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La vuelta al mundo en 80 días
Editado
© Ariel Pérez
8 de noviembre del 2001
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La vuelta al mundo en ochenta días
Capítulo V
Donde aparece un valor nuevo en la Plaza de Londres

Al dejar Londres, Phileas Fogg no sospechaba, sin duda, el gran ruido que su partida iba a provocar. La noticia de la apuesta se extendió primero en el Reform-Club y produjo una verdadera emoción entre los miembros de aquel respetable círculo. Luego, esta emoción pasó del club a los periódicos por la vía de los reporteros, y de los periódicos al público de Londres y de todo el Reino Unido.

Esta cuestión de la vuelta al mundo se comentó, se discutió, se examinó con la misma pasión y el mismo ardor que si se hubiese tratado de otro negocio del Alabama. Unos se convirtieron en partidarios de Phileas Fogg; otros, que pronto formaron una mayoría considerable, se pronunciaron contra él. Realizar semejante vuelta al mundo de otra suerte que en teoría o sobre el papel, en ese mínimo de tiempo, con los actuales medios de comunicación, era no solamente imposible, sino insensato.

El Times, el Standard, el Evening Star, el Morning Chronicle y veinte periódicos más de los de mayor circulación, se declararon contra el señor Fogg. Tan sólo el Daily Telegraph lo defendió hasta cierto punto. Phileas Fogg fue tratado de maniático y loco, y a sus colegas del Reform-Club se les criticó por haber admitido semejante apuesta, que acusaba debilidad en las facultades mentales de su autor.

Acerca del asunto se publicaron varios artículos apasionados en extremo. Todo el mundo sabe el interés que se dispensa en Inglaterra a cuanto se relaciona de cerca o de lejos con la geografía. Así es que no había lector, cualquiera que fuese la clase a que perteneciese, que no devorase las columnas consagradas al caso de Phileas Fogg.

Durante los primeros días algunos atrevidos -las mujeres principalmente- se inclinaron por él, sobre todo cuando el llustrated London News publicó su retrato, tomado de una fotografía depositada en los archivos del Reform-Club. Ciertos caballeros se atrevían a decir: "¿Y por qué no había de suceder? Cosas más extraordinarias se han visto". Estos solían ser los lectores del Daily Telegraph. Pero pronto se advirtió que aun ese mismo periódico comenzaba a enfriarse.

En efecto, un extenso artículo publicado el 7 de octubre en el Boletín de la Real Sociedad de Geografía, trató la cuestión en todos los aspectos y demostró claramente la locura de la empresa. Según este artículo, el viajero lo tenía todo en su contra: obstáculos humanos, obstáculos naturales. Para que el disparatado proyecto pudieses alcanzar éxito era necesario admitir una concordancia maravillosa en las horas de llegada y de salida, concordancia que no existía ni existiría jamás. En Europa, donde las distancias son relativamente cortas, se puede en rigor contar con que los trenes llegarán a la hora fijada; pero cuando tardan tres días en atravesar la India y siete en cruzar los Estados Unidos, ¿podían fundarse sobre su exactitud los elementos de semejante problema? ¿Y las averías en las locomotoras, los descarrilamientos, los choques, los temporales y la acumulación de nieve? ¿No parecía presentarse todo contra Phileas Fogg? ¿Acaso los vapores no podrían encontrarse durante el invierno expuesto a los vientos o a las brumas? ¿Es tal vez extraño que los más rápidos andadores de las líneas transoceánicas experimenten retrasos de dos y tres días? Y bastaba con un solo retraso, con uno solo, para que la cadena de las comunicaciones sufriese una ruptura irreparable. Si Phileas Fogg faltaba, aunque tan sólo fuese por algunas horas, a la salida de algún vapor, se vería obligado a esperar el siguiente, y por este solo motivo su viaje se vería comprometido irrevocablemente.

Este artículo tuvo mucha boga. Lo reprodujeron casi todos los periódicos, y las acciones de Phileas Fogg bajaron de un modo considerable.

Durante los primeros días que siguieron a la partida de mister Fogg, se habían empeñado importantes sumas sobre lo aleatorio de su empresa. Sabido es que el mundo de los apostadores de Inglaterra es mundo más inteligente y elevado que el de los jugadores. Apostar es el temperamento inglés. Por eso, no tan sólo fueron los individuos del Reform-Club quienes cruzaron apuestas considerables en pro o en contra de Phileas Fogg, sino entre la masa del público se cruzaron buena parte de ellas. Como los caballos de carrera, Phileas Fogg fue inscrito en una especie de studbook1. Quedó convertido en valor de Bolsa, y se cotizó en la plaza de Londres. Se pedía y se ofrecía el Phileas Fogg en firme o a plazo, y se hacían enormes negocios. Pero cinco días después de su salida, el artículo del Boletín de la Sociedad de Geografía intensificó el número de las ofertas. El Phileas Fogg bajó y llegó a ser ofrecido por paquetes. Tomado primero a cinco, luego a diez, ya no se tomó sino a uno por veinte, por cincuenta y aun por ciento.

Sólo conservó un partidario, el viejo paralítico lord Albermale. El honorable gentleman, clavado en su butaca, hubiera dado su fortuna gustosamente por poder hacer el mismo viaje aunque fuera en diez años, y apostó cuatro mil libras en favor de Phileas Fogg. Y cuando al mismo tiempo le demostraban lo necio e inútil del proyecto, limitabase a responder: Si la cosa es factible, bueno será que sea inglés quien primero la lleve a término".

Entretanto, los partidarios de Phileas Fogg se iban reduciendo en número; todo el mundo, y no sin razón, se volvía contra él; ya no lo tomaban sino a uno por ciento cincuenta, y hasta por doscientos, cuando siete días después de su marcha un incidente completamente inesperado hizo que no se le quisiera ya a ningún precio.

En efecto, durante aquel día, a las nueve de la noche, el director de la policía metropolitana recibió un despacho telegráfico concebido así:

Suez a Londres.
Rowan, director policía, administración central, Scotland Yard.
Sigo al ladrón del Banco, Phileas Fogg. Envíen sin tardanza orden de arresto a Bombay (India Inglesa).

Fix, detective

El efecto de este despacho fue inmediato. El honorable caballero desapareció para dejar sitio al ladrón de billetes de Banco. Su fotografía, depositada en el Reform-Club, con las de sus colegas, fue examinada. Reproducía rasgo por rasgo al hombre cuyas señas habían sido determinadas en el expediente de investigación. Todos recordaron lo que tenía de misteriosa la vida de Phileas Fogg, su aislamiento, su partida repentina, y pareció evidente que este personaje, pretextando un viaje alrededor del mundo y apoyándolo en una apuesta insensata, no tenía otro objeto que hacer perder la pista a los agentes de la policía inglesa.

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