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El camino de Francia
Editado
© Ariel Pérez
25 de agosto del 2002
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El camino de Francia
Capítulo X

Este era el primer golpe, pero estaba rudamente asestado. Y, sin embargo, debía ir seguido de otros más fuertes todavía. Pero no anticipemos los sucesos, y sometámonos a los decretos de la Providencia, como dicen los curas de nuestro país desde lo alto de su púlpito.

La guerra, pues, se había declarado a Francia, y yo, francés, me encontraba en país enemigo. Si los prusianos ignoraban que yo era soldado, esto me creaba, para conmigo mismo, una situación extremadamente penosa.

Mi deber me ordenaba dejar secreta o públicamente a Belzingen, no importa por qué medio, y reunirme lo más pronto posible a mi regimiento, para ocupar mi puesto en las filas. Ya, no se trataba de mi licencia, ni de las seis semanas que de ella me quedaban todavía. El Real de Picardía ocupaba a Charleville, a algunas leguas solamente de la frontera francesa. Seguramente tomaría parte en los primeros encuentros. Era preciso estar allí.

Pero ¿qué sería de mi hermana, de la señorita de Lauranay y de la señorita Marta? ¿No les causaría su nacionalidad dificultades y disgustos?

Los alemanes son de una raza dura, que no conoce los arreglos y las conveniencias cuándo sus pasiones se desencadenan. Por consiguiente, mi terror hubiera sido grande si hubiese visto a Irma, a la señorita Marta y a su abuelo lanzarse solos por los caminos de la Alta y Baja Sajonia, en el momento en que los recorrían los ejércitos prusianos.

No había más que una cosa que hacer; y era que saliesen el mismo tiempo que yo; que aprovecharan mi viaje para volver a Francia en seguida y en el menor tiempo posible. Podían contar seguramente con mi fidelidad y con mi afecto.

Si el señor Juan, llevando consigo a su madre, se unía a nosotros, me parecía que hallaríamos medio de pasar la frontera a pesar de todo.

Sin embargo, ¿tomarían este partido la señora Keller y su hijo? A mi me parecía cosa muy sencilla. ¿No era la señora Keller francesa de origen? ¿No lo era por ella a medias el señor Juan? No podían, pues, temer que se les hiciese una mala acogida del otro lado del Rhin cuando se les conociera. Mi opinión era, pues, que no había que dudar un instante. Estábamos en el día 26; el matrimonio debía verificarse el 29. No había, pues, entonces ningún motivo para permanecer en Prusia, y el día siguiente podíamos ya haber abandonado el territorio. Es verdad que esperar tres días todavía era como esperar tres siglos, durante los cuales me vería precisado a pisar el freno. ¡Ah¡ ¿Por qué el señor Juan y la señorita Marta no se habían casado ya?

Sí, sin duda, esto sería lo más conveniente; pero este matrimonio, que todos deseábamos tanto, que yo esperaba con ansiedad; este matrimonio entre un alemán y una francesa, ¿sería posible, ahora que la guerra estaba declarada entre los dos países?

A decir verdad, yo no me atrevía a contemplar de frente la situación, y no era yo solo en comprender todo lo que tenía de grave. Por aquellos días se evitaba hablar de ello entre las dos familias. Se sentía como un peso que nos agobiaba a todos. ¿Qué es lo que iba a suceder? Ni yo ni nadie podía imaginar qué curso iban a tomar los sucesos pues no dependía de nosotros el alterar su marcha.

El 26 y el 27 no sobrevino ningún acontecimiento nuevo. Las tropas continuaban pasando siempre. Sin embargo, yo creí notar que la policía hacía vigilar más activamente la casa de la señora Keller. Varias veces encontré al agente de Kallkreuth, a patas de banco. Me miraba de una manera que seguramente le hubiera valido una soberbia bofetada si esto no hubiese venido a complicar las cosas. Esta vigilancia no dejaba de inquietarme bastante. Yo era particularmente el objeto de ella, por consiguiente, no podía vivir tranquilo, y la familia Keller se hallaba en el mismo angustioso trance que yo.

Para todos era demasiado visible que la señorita Marta derramaba abundantes lágrimas. En cuanto al señor Juan, por lo mismo que trataba de contenerse, sufría indudablemente mucho más. Yo le observaba con cuidado, y lo veía estar de día en día más sombrío. En nuestra presencia se callaba, y se mantenía como retirado de nosotros. Durante su visita a la señorita de Lauranay, parecía que se hallaba agobiado por un pensamiento que no osaba explicar, y cuando se creía que iba a decir algo, sus labios se cerraban en seguida.

El 28, por la noche, nos hallábamos reunidos, en el salón del señor de Lauranay.

El señor Juan nos había rogado que asistiéramos todos. Quería, según nos dijo, hacernos una comunicación que no podía ser aplazada.

Se había comenzado por hablar de varias cosas insignificantes; pero la conversación languidecía. Se desprendía de todos un sentimiento muy penoso, que todos también sentíamos, según lo que he podido observar, desde que supimos la declaración de guerra. En efecto, la diferencia de raza entre franceses y alemanes venía a quedar más acentuada por aquella declaración. En el fondo, todos lo comprendíamos perfectamente; pero el señor Juan se sentía más directamente herido por esta complicación deplorable.

A pesar de que ya nos hallábamos en la víspera del matrimonio, nadie hablaba de él; y, sin embargo, si no hubiese ocurrido ningún acontecimiento, al día siguiente el señor Juan Keller y la señorita Marta hubieran debido ir al templo, entrar en él como prometidos y salir como esposos, ligados para toda la vida. Y de todo esto... ni una palabra.

Entonces la señorita Marta se levantó; se aproximó al señor Juan, que se hallaba en un rincón de la sala, y con una voz cuya emoción trataba en vano de ocultar, le preguntó:

-¿Qué hay?

-¿Que, qué hay Marta? -exclamó el señor Juan, con un acento tan doloroso, que me penetró hasta el corazón.

-Hable, Juan -replicó Marta-. Hable, por penoso que sea de escuchar lo que tenga que decirme.

El señor Juan levantó la cabeza. Parece que se sentía comprendido de antemano.

No, no olvidaré jamás los detalles de esta escena, aun cuando viviese cien años.

El señor Juan estaba de pie delante de la señorita de Lauranay, una de cuyas manos tenía entre las de él; y en tal actitud, haciéndose violencia, dijo:

-Marta, en tanto que la guerra no estaba declarada entre Alemania y Francia, yo podía pensar en hacer de usted mi mujer. Hoy mi país y el suyo van a batirse, y ahora, al solo pensamiento de arrancarle de su patria, de robarle su cualidad de francesa casándome con usted..., no me atrevo. Comprendo que no tengo el derecho de hacerlo; toda mi vida sería un eterno remordimiento; usted me comprende bien; no, no puedo...

¡Si se le comprendía!... ¡Pobre señor Juan!... No encontraba palabras para expresar lo que sentía; pero ¿tenía necesidad de hablar para hacerse comprender!...

-Marta -replicó-. De hoy en adelante va a haber sangre entre nosotros; sangre francesa, de la cual es usted.

La señora Keller, como clavada en su asiento, con los ojos bajos, no se atrevía a mirar a su hijo. Un ligero temblor de labios, la contracción de sus dedos, todo indicaba que su corazón estaba próximo a romperse.

EL señor de Lauranay había dejado caer su cabeza entre sus manos. Las lágrimas corrían en abundancia de los ojos de mi hermana.

-Aquellos, de los cuales yo soy -continuó el señor Juan-, van a marchar contra Francia, contra ese país que yo amo tanto. Y ¡quién sabe si bien pronto no me veréyo obligado a reunirme!...

No pudo acabar la frase. Su pecho estallaba, ahogado por los sollozos, que no podía contener sino con un esfuerzo sobrehumano, pues no parece bien que un hombre llore.

-Hable, Juan -dijo la señorita de Lauranay-. Hable ahora, que todavía tengo fuerzas para seguir escuchándolo.

-Marta -respondió-. Bien sabe usted cuánto la amo; pero usted es francesa, y yo no tengo el derecho de hacer de usted una alemana, una enemiga de...

-Juan -respondió la señorita Marta- yo también le amo, bien lo sabe. Nada de lo que suceda en el porvenir cambiará mis sentimientos. Yo le amo, y le amaré siempre.

-¡Marta! -exclamó Juan, que había caído a sus pies- ¡Querida Marta! ¡Oirle hablar así, y no poder decirle: “Sí; mañana iremos al templo, mañana será mi mujer, y nada ni nadie nos separará ya”... ¡No!... ¡es imposible!...

-Juan -dijo el señor de Lauranay-, lo que parece imposible ahora...

-No lo será más tarde -exclamó el señor Juan-. Sí, señorita de Lauranay, esta guerra odiosa acabará. Entonces..., Marta, yo la encontraré... Yo podré sin remordimientos llamarme su esposo. ¡Oh, Dios mío! ¡qué desdichado soy!

Y el desgraciado, que había vuelto a ponerse en pie, se tambaleaba, casi hasta el punto de caer.

La señorita Marta se aproximó a él, y a su lado, con una voz dulce y llena de ternura.

-Juan -añadió-, no tengo más que una cosa que decirle. En no importa qué tiempo; usted me volverá a encontrar tal como hoy soy para usted. Yo comprendo el sentimiento que le inspira el deber de obrar así. Sí, lo veo; hay en este momento un abismo entre nosotros; pero yo le juro ante Dios, que, si no soy suya, no seré tampoco de nadie jamás.

Con un movimiento irresistible, la señora Keller había atraído hacia sí a la señorita Marta, y la estrechaba entre sus brazos.

-¡Marta!... -le dijo-. Lo que mi hijo acaba de hacer, le coloca más alto y más digno de tí. Sí, más tarde, no en este país, de donde yo quisiera haber salido ya, sino en Francia, nos volveremos a ver, tú serás mi hija, mi verdadera hija y tú misma me perdonarás por mi hijo el que es alemán.

La señora Keller pronunció estas palabras con una entonación tan desesperada, que el señor Juan la interrumpió, precipitándose hacia ella:

-¡Madre mía! ¡querida madre!... -exclamó-. ¡Yo hacerte un reproche!... ¿Soy acaso tan desnaturalizado?

-Juan -dijo entonces la señorita Marta-, su madre es la mía.

La señora Keller había abierto sus brazos, y los dos jóvenes se reunieron sobre su corazón. Si el matrimonio no estaba hecho para ante los hombres, puesto que las circunstancias actuales lo hacían imposible, al menos estaba hecho delante de Dios. No había mas que tomar las últimas disposiciones para partir.

Y, en efecto, aquella misma noche quedó definitivamente decidido que saldríamos de Belzingen, de Prusia y de Alemania, donde la declaración de guerra ponía a los franceses en una situación intolerable.

La cuestión del pleito no podía ya retener a la familia Keller. Por otra parte, no había duda alguna de que su resolución sería indefinidamente retardada, y, por consiguiente, no se podía aguardar.

Por último, se decidió en definitiva lo siguiente. El señor y la señorita de Lauranay, mi hermana y yo, nos volveríamos a Francia. Respecto a este punto no había duda ninguna, puesto que nosotros éramos franceses.

En cuanto a la señora Keller y su hijo, las conveniencias exigían que permaneciesen en el extranjero todo el tiempo que durase esta guerra abominable. En Francia, hubieran podido encontrar prusianos, en el caso de que nuestro país hubiera sido invadido por los ejércitos aliados. Resolvieron, pues, refugiarse en los Países Bajos, y esperarían allí el término de los acontecimientos. En lo referente a partir juntos, esto no había que decirlo, iríamos en compañía, y no nos separaríamos hasta la frontera francesa.

Convenidos en todo esto, y necesitando hacer algunos preparativos para la marcha, fue fijado ésta para el día 2 de julio.

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