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Una ciudad flotante
Editado
© Ariel Pérez
16 de febrero del 2002
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Una ciudad flotante
Capítulo II

La cubierta parecía un inmenso arsenal lleno de un ejército de trabajadores. No podía yo creer que estaba a bordo de un buque. Muchos millares de hombres, obreros, tripulantes, maquinistas, oficiales, carpinteros y curiosos se cruzaban y codeaban sin molestarse; los unos en la cubierta los otros en las máquinas; éstos corriendo sobre el puente, aquéllos encaramados en los tambores. Aquí grúas, volantes elevando enormes piezas de fundición, allí gruesos maderos izados con cabrias de vapor; sobre el departamento de las máquinas se balanceaba un cilindro de hierro, verdadero tronco de metal; en la proa las vergas subían gimiendo a lo largo de los masteleros de cofa; en popa se elevaba un andamio que cubría sin duda algún edificio en construcción. Allí se martillaba, se encajaba, se aserraba se remachaba y cepillaba en medio de un incomparable desorden.

Mi equipaje había sido transbordado. Pregunté por el capitán Anderson, que no estaba aún a bordo, pero uno de los camareros se encargó de instalarme e hizo transportar mis bultos a uno de los camarotes de popa.

-Amigo -le dije -, se ha anunciado la salida del Great Eastern para el 20 de marzo; pero es imposible que todos esos preparativos queden terminados en veinticuatro horas. ¿Cuándo cree usted que podremos zarpar de Liverpool?

El interpelado, que no estaba más enterado que yo, me miró y se fue sin contestar. Entonces resolví visitar todos los rincones de aquel inmenso hormiguero y comencé mi paseo como hubiera podido hacerlo un viajero en una ciudad desconocida. Un fango negro, ese lodo británico de que suele estar lleno el empedrado de las ciudades inglesas, cubría el puente del steam ship. Varios arroyos fétidos serpenteaban aquí y allá. Cualquiera hubiera creído hallarse en uno de los peores parajes del Upper Thames Street, cerca del puente de Londres.

Yo andaba a lo largo de los camarotes de popa; entre ellos y los empalletados se extendían dos anchas calles o, más bien dos bulevares obstruidos por una compacta multitud. Por allí llegué al mismo centro de la nave, en medio de los tambores, unidos por un doble sistema de pasarelas.

Allí se abría un verdadero abismo destinado a contener los órganos de la máquina de ruedas. Entonces vi aquel admirable artificio de locomoción. Unos cincuenta obreros estaban diseminados por las claraboyas metálicas de la armazón de hierro; unos enganchados a largos émbolos inclinados que formaban diversos ángulos; otros suspendidos de las bielas; éstos nivelando el excéntrico, aquéllos atornillando con enormes llaves inglesas los cojinetes de los muñones. El tronco de metal que descendía lentamente por la escotilla era un nuevo árbol de armadura, destinado a transmitir a las ruedas el movimiento de las bielas. De aquel abismo salía un ruido continuo, mezcla de sonidos desagradables y discordantes.

Después de haber echado una rápida ojeada sobre aquellos trabajos de ajuste, emprendí de nuevo mi paseo y llegué a la proa. Allí, los tapiceros acababan de decorar una cámara espaciosa designada con el nombre de smoking room, saloncillo de fumadoras, verdadero bar de aquella ciudad flotante magnifico café iluminado por catorce ventanas, con el techo blanco y dorado y las paredes ensambladas de madera de limonero. Atravesando luego una especie de plazoleta triangular que se formaba en la proa llegué junto al estrave cortado a plomo sobre la superficie del agua.

Regresando de aquel punto extremo vi a través de la bruma desgarrado, por una ráfaga la popa del Great Eastern a una distancia de más de dos hectómetros. No se podía emplear otra medida para apreciar las dimensiones de aquel coloso.

Volví sobre mis pasos por el bulevar de estribor, pasando entre la obra muerta y la empavesada evitando el choque de las poleas que se balanceabanen el aire, y, los latigazos de las jarcias cimbreadas por la brisa; huyendo de tropezar con una grúa volante, y esquivando más adelante, las escorias inflamadas qué arrojaba una fragua como si fuese fuegos artificiales. Apenas divisaba el tope de los mástiles que tenían doscientos pies de altura y se perdían en la niebla a la que los tenders de servicio y "carboneros" mezclaban su humo negro. Después de haber traspuesto la gran escotilla de la máquina de ruedas, vi un pequeño hotel que se elevaba a mano izquierda, y junto a él la larga fachada lateral de un palacio coronado de una azotea cuyo parapeto estaban bruñendo. Por fin llegué a la popa del steam ship, y al lugar en que se elevaba el andamio que he indicado ya. Allí, entre el último camarote y el vasto sobresano, encima del cual se elevaban las cuatro ruedas del timón, acababan los mecánicos de instalar una máquina de vapor, compuesta de dos cilindros horizontales, con un sistema de piñones, de palancas, y de bombas.

Por primera vez el timón iba a ser movido por el vapor. Para esta maniobra era para lo que los mecánicos montaban aquella máquina en la popa. El timonel colocado en el puente del centro, entre los aparatos de señales de las ruedas y de la hélice, tenía ante la vista un cuadrante, provisto de una aguja movible que le indicaba a cada instante la posición de la barra. Para modificarla le bastaba imprimir un ligero movimiento a una pequeña rueda que apenas tenía un pie de diámetro, colocada verticalmente al alcance de su mano.

Cuando las válvulas se abrían, el vapor de las calderas se precipitaba por largos tubos conductores en los dos cilindros de la pequeña máquina; los émbolos se movían con rapidez, las piezas de transmisión actuaban y el timón obedecía instantáneamente a sus guardianes, irresistiblemente atraídos. Si aquel sistema daba buen resultado, un hombre podría gobernar con un dedo la mole colosal del Great Eastern.

Cinco días prosiguieron los trabajos con una febril actividad. Aquella demora perjudicaba considerablemente a los fletadores; pero los operarios no podían hacer más. La partida se fijó irrevocablemente para el 26 de marzo. El 25, aún estaba obstruida la cubierta de toda clase de artefactos suplementarios.

Por fin, durante este último día los pasadizos, los puentes y camarotes de cubierta quedaron desembarazados poco a poco; quitáronse los andamios; desaparecieron las grúas; se acabó el ajuste de las máquinas; los últimos tornillos fueron apretados, y los últimos pernos repasados; se cubrieron las piezas bruñidas con una capa de pintura blanca que debía preservarles de la oxidación durante el viaje; los depósitos de aceite se llenaron, y la última plancha cayó en fin sobre su mortaja de metal. Aquel día el ingeniero en jefe hizo la prueba de las calderas. Una enorme cantidad de vapor se precipitó en la cámara de las máquinas. Asomado a la escotilla envuelta en aquellas cálidas emanaciones, no veía nada; pero oí rechinar los largos émbolos en sus cajas y el ruido de los enormes cilindros al girar sobre sus sólidos ejes. Debajo de los tambores producíase un gran hervidero mientras que las paletas sacudían lentamente las obscuras aguas del Mersey. A popa la hélice azotaba las olas con su cuádruple rama. Las dos máquinas, independientes una de otra estaban prontas a funcionar.

A eso de las cinco de la tarde acostóse una lancha de vapor, destinada al Great Eastern, y enseguida se desamarró su locomóvil izándolo sobre cubierta por medio de cabrestantes; pero no pudo hacerse lo mismo con la chalupa: su casco de acero pesaba tanto, que las palancas se doblaban bajo su carga lo cual no hubiera sucedido sin duda si se hubiesen sostenido por medio de balancines. Fue, pues, necesario abandonar aquella lancha; pero quedaba todavía en el Great Eastern una hilera de seis embarcaciones colgadas en sus pescantes.

Aquella tarde todo quedó terminado; en los pasadizos no se veían ni huellas de lodo; por allí había pasado todo un ejército de baldeadores.

La carga estaba estivada. Las despensas, las bodegas y los pañoles estaban abarrotados de víveres, mercancías, y carbón. Sin embargo, el buque no llegaba a su línea de flotación, pues no calaba los nueve metros de reglamento. Esto era un inconveniente para sus ruedas, cuyas paletas, insuficientemente sumergidas, imprimían necesariamente un empuje menor; no obstante, se podía partir. Me acosté, pues, con la esperanza de hacerme a la mar a la mañana siguiente. No me engañé.

El 25 de marzo, al amanecer vi ondear en el palo trinquete el pabellón americano; en el palo mayor el francés y en la mesana el de Inglaterra.

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