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Una ciudad flotante
Editado
© Ariel Pérez
16 de febrero del 2002
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Una ciudad flotante
Capítulo XXXIX

Algunos instantes después bajábamos por una rampa muy larga de la orilla canadiense que nos condujo al borde del río, que estaba casi enteramente obstruido por el hielo. Allí nos esperaba un bote para pasarnos a América. Un viajero lo ocupaba ya. Era un ingeniero de Kentucky, que dijo su nombre y circunstancias al doctor. Nos embarcamos sin perder tiempo ya rechazando los témpanos, ya rompiéndolos, la canoa llegó al medio del río donde la corriente tenía el paso más libre. Desde allí dirigimos una última mirada a aquella admirable catarata del Niágara. Nuestro compañero la observaba atentamente.

-¡Qué hermoso es eso! -le dije-, ¡es admirable!

-Sí -me respondió-, pero, ¡cuánta fuerza motriz desperdiciada! ¡cuántos molinos se podrían poner en movimiento con semejante salto de agua!

Jamás he sentido más vivos deseos de arrojar un ingeniero al agua.

En la otra orilla un pequeño ferrocarril, movido por un canal desviado de la catarata americana nos llevó en algunos segundos hasta la altura. A la una y media tomamos el tren expreso que nos dejó en Buffalo a las dos y cuarto. Después de haber visitado aquella moderna y gran ciudad, después de haber gustado el agua del lago Erie, tomamos de nuevo el New York Central Railway a las seis de la tarde.

A la mañana siguiente, dejando las cómodas literas de un sleeping car, llegamos a Albany, y el railroad del Hudson, que corre a flor de agua a lo largo de la orilla izquierda del río, nos dejó en Nueva York a las pocas horas.

Al día siguiente, quince de abril, acompañado del infatigable doctor, recorrí la ciudad, el río Este y Brooklyn. Llegada la noche di el último adiós a Dean Pitferge, y me separé con pesar de tan excelente amigo.

El martes 16 de abril, era el día fijado para la partida del Great Eastern. A las once me dirigí al embarcadero treinta y siete, donde el tender debía esperar a los viajeros.

Estaba lleno ya de pasajeros y de bultos. Me embarqué, y en el momento en que el tender iba a desatracar, me agarraron por el brazo. Me volví y me encontré frente a frente al doctor Pitferge.

-¡Usted! -exclamé asombrado-. ¿Vuelve a Europa?

-Sí, amigo mío.

-¿En el Great Eastern?

-Exacto. He reflexionado y parto. Tal vez sea éste el último viaje del Great Eastern, el viaje del que no volverá.

Iba a darse la señal de partida cuando uno de los camareros del Fifth Avenue Hotel corriendo desesperado, me entregó un telegrama fechado en Niagara Falls:

"Elena ha vuelto en sí. Ha recobrado la razón. El doctor responde de ella.
Corsican"

Comuniqué la grata nueva a Pitferge.

-¡Responde de ella! ¡responde de ella! -murmuró mi compañero de viaje-. También yo respondo. Pero, ¿esto qué prueba? ¡Amigo mío, quien responda de mí, de usted, de todos nosotros, puede equivocarse!

Doce días después llegamos a Brest, y al día siguiente a París. La travesía de vuelta se había realizado sin que ocurriera nada digno de notarse con gran disgusto de Dean Pitferge, que continuaba esperando su naufragio.

Y cuando estuve sentado ante mi mesa si no hubiese tenido a la vista mis apuntes diarios, aquel Great Eastern, aquella ciudad flotante en la que había habitado por espacio de un mes; aquel encuentro con Elena y Fabián; aquel incomparable Niágara todo me hubiera parecido un sueño. ¡Ah! ¡qué hermoso es viajar, "aunque se vuelva del viaje", diga lo que quiera el doctor Pitferge!

Durante ocho meses no oí hablar de mi original amigo; pero un día el correo me trajo una carta llena de sellos de varios colores, y que principiaba con estas palabras:

"A bordo del Coringuy, arrecife de Auckland. ¡Por fin he naufragado!

Y terminaba así:

"Jamás me he encontrado mejor

Su afectísimo amigo
Dean Pitferge"

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