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Una ciudad flotante
Editado
© Ariel Pérez
16 de febrero del 2002
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Una ciudad flotante
Capítulo XXXV

¡Ocho días en América! El Great Eastern debía zarpar el dieciseis de abril, y eran las tres de la tarde, cuando puse el pie en la tierra de la Unión. ¡Ocho días! Hay turistas impacientes, viajeros expresos a quienes probablemente hubiera bastado este tiempo para visitar toda la América. Yo no deseaba tanto.

Ni aun aspiraba a visitar a Nueva York detenidamente para escribir después de aquel examen rápido un libro sobre las costumbres y carácter de los americanos. Pero en su constitución, en su aspecto físico, Nueva York está pronto vista; no tiene más variación que la de un tablero de ajedrez, calles cortadas en ángulos rectos llamadas avenidas, cuando son longitudinales; y calles cuando son transversales; con números de orden en aquellas diversas vías de comunicación, disposición muy práctica pero muy monótona; y ómnibus americanos haciendo servicio en todas las avenidas. Visto un barrio de Nueva York está vista toda la gran ciudad, salvo, si se quiere, aquella confusión de calles y callejuelas aglomeradas en la parte Sur, donde se ha agolpado la población mercantil.

Nueva York es una lengua de tierra y toda su actividad se encuentra en la punta de aquella lengua.

A cada uno de sus lados se desarrollan el Hudson y el gran río del Este, que son dos verdaderos brazos de mar, surcados de buques, y cuyos ferry boats enlazan la ciudad por la derecha con Brooklyn, y por la izquierda con las orillas del New Jersey. Una sola arteria corta atraviesa la simétrica aglomeración delos barrios de Nueva York, llevando a ellos la vida. Es el viejo Broadway, el Strand de Londres, el bulevar Montmartre de París, casi intransitable por su parte baja a la que afluye la muchedumbre, y casi desierto en su parte alta; una calle en que las casuchas y los palacios de mármol se tocan; un verdadero río de ómnibus, coches de alquiler, carretas y carromatos, con andenes por orillas, y sobre el cual ha habido que echar puentes para dejar paso a los transeúntes. Broadway es el verdadero Nueva York, y por allí nos paseamos el doctor Pitferge y yo hasta entrada la noche.

Después de comer en Fifth Avenue Hotel en donde nos sirvieron únicamente guisos liliputienses en platitos de muñeca me fui a terminar el día en el teatro Barnum, donde se representaba un drama que atraía a la muchedumbre: New York's streets. En el cuarto acto figuraba un incendio, y una verdadera bomba de vapor manejada por verdaderos bomberos. Esta constituía la great attraction.

En la mañana del siguiente día dejé al doctor que despachara sus asuntos. A las dos de la tarde debíamos encontrarnos en el hotel. Fui al correo, situado en Liberty Street, 51, para recoger las cartas que tenía allí detenidas; luego a Rowling Green, 2, a casa del cónsul de Francia, el barón Gualdree Boilleau, que me recibió muy bien; luego a la casa de Hoffmann, en donde cobré unas letras, y, por último, al número 25 de la calle 36, casa de mistress R..., hermana de Fabián, cuyas señas me había dado éste. Allí adquirí noticias de Elena y de mis dos amigos; supe que por consejo de los médicos, mistress R..., Fabián y Corsican, se habían ausentado de Nueva York llevándose consigo a la joven a la cual el aire y la tranquilidad del campo le serían favorables.

Una esquela de Corsican me anunciaba aquella marcha tan repentina. El bravo capitán había ido a Fifth Avenue Hotel y no me había encontrado.

¿A dónde irían al salir de Nueva York? No lo sabían. Al primer sitio hermoso que impresionara a Elena; allí permanecerían hasta que desapareciera el encanto. Corsican me prometía tenerme al corriente, y confiaba en que yo no partiría sin darles antes a todos un abrazo por última vez. Sí. Hubiera tenido mucho gusto en poder ver de nuevo a Elena y abrazar a Fabián y a Corsican; pero, ausentes ellos y marchándome yo, no debía pensar en volverlos a ver.

A las dos estaba de vuelta en el hotel; encontré al doctor en el bar room, que estaba lleno de gente como un salón de la Bolsa o un mercado, verdadero salón público, en el que se mezclaban los transeúntes y los pasajeros, y en el que todo el que llega encuentra gratis, agua fría galleta y Chester..

-Hola, doctor -le dije-, ¿cuándo partimos?

-Esta tarde a las seis.

-¿Tomaremos el rail road del Hudson?

-No, el Saint John, un admirable steamer, otro mundo, un Great Eastern de río, una de esas máquinas maravillosas de locomoción que vuelan con frecuencia. Yo hubiera preferido enseñarle el Hudson de día pero el Saint John sólo navega de noche. Mañana a las cinco de la madrugada nos hallaremos ya en Albany. A las seis tomaremos el New York Central Rail Road y por la noche cenaremos en las cataratas del Niágara.

No cabía discutir el programa del doctor; lo acepté a ojos cerrados.

El ascensor del bote, colocado en su rosca vertical, nos subió hasta nuestros cuartos. Y nos volvió a bajar algunos minutos más tarde con nuestra maleta de turistas. Un coche de a veinte francos la carrera nos condujo en un cuarto de hora al embarcadero, ante el cual el Saint John estaba ya despidiendo densos torbellinos de humo.

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