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La vuelta al mundo en 80 días
Editado
© Ariel Pérez
8 de noviembre del 2001
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La vuelta al mundo en ochenta días
Capítulo III
De cómo se entabló una conversación que podía costar cara a Phileas Fogg

Phileas Fogg había abandonado su casa de Saville-Row a las once y media, y después de haber colocado quinientas setenta y cinco veces el pie derecho delante del izquierdo y quinientas setenta y seis el izquierdo delante del derecho, llegó al Reform-Club, vasto edificio construido en Pall Mall, cuyo costo no bajaba de tres millones.

Phileas Fogg pasó inmediatamente al comedor, con sus nueve ventanas que daban a un jardín con árboles ya dorados por el otoño. Se sentó a la mesa de costumbre puesta ya para él. Su almuerzo se componia de hors d'oeuvres, pescado cocido sazonado con una reading sauce de primera elección, un roast-beef escarlata salpicado de mush-room1, torta rellena con tallos de ruibarbo y grosellas verdes, y de un pedazo de Chester, rociado todo con algunas tazas de té, especialmente cosechado para el Reform-Club.

A las doce y cuarenta y siete de la mañana, mister Fogg abandonó la mesa y se dirigió al gran salón, suntuoso aposento, adornado con pinturas colocadas en lujosos marcos. Allí un criado le entregó el Times con las hojas sin cortar, y Phileas Fogg se dedicó a desplegarlo con una seguridad tal, que denotaba, desde luego la práctica más extremada en esta difícil operación. La lectura del periódico ocupó a Phileas Fogg hasta las tres y cuarenta y cinco, la del Standard, que sucedió a aquél, duró hasta la hora de la comida, que se llevó a efecto en iguales condiciones que el almuerzo, si bien con el aditamento de royal british sauce.

A las seis menos veinte, el caballero se presentó de nuevo en el gran salón y se abstrajo en la lectura de Morning Chronicle.

Media hora más tarde, fueron llegando varios miembros del Reform-Club, quienes se acercaron a la chimenea encendida con carbón de piedra. Eran los compañeros habituales de juego de mister Phileas Fogg, decididamente aficionados al whist como él: el ingeniero Andrés Stuart, los banqueros John Sullivan y Samuel Fallentin, el fabricante de cervezas Tomás Flanagan, y Gualterio Ralph, uno de los administradores del Banco de Inglaterra, personajes ricos y considerados en aquel mismo club, que contaba entre sus miembros lo más preeminente de la industria y de la Banca.

-Dígame, Ralph -preguntó Tomás Flanagan-, ¿a qué altura se encuentra ese robo?

-Pues bien -le respondió Andrés Stuart-, el Banco perderá su dinero.

-Al contrario -replicó Gualterio Ralph-, espero que se logrará detener al autor del robo. Se han enviado los más hábiles inspectores de policía de los más hábiles a todos los principales puertos de América y Europa, y a ese caballero le será muy difícil escapar.

-Pero qué, ¿se conoce la filiación del ladrón? -preguntó Andrés Stuart.

-Ante todo, no es un ladrón - respondió Gualterio Ralph con la mayor formalidad.

-Cómo, ¿no es un ladrón el individuo que sustrae cincuenta y cinco mil libras en billetes de Banco?

-No -respondió Gualterio Ralph.

-¿Es, quizá, un industrial? -dijo John Sullivan.

-El Morning Chronicle, asegura que es un gentleman.

Quien daba esta respuesta, no era otro que Phileas Fogg, cuya cabeza descollaba entonces entre aquel mar de papel amontonado a su alrededor. Al mismo tiempo, Phileas Fogg saludó a sus compañeros, quienes le devolvieron la cortesía.

El suceso de que se trataba, y acerca del cual los distintos periódicos del Reino Unido discutían acaloradamente, había ocurrido tres días antes, el 29 de septiembre. Un paquete de billetes de Banco que formaba la enorme cantidad de cincuenta y cinco mil libras esterlinas, había sido sustraído de la mesa del cajero principal del Banco de Inglaterra.

A cuantos se admiraban de que un robo tan considerable hubiera podido realizarse tan fácilmente, el subgobemador Gualterio Ralph, se limitaba a responderles que en aquel mismo instante el cajero se ocupaba en el asiento de una entrada de tres chelines, seis peniques, y que no se puede atender a todo.

Pero conviene que hagamos observar, y esto da más fácil explicación al hecho, que el Banco de Inglaterra parece se desvive por demostrar al público la alta idea que tiene de su dignidad. No hay guardianes, ni ordenanzas, ni redes de alambre. El oro, la plata y los billetes, están expuestos libremente, y, por decirlo así, a disposición del primero que llegue. En efecto, sería indigno sospechar en lo mínimo acerca de la caballerosidad de cualquier transeúnte. Tanto es así, que aun se llega a referir el siguiente hecho por uno de los más notables observadores de las costumbres inglesas: En una de las salas del Banco donde se encontraba un día, tuvo curiosidad por ver de cerca una barra de oro de siete u ocho libras de peso que estaba expuesta en la mesa del cajero, y para satisfacer aquel deseo tomó la barra, la examinó, se la dio a su vecino, éste a otro, y así, pasando de mano en mano, la barra llegó hasta el final de un oscuro pasillo, tardando media hora en volver a su primitivo sitio, sin que durante este tiempo el cajero hubiera levantado siquiera la cabeza.

No obstante, el 29 de septiembre, las cosas no sucedieron exactamente del mismo modo. El paquete de billetes de Banco no volvió, y cuando el magnífico reloj colocado sobre el drawing-office dio las cinco, hora en que debía cerrarse el despacho, el Banco de Inglaterra no tenía mas recurso que asentar cincuenta y cinco mil libras esterlinas en la cuenta de ganancias y pérdidas.

Ya reconocido el robo con toda formalidad, agentes y detectives, seleccionados entre los más hábiles, fueron enviados a las puertos principales, a Liverpool, Glasgow, Suez, Brindisi, Nueva York, etc., bajo la promesa, en caso de éxito, de una prima de dos mil libras y el cinco por ciento de la suma que se recuperase. La misión de estos inspectores se reducía a observar escrupulosamente a los viajeros que se iban o que llegaban, hasta adquirir noticias que pudieran suministrar la pista para actuar sin demora alguna.

Y precisamente, según decía el Moming Chronicle, había motivos para suponer que el autor del robo no pertencía a ninguna de las sociedades de ladrones de Inglaterra. Se había observado que durante aquel día, 29 de septiembre, se paseaba por la sala de pagos, teatro del robo, un caballero bien portado, de buenos modales y aire distinguido. Las investigaciones habían permitido reunir con bastante exactitud las señas de ese caballero, y al punto fueron transmitidas a todos los detectives del Reino Unido y del continente. Algunas buenas almas, y entre ellas Gualterio Ralph, creían con fundamento que el ladrón no lograría escapar de la red tendida con tanta habilidad.

Como es fácil presumir, este suceso estaba a la orden del día en Londres y en toda la Gran Bretaña. Se discutía y se tomaba parte en pro y en contra de las probabilidades de éxito en la policía metropolitana. Nadie extrañará, pues, que los miembros del Reform-Club tratasen la misma cuestión, con tanto más motivo que entre ellos estaba uno de los subgobernadores del Banco.

El honorable Gualterio Ralph no quería dudar del resultado de las investigaciones, y afirmaba que la prima ofrecida debía avivaría extraordinariamente el celo y la inteligencia de los agentes. Pero su colega Andrés Stuart distaba mucho de abrigar la misma confianza. La discusión continuó,por lo tanto, entre aquellos caballeros que se habían sentado en la mesa de whist, Stuart delante de Flanagan, Fallentin enfrente de Phileas Fogg. Durante el juego, los jugadores no hablaban, pero, entre los robos, la conversación interrumpida adquiría más animación.

-Sostengo -saltó Andrés Stuart- que la probabilidad está a favor del ladrón, que sin duda alguna ha de ser un hombre sagaz.

-¡Quite allá! -respondió Ralph-. Sólo hay un país en donde pueda refugiarse.

-¡Tendría que ver!

-¿Y a dónde quiere que vaya?

-Lo ignoro -le respondió Andrés Stuart-, pero me parece que la Tierra es muy grande.

-Antes sí lo era... -dijo a media voz Phileas Fogg; añadiendo después y presentando las cartas a Tomás Flanagan-. A usted le corresponde cortar.

La discusión se suspendió durante el descarte, pero no tardó en proseguirla Andrés Stuart, diciendo:

-¡Cómo que antes! ¿Acaso nuestro planeta ha disminuido?

-Sin duda que sí -respondió Gualterio Ralph-. Opino como mister Fogg. La Tierra ha disminuido, puesto que se recorre hoy diez veces más aprisa que hace un siglo. Y esto es lo que, en el caso que nos ocupa, hará que las pesquisas sean más rápidas.

-Y que el ladrón se escape con más facilidad también.

-Le toca jugar a usted -dijo Phileas Fogg.

Pero el incrédulo Stuart no estaba convencido, y dijo al acabarse la partida:

-Hay que reconocer que ha encontrado usted un chistoso modo de decir que la Tierra se ha empequeñecido. Así, pues, ahora se le da vuelta en tres meses...

-En ochenta días tan sólo -afirmó Phileas Fogg.

-En efecto, señores añadió John Sullivan-; ochenta días desde que la sección entre Rothal y Allahabad ha sido abierta en el Great Indian Peninsular Railway, y he aquí el cálculo establecido por el Morning Chronicle:

 
Días
De Londres a Suez por el Monte Cenis y Brindisi, ferrocarril y vapores
7
De Suez a Bombay, vapores
13
De Bombay a Calcuta, ferrocarril
3
De Calcuta a Hong-Kong (China), vapores
13
De Hong-Kong a Yokohama (Japón), vapor
6
De Yokohama a San Francisco, vapor
22
De San Francisco a Nueva York, ferrocarril y carretera
7
De Nueva York a Londres, vapor y ferrocarril
9
Total
80

-¡Sí, ochenta días! -exclamó Andrés Stuart, que inadvertidamente cortó una carta mayor-; aunque sin tener en cuenta el mal tiempo, los vientos contrarios, los naufragios, los descarrilamientos, etc.

-Contando con todo -respondió Phileas Fogg siguiendo su juego, porque la discusión ya no respetaba el whist.

-¡Pero si los indios o los indostanos quitan los raíles! -exclamó Andrés Stuart-.¡Si detienen los trenes, saquean los furgones y descuartizan a los viajeros!

-Contando con todo -repitió Phileas Fogg, quien tendiendo su juego, añadió-: Dos triunfos mayores.

Andrés Stuart, a quien correspondía dar, recogió las cartas, diciendo:

-Teóricamente tiene usted razón, señor Fogg; pero en la práctica...

-En la práctica también, mi señor Stuart.

-Quisiera verlo.

-Sólo depende de usted. Partamos juntos.

-¡Líbreme Dios!, pero bien, apostaría cuatro mil libras a que semejante viaje, hecho en esas condiciones, es imposible.

-Muy posible, por el contrario -insistió Fogg.

-Pues bien, hágalo.

-¿La vuelta al mundo en ochenta días?

-Sí.

-No hay inconveniente.

-¿Cuándo?

-Enseguida. Le prevengo solamente que lo haré a su costa.

-¡Es una locura! -exclamó Andrés Stuart, que empezaba a inquietarse por la insistencia de su compañero de juego-. Más vale que sigamos jugando.

-Entonces, vuelva a dar, porque lo ha hecho usted mal.

Andrés Stuart recogió nuevamente las cartas con mano febril, y de repente, dejándolas sobre la mesa, dijo:

-Pues bien, sí, mister Fogg, apuesto cuatro mil libras...

-Amigo Stuart -dijo Fallentin-, cálmese. Esto no es formal.

-Cuando dije que apostaba -respondió Stuart- era formalmente.

-Aceptado -dijo Fogg; y, volviéndose hacia sus compañeros, añadió-: Tengo veinte mil libras depositadas en casa de Baring y Hermanos. Gustosamente las arriesgaría en esa apuesta.

-¡Veinte mil libras! -exclamó John Suilivan-. ¡Veinte mil libras, que cualquier tardanza imprevista le puede hacer perder!

-No existe lo imprevisto -respondió Phileas Fogg, sencillamente.

-¡Pero, mister Fogg, ese plazo de ochenta días sólo está calculado como mínimo!

-Un mínimo bien empleado basta para todo.

-¡Pero a fin de aprovecharlo, es indispensable saltar matemáticamente de los ferrocarriles a los vapores y de éstos a aqellos!

-Saltaré matemáticamente.

-¡Es una broma!

-Un buen inglés no se chancea jamás cuando se trata de una cosa tan formal como una apuesta -respondió Phileas Fogg-. Apuesto veinte mil libras contra quien quiera a que daré la vuelta al mundo en ochenta días, o menos, esto es, en mil novecientas veinte horas, o ciento quince mil doscientos minutos. ¿Aceptan ustedes?

-Aceptamos -respondieron los señores Stuart, Fallentin, Sullivan, Flanagan y Ralph después de haberse puesto de acuerdo.

-Bien -dijo Fogg. El tren de Dover sale a las ocho y cuarenta y cinco. Lo tomaré.

-¿Esta misma noche? -preguntó Stuart.

-Esta misma noche -contestó Phileas Fogg-. Por lo tanto -añadió, consultando un calendario de bolsillo-, puesto que hoy es miércoles, 2 de octubre, deberé estar de vuelta en Londres, en este mismo salón del Reform-Club, el sábado 21 de diciembre, a las ocho y cuarenta y cinco minutos de la noche, sin lo cual las veinte mil libras depositadas en casa de Baring y Hermanos les pertenecerán de hecho y de derecho, señores. He aquí un talón extendido por esa suma.

Fue levantada acta de la apuesta, firmando los seis interesados. Phileas Fogg había permanecido sereno. Ciertamente no había apostado para ganar, y no había comprometido las veinte mil libras, la mitad de su fortuna, sino porque preveía que tendría que gastar la otra mitad para triunfar en ese difícil por no decir inejecutable proyecto. En cuanto a sus adversarios, parecían conmovidos, no por el valor de la apuesta, sino porque tenían reparo en luchar con ventaja.

Daban entonces las siete y se ofreció a mister Fogg la suspensión del juego para que pudiera hacer sus preparativos de marcha.

-¡Yo siempre estoy preparado! -respondió el impasible gentleman; y dando las cartas, exclamó-: El triunfo es oro. A usted le toca jugar, señor Stuart.

Línea divisoria

1. Setas.

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