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La vuelta al mundo en 80 días
Editado
© Ariel Pérez
8 de noviembre del 2001
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La vuelta al mundo en ochenta días
Capítulo XXV
Donde se da una breve reseña de San Francisco en día de mitin

Eran las siete de la mañana cuando Phileas Fogg, mistress Auda y Picaporte pusieron el pie en el continente americano, si es que puede darse ese nombre al muelle flotante en que desembarcaron. Esos muelles, que suben y bajan con la marea, facilitan la carga y descarga de los buques. Allí se arriman los clippers de todas dimensiones, los vapores de todas las nacionalidades, y esos barcos de varios pisos, que hacen el servicio del Sacramento y sus afluentes. Allí se amontonan también los productos de un comercio que se extiende a México, Perú, Chile, Brasil, Europa, Asia y a todas las islas del océano Pacífico.

Picaporte, en su alegría de tocar por fin tierra americana, creyó que debía desembarcar dando un salto mortal del mejor estilo; pero al dar en el suelo, que era de tablas carcomidas, estuvo a punto de atravesarlo. Desconcertado del modo como se había apeado dio un grito estentóreo, que hizo volar una bandada de cuervos marinos y pelícanos, huéspedes habituales de los muelles flotantes.

Tan pronto como mister Fogg desembarcó, preguntó a qué hora salía el primer tren para Nueva York. Le dijeron que a las seis de la tarde, y por consiguiente, podía emplear un día entero en la capital de Califomia. Hizo traer un coche para mistress Auda y para él. Picaporte montó en el pescante, y el vehículo, a tres dólares la hora, se dirigió al hotel Internacional.

Desde el sitio elevado que ocupaba Picaporte observaba con curiosidad la gran ciudad americana: anchas calles, casas bajas bien alineadas; iglesias y templos de estilo gótico anglosajón; docks inmensos; depósitos como palacios, unos de madera, otros de ladrillo; en las calles muchos coches, ómnibus, tranvías y las aceras atestadas, no sólo de americanos y europeos, sino de chinos e indianos, que componían una población de doscientos mil habitantes.

Picaporte quedó bastante sorprendido de lo que veía, porque no tenía idea más que de la antigua ciudad de 1849, población de bandidos, incendiarios y asesinos, que acudían a la busca de pepitas de oro, inmenso tropel de todos los miserables, donde se jugaba el polvo de oro con el revólver en una mano y la navaja en la otra. Pero aquellos tiempos ya habían pasado, y San Francisco ofrecía el aspecto de una gran ciudad comercial. La elevada torre del Ayuntamiento, donde vigilan los guardias, dominaba todo aquel conjunto de calles y avenidas cortadas a escuadra, y entre las cuales había plazas con verdosos jardines, y después una ciudad china que parecía haber sido importada del Celeste Imperio en un joyero. Ya no había sombreros de anchas alas, ni camisas coloradas a usanza de los buscadores de placeres, ni indios con plumas, sino sombreros de seda y levitas negras llevadas por una multitud de caballeros dotados de actividad devoradora. Ciertas calles, entre otras, Montgommery Street, el Regent-Street de Londres, el bulevar de los italianos de París, el Broadway de Nueva York, estaban llenas de espléndidas tiendas que ofrecían en sus escaparates los productos de todo el mundo.

Cuando Picaporte llegó al hotel Internacional no creyó haber salido de Inglaterra.

El piso bajo del hotel estaba ocupado por inmenso bar, especie de buffet, abierto "gratis" para todo transeunte. Cecina, sopa de ostras, galletas y Chester, todo esto se despachaba allí sin que el consumidor tuviese que aflojar el bolsillo. Sólo pagaba la bebida, ale, oporto o jerez, si tenía el capricho de beber; esto pareció muy americano a Picaporte.

El restaurante del hotel era confortable. Mister Fogg y mistress Auda se instalaron en una mesa, y fueron abundantemente servidos en platos liliputienses por unos negros del más puro color de azabache.

Después de almorzar, Phileas Fogg, acompañado de mistress Auda, salió del hotel para ir a visar su pasaporte en el consulado inglés. Encontró en la acera a su criado, quien le preguntó si sería prudente, antes de tomar el ferrocarril del Pacífico, adquirir algunas carabinas "Enfield" o revólveres "Colt". Picaporte había oído hablar de los sioux y de los pawnies, que paran los ferrocarriles como simples ladrones. Mister Fogg respondió que era una preocupación; pero le dejó la libertad de obrar como le pluguiese, y después se dirigió a la oficina del agente consular.

Phileas Fogg no había andado doscientos pasos, cuando "por una de las más raras casualidades" encontró a Fix. El inspector se manifestó extraordinariamente sorprendido. ¡Cómo! ¡Habían hecho la travesía juntos sin verse a bordo! En todo caso, Fix no podía menos de considerarse honrado con la vista del caballero a quien tanto debía, y llamándole sus negocios a Europa, se alegraba mucho de proseguir su viaje en tan amable compañía.

Mister Fogg respondió que la honra era suya; y Fix, que no lo quería perder de vista, le pidió permiso para visitar con él aquella curiosa ciudad de San Francisco, lo cual no tuvo inconveniente en concederle.

Mistress Auda, Phileas Fogg y Fix, echaron, pues, a pasear por las calles, y no tardaron en hallarse en Montgommery Street, donde la afluencia de la muchedumbre era enorme. En las aceras, en medio de la calle, en los raíles del tranvía, a pesar del paso incesante de coches y ómnibus, en el umbral de las tiendas, en las ventanas de todas las casas, y aun en los tejados, había una multitud innumerable. En medio de los grupos circulaban hombres-carteles, y por el aire ondeaban banderas y banderolas, oyéndose una gritería inmensa por todos lados.

-¡Hurra por Kamerfield!

-¡Hurra por Mandiboy!

Era un mitin, al menos así lo pensó Fix, quien transmitió su creencia a mister Fogg, añadiéndole:

-Quizá haremos bien en no meternos entre esa batahola, porque sólo se reparten golpes.

-En efecto -admitió Phileas Fogg-, y los puñetazos, porque tengan el carácter de politicos, no dejan de ser puñetazos.

Fix creyó conveniente sonreírse al oír esta observación, y con objetivo de ver sin ser atropellados, mistress Auda, Phileas Fogg y él tomaron sitio en la meseta superior de unas gradas que dominaban la calle. Delante de ellos, y en la acera de enfrente, entre la tienda de un carbonero y un almacén de petróleo, se extendía un ancho mostrador al aire libre, hacia el cual convergían las diversas corrientes de la multitud.

¿Y por qué aquel mitin? ¿Con qué motivo se celebraba? Phileas Fogg lo ignoraba en absoluto. ¿Se trataba del nombramiento de un alto funcionario militar o civil, de un gobernador de Estado o de un miembro del Congreso? Permitido era conjeturarlo al ver la extraordinaria animación que tenía agitada a la población entera.

En aquel momento, hubo entre la multitud un movimiento considerable. Todas las manos estaban al aire. Algunas de ellas, sólidamente cerradas, se elevaban y bajaban, al parecer, entre vociferaciones, manera enérgica, sin duda, de formular un voto. Aquella masa de gente estaba agitada por remolinos semejantes a los producidos por las oleadas del mar. Las banderas oscilaban, desaparecían un momento y reaparecían hechas jirones Las ondulaciones de la marejada se propagaban hasta la escalera, mientras que todas las cabezas cabrilleaban en la superficie como la mar movida súbitamente por un chubasco. El número de sombreros bajaba a la vista, y casi todos parecían haber perdido su altura normal.

-Esto es, evidentemente, un mitin -dijo Fix-, y la cuestión que lo ha provocado debe de ser palpitante No me extrañaría que se tratase nuevamente la cuestión del "Alabamá", aunque ésa ya esté resuelta.

-Tal vez -contestó sencillamente mister Fogg.

-En todo caso -repuso Fix-, hay dos campeones en la lid: el honorable Kamerfield y el honorable Mandiboy.

Mistress Auda, asida del brazo de Phileas Fogg, miraba con sorpresa aquella tumultuosa escena y Fix iba a preguntar a uno de sus vecinos la razón de aquella efervescencia popular, cuando se pronunció un movimiento más decidido. Redoblaron los vítores sazonados con injurias. Los mastiles de las banderas se transformaron en armas ofensivas. Ya no había manos, sino puños en todas partes. Desde lo alto de los coches detenidos y de los ómnibus interceptados en su marcha, se repartían sendos porrazos. Todo servía de proyectil. Botas y zapatos describían por el aire largas trayectorias, y hasta pareció que algunos revólveres mezclaban con las vociferaciones sus detonaciones nacionales.

Aquella barahúnda se acercó a la escalera y refluyó sobre las primeras gradas. Uno de los partidarios era evidentemente rechazado, sin que los simples espectadores pudieran reconocer si la ventaja estaba de parte de Mandiboy o de Kamerfield.

-Creo prudente retirarnos -dijo Fix, quien tenía empeño en que su hombre no recibiese un mal golpe o se mezclase en un mal negocio-. Si se trata de Inglaterra en todo esto y nos llegan a conocer, nos veremos muy comprometidos en el tumulto.

-Un ciudadano inglés... -respondió Phileas Fogg.

Pero el gentleman no terminó su frase. Detrás de él, desde aquella terraza precedida de las gradas, salieron espantosos alaridos. Se gritaba: ¡Hurra! ¡Hip! ¡Hip!, por Mandiboy. Era un tropel de electores que llegaba a la pelea cogiendo por el flanco a los partidarios de Kamerfield.

Mister Fogg, mistress Auda y Fix se hallaron entre dos fuegos. Era demasiado tarde para huir. Aquel torrente de hombres, armas de bastones con puño de plomo y de rompecabezas era irresistible. Phileas Fogg y Fix se vieron horriblemente atropellados al preservar a la joven Auda. Mister Fogg, no menos flemático que de costumbre, quiso defenderse con esas armas naturales que la naturaleza ha puesto en el extremo de los brazos de todo inglés; pero fue en vano. Un enorme mocetón de perilla roja, tez encendida, ancho de espaldas, que parecía ser el jefe de la cuadrilla, levantó su formidable puño sobre mister Fogg, y hubiera lastimado de fijo al caballero si Fix, por salvarle, no hubiese recibido el golpe en su lugar. Un enorme chichón se desarrolló instantáneamente bajo el sombrero del detective transformado en simple capucha.

Yankee! -dijo mister Fogg, echando sobre su adversario una mirada de profundo desprecio.

English! -respondió el otro.

-Nos volveremos a ver

-Cuando guste. ¿Su nombre?

-Phileas Fogg. ¿Y el de usted?

-El coronel Stamp Proctor.

Y dicho esto la marejada pasó. Fix había quedado por el suelo y se levantó con la ropa destrozada, pero sin daño de cuidado. Su gabán largo de viaje se había rasgado en dos trozos desiguales, y su pantalón se parecía a esos calzones que ciertos indios, cosas de la moda, no se ponen sino después de haberles quitado el fondo. Pero, en suma, mistress Auda se había librado y Fix era el único que había salido con su puñetazo.

-Gracias -dijo mister Fogg al inspector tan luego como estuvieron fuera de las turbas.

-No hay por qué -respondió Fix-, pero acompáñeme.

-¿A dónde?

-A una sastrería.

En efecto, tal visita era oportuna. Los trajes de Phileas Fogg y de Fix estaban hechos jirones, como si estos dos caballeros se hubiesen batido por cuenta de los honorables Kamerfield y Mandiboy.

Una hora más tarde estaban convenientemente vestidos y cubiertos. Y luego regresaron al hotel Internacional.

Allí Picaporte esperaba a su amo, armado con media docena de revólveres-puñales de seis tiros, de fuego central. Cuando vio a Fix en compañía de mister Fogg, su frente se oscureció. Pero mistress Auda le hizo una relación de lo acaecido, y Picaporte se tranquilizó. A todas luces, Fix no era ya enemigo, sino aliado, y cumplía con su palabra.

Acabada la comida, trajeron un coche para conducir los viajeros y el equipaje a la estación. Al montar, mister Fogg dijo a Fix:

-¿No ha vuelto a ver a ese coronel Proctor?

-No -contestó Fix.

-Volveré a América para buscarlo -dijo, con frialdad, Phileas Fogg-. No sería conveniente que un ciudadano inglés se dejase tratar de esta manera.

El inspector sonrió y no pronunció palabra. Pero, como se ve, mister Fogg pertenecía a esa raza de ingleses que, si no toleran el duelo en su país, se baten en el extranjero cuando se trata de defender su honra.

A las seis menos cuarto los viajeros llegaron a la estación, donde estaba el tren dispuesto a marchar.

En el momento en que mister Fogg iba a entrar en el vagón, se dirigió a un empleado y le dijo:

-Digame, ¿no ha habido algunos disturbios hoy en San Francisco?

-Era un mitin, caballero -contestó el empleado.

-Sin embargo, he creído observar alguna animación en las calles.

-Se trataba solamente de un mitin organizado para una elección.

-La elección de algún general en jefe, ¿verdad? -preguntó mister Fogg.

-No, señor; de un juez de paz.

Después de oír esta espuesta, Phileas Fogg montó en el vagón, y el tren partió a todo vapor.

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