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Una ciudad flotante
Editado
© Ariel Pérez
16 de febrero del 2002
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Una ciudad flotante
Capítulo IV

Fabián se separó de mí para reconocer su alojamiento en el camarote 37 de la serie del gran salón, número que tenía su billete. En aquel momento salían grandes remolinos de humo por las anchas chimeneas del buque; oíase el estremecimiento de las calderas huta en el fondo de la nave; el vapor ensordecía huyendo por los tubos de escape, y cayendo después sobre cubierta en forma de lluvia. Los remolinos del agua anunciaban que se estaban probando las máquinas; el ingeniero dio la señal de que tenía suficiente presión, y, en una palabra, podíamos ya zarpar.

Ante todo fue necesario levar el ancla. La marea subía aún, y el Great Eastern evitaba su empuje presentándole la proa. Todo estaba dispuesto para bajar el río. El capitán Anderson había debido escoger aquel momento para aparejar, pues la mucha eslora del Great Eastern no le permitía maniobrar en el Mersey. No siendo arrastrado por el reflujo, sino al contrario, resistiéndole era más dueño de su buque y estaba seguro de maniobrar hábilmente en medio de los numerosos barcos que surcaban el río. El más pequeño choque de aquel coloso hubiera ocasionado un desastre.

Levar el ancla en aquellas condiciones exigía esfuerzos considerables.

En efecto, el steam ship, impulsado por la corriente, estiraba las cadenas con que estaba amarrado: además un fuerte viento del sudoeste que rompía en su mole unía su acción a la del flujo, de suerte que era necesario emplear aparatos de gran potencia para arrancar las pesadas áncoras de aquel cenagoso fondo. Un anchor boat, especie de buque destinado a estas operaciones, fue a recoger las cadenas; pero sus cabrestantes no fueron suficientes y hubo necesidad de servirse de los aparejos mecánicos con que contaba el Great Eastern.

Había en la proa una máquina de la fuerza de setenta caballos para izar las áncoras. Bastaba hacer pasar el vapor de las calderas a aquellos cilindros para obtener inmediatamente una fuerza considerable que podía aplicarse directamente al cabrestante, al cual estaban amarradas las cadenas. Así se hizo. Pero por mucha que fuese su fuerza la máquina resultó insuficiente, y fue preciso buscar otra ayuda. El capitán Anderson hizo encajar las palancas, y unos cincuenta hombres de la tripulación fueron a virar el cabrestante.

El steam ship empezó a espiar sobre sus anclas, pero con mucha lentitud: los eslabones rechinaban trabajosamente en los escobenes de la roda; y a mi juicio, se habría podido disminuir el peso de las cadenas dando algunas vueltas a la rueda y embragándolas así más fácilmente.

En aquel momento estaba yo en la proa con cierto número de pasajeros observando los detalles de la operación y los progresos de la preparación para hacerse a la mar. Cerca de mí, un viajero impacientado, sin duda por la lentitud de la maniobra se encogía de hombros a cada momento haciendo chistes sobre la impotencia de la máquina.

Era un hombre pequeño, delgado, nervioso, de movimientos febriles, cuyos ojos apenas se distinguían bajo los pliegues de sus párpados. Un fisonomista hubiese comprendido a la primera ojeada que la vida debía presentarse de color de rosa a aquel filósofo de la escuela de Demócrito, cuyos músculos cigomáticos indispensables para la acción de la risa no permanecían jamás en reposo. En resumidas cuentas, como después tuve ocasión de conocer, era un amable compañero de viaje.

-Señor - me dijo -, hasta ahora había creído que las máquinas estaban hechas para ayudar a los hombres y no los hombres para ayudar a las máquinas.

Iba yo a responder a aquella justa observación, cuando se oyeron gritos. Mi interlocutor y yo corrimos a la proa y vimos que todos los hombres que manejaban las palancas habían sido derribados; unos se levantaban, otros yacían aún sobre el puente. Había saltado un piñón de la máquina; y el cabrestante había girado en sentido inverso bajo la poderosa acción de las cadenas.

Los marineros, tomados de rechazo, habían sido heridos con extraordinaria violencia en la cabeza o en el pecho. Al saltar las palancas de los tomadores rotos, a la manera de un metrallazo, acababan de matar a cuatro marineros y de herir a doce.

Entre estos últimos se contaba el contramaestre, que era un escocés natural de Dundee.

Todos acudimos a auxiliarles. Los heridos fueron conducidos a la enfermería situada en la popa y se mandó desembarcar los cuatro cadáveres.

Pero los anglosajones miran con tal indiferencia la vida de las gentes, que aquel acontecimiento no produjo más que una mediana impresión a bordo. Para ellos, aquellos infortunados muertos o heridos no eran más que los dientes de una rueda muy fáciles de reemplazar.

Se hizo la señal para llamar de nuevo al tender que se alejaba y que a los pocos minutos se acostaba al buque.

Me dirigí hacia la porta de mura. La escalera no se había recogido aún. Los cuatro cadáveres, envueltos en mantas, fueron bajados y colocados en el tender sobre cubierta. Uno de los médicos de a bordo se embarcó a fin de acompañarlos hasta Liverpool, con el encargo de volver al Great Eastern lo antes posible. El tender se alejó al instante, y los marineros se ocuparon en lavar las manchas de sangre que ensuciaban la cubierta.

Un pasajero, ligeramente lesionado por el golpe de una palanca se aprovechó de aquella circunstancia para volver a tierra en el tender. Ya no tenía confianza en el Great Eastern.

Yo me puse a mirar cómo se alejaba el pequeño buque a todo vapor, y al volverme hallé a mi compañero, el del semblante irónico, que murmuraba de tras de mí:

-¡Buen principio de viaje!

-No empieza bien por ahora, señor -le respondí-. ¿A quién tengo el honor de hablar?

-Al doctor Dean Pitferge.

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