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Una ciudad flotante
Editado
© Ariel Pérez
16 de febrero del 2002
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Una ciudad flotante
Capítulo VIII

La noche del miércoles al jueves fue muy mala. Mi litera sufrió balances tremendos, y tuve que apoyar las rodillas y los codos contra los barrotes de seguridad; los sacos y maletas rodaban de un lado a otro; se oía un estrépito desusado en el salón inmediato, en el cual había doscientos o trescientos bultos, colocados allí provisionalmente, que chocaban ruidosamente contra los bancos y las mesa; golpeaban las puertas; los tabiques y mamparas crujían; vasos y botellas danzaban en sus móviles suspensiones, y la vajilla se hacía añicos en el suelo. Yo oí las sacudidas irregulares de la hélice y los golpes de las ruedas que alternativamente se sumergían y azotaban el aire con sus paletas. Por todos estos síntomas comprendí que el viento había refrescado y que el steam ship no permanecía insensible a las olas que lo tomaban al sesgo.

Después de una noche de insomnio, me levanté a las seis de la mañana y agarrado de una mano mi litera, me vestí con la otra como pude; pero, sin un punto de apoyo, no hubiera podido mantenerme en pie, y tuve que luchar seriamente, con mi levita para ponérmela. Salí luego del camarote y atravesé el salón contiguo, teniendo que ayudarme con pies y manos para salir del baturrillo de fardos. Subí la escalera de rodillas como un labriego romano trepara por las gradas de la Scala santa de Poncio Pilatos, y al fin llegué a la cubierta donde me así vigorosamente al garfio de un torno.

Ya no había tierra a la vista. Habíamos doblado por la noche el cabo Clear. En torno nuestro sólo se veía esa vasta circunferencia trazada por la línea del agua en el fondo del cielo azul. Grandes olas de color de pizarra que no llegaban a romperse hinchaban el mar. El Great Eastern, tomado de través y sin llevar orientada ninguna vela que lo sostuviera daba horribles bandazos. Sus palos, describían en el espacio inmensos arcos de círculo, como si fueran enormes puntas de compás. El cabeceo era apenas perceptible es cierto, pero los balances me impedían tenerme en pie. El oficial de cuarto, agarrado al puentecillo en que estaba parecía mecerse como en un columpio. De garfio en garfio, conseguí ganar el tambor de estribor. Cuando me disponía a aproximarme a uno de los puntales de la pasarela tendida de rueda a rueda que la niebla habla puesto en extremo resbaladiza un cuerpo llegó rodando a mis pies. Era el doctor Dean Pitferge.

Aquel ente original se puso de rodillas y mirándome, dijo:

-Esto va bien. La amplitud del arco descrito por los costados del Great Eastern es de cuarenta grados, veinte de elevación y veinte de depresión.

-¿De veras? -exclamé riendo, no de la observación, sino por la ocasión en que se hacía.

-De veras -repitió el doctor -. Durante la oscilación, la velocidad de la arboladura es de un metro setecientos cuarenta y cuatro milímetros por segundo. Un buque transatlántico, que es la mitad menos ancho, no invierte más que ese tiempo en caer de una a otra borda.

-Entonces -le contesté- puesto que el Great Eastern recobra tan pronto su perpendicular, debe tener exceso de estabilidad.

-Para él sí, pero no para los pasajeros -repuso lastimeramente Dean Pitferge -; pues, como ve usted, éstos toman la horizontal más deprisa de lo que quisieran.

El doctor se levantó, muy satisfecho de su chiste, y ambos, sosteniéndonos mútuamente, pudimos llegar a uno de los bancos de la toldilla.

Pitferge sólo había recibido algunas rozaduras y yo lo felicité por ello, pues podía haberse roto la cabeza.

-¡Oh, esto no acabará aquí! -agregó-; no pasará mucho tiempo sin que nos suceda alguna desgracia.

-¿A nosotros?

-Al steam ship, y, por consiguiente, a mi, a usted y a todos los pasajeros.

-Si habla usted en serio -le pregunté-, ¿por qué se ha embarcado?

-Porque no me disgustaría naufragar -respondió el doctor con gran flema.

-¿Y es ésta la primera vez que navega usted en el Great Eastern?

-No. He hecho ya muchas travesías... por curiosidad.

-Entonces, no debe usted quejarse.

-No me quejo. Hago constar los hechos y espero con impaciencia la hora de la catástrofe.

¿Se burlaba el doctor de mí? Yo no sabía qué pensar. Sus ojillos me parecían muy irónicos, y quise saber a qué atenerme.

-Doctor -le dije-, ignoro en qué funda usted sus horrorosos pronósticos, pero permítame recordarle que el Great Eastern ha atravesado veinte veces el Atlántico y siempre sin graves contratiempos.

-No importa -respondió Pitferge. Este buque está "hechizado", para emplear la frase vulgar, y no se librará de su seno; y el que lo sabe no se fía de él. Recuerde usted, si no cuántas dificultades hallaron sus ingenieros para botarlo al agua. Más fácil hubiera sido lanzar al mar el hospital de Greenwich. Yo creo que el mismo Brunel que lo construyó, murió de resultas de la operación, como decimos los médicos.

-¿Es usted, acaso, materialista doctor?

-¿A qué viene esa pregunta?

-La hago, porque observo que muchos que no creen en Dios, creen en todo lo demás, hasta en el mal de ojo.

-Búrlese usted, amigo, pero déjeme proseguir mis argumentos -repuso el doctor-. El Great Eastern ha arruinado ya a dos compañías. Construido para transporte de emigrantes y de mercancías a Australia, no ha ido a la Australia... Combinado para aventajar en velocidad a algunos paquebotes transoceánicos, ha quedado muy inferior a ellos.

-De ahí -dije-se deduce que...

-Espere -contestó el doctor-. Uno de los capitanes del Great Eastern se ha ahogado ya y era de los más hábiles, pues sabía cortar las olas de modo que evitaba estos insoportables balances...

-Debemos deplorar la muerte de ese hombre tan hábil, y eso es todo.

-Además -siguió Pitferge sin hacer caso de mi incredulidad-; se cuentan ciertas historias acerca de este vapor. Dícese que un pasajero que se había extraviado en sus profundidades como un explorador en los bosques de América no ha sido hallado aún.

-¡Ah! -exclamé irónicamente-; ¡eso ya es algo!

-Cuentan también -prosiguió el doctor -, que durante la construcción de las calderas un mecánico quedó soldado, por descuido, dentro de una de ellas.

-¡Bravo! -exclamé-. ¡Un maquinista soldado! E ben trovato. ¿Y usted cree esto, doctor?

-Lo que yo creo -me respondió Pitferge-, es que nuestro viaje ha comenzado mal y acabará peor.

-Pero el Great Eastern es un buque sólido y de construcción tan perfecta que le permite resistir como una roca y desafiar los mares más borrascosos.

-No dudo de su solidez -repuso el doctor-; pero déjele caer en el hueco de las olas, y verá si se levanta. Es un gigante cuya fuerza no está proporcionada a su talla. Las máquinas son demasiado débiles para él. ¿Ha oído usted hablar de su decimonono viaje, entre Liverpool y Nueva York?

-No, doctor.

-Pues bien, yo estaba a bordo. Habíamos salido de Liverpool el diez de diciembre, un martes. Los pasajeros eran numerosos y todos llenos de confianza. Mientras estuvimos al abrigo de las olas a lo largo de la costa de Irlanda todo fue muy bien: ni balances, ni enfermos, ni mareos. A la mañana siguiente continuó la misma indiferencia respecto al mar, la misma satisfacción entre los pasajeros; pero, al mediodía el viento refrescó. Las olas de alta mar nos embistieron al sesgo, el Great Eastern empezó a dar bandazos, y todos los pasajeros, así hombres como mujeres, se encerraron en sus camarotes. A las cuatro de la tarde el viento era tempestuoso. Los muebles empezaron a danzar y un servidor de usted hizo añicos con una cabezada uno de los espejos del salón. La vajilla se hizo pedazos también. ¡Qué estrépito infernal! Un golpe de mar arrancó ocho lanchas de sus pescantes. En aquel momento se agravó la situación: hubo que parar la máquina de ruedas; pues un enorme trozo de plomo, desprendido a impulso de los balances, iba a introducirse entre sus engranajes. Sin embargo, seguimos navegando a impulso da la hélice. Volvieron a funcionar las ruedas a media velocidad; pero una de ellas, durante su descanso, se había falseado y sus rayos y paletas rozaban el casco del buque. Fue necesario detener de nuevo la máquina y contentarnos con la hélice para mantenernos a la capa. ¡Qué noche tan horrible! La tempestad había redoblado. El Great Eastern había caído en el hueco de las olas y no podía levantarse. Al romper el día no quedaba ni un solo herraje de las ruedas. Se largaron algunas velas para maniobrar y levantar el buque pero el huracán las echó a volar como cometas. La confusión fue indescriptible. Las cadenas arrancadas de su sitio rodaban de una banda a la otra. Se hundió el piso de una cuadra y cayó una vaca en la cámara de señoras, a través de la escotilla. Nueva desgracia: se rompió la caña del timón, quedando el buque sin gobierno. Poco después se oyeron choques espantosos. Era un depósito de aceite, que pesaba tres mil kilos, cuyas amarras se habían roto y que rodando por el entrepuente, chocaba alternativamente contra los costados interiores, que parecía iba a derribarlos. Pasó el sábado en medio de un terror general, pues continuábamos en el hueco de las olas, y hasta el domingo no empezó a calmar el viento. Un ingeniero americano, que iba como pasajero, logró amarrar algunas cadenas al azafrán del timón, y maniobrando poco a poco. logró levantar el Great Eastern; ocho días después de haber salido de Liverpool, entrábamos de arribada en Queen's Town. ¿Quién sabe, señor, dónde estaremos dentro de ocho días?

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