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La vuelta al mundo en 80 días
Editado
© Ariel Pérez
8 de noviembre del 2001
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La vuelta al mundo en ochenta días
Capítulo X
En el cual Picaporte tiene la fortuna de salir bien, perdiendo su calzado

Nadie ignora que la India, ese vasto triángulo inverso cuya base está al norte y la punta al sur, comprende una superficie de un millón cuatrocientas mil millas cuadradas, sobre la cual se halla desigualmente esparcida una población de ciento ochenta millones de habitantes. El gobierno de la Gran Bretaña ejerce un dominio real sobre cierta parte de ese inmenso país. Tiene un gobernador general en Calcuta, gobernadores en Madrás, Bombay y Bengala, y un teniente gobernador en Agra.

Pero la India inglesa, propiamente dicha, sólo mide una superficie de setecientas mil millas cuadradas y una población de ciento a ciento diez millones de habitanes. Mucho decir es que una notable parte del territorio se haya librado hasta hoy de la autoridad de la reina; y, en efecto, entre algunos rajahs del interior, fieros y terribles, la independencia india es aún absoluta.

Desde 1756, época en que se fundó el primer establecimiento inglés en el lugar ocupado hoy por la ciudad de Madrás, hasta el año en que estalló la gran insurrección de los cipayos, la célebre Compañía de Indias fue omnipotente. Paulatinamente iba agregando a sus dominios las diversas provincias adictas a los rajahs por medio de rentas que no pagaba o pagaba mal; nombraba un gobernador general y todos los empleados civiles y militares; pero esto ya no existe, y las posesiones inglesas de la India dependen de la Corona directamente.

Por eso el aspecto, las costumbres y las divisiones etnográficas de la península tienden a modificarse diariamente. Antes se viajaba por todos los antiguos medios de transporte, a pie, a caballo, en carro, en carretilla, en litera, a cuestas de otro, en coach, etc. Ahora unos barcos de vapor recorren a gran velocidad el Indo y el Ganges, y un ferrocarril que cruza la India en toda su anchura, ramificándose en su trayecto, pone a Bombay a tres días tan sólo de Calcuta.

El trazado de este ferrocarril no sigue la línea recta a través de la India. La distancia a vuelo de pájaro sólo es de mil a mil cien millas, y los trenes, aun con la velocidad media, no invertirían tres días en el trayecto; pero esta distancia está aumentada en una tercera parte al menos por la curvas que describe el camino al ascender hasta Allahabad, al norte de la península.

He aquí, en suma, el trazado del Great Indian Peninsular Railway. Partiendo de Bombay, atraviesa Salcette, salta al continente frente a Tannah, cruza la sierra de los Ghatos Occidentales, corre al noroeste hasta Burhampur, surca el territorio casi independiente en Bundelkund, sube hasta Allahabad, se inclina al este, encuentra el Ganges en Benarés, se desvía ligeramente, y volviendo al sudeste por Burdivan y la ciudad francesa de Chandernagor, va a formar cabeza de línea en Calcuta.

Eran las cuatro y media de la tarde cuando los pasajeros del Mongolia habían desembarcado en Bombay y el tren de Calcuta partía a las ocho en punto.

Mister Fogg se despidió de sus compañeros, salió del vapor, ordenó a su criado que hiciera algunas compras, le recomendó expresamente que estuviera antes de las ocho en la estación, y con su paso regular, que había seguido como el péndulo de un reloj astronómico, se encaminó a la oficina de pasaportes.

Por lo que se desprende de esto, nada pensaba ver de las maravillas de Bombay, ni la casa de la ciudad, ni la magnífica biblioteca, ni los fuertes, ni los docks, ni el mercado de algodones, ni los bazares, ni las mezquitas, ni las sinagogas, ni las iglesias armenias, ni la espléndida pagoda de Malebar-Hill, adomada con dos torres poligonales. No contemplaría las obras maestras de Elefanta, ni sus misteriosos hipogeos, ocultos al sudeste de la rada, ni las grutas kankerias de la isla de Salcette, soberbios vestigios de la arquitectura budista.

¡No, nada! Al salir de la oficina de pasaportes, Phileas Fogg se fue pausadamente a la estación, y allí se hizo servir la comida. Entre otros manjares, el fondista creyó deber recomendarle cierto guisado de conejo del país, que le ponderó muchísimo.

Phileas Fogg aceptó el guisado y lo probó concienzudamente, pero, a pesar de la salsa, le pareció detestable.

Llamó al fondista.

-Señor -le dijo mirándole de hito en hito-, ¿es esto conejo?

-Sí, milord -respondió descaradamente el perillán-, conejo de este país.

-¿Y no ha maullado cuando le han muerto?

-¡Maullado! ¡Oh, milord! ¡Un conejo! Le juro...

-Señor fondista -replicó con fría entonación mister Fogg-, no jure, y acúerdese usted de esto: antiguamente en la India los gatos eran animales sagrados. Era el buen tiempo.

-¿Para los gatos, milord?

-Y tal vez lo fuera también para los viajeros.

Después de esta observación, mister Fogg siguió comiendo con calma.

Algunos momentos después que mister Fogg, el agente Fix desembarcó también del Mongolia y fue corriendo a entrevistarse con el director de la policía de Bombay. Le dio a conocer la misión de que estaba encargado y su situación acerca del presunto autor del robo. ¿Se había recibido de Londres una orden de prisión?... No se había recibido nada. Y, en efecto, la orden no podía haber llegado aún.

Fix quedó desconcertado. Quiso conseguir del director la orden, pero le fue negada. Era asunto que competía a la administración metropolitana, siendo ella la única que podía expedir legalmente un mandato de prisión. Esta severidad de principios, esta observancia rigurosa de la ley, se explica muy bien por las costumbres inglesas, que en materia de libertad individual no admiten arbitrariedad alguna.

Fix no insistió, y comprendió que debía resignarse a esperar la orden; pero resolvió no perder de vista a su impenetrable bribón durante todo el tiempo que permaneciera en Bombay. No tenía duda de que allí se detendría algún tiempo Phileas Fogg, convicción de que participaba Picaporte, lo cual daría lugar a la llegada del mandato.

Pero desde las últimas órdenes que le diera su amo, Picaporte había comprendido que en Bombay sucedría lo que en Suez y París, y que el viaje no terminaría allí y se proseguiría, por lo menos, hasta Calcuta y acaso más lejos. Y empezó a pensar si la apuesta sería cosa formal, y si la fatalidad no le llevaba a él, que quería vivir descansado, a dar la vuelta al mundo en ochenta días.

Entretanto, y después de haber adquirido algunas camisas y calcetines, se paseaba por las calles de Bombay. Había gran concurrencia, y en medio de europeos de todas procedencias, veíanse persas con gorros puntiagudos, bunhyas con turbantes redondos, indios con bonetes cuadrados, armenios con traje largo y parsis con mitra negra. Era, precisamente, una fiesta que celebraban los parsis o gnebros, descendientes directos de los sectarios de Zoroastro, que son los más industriosos, civilizados, inteligentes y austeros de todos los indios, raza a que pertenecen hoy los comerciantes indígenas más ricos de Bombay. Aquel día celebraban una especie de carnaval religioso, con procesiones y festejos, en los cuales tomaban parte bayaderas vestidas con gasas recamadas de oro y plata, y que al son de gaitas y tantanes danzaban maravillosamente, y por otra parte con perfecta decencia.

Innecesario es insistir aquí en qué Picaporte contemplaba tan curiosas cremonias, y era todo ojos y oídos para ver y escuchar, y dando a su fisonomía la facha de booby más perfecto que puede imaginarse.

Por desgracia para él y para su amo, cuyo viaje estuvo a punto de comprometer, su curiosidad le llevó más lejos de lo que convenía.

Después de haber visto ese carnaval parsi, Picaporte se dirigía a la estación, cuando, al pasar por delante de la magnífica pagoda de Malebar-Hill, tuvo la desventurada idea de visitarla por dentro.

Ignoraba dos cosas: que la entrada a ciertas pagodas indias está prohibida formalmente a los cristianos, y segundo, que aun los mismos creyentes no pueden entrar sin dejar antes el calzado a la puerta. Debemos consignar aquí que, por razones de sana política, el gobierno inglés, respetando y haciendo respetar hasta en sus más insignificantes pormenores la religión del país, castiga con todo rigor a cualquiera que infrinja sus prácticas.

Picaporte entró al templo sin pensar en lo que hacía, como un simple viajero, y admiraba ese deslumbrador oropel de la ornamentación brahmánica, cuando, inesperadamente, fue derribado sobre las sagradas losas del templo. Tres sacerdotes, con mirada furiosa, se arrojaron sobre él, arrancaron sus zapatos y calcetines y comenzaron a tundirlo a golpes, prorrumpiendo en salvaje gritería.

El francés, vigoroso y ágil, se levantó con viveza. De un puñetazo y de un puntapié derribó a dos adversarios muy entorpecidos con su traje talar, y lanzándose fuera de la pagoda con tanta velocidad como sus piernas le permitían dejó muy pronto atrás al tercer indio, que había salido en su seguimiento amotinando a la multitud.

A las ocho menos cinco, algunos minutos antes de emprender la marcha el tren, sin sombrero, descalzo y habiendo perdido su paquete de compras, Picaporte llegaba al ferrocarril.

Allí, en el andén, estaba Fix, que había seguido a Fogg hasta la estación, comprendiendo que aquel tunante partía de Bombay. Tomó la inmediata resolución de acompañarle a Calcuta, y más lejos si necesario fuese. Picaporte no vio a Fix, que estaba en la sombra, pero Fix oyó el relato de las aventuras que Picaporte estaba haciendo brevemente a su amo.

-Espero que no le volverá a suceder -respondió simplemente Phileas Fogg, tomando asiento en uno de los vagones del tren.

El pobre mozo, desconcertado y descalzo, siguió a su amo sin pronunciar palabra.

Fix iba a subir a otro vagón, cuando una idea que modificó repentinamente su proyecto de partida, le detuvo.

-No; me quedo -dijo-. Un delito cometido en territorio indio... Ya tengo asegurado a mi hombre.

En aquel momento, la locomotora lanzó un vigoroso silbido, y el tren desapareció en la oscuridad.

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