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Una ciudad flotante
Editado
© Ariel Pérez
16 de febrero del 2002
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Una ciudad flotante
Capítulo XXIV

Fue mala la noche; el steam ship, espantosamente azotado al sesgo, arfaba de una manera atroz. Los muebles bailaban con estrépito y los objetos de tocador empezaron su música. El viento debió refrescar mucho. El Great Eastern navegaba entonces por esos parajes tan fecundos en siniestros, donde la mar es siempre mala.

A las seis de la mañana me arrastró hasta la escalera del salón principal. Agarrándome a los peldaños y aprovechando los intervalos de las oscilaciones, logré subir a cubierta y desde allí dirigirme, no sin gran trabajo, al castillo de proa. Aquel sitio estaba desierto, si así puede llamarse un lugar donde se hallaba el doctor Dean Pitferge, fuertemente agarrado y vuelto de espaldas al viento, con la pierna derecha pasada por uno de los montantes del pasamano. Me hizo seña de que me acercara. Por supuesto, con la cabeza, pues no podía valerse de los brazos, que lo sostenían contra la violencia de la tempestad. Arrastrándome como un anélido, llegué al castillo de proa y me aferré con el doctor.

-¡Ea! -me dijo-, esto marcha; precisamente en el momento de llegar damos con una tromba una verdadera tromba hecha como de encargo para este buque. ¡Bien por el Great-Eastern!

El doctor hablaba con frases entrecortadas; el viento se llevaba la mitad de sus palabras; pero yo le comprendía. La voz tromba lleva en sí su propia definición.

Ya sabemos lo que son estas tempestades giratorias, llamadas huracanes en el Océano Indico y en el Atlántico, tornados en la costa de Africa, simoun en él desierto y tifón en los mares de la China. Tempestades que con su empuje irresistible ponen en peligro los buques de mayor porte.

En aquel instante, una tromba había sorprendido al Great Eastern. ¿Cómo le haría frente el gigante los mares?

-Este buque la va a pasar mal -me decía Dean Pitferge-; repare usted cómo esconde la nariz entre la pluma.

Esta metáfora marítima respondía perfectamente a la situación en que se encontraba el steam-ship.

Su estrave desaparecía por completo en una montaña de agua espumosa que le embestía por la proa y por babor. No se veía a lo lejos.

Todos los síntomas del huracán aparecieron. A las siete se declaró la tempestad. La mar había crecido de una manera monstruosa.

Aquellas pequeñas ondulaciones intermedias que marcaban el desnivel de las grandes olas, desaparecieron aplastadas por el viento. El océano se hinchaba en prolongadas olas cuyas cimas se rompían con indescriptible impetuosidad. A cada momento aumentaba la altura del oleaje y el Great Eastern, que las recibía de través, daba espantosos bandazos.

-Sólo quedan dos recursos -dijo el doctor con el aplomo de un marino-, o recibir de frente las olas, capeando a poca máquina o escapar sin obstinarse en luchar con esta mar endemoniada; pero el capitán Anderson no mandará ninguna de estas dos maniobras.

-¿Y por qué? -le pregunté.

-¿Por qué?... -respondió el doctor-, porque es preciso que le suceda algo.

Al volver la cabeza vi al capitán, al segundo y al primer maquinista envueltos en sus capuchones y agarrados a los pasamanos. La bruma de las olas los envolvía de pies a cabeza. El capitán se sonreía según su costumbre; el segundo reía enseñando, sus dientes blancos y viendo a su buque balancearse de manera que parecía que sus mástiles y sus chimeneas iban a derrumbarse.

Sin embargo, la terquedad del capitán en empeñarse en luchar con el mar me admiraba. A las siete y media era espantoso el aspecto que presentaba el Atlántico. Por la parte de proa el oleaje cubría el buque. Yo miraba aquel sublime espectáculo, aquella tremenda lucha del coloso contra las olas; hasta cierto punto comprendía la obstinación del "amo, después de Dios", el cual no quería ceder, pero entonces olvidaba que el poder del mar es infinito, y que nada de lo que haya salido de las manos del hombre puede resistirlo, en verdad, por fuerte y poderoso que fuese el gigante, se vería obligado a huir ante la tempestad.

A eso de las ocho se produjo un choque; era un formidable golpe de mar que acababa de descargar sobre el buque por la parte de babor de la proa.

-Esto no es un arañazo -dijo el doctor-, sino un puñetazo en la cara.

Efectivamente, el puñetazo nos había hecho daño. En la cresta de las olas aparecieron algunas astillas. ¿Eran pedazos de nuestra propia carne, o los trozos de algún cuerpo extraño? A una señal del capitán, el Great Eastern viró un cuarto para esquivar aquellos fragmentos que amenazaban meterse por entre las palas de las ruedas. Miré con más detención y vi que el golpe de mar acababa de llevarse el pavés de babor, a pesar de hallarse a cincuenta pies de altura sobre el nivel de las aguas. Los pares de jabalcón estaban destrozados; muchas planchas del forro habían saltado; otras temblaban retenidas aún por algún clavo. El Great Eastern se había estremecido al choque pero seguía marchando con imperturbable audacia. Era preciso quitar cuanto antes los restos que obstruían la proa para lo cual era preciso correr el temporal, pero el steam ship se obstinaba en afrontarlos. Toda la soberbia de su capitán lo animaba y no quería ceder, no cedería. Un oficial y algunos hombres fueron a limpiar la cubierta por la parte de proa.

-¡Atención! -me dijo entonces el doctor-; la catástrofe está cerca.

Los marineros avanzaron hacia la proa. Nosotros nos agarramos al segundo palo y desde allí mirábamos por entre las brumas. Las olas barrían la cubierta. De pronto, otro golpe de mar más violento que el primero pasó por entre las brechas abiertas en la obra muerta. Arrancó una enorme plancha de hierro que cubría la bita de proa, demolió la maciza escotilla por donde se bajaba al departamento de la tripulación, y dando de lleno en la borda de estribor, la hizo pedazos llevándosela como si fueran trozos de lienzo echados al aire.

Los hombres yacían por tierra. Uno de ellos, un oficial, medio ahogado, se sacudió sus rubias patillas y se levantó; y viendo tendido y sin conocimiento a uno de sus marineros sobre un áncora se precipitó sobre su cuerpo, lo cargó sobre sus espaldas y se lo llevó. La tripulación huía en todas direcciones. En el entre puente había tres pies de agua. Nuevos residuos cubrían el mar, y entre otros algunos miles de muñecas que mi compatriota de la calle Chapon pensaba aclimatar en América. Todas aquellas muñequitas, arrebatadas de sus cajas por un golpe de mar, bailaban sobre las olas, escena que hubiera provocado, sin duda la risa en otra situación menos grave. La inundación aumentaba.

Líquidas masas de agua se precipitaban por entre las aberturas, y la invasión de la mar fue tal, que según la relación del ingeniero, el Great Eastern recibió más de dos mil toneladas de agua, lo bastante para echar a pique a una grande fragata.

-¡Muy bien! -exclamó el doctor, al ver que una ráfaga le llevaba el sombrero.

La situación era insostenible. Hubiera sido una locura prolongarla por más tiempo. Era preciso huir más que deprisa. El steam ship, empeñado en resistir las olas de frente, era como un hombre que se obstinara en nadar entre dos aguas con la boca abierta.

El capitán Anderson lo comprendió al fin. Le vi asir la ruedecilla que dirigía los movimientos del timón. El vapor se introdujo precipitadamente en los cilindros de popa, giró el timón, y el coloso, como si fuera una lancha, puso la proa al Norte, huyendo ante la tempestad.

En aquel momento el capitán, por lo común tan sereno y tan dueño de sí mismo, exclamó con rabia:

-¡Mi buque está deshonrado!

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