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La vuelta al mundo en 80 días
Editado
© Ariel Pérez
8 de noviembre del 2001
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La vuelta al mundo en ochenta días
Capítulo XXXIV
Que proporciona a Picaporte la ocasión de prorrumpir en un
juego de palabras atroz, pero quizá inédito
1

Phileas Fogg estaba preso. Lo habían encerrado en la Custom House, aduana de Liverpool, donde debía pasar la noche, aguardando su traslado a Londres.

En el momento del arresto, Picaporte quiso arrojarse sobre el inspector, pero fue detenido por unos agentes de policía. Mistress Auda, espantada por la brutalidad del suceso, no comprendió nada de lo que pasaba; pero Picaporte se lo explicó. Mister Fogg, el honrable y valeroso caballero, a quien debía la vida, estaba preso como ladrón. La joven protestó contra esa acusación, su corazón se indignó, las lágrimas corrieron por sus mejillas cuando vio que nada podía hacer ni intentar para librar a su salvador.

En cuanto a Fix, había detenido a Phileas Fogg porque su deber se lo mandaba. Si era o o no culpable, la justicia lo decidiría.

Y entonces se le ocurrió a Picaporte una idea terrible: ¡la de que él tenía la culpa de toda aquella desgracia. ¿Por qué había ocultado a mister Fogg lo que sabía? Cuando Fix le reveló su condición de inspector de policía y la misión de que estaba encargado, ¿por qué no se lo avisó a su amo? Advertido éste, quizá hubiera dado a Fix pruebas de su inocencia demostrándole su error, y en todo caso no hubiera conducido a sus expensas y en su seguimiento a aquel malaventurado agente, cuyo primer cuidado había sido el de prenderle al poner pie en el suelo del Reino Unido. Al pensar en sus culpas e imprudencias, el pobre mozo sintió irremisibles remordimientos. Daba lástima verle llorar y querer hasta romperse la cabeza.

Mistress Auda y él se quedaron, a pesar del frío, bajo el peristilo de la Aduana. No querían, ni uno ni otro, abandonar aquel sitio sin ver de nuevo a mister Fogg.

En cuanto a éste, estaba bien y perfectamente arruinado, y esto en el momento en que iba a alcanzar su objetivo. Aquel arresto lo perdía sin remedio. Habiendo llegado a las doce menos veinte a Liverpool, el 21 de diciembre, tenía de tiempo hasta las ocho y cuarenta y cinco minutos para presentarse en el Reform Club, o sea, nueve horas y quince minutos después, pues le bastaban seis para llegar a Londres.

Quien hubiera entonces penetrado en el calabozo de la Aduana, habría visto a mister Fogg, inmóvil y sentado en un banco de madera, imperturbable y sin cólera. No era fácil asegurar si estaba resignado; pero aquel último golpe no le había tampoco conmovido, al menos en apariencia. ¿Habríase formado en él una de esas iras secretas, terribles porque están contenidas, y que sólo estallan en el último momento con irresistible fuerza? No se sabe; pero Phileas Fogg estaba allí calmoso y esperando... ¿qué? ¿Tendría alguna esperanza? ¿Creería aún en el triunfo cuando la puerta del calabozo se cerró sobre él?

Como quiera que sea, mister Fogg colocó cuidadosamente su reloj sobre la mesa y miró cómo marchaban las agujas. Ni una palabra salía de sus labios, pero su mirada tenía una fijeza singular.

En todo caso, la situación era terrible, y para quien no podía leer en aquella conciencia, se resumía así:

En el caso de ser hombre de bien, Phileas Fogg estaba arruinado.

En el caso de ser ladrón, estaba cogido.

¿Tbvo acaso, la idea de escaparse? ¿Trató de averiguar si el calabozo tenía alguna salida practicable? ¿Pensaba en huir? Casi pudiera creerse esto último, porque en cierto momento se paseó alrededor del cuarto. Pero la puerta estaba sólidamente cerrada, y la ventana tenía una fuerte reja. Volvió a sentarse y sacó de la cartera el itinerario de viaje. En la línea que contenía estas palabras:

«21 de diciembre, sábado, en Liverpool», añadió:

«Día 80, a las once y cuarenta minutos de la mañana», y aguardó.

Dio la una en el reloj de la Custom House. Mister Fogg reconoció que su reloj adelantaba dos minutos.

¡Dieron las dos! Suponiendo que tomase entonces un expreso, aun podría llegar al Reform Club antes de las ocho y cuarenta y cinco minutos. Su frente se arrugó ligeramente.

A las dos y treinta y tres minutos se escuchó ruido afuera y un estrépito de puertas que se abrían. Se oía la voz de Picaporte y también la de Fix.

La mirada de Phileas Fogg brilló un instante.

La puerta se abrió y vio que mistress Auda, Picaporte y Fix corrían a su encuentro.

Fix estaba desalentado, con el pelo en desorden y sin poder hablar.

-¡Señor... -dijo tartamudeando-, señor... perdón... una semejanza deplorable... Ladrón cogido hace tres días... ¡Está usted libre!

¡Phileas Fogg estaba libre! Se fue hacia el detective, le miró fijamente, y ejecutando el único movimiento rápido que en toda su vida había hecho, echó sus brazos atrás, y luego, con la precisión de un autómata, golpeó con ambos puños al desgraciado inspector.

-¡Bien aporreado! -exclamó Picaporte, quien permitiendose un juego de palabras muy digno de un francés, añadió-: ¡Caracoles! ¡Bien puede llamarse eso una bella aplicación de puños de Inglaterra!2.

Fix, derribado en el suelo, no pronunció una sola palabra, pues no le habían dado mas que su merecido; y entretranto, mister Fogg, mistress Auda y Picaporte salieron de la Aduana, se metieron en un coche y llegaron a la estación.

Phileas Fogg preguntó si había algún expreso dispuesto a salir para Londres...

Eran las dos y cuarenta minutos... El expreso había salido treinta y cinco minutos antes.

Phileas Fogg pidió entonces un tren especial.

Había en presión varias locomotoras de gran velocidad; pero considerando las exigencias del servicio, el tren especial no pudo salir antes de las tres.

Phileas Fogg, después de haber hablado al maquinista de una prima por ganar, corría en dirección a Londres en compañía de la joven y de su fiel servidor.

La distancia que hay entre Liverpool y Londres debía cubrirse en cinco horas y media, cosa muy fácil estando la vía libre; pero hubo retrasos forzosos, y cuando el gentleman llegó a la estación, todos los relojes de Londres señalaban las nueve menos diez.

¡Phileas Fogg, después de haber dado la vuelta al mundo, llegaba con un retraso de cinco minutos!...

Había perdido la apuesta.

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1. El título de este capítulo no puede quedar bien explicado en castellano, porque se funda en un retruecano de voces francesas que se indican en su lugar.
2. En francés la palabra poing significa puño, y la palabra point significa punto, y se pronuncian igual, y como la imitación de encaje en Inglaterra se denomina aplicación al punto inglés, he aquí el retruecano al título del capítulo.

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