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La vuelta al mundo en 80 días
Editado
© Ariel Pérez
8 de noviembre del 2001
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La vuelta al mundo en ochenta días
Capítulo XIII
Donde Picaporte demuestra una vez más que la fortuna ayuda siempre a los audaces

El intento era atrevido, lleno de dificultades, de imposible realización quizá. Mister Fogg iba a arriesgar su vida o, al menos, su libertad, y por lo tanto, el éxito de sus proyectos, pero no vaciló. Tenía además en sir Francis Cromarty un decidido auxiliar.

En cuanto a Picaporte, estaba preparado y se podía disponer de él. La idea de su amo le exaltaba. La sentía con alma y corazón bajo aquella corteza de hielo, y se iba encariñando con él de veras.

Quedaba el guía. ¿Qué partido tomaría en el asunto? ¿No se inclinaría en favor de sus compatriotas?

A falta de concurso, era menester asegurar, cuando menos, su neutralidad.

Sir Francis le planteó la cuestión con franqueza.

-Mi oficial -respondió el guía-, soy parsi, y mi mujer es parsi; dispongan usetdes de mí.

-Bien, guía -dijo mister Fogg.

-Sin embargo, sépanlo ustedes bien -repuso el parsi-; no tan sólo arriesgamos nuestras vidas, sino que nos arriesgaremos a sufrir suplicios horribles si nos cogen. Mirénlo, pues.

-Mirado está -respondió mister Fogg-. Creo que debemos aguardar la noche para obrar.

-Así opino yo también -respondió el guía.

El valiente indio expuso entonces algunos pormenores acerca de la víctima. Era una india de célebre belleza y de raza parsi, hija de acaudalados comerciantes de Bombay. Había recibido en esta ciudad una educación completamente inglesa y por sus modales e instrucción hubiera pasado por europea. Se llamaba Aouda.

Huérfana, fue casada a pesar suyo con aquel viejo rajah de Bundelkund. Tres meses después enviudó, y sabiendo la suerte que le esperaba se escapó, pero fue cogida en su fuga, y los parientes del rajah, que tenían interés en su muerte, la condenaron a aquel suplicio, del cual era difícil que se escapase.

Semejante relación de hechos tenía que arraigar en mister Fogg y sus compañeros su generosa resolución. Se decidió que el guía conduciría el elefante hacia la pagoda de Pillaji, a la cual debía acercarse todo lo posible.

Media hora después se hizo alto en un bosque a quinientos pasos de la pagoda, que no podía percibirse, pero los alaridos de los fanáticos se oían con toda claridad.

Los medios de llegar hasta la víctima fueron discutidos entonces. El guía apenas conocía aquella pagoda de Pillaji, en la cual afirmaba que la joven estaba encarcelada. ¿Podía penetrarse por una de las puertas cuando toda la banda estuviese sumida en el sueño de la embriaguez, o sería necesario abrir un boquete en la pared? Esto no podía decidirse sino en el momento y en el mismo lugar de la acción; pero lo indudable era que el rapto debía llevarse a cabo aquella misma noche, y no cuando la víctima fuese conducida al suplicio, porque entonces ninguna intervención humana podría salvarla.

Mister Fogg y sus compañeros aguardaron la noche, y tan pronto como llegó la oscuridad, hacia las seis de la tarde, resolvieron efectuar un reconocimiento alrededor de la pagoda. Los últimos gritos de los faquires se extinguieron entonces. Según su costumbe, aquellos indios debían hallarse entregados a la pesada embriaguez del hang, opio líquido, mezclado con infusión de cáñamo, y quizá sería posible deslizarse entre ellos hasta el templo.

El parsi, guiando a mister Fogg, al brigadier sir Francis Cromarty y a Picaporte, se deslizó cautelosamente hacia la pagoda a través del bosque. Después de arrastrarse en silencio durante diez minutos por las matas, llegaron al borde de un riachuelo y allí, a la luz de las antorchas de hierro impregnadas de resina, divisaron un montón de leña apilada. Era la hoguera formada con sándalo precioso y bañada ya con aceite perfumado. En su parte posterior descansaba, embalsamado, el cuerpo del rajah, que debía arder al mismo tiempo que la viuda. A cien pasos de esta hoguera se elevaba la pagoda, cuyos alminares se esfumaban en la sombra por encima de los árboles.

-Vengan ustedes -dijo el guía.

Y redoblando las precauciones, seguido de sus compañeros, se deslizó en silencioso a través de las altas hierbas.

El silencio sólo era interrumpido por el murmullo del viento en las ramas.

Poco después el guía se detuvo en la extremidad de un claro iluminado por algunas antorchas. El suelo aparecía cubierto de grupos de durmientes entorpecidos por la embriaguez. Parecía un campo de batalla sembrado de muertos. Hombres, mujeres, niños, todos estaban mezclados. Algunos había acá y acullá que dejaban oír el ronquido de la embriaguez.

Al fondo, entre la masa de árboles, se alzaba confusamente el templo de Pillaji; pero, con gran despecho por parte del guía, los guardias del rajah, alumbrados por antorchas fuliginosas, vigilaban la puerta paseándose sable en mano. Había que suponer que en el interior los sacerdotes estarían velando también.

El parsi no se adelantó más, porque había reconocido la imposibilidad de forzar la entrada del templo, e hizo retroceder a sus acompañantes.

Phileas Fogg y sir Francis Cromarty habían comprendido, como él, que no podían intentar nada por aquella parte.

Se detuvieron y conferenciaron en voz baja.

-Aguardemos -dijo el brigadier general-; no son mas que las ocho todavía, y es probable que esos guardias sucumban también al sueño.

-Probable es, en efecto -admitió el parsi.

Phileas Fogg y sus compañeros se recostaron al pie de un árbol y esperaron.

El tiempo se les hacía muy largo. De vez en cuando el guía los dejaba e iba a observar. Los guardias del rajah seguían vigilando cuidadosamente a la luz de las antorchas, y una luz vaga se filtraba por las ventanas de la pagoda.

Esperaron hasta medianoche. La situación no variaba en nada. Había fuera la misma vigilancia, y era evidente que no podía contarse con el sueño de los guardias. La embriaguez del hang les había sido probablemente dispensada. Era necesario obrar de otro modo y penetrar por una abertura hecha en la muralla de la pagoda. Restaba la cuestión de saber si los sacerdotes vigilaban cerca de su víctima con tanto celo, como los soldados en la puerta del templo.

Después de otra conversación, el guía estuvo dispuesto a marchar. Mister Fogg, sir Francis y Picaporte le siguieron. Dieron una vuelta bastante larga con objeto de alcanzar la pagoda por detrás.

A las doce y media de la noche llegaron al pie de los muros sin haber encontrado a nadie. Ninguna vigilancia existía por ese lado, pero tampoco había en él ni puerta ni ventanas.

La noche era sombría. La luna, entonces en su último cuarto, aparecía apenas en el horizonte, encapotado con algunos nubarrones. La altura de los árboles aumentaba aún más la oscuridad.

Pero no bastaba haber llegado al pie de las murallas; era preciso abrir un boquete, y para esta operación, Phileas Fogg y sus compañeros no tenían otra cosa que navajas. Por fortuna las paredes del templo estaban hecha de una mezcla de ladrillos y madera, que no era difícil de perforar. Una vez quitado el primer ladrillo, los otros seguirían fácilmente.

Comenzaron a trabajar haciendo el menor ruido posible. El parsi por un lado y Picaporte por otro trabajaban en arrancar los ladrillos, de manera que pudiera obtenerse un boquete de dos pies de anchura.

El trabajo adelantaba, cuando se oyó un grito en el interior, y casi al punto le respondieron desde fuera con otros gritos.

Picaporte y el guía interrumpieron su trabajo. ¿Los habrían descubierto? ¿Se había dado el alerta? La prudencia más elemental les recomendaba que se fueran, lo cual hicieron al propio tiempo que Phileas Fogg y sir Francis Comarty. Se ocultaron de nuevo bajo la espesura del bosque, aguardando que la alarma, si la había, se desvaneciese, y dispuestos a proseguir la operación inmediatamente.

Pero, ¡contratiempo funesto! Unos guardias aparecieron al otro lado de la pagoda, instalándose allí para impedir la aproximación.

Difícil sería escribir el despecho de aquellos cuatro hombres que se veían interrumpidos en su tarea. Sin poder llegar hasta la víctima, ¿cómo la salvarían? Sir Francis Cromarty se roía los puños. Picaporte estaba fuera de sí y apenas podía contenerle el guía. El impasible Fogg aguardaba, sin expresar sus sentimientos.

-¿Ya no nos resta más que reanudar nuestro viaje? -preguntó el briadier general en voz baja.

-No tenemos otro remedio -respondió el guía.

-Aguarden aún -dijo Fogg-. Me basta llegar a Allahabad antes del mediodía.

-¿Pero qué espera usted? -inquirió sir Francis Cromarty-. Dentro de algunas horas será de día, y...

-La probabilidad, que se nos puede aparecer de nuevo en el momento supremo.

El brigadier general hubiera querido leer en los ojos de Phileas Fogg.

¿Con qué pensaba contar aquel inglés frío y calmoso? ¿Quería precipitarse sobre la joven en el momento del suplicio y arrebatarla a sus verdugos abiertamente?

Hubiera sido una locura, y no podía admitirse que aquel hombre estuviera loco hasta ese punto. No obstante, sir Francis consintió en esperar hasta el desenlace de tan terrible escena; pero el guía no dejó a sus compañeros en el paraje donde se habían refugiado, sino que los condujo al sitio que precedía a la plazoleta donde dormían los indios. Abrigados por un grupo de árboles, nuestros viajeros podrían observar lo que había de pasar sin ser vistos para proceder en el momento oportuno.

Entretanto, Picaporte, sentado en las primeras ramas de un árbol, estaba rumiando una idea que primeramente había cruzado por su mente como un relámpago, y acabó por incrustarse en su cerebro.

Había comenzado a decir para sí: ¡Qué locura! Y entonces repetía: ¿Y porqué no? ¡Es una probabilidad, quizá la única, y con semejantes brutos! ...

En todo caso, Picaporte no formuló de otro modo su pensamiento; pero no tardó en deslizarse con flexibilidad de serpiente bajo las ramas inferiores del árbol, cuya extremidad se inclinaba sobre el suelo.

Las horas pasaban, y bien pronto algunos matices menos sombríos anunciaron la proximidad del día. Sin embargo la oscuridad era profunda.

Aquel era el momento preciso. Hubo como una resurrección en la adormecida multitud. Los grupos se animaron. Resonaron los golpes de tantán, y estallaron otra vez los gritos y los cánticos. Para la infortunada víctima había llegado la hora de la muerte.

En el acto, las puertas de la pagoda se abrieron. Una luz viva se escapó del interior. Y mister Fogg y sir Francis Cromarty pudieron percibir a la víctima vivamente alumbrada, que dos sacerdotes sacaban fuera. Hasta les pareció que, sacudiendo el entorpecmiento de la embriaguez por un supremo instinto de conservación, la desgraciada intentaba huir de entre las manos de sus verdugos. El corazón de sir Francis Cromarty palpitó, y por un movimiento convulsivo, asiendo la mano de Phileas Fogg, sintió que esta mano sostenía una navaja abierta.

En aquel momento, la multitud se puso en movimiento. La joven había caído en ese entorpecimiento provocado por el humo del cáñamo. Pasó por entre los faquires que la escoltaban con sus vociferaciones religiosas.

Phileas Fogg y sus compañeros la siguieron, mezclándose entre las últimas filas de la multitud.

Dos minutos más tarde llegaban al borde del río y se detenían a menos de cincuenta pasos de la hoguera, sobre la cual estaba el cuerpo del rajah. Entre la semioscuridad vieron a la víctima inerte, tendida junto al cadáver de su esposo.

Enseguida acercaron una tea, y la leña impregnada de aceite se inflamó inmediatamente.

Entonces sir Francis y el guía retuvieron a Phileas Fogg, que en un momento de generosa demencia intentaba arrojarse sobre la hoguera...

Pero Phileas Fogg los había ya repelido, cuando la escena cambió de repente. Hubo un grito de terror, y toda aquella muchedumbre se arrojó a tierra amedrentada.

Supusieron que el viejo rajah no había muerto, puesto que le vieron de repente levantarse, tomar a la joven mujer en sus brazos y bajar de la hoguera en medio de torbellinos de humo que le daban una apariencia de espectro.

Los faquires, los guardias, los sacerdotes, acometidos de súbito terror, hallábanse tendidos boca abajo sin atreverse a levantar la vista ni mirar semejante prodigio.

La inanimada víctima pasó a los vigorosos brazos que la llevaban, sin que les pareciese pesada. Fogg y Francis habían permanecido de pie; el parsi había inclinado la cabeza.

El resucitado llegó adonde estaba mister Fogg y sir Francis Cromarty, y con voz breve, dijo:

-¡Huyamos!

¡Era Picaporte en persona, quien se había deslizado hasta la hoguera en medio del denso humo! ¡Era Picaporte, que, aprovechando la oscuridad que reinaba aún, había libertado de la muerte a la joven! ¡Era Picaporte, quien haciendo su papel con gran audacia, pasaba por en medio del espantado público con la mujer en brazos!

Un instante después, los cuatro desaparecieron por la selva a lomos del elefante, que trotaba rápidamente. Pero entonces, los gritos, los clamores y una bala que atravesó el sombrero de Phileas Fogg les anunció que el ardid había sido descubierto en aquellos momentos.

En efecto, sobre la inflamada hoguera se destacaba entoces el cuerpo del viejo rajah. Los sacerdotes, repuestos de su espanto, habían comprendido que acababa de efectuarse un rapto ante sus mismos ojos.

Al punto se precipitaron al bosque siguiéndoles los guardias, que hicieron una descarga general; pero los raptores huían rápidamente, y en pocos momentos se hallaron fuera del alcance de las balas y de las flechas.

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