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La vuelta al mundo en 80 días
Editado
© Ariel Pérez
8 de noviembre del 2001
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La vuelta al mundo en ochenta días
Capítulo XXXVI
Donde Phileas Fogg vuelve a tener valor en el mercado

La distancia entre Suez y Adén es exactamente de mil trescientas diez millas, y el pliego de condiciones de la Compañía concede a sus vapores ciento treinta y ocho horas para cubrirlas. El Mongolia, cuyos fuegos se activaban considerablemente, marchaba de modo que pudiese adelantar la llegada reglamentaria.

La mayoría de los viajeros embarcados en Brindisi iban a la India. Unos se encaminaban a Bombay y otros a Calcuta, pero por la vía de Bombay, porque desde que el ferrocarril cruza en toda su anchura la península índica, ya no es necesario doblar la punta de Ceylán.

Entre los pasajeros del Mongolia había algunos funcionarios civiles y oficiales de toda graduación. De éstos unos pertenecían al ejército británico propiamente dicho, y otros mandaban tropas indígenas de cipayos, todos con crecidos, a pesar de que el gobierno se ha resistido a los derechos y cargas de la antigua Compañía de las Indias. Los subtenientes tenían nueve mil trescientas pesetas como sueldo, los brigadas ochenta y seis mil cuatrocientas y los generales, ciento cuarenta y cuatro mil.

Se vivía, por consiguiente, muy bien a bordo del Mongolia, entre aquella sociedad de funcionarios, con los cuales alternaban algunos jóvenes ingleses que, con un millón en el bolsillo iban a fundar a lo lejos establecimientos comerciales. El purser, hombre de confianza de la Compañía, igual al capitán a bordo, lo hacía todo con suntuosidad, en el lunch de las dos, en la comida de las cinco y media, en la cena de las ocho, las mesas crujían bajo el peso de la carne fresca y de los entremeses que suministraban la carniceria y la repostería del vapor. En cuanto a las pasajeras, había algunas que mudaban de traje dos veces al día. Había música y hasta baile cuando el mar lo permitía.

Pero el mar Rojo, como todos los golfos largos y estrechos, frecuetemente es muy caprichoso y proceloso. Cuando el viento soplaba de la costa de Asia o de la de África, el Mongolia, de casco fusiforme, tomado de través, sufría espantosos vaivenes. Las damas desaparecían entonces; enmudecían los pianos; los cantos y las danzas cesaban a un tiempo. Y entretanto, a pesar de la ráfaga y a pesar de las olas, el vapor, impelido por su poderosa máquina, corría sin tardanza hacia el estrecho de Bab el-Mandeb.

¿Qué hacía Phileas Fogg entretanto? ¿Pudiera creerse que, siempre inquieto y ansioso, se preocupaba de los cambios de viento perjudiciales a la marcha del buque, de los desordenados movimientos del oleaje que podían originar una avería en la máquina; en fin, de todas las incidencias posibles que, obligando al Mongolia a arribar a algún puerto, hubiesen comprometido el viaje

De ningún modo; si pensaba en estas eventualidades, cuando menos no lo dejaba traslucir. Era siempre el hombre impasible, el miembro imperturbable del Reform-Club, a quien ningún incidente o accidente podía sorprender. No parecía mucho más conmovido que el cronómetro de a bordo. Raras veces se le veía sobre cubierta. Poco cuidado le daba observar aquel mar Rojo, tan fecundo en recuerdos y teatro de las primeras escenas históricas de la Humanidad. No acudía a reconocer las curiosas poblaciones diseminadas por sus orillas y cuyos pintorescos perfiles destacábanse de vez en cuando en el horizonte. Ni siquiera pensaba en los peligros de aquel golfo, de que siempre han hablado con espanto los antiguos historiadores, Estrabón, Arriano, Artemidoro, Edrisi, y en el cual no se aventuraban los navegantes en épocas remotas sin haber consagrado su viaje con sacrificios propiciatorios.

¿Qué hacía entonces aquel hombre original encarcelado en el Mongolia? Primeramente hacía sus cuatro comidas diarias, sin que jamás el cabeceo ni los vaivenes pudieran desconcertar máquina organizada tan maravillosamente. Y después jugaba al whist.

Había encontrado compañeros para el juego tan rabiosamente aficionados como él; en recaudador de impuestos que iba a Goa, un ministro, un reverendo, Décimo Smith, que regresaba a Bombay, y un brigadier general del ejército inglés, que iba a incorporarse a su cuerpo a Benarés. Estos tres personajes tenían por el whist igual pasión que mister Fogg, y durante horas enteras jugaban con más o menos silencio que él.

En cuanto a Picaporte, no le afectaba el mareo. Ocupaba un camarote de proa y comía concienzudamente. Debemos decir que este viaje, hecho en semejantes condiciones, no le disgustaba, y procuraba sacar partido de él. Bien mantenido, bien alojado, veía tierras, y además abrigaba la esperanza de que esta broma acabaría en Bombay.

Al día siguiente de la salida de Suez, 9 de octubre, no dejó de agradarle el encuentro que hizo en la cubierta del obsequioso personaje a quien se había dirigido al desembarcar en Egipto.

-No me engaño -le dijo al acercarse con amable sonrisa-; es usted el caballero que fue tan complaciente en servirme de guía por las calles de Suez.

-En efecto -respondió el agente-. ¡Le reconozco! Es usted el criado de ese inglés tan original...

-Precisamente, señor...

-Fix.

-Señor Fix -replicó Picaporte-. Me alegro de verle a bordo. ¿Y adónde va usted?

-Al mismo punto que usted, a Bombay.

-Mucho mejor. ¿Ha hecho ya este viaje?

-Bastantes veces -respondió Fix-. Soy agente de la Compañía Peninsular.

-Entonces, ¿conoce usted la India?

-¡Ya lo creo! -respondió Fix-. Aunque no querría aventurarme mucho.

-¿Y es interesante ese país?

-Muy interesante. Mezquitas, alminares, templos, pagodas, tigres, serpientes, bayaderas. Pero debemos esperar, que tiempo tendrá usted de visitarlo.

Así lo espero, señor Fix. ¡Ya comprenderá que no es permitido a un hombre de entendimiento sano pasar la vida saltando de un vapor a un ferrocarril, y de un ferrocarril a un vapor, con el pretexto de dar la vuelta al mundo en ochenta días! No. Toda esta gimnasia terminará en Bombay, no lo dude usted.

-¿Y está bien mister Fogg? -preguntó Fix con el acento más natural.

-Muy bien, señor Fix. Y yo también, por cierto. Como lo mismo que un ogro en ayunas. Es el aire del mar.

-Pero nunca veo a su amo sobre cubierta.

-Jamás. No es curioso.

-¿Sabe usted, señor Picaporte, que ese pretendido viaje en ochenta días pudiera muy bien ocultar alguna misión secreta..., una misión diplomática por ejemplo?

-A fe mía, señor Fix, que yo nada sé, se lo declaro, ni daría media corona por saberlo.

Desde este encuentro, Picaporte y Fix hablaron juntos más de una vez. El inspector de policía tenía empeño en trabar intimidad con el criado de mister Fogg. Esto podía serle útil en caso necesario. Le ofrecía a menudo en el bar room del Mongolia algunos vasos de whisky o de pale-pale, que el buen muchacho aceptaba sin ceremonia, y hacía repetir para no ser menos, pareciéndole aquel señor Fix un caballero muy honrado.

Entretanto el vapor marchaba con rapidez. El día trece dio vista a la ciudad de Moka, que apareció dentro de su cintura de murallas ruinosas, sobre las cuales se destacaban algunas verdes palmeras. A lo lejos, en las montañas, desarrollábanse dilatadas campiñas de cafetales. Fue para Picaporte un encanto la vista de esa célebre ciudad, y aun le pareció que con sus murallas circulares y un fuerte desmantelado, que tenía la configuración de una asa, se asemejaba a una inmensa taza de café.

Durante la siguiente noche, el Mongolia cruzó el estrecho de Bab-el-Mandeb, cuyo nombre árabe significa "Puerta de las lágrimas"; y al día siguiente, 14, hacía escala en Steamer Point al noreste de la rada de Adén. Allí era donde debía carbonear nuevamente.

Grave e importante asunto es esa alimentación de los hogares de las naves de vapor, a semejante distancia de los centros de producción. Sólo para la Compañía Peninsular es un gasto anual de ochocientas mil libras (cerca de veintinueve millones de pesetas). Ha sido necesario establecer depósitos en varios puertos, saliendo el costo del carbón en tan remotos parajes, a setenta y dos pesetas la tonelada.

El Mongolia tenía que recorrer aún mil seiscientas cincuenta millas para llegar a Bombay, y debía estar tres horas en Steamer Point con objeto de llenar sus bodegas.

Pero esta demora no podía perjudicar en modo alguno el programa de Phileas Fogg. Estaba prevista. Además, el Mongolia, en lugar de llegar a Adén el 15 de octubre por la mañana, entraba el 14 por la tarde. Era un adelanto de quince horas.

Mister Fogg y su criado bajaron a tierra, porque aquél deseaba visar el pasaporte. Fix los siguió procurando pasar inadvertido. Cumplidas las formalidades, Phileas Fogg regresó a bordo para continuar su interrumpida partida de whist.

Pero Picaporte estuvo, según su costumbre, callejeando en medio de aquella población de somalíes, banianos, parsis, judíos, árabes, europeos, que integran los veinticinco mil habitantes de Adén. Admiró las fortificaciones que hacen de esa ciudad el Gibraltar del mar de las Indias, y unos magníficos aljibes en los cuales trabajaron los ingenieros del rey Salomón.

-¡Qué curioso es eso, qué curioso! -exclamaba Picaporte, volviendo a bordo-. Me convenzo de que no es inútil viajar si se quieren ver cosas nuevas.

A las seis de la tarde, el Mongolia batió con su hélice las aguas de la rada de Adén y, poco después, surcaba el océano Índico. Se concedían ciento sesenta horas para hacer la travesía entre Adén y Bombay. Por lo demás, el mar fue favorable. El viento era noroeste y las velas pudieron ayudar al vapor.

El buque, mejor sostenido, cabeceó menos, y las pasajeras aparecieron de nuevo sobre su cubierta, recién compuestas, comenzando otra vez los cantos y los bailes.

El viaje se hizo en las mejores condiciones posibles, y Picaporte estaba muy gozoso de la amable compañía que la suerte le había deparado en la persona del señor Fix.

El domingo, 20 de octubre, a mediodía, se divisó la costa india. Dos horas más tarde, el práctico subía a bordo del Mongolia. En el horizonte, un fondo de colinas se perfilaba armoniosamente sobre la bóveda celeste, y muy pronto se destacaron con viveza las filas de palmeras que adoman la ciudad. El vapor penetró en la rada formada por las islas Salcette, Colaba, Elefanta, Butcher, y a las cuatro y media atracaba junto a los muelles de Bombay.

Phileas Fogg terminaba entonces la trigésima tercera partida del día, y su compañero y él, gracias a un manejo audaz, concluyeron aquella breve travesía haciendo las trece bazas.

El Mongolia no debía llegar a Bombay hasta el 22 de octubre y arribaba el 20. Era, por lo tanto, una ventaja de dos días desde la salida de Londres. La cual fue inscrita metódicamente en la columna de beneficios del itinerario de Phileas Fogg.

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