 2003
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Diez horas de caza
IX

En este mundo todo tiene un límite, aún en los cotos.

Apareció un bosquecillo que cortaba la pradera; un kilómetro más, y llegaba a él. Continué andando sin apretar el paso y llegué al bosque.

A lo lejos; pero muy lejos, se oían tiros.

“Gran caza están haciendo, pensé. De seguro no van a dejar absolutamente nada para el año que viene.”

Entonces se me ocurrió que quizás tendría más suerte en el bosque que en la pradera. En los árboles habría cuando menos inocentes gorriones, de los que nos ponen en la fondas de lujo como alondras.

El demonio de la caza había tomado posesión de mí. ya no llevaba la escopeta al hombro; la cargué, alcé el gatillo, y empecé a mirar con cuidado a derecha e izquierda.

¡Nada! Los gorriones, temiendo sin duda a las fondas de París, se ocultaban. Una o dos veces apunté, pero eran hojas que se movían con el viento, y no quería tirar sobre la hojas.

Eran las cinco; debía estar dentro de cuarenta minutos en la posada para comer, antes de tomar el coche que debía de volver a Amiens a hombres y bestias, vivos o muertos.

Seguí el camino siempre con cuidado.

De pronto me detuve. El corazón me saltaba de su sitio.

Entre unas matas, a cincuenta pasos, había algo.

Era oscuro, con bordes plateados y un punto rojo como una escarapela ondulante. De seguro algún ave u otro animal de pelo y pluma. Dudaba si sería una liebre o un faisán. ¿porqué no? ¿qué haría si al volver a ver a mis compañeros llevaba en mi saco el cadáver de un faisán?

Me aproximé con cuidado con la escopeta preparada. Contenía la respiración. Estaba emocionado. Sí, emocionado como Bretignot, Maximon y Duvauchelle reunidos.

Cuando estuve cerca, a unos veinte pasos, me arrodillé con objeto de hacer mejor la puntería. El ojo derecho abierto, el izquierdo cerrado. Apunté e hice fuego.

-¡Le he dado! -exclamé fuera de mí. Y lo que es esta vez nadie me disputará mi derecho.

En efecto, había visto volar algunas plumas, o quizás pelos.

No teniendo perro, me precipité entre las ramas, ví al animal inmóvil, no dando el menor signo de vida, lo cogí...

¡Era un sombrero de gendarme, bordado de plata, con la escarapela roja! Afortunadamente, el sombrero no estaba en la cabeza de su propietario cuando yo disparé.

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