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Una ciudad flotante
Editado
© Ariel Pérez
16 de febrero del 2002
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Una ciudad flotante
Capítulo XXXVI

El Saint John y su gemelo el Dean Richmond, eran los más hermosos steam boats del río; son más bien edificios que barcos. Tienen dos o tres pisos con plataformas, corredores, galerías y paseos, asemejándose a la morada flotante de un plantador; el conjunto lo dominan unos veinte postes empavesados y ligados entre si por armaduras de hierro que consolidan el total de la construcción. Sus dos enormes tambores estaban pintados al fresco como los tímpanos de la iglesia de San Marcos de Venecia; detrás de cada rueda se eleva la chimenea de las dos calderas, las cuales no van colocadas dentro del casco del steam boat, precaución muy prudente para el caso de una explosión.

En el centro, entre los tambores, se mueve una máquina de extrema sencillez: un cilindro, un émbolo que pone en movimiento un largo balancín, el cual sube y baja como el enorme martillo de una fragua y una sola biela que mueve el árbol de aquellas macizas ruedas.

Una muchedumbre de pasajeros llenaba ya completamente la cubierta del Saint John. Pitferge y yo fuimos a instalarnos a un camarote que daba a un inmenso salón, especie de galería de Diana cuya redondeada bóveda descansaba en una serie de columnas corintias. Por todas partes comodidad y lujo: alfombras, divanes, canapés, objetos de arte, pinturas, espejos y hasta gas, fabricado a bordo en un pequeño gasómetro.

En aquel momento la colosal máquina se puso en marcho, y yo subí a los puentes superiores. En la proa había una caseta cuidadosamente pintada. Era la cámara de los timoneles. Cuatro hombres vigorosos se mantenían junto a los rayos de la doble rueda del timón.

Después de un paseo de algunos minutos, volví a bajar a cubierta entrelas calderas enrojecidas ya de las que se escapaban pequeñas llamas azules, por efecto de la acción del aire que despedían los ventiladores.

Del Hudson no podía ver nada. La noche avanzaba y, con la noche, nos venía encima una nube la que podía cortarse con un cuchillo.

El Saint John bramaba como un formidable mastodonte. Apenas se distinguían las luces de las poblaciones situadas en las riberas, y los fanales de los buques de vapor que remontaban las obscuras aguas lanzando fuertes silbidos.

A las ocho entré en el salón. El doctor me llevó a cenar a un magnífico restaurant, instalado en el entre puente, y servido por un ejército de criados negros. Pitferge, me hizo saber que pasaban de cuatro mil los viajeros que iban a bordo, entre los cuales se contaban mil quinientos emigrantes, alojados en la parte más baja del steam boat. Terminada la cena fuimos a acostarnos en nuestros cómodos camarotes.

A las once me despertó una especie de choque. El Saint John se había parado. No pudiendo el capitán maniobrar en medio de aquellas densas tinieblas mandó hacer alto. El enorme buque dio fondo en el canal, y se durmió tranquilamente sobre sus anclas.

A las cuatro de la madrugada el Saint John prosiguió su marcha. Me levanté y pasé a la galería de proa. La lluvia había cesado, se deshacían las nubes y las aguas del río aparecieron nuevamente a nuestra vista; luego las orillas; la derecha ondulada cubierta de una verde arboleda y de arbustos que le daban el aspecto de un largo cementerio.

En último término cerraban el horizonte altas colinas, formando una graciosa línea. En la orilla izquierda sucedía lo contrario, pues todo eran terrenos llanos y pantanosos. En el lecho del gran río, entre sus islas, aparejaban muchas goletas para aprovechar las primeras brisas; los steam boats remontaban la rápida corriente del Hudson.

El doctor había ido a buscarme a la galería.

-Buenos días, compañero -me dijo después de aspirar el aire fresco-. ¿Sabe usted que gracias a esta maldita niebla no llegaremos a Albany a tiempo de alcanzar el primer tren? Esto va a variar mi programa.

-Lo siento, doctor, pues no tenemos tiempo de sobra.

-¡Bah! Todo se reduce a llegar a las cataratas de noche, en vez de llegar por la tarde.

Esto no me convenía, pero era preciso conformarme.

En efecto, el Saint John no quedó amarrado al muelle de Albany antes de las ocho. El tren de la mañana ya había salido, había que aguardar el de la una y cuatro minutos de la tarde. Podíamos, pues, visitar descansadamente aquella curiosa ciudad, que forma el centro legislativo del estado de Nueva York. La ciudad baja comercial y populosa se sitúa en la orilla derecha del Hudson, y la ciudad alta con sus casas de ladrillo, sus establecimientos públicos, y su notable museo de fósiles, parecían uno de los grandes barrios de Nueva York transportado a la falda de aquella colina sobre la que se extiende en forma de anfiteatro.

A la una, después de almorzar, estábamos en la estación del ferrocarril, estación libre, sin barrera ni guardianes. El tren paraba en medio de la calle como un ómnibus. Se sube cuando se quiere en aquellos largos vagones, sostenidos en su parte delantera y en la trasera por un sistema de cuatro ruedas. Estos vagones se comunican entre sí por medio de puentecillos que permiten a los viajeros pasearse de un extremo al otro del convoy. A la hora marcada sin que hubiésemos visto ningún empleado, sin sonar campana alguna, sin el menor aviso, la jadeante locomotora adornada como un estuche, como un objeto de orfebrería, se puso en movimiento, arrastrándonos con una velocidad de doce leguas por hora; pero en vez de estar hacinados como en los vagones de los ferrocarriles europeos, podíamos ir y venir a comprar libros y periódicos "no sellados". La estampilla no entra en las costumbres americanas; a ningún censor de aquel país singular se le ha ocurrido la idea de que es preciso vigilar con más cuidado las lecturas de los que leen en un vagón de ferrocarril que la de los que lo hacen en un rincón de su hogar arrellanados cómodamente en un sillón. Todo esto podíamos hacerlo sin tener que esperar a llegar a una estación. Las botillerías ambulantes y las bibliotecas, todo marcha con los viajeros; el tren atravesaba campos sin barreras, y bosques recién desmontados, a riesgo de tropezar con troncos echados por el suelo; con poblaciones nuevas de calles anchas, cruzadas de ferrocarriles, pero a las que aun faltaban las casas; ciudades embellecidas con los nombres más poéticos: Roma, Siracusa, Palmira. Así desfiló a nuestra vista todo el valle del Mohawk, aquel país de Fenimore que pertenece al novelista americano, lo mismo que el país de Rob Roy, a Walter Scott.

En el horizonte, brilló por un momento el lago Ontario, teatro de las escenas de la obra maestra de Cooper.

Aquel teatro de la gran epopeya de Bas de Cuir, región salvaje poco tiempo antes, es un campo muy bien cultivado en la actualidad.

Esto no agradaba al doctor. Se obstinaba en llamarme Ojo de Halcón, y no respondía más que por el nombre de Chingakook.

A las once de la noche cambiábamos de tren en Rochester, y pasabamos las corrientes del Tennesee, que huían en forma de cascadas bajo los vagones. A las dos de la madrugada después de haber costeado el Niágara sin verlo, durante algunas leguas, llegamos a la ciudad de Niagara Falls, y el doctor me condujo a una magnífica fonda llamada Cataract House.

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