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El camino de Francia
Editado
© Ariel Pérez
25 de agosto del 2002
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El camino de Francia
Capítulo XVIII

Pasaré rápidamente los sucesos ocurridos durante los dos primeros días de nuestro viaje con la señora Keller y su hijo. Hasta entonces habíamos tenido la fortuna, al salir del territorio de Thuringia, de no tropezar con ningún mal encuentro.

Por otra parte, muy sobreexcitados, como nos hallábamos, caminábamos a buen paso. Se hubiese podido decir que la señora Keller, la señorita Marta y mi hermana nos daban el ejemplo. Era preciso pedirles que se moderasen. Se descansaba ordinariamente una hora por cada cuatro de marcha, y cuando llegaba la noche, dábamos por concluida nuestra jornada.

El país, poco fértil, estaba interceptado por todas partes por barrancos abiertos por los torrentes, y erizado de sauces y álamos blancos.

Ofrece un aspecto muy salvaje toda aquella parte de la provincia de Hesse-Nassau que ha formado después parte del distrito de Cassel. Se encuentran en ella pocas poblaciones; solamente algunas granjas de techos planos, sin tejas ni canales. Íbamos atravesando entonces el territorio de Schmalkalden, con un tiempo favorable, un cielo nublado, y una brisa bastante fresca que nos daba de espaldas. Sin embargo, nuestras compañeras iban ya muy fatigadas, cuando el día 21 de agosto, después de haber recorrido a pie una decena de leguas desde las montañas de Thuringia, llegamos a la vista de Tann, hacia las diez de la noche.

Allí, conforme a lo que habíamos convenido, el señor Juan y su madre se separaron de nosotros. No hubiera sido prudente atravesar aquella ciudad, en la cual el señor Juan hubiera podido ser reconocido, y ¡sabe Dios qué consecuencias le hubiese acarreado esto!

Quedamos convenidos en que al día siguiente, a las ocho de la mañana, nos encontraríamos en el camino de Fulda. Si nosotros no éramos exactos a la cita, era que la adquisición de un carruaje y de caballos nos habría detenido. Pero la señora Keller y su hijo no habían de entrar en Tann bajo ningún pretexto. Muy prudente fue este acuerdo, pues los agentes se mostraron muy severos en el examen de nuestros pasaportes. Hubo momentos en que creí que iban a detener a gentes a quienes se expulsaba del territorio. Fue preciso decir de qué manera viajábamos, en qué circunstancias habíamos perdido nuestro carruaje; en fin, todo.

Esto nos sirvió, sin embargo. Uno de los agentes, con la esperanza de una buena comisión, nos ofreció ponernos en relación con un alquilador de carruajes. Su proposición fue aceptada. Después de haber acompañado a la señorita Marta y a mi hermana al hotel, el señor de Lauranay, que hablaba muy bien el alemán, vino conmigo a casa del alquilador.

Carruajes de viaje no tenía. Fue preciso contentarse con una especie de carricoche de dos ruedas con una cubierta de cuero, y con el único caballo que podía engancharse a sus varas. Inútil es decir que el señor de Lauranay debió pagar dos veces el valor del caballo, y tres el del carricoche. Al día siguiente, a las ocho, encontramos a la señora Keller y a su hijo en el camino. Una mala taberna les había servido de alojamiento. El señor Juan había pasado la noche en una silla, mientras que su madre disponía de un mal jergón. El señor y la señorita de Lauranay, la señora Keller y mi hermana, montaron en el carricoche, en el cual había yo colocado algunas provisiones compradas en Tann. Sentados los cuatro, quedaba todavía un quinto sitio. Se le ofrecí al señor Juan; pero rehusó. Finalmente, convinimos en que lo ocuparíamos los dos por turno, y la mayor parte del tiempo acontecía que íbamos los dos a pie, a fin de no echar demasiado peso en el carruaje, y que el caballo fuese más descansado. Para comprar éste no había sido posible elegir. ¡Ah! ¡Cuánto me acordaba de nuestros pobres caballos de Belzingen! El 26 por la noche llegábamos a Fulda, después de haber visto desde lejos la cúpula de su catedral, y desde una altura un convento de franciscanos. El 27 atravesábamos Schilachtern, Sodon y Salmunster, en la confluencia de los ríos Salza y Kinzig.

El 28 llegábamos a Gelnhausen, y si hubiéramos viajado por gusto, hubiéramos debido visitar, según se me ha dicho después, su castillo, habitado por Federico Barbarroja. Pero fugitivos como íbamos, o poco menos teníamos otras cosas en qué pensar.

Sin embargo, el carricoche no iba tan de prisa como yo hubiera querido, a causa del mal estado del camino, que, principalmente en los alrededores de Salmunster, atravesaba bosques interminables, cortados por vastos estanques, mucho más grandes que los que se ven en Picardía. Por esas razones no marchábamos sino al paso, originándose retrasos que no debían de ser inquietantes. Hacia ya trece días que habíamos salido de Belzingen. Siete días más, y nuestros pasaportes no tendrían valor ninguno.

La señora Keller estaba muy fatigada. ¿Qué sucedería si llegaban a faltarle las fuerzas por completo, y nos veíamos obligados a dejarla en alguna ciudad, o en otra población cualquiera? Su hijo no podría permanecer con ella, que, a su vez, tampoco lo hubiera permitido. En tanto que la frontera francesa no estuviese entre los agentes prusianos y el señor Juan, éste corría peligro de muerte.

¡Qué de dificultades tuvimos que vencer para atravesar el bosque de Lomboy que se extiende a izquierda y a derecha del río Kinzig, basta las montañas del territorio de Hesse-Darmstadt! Creí que no llegaríamos nunca al otro lado del río, y nos fue preciso perder mucho tiempo antes de encontrar un vado para poder pasar.

En fin, el 29 el carricoche se detuvo un poco antes de llegar a Hanan. Nos vimos obligados a pasar la noche en aquella ciudad, en la cual se notaba un considerable movimiento de tropas y de equipajes.

Como el señor Juan y su madre hubieran tenido que dar un gran rodeo a pie, lo menos de dos leguas, para dar la vuelta a la población, el señor de Lauranay y la señorita Marta se quedaron con ellos en el carruaje.

Sólo mi hermana y yo entramos en la ciudad a fin de renovar nuestras provisiones.

Al día siguiente, 30, nos encontramos en el camino que corta el distrito de Viessbaden. Dejamos a un lado, hacia el mediodía, la pequeña villa de Offenbach, y por la noche llegamos a Francfort sur le Mein.

Nada diré de esta gran ciudad, sino que está situada sobra la orilla derecha del río y que en sus calles hormiguean los hebreos.

Habiendo pasado el Mein en la barca del batelero de Offenbach, habíamos ido a salir frente por frente al camino de Mayenza. Como no podíamos evitar el entrar en Francfort para que nos revisaran los pasaportes, una vez cumplida esta formalidad, volvimos a encontrar al señor Juan y a su madre. Aquella noche, por consiguiente, no nos vimos obligados a una separación, siempre penosa. Pero lo que nos fue más grato y apreciable todavía, fue el encontrar donde alojarnos -verdad es que muy modestamente- en el arrabal del Salhsenhausen, sobra la ribera izquierda del Mein.

Después de cenar todos en compañía, cada cual se fue apresuradamente a su cama, excepto mi hermana y yo, que teníamos que comprar algunas cosillas.

En esta salida, mi hermana oyó, entre otras cosas, lo siguiente, en casa de un panadero, donde varias personas hablaban del soldado Juan Keller: se decía que había sido capturado en Salmunster, y se daban minuciosos detalles de la captura. Verdaderamente, aquello hubiera sido muy divertido para nosotros, si hubiésemos tenido gana de bromas.

Pero lo que me pareció infinitamente más grave, fue el oír hablar de la próxima llegada del regimiento de Lieb, que debía dirigirse desde Francfort a Mayenza, y de Mayenza a Thionville.

Si esto era cierto, el coronel von Grawert y su hijo iban a seguir el mismo camino que nosotros. En previsión de un encuentro semejante, ¿no convendría modificar nuestro itinerario y seguir una dirección más hacia el Sur, aun a riesgo de comprometernos, dejando de pasar por las ciudades indicadas por la policía prusiana?

Al día siguiente, 31, comuniqué esta mala noticia al señor Juan, quien me recomendó no hablar de ello ni a su madre ni a la señorita Marta, que tenían ya suficientes inquietudes. Al otro lado de Mayenza se vería el partido que convendría tomar, y si sería necesario separarse hasta la frontera. Caminando de prisa, tal vez pudiéramos ponernos a bastante distancia del regimiento de Lieb, de manera que alcanzáramos antes que él la frontera de Lorena.

Partimos, pues, a las seis de la mañana. Desgraciadamente, el camino era áspero y fatigoso. Fue preciso atravesar los bosques de Neilruh y de La Ville, que están próximos, casi tocando a Francfort. Con este motivo hubo retrasos de varias horas, empleados en dar la vuelta a los caseríos de Hochst y de Hochheim, que estaban ocupados por una sección numerosa de equipajes militares. Yo vi el momento en que nuestro viejo carricoche, con su flaco caballo y todo, nos iba a ser arrebatado para el transporte de varios quintales de pan. Resultado: que aunque desde Francfort a Mayenza no hay más que una quincena de leguas, no pudimos llegar a esta última población hasta la noche del 31. Nos hallábamos entonces en la frontera del Hesse-Darmstadt.

Fácil es de comprender que la señora Keller y su hijo habían de tener gran interés en no pasar por Mayenza. Esta ciudad está situada sobre la orilla izquierda del Rhin, en su confluencia con el Mein, y frente por frente de Cassel, que es como uno de sus arrabales, el cual se une a la principal parte de la población por un puente de barcas de una longitud de seiscientos pies.

Pero para encontrar de nuevo los caminos que se dirigen hacia Francia, es indispensable franquear el Rhin, sea por más arriba o sea por más abajo de la ciudad, cuando no se quiera pasar por el puente antes citado.

Veannos aquí, pues, buscando con afán una barca que pudiese transportar al señor Juan y a su madre. Todo fue inútil; el servicio de las barcas estaba interrumpido por orden de la autoridad militar.

Eran ya las ocho de la noche. Nosotros no sabíamos verdaderamente qué hacer.

-Es preciso, sin embargo, que mi madre y yo pasemos el Rhin -dijo el señor Juan.

-¿Y por qué sitio, y cómo? -respondí yo.

-Por el puente de Mayenza, puesto que, es imposible pasar por otra parte.

En vista de esto, adoptamos el siguiente plan.

El señor Juan tomó mi manta, en la cual se envolvió desde la cabeza hasta los pies; y luego, cogiendo el caballo por las riendas, se dirigió hacia la puerta de Cassel.

La señora Keller se había sepultado en el fondo de carricoche, entre los vestidos de viaje. El señor y la señorita de Lauranay, mi hermana y yo, ocupábamos las dos banquetas.

Así colocados, nos aproximamos todo lo posible a las viejas fortificaciones de ladrillos enmohecidos, por entre las avanzadas, y el carricoche se paró delante del puesto que guardaba la cabeza del puente.

Encontrábanse allí multitud de personas, que volvían del mercado libre que se había celebrado aquel día en Mayenza. Allí fue donde el señor Juan recurrió a toda su audacia.

-¿Sus pasaportes? -nos dijo.

Yo mismo le alargué los documentos pedidos, que él entregó al jefe del puesto.

-¿Qué gentes son esas? -le preguntaron.

-Franceses que conduzco a la frontera.

-¿Y quién es usted?

-Nicolás Friedel, alquilador de carruajes de Hochst.

Nuestros pasaportes fueron examinados con una atención extremadamente minuciosa, por más que estuviesen en regla. Ya se comprenderá la angustia que a todos nos oprimía el corazón.

-A estos pasaportes no les quedan más que cuatro días de validez -dijo el jefe del puesto-; es preciso, por tanto, que, en ese término, estas gentes estén ya fuera del territorio.

-Lo estarán -respondió Juan Keller-; pero no tenemos tiempo que perder.

-Pasen.

Media hora después, franqueado el Rhin, nos encontrábamos en el Hotel de Anhali, donde el señor Juan debía representar hasta el último momento su papel de alquilador de carruajes. No se me podrá olvidar nunca aquella entrada nuestra en Mayenza.

¡Lo que son las cosas!... ¡Qué recibimiento tan diferente se nos hubiera hecho cuatro meses más tarde, cuando, en octubre, Mayenza se había rendido a los franceses! Qué alegría hubiese sido encontrar allí a nuestros compatriotas! ¡De qué manera hubieran recibido, no sólo a nosotros, a quienes se arrojaba de Alemania, sino también a la señora Keller y a su hijo, al saber su historial y aun cuando hubiéramos debido permanecer seis meses, ocho meses, en aquella capital, hubiera sido con gusto, pues hubiéramos salido con nuestros bravos regimientos y los honores de la guerra para entrar en Francia.

Pero no se llega cuando se quiere; y lo principal, cuando ya se ha llegado, es poder salir cuando a uno lo convenga.

Cuando la señora Keller, la señorita Marta y mi hermana entraron en sus habitaciones del Hotel de Anhalt, el señor Juan se fue a la cuadra a cuidar de mi caballo, y el señor de Lauranay y yo salimos a la calle, a ver si sabíamos, por casualidad, alguna noticia.

Lo que nos pareció más oportuno, fue el instalarnos en una cervecería, y pedir los periódicos. Y verdaderamente, era cosa que merecía la pena de saberse lo que había pasado en Francia desde nuestra partida. En efecto, había tenido lugar la terrible jornada del 10 de agosto, la invasión de las Tullerías, el degüello de los suizos, la prisión de la familia real en el Temple, y el verdadero destronamiento de Luis XVI.

Cada uno de estos hechos eran de naturaleza más que suficiente para precipitar la masa de coligados hacia la frontera francesa.

Conociendo esto, la Francia entera se hallaba dispuesta a rechazar la invasión.

Continuaban organizados los tres ejércitos; Luckner al norte, Lafayette al centro y Montesquieu al mediodía.

En cuanto a Dumouriez, servía entonces a las órdenes de Luckner como teniente general.

Pero, -y esta era una noticia que no tenía más que tres días de fecha-, Lafayette, seguido de algunos de sus compañeros, acababa de dirigirse al cuartel general austríaco, donde, a pesar de sus reclamaciones, se le había tratado como prisionero de guerra.

Por este hecho se podrán juzgar las disposiciones en que se hallaban nuestros enemigos para todo lo que era francés, y qué suerte nos esperaba si los agentes militares nos hubiesen cogido sin pasaportes.

Sin duda, entre lo que contaban los papeles, había cosas que podían creerse, y otras de las cuales no debería hacerse caso; sin embargo, la situación, según las últimas noticias, era la siguiente:

Dumouriez, comandante en jefe de los ejércitos del norte y del centro, era un gran hombre; todo el mundo estaba persuadido de ello. Por eso mismo, deseosos de hacer caer sobre él los primeros golpes, los soberanos de Prusia y Austria estaban para llegar a Mayenza. El duque de Brunswick dirigía los ejércitos de la coalición. Después de haber penetrado en Francia por las Ardennes, tenían la intención de marchar hacia París por el camino de Chalons. Una columna de sesenta mil prusianos se dirigían por Luxemburgo hacia Longwe. Treinta y seis mil austríacos, bajo las órdenes de Clairfayt y del príncipe de Hohenlohe, flanqueaban el ejército prusiano. Tales eran las terribles masas que amenazaban a Francia.

Les digo por adelantado todas estas cosas, que yo no supe hasta más tarde, porque conociéndolas se comprende mejor la situación.

Entretanto, Dumouriez estaba en Sedán con veintitrés mil hombres. Kellermann, que reemplazaba a Luckner, ocupaba Metz, con veinte mil.

Quince mil estaban en Landau, a las órdenes de Custine. Treinta mil en Alsacia, mandados por Biron, estaban dispuestos para unirse si fuera necesario, bien a Dumouriez, o bien a Kellermann.

En fin, como última noticia, los periódicos nos comunicaban que los prusianos acababan de tomar a Longwe, que bloqueaban a Thionville, y que el grueso de su ejército marchaba sobre Verdun.

Con tales nuevas, volvimos al hotel, y cuando la señora Keller supo lo que pasaba, a pesar de que se encontraba muy débil, rehusó hacernos perder veinticuatro horas en Mayenza, tiempo que le hubiera sido muy necesario para su reposo.

Pero era grande el temor que tenía de que su hijo fuera descubierto. Se convino, pues, en emprender la marcha al día siguiente, que era el primero de septiembre. Una treintena de leguas nos separaba todavía de la frontera.

Nuestro caballo, a pesar del cuidado que de él había tenido, no iba muy de prisa. ¡Y, sin embargo, cuánta necesidad teníamos de apresurarnos! Hasta llegada la noche no descubrimos a lo lejos las ruinas de un antiguo castillo en la cima del Schlossberg. Al pie de esta montaña se extiende Kreuznach, ciudad importante del distrito de Coblentza, situada sobre el Nahe, y que, después de haber pertenecido a Francia en 1801, volvió al dominio de Prusia en 1815.

Al día siguiente llegamos al caserío de Kirn, y veinticuatro horas más tarde al de Birkenfeld. Afortunadamente, como no nos faltaban las provisiones, pudimos, tanto la señora Keller y el señor Juan como nosotros, dar un rodeo y evitar la entrada en aquellas poblaciones, que no estaban marcadas en nuestro itinerario. Pero había sido necesario contentarnos con la cubierta del carricoche por todo abrigo, y ya se comprende que las noches pasadas en tales condiciones no dejaban de ser penosas.

Otro tanto nos aconteció cuando hicimos alto el tres de septiembre por la noche. A las doce de la noche del día siguiente expiraba el plazo que nos había sido concedido para evacuar el territorio alemán. Y todavía nos hallábamos a dos jornadas de marcha antes de llegar a la frontera. ¿Qué sería de nosotros, si por casualidad éramos detenidos en el camino, sin pasaportes válidos para los agentes prusianos?

Acaso tuviéramos que vernos obligados a dirigirnos más hacia el sur, del lado de Sarrelouis, que era la población francesa más próxima. Pero con esto nos exponíamos a caer precisamente en el centro de la masa de prusianos que iban a reforzar el bloqueo de Thionville. Por consiguiente, nos pareció preferible alargar nuestro camino, a fin de evitar tan peligroso encuentro.

En suma: sólo nos hallábamos a pocas leguas del país, sanos y salvos todos. Que llegáramos allá el señor y la señorita de Lauranay, mi hermana y yo, no tendría nada de extraordinario indudablemente. En cuanto a la señora Keller y a su hijo, bien podía decirse que las circunstancias les habían favorecido. Cuando Juan Keller se había reunido con nosotros en las montañas de Thuringia, no contaba yo con la seguridad de que podríamos estrecharnos las manos en la frontera francesa.

Sin embargo, nos interesaba mucho evitar a Saarbruck, no solamente por interés de Juan Keller y de su madre, sino también por interés nuestro. Aquella ciudad nos habría ofrecido su hospitalidad, más bien en una prisión que en un hotel. Fuimos, pues, a alojarnos a una posada cuyos huéspedes habituales no debían ser de primera calidad. Más de una vez el posadero nos miró de una manera muy singular. Hasta me pareció que, en el momento en que partíamos, cambiaba algunas palabras con varios individuos reunidos alrededor de una mesa, en el fondo de una obscura habitación, y a los cuales nosotros no podíamos ver.

En fin, el cuatro por la mañana tomamos el camino que pasa entre Metz y Thionville, prontos a dirigirnos, si era preciso, a la primera de dichas ciudades, que los franceses ocupaban entonces.

¡Qué marcha tan penosa fue aquella, a través de una masa de busques diseminados por todo el país! El pobre caballejo no podía más; así fue que, a eso de las dos de la tarde, y al empezar a subir una larga y empinada cuesta que se desarrollaba entre espesos matorrales, y bordeaba algunas veces por campos de arena, nos vimos obligados a echar pie a tierra todos, menos la señora Keller, que se hallaba demasiado fatigada para bajarse del carricoche.

Se caminaba, pues, lentamente. Yo llevaba el caballo por la rienda; mi hermana iba cerca de mí; el señor de Lauranay, su nieta y el señor Juan caminaban un poco detrás. Excepto nosotros, no se veía un alma por el camino.

A lo lejos, hacia la izquierda, se dejaban oír sordas detonaciones. Por aquel lado se combatía; sin duda era bajo los muros de Thionville.

De repente, y hacia la derecha, se oyó un tiro. Nuestro caballo, herido mortalmente, cayó a tierra, rompiendo las varas del carricoche. Al mismo tiempo se oían estas vociferaciones:

-¡Al fin le tenemos!

-¡Si, este es Juan Keller! ¡Para nosotros los mil florines!

-Todavía no -dijo el señor Juan.

Un segundo tiro resonó. Pero esta vez era el señor Juan quien lo había disparado, y un hombre rodaba por tierra cerca de nuestro caballo.

Todo esto había pasado tan rápidamente, que yo no había tenido tiempo de darme cuenta de ello.

-¡Son los Buch! -me dijo el señor Juan.

-Pues bien, zurrémoslos -respondí yo.

Aquellos bribones, en efecto, se encontraban en la fonda en que nosotros habíamos pasado la noche. Después de algunas palabras cambiadas con el posadero, se habían lanzado en nuestro seguimiento.

Pero de tres, no eran ya más que dos: el padre y el segundo de los hijos. El otro, con el corazón atravesado por una bala, acababa de expirar.

Y entonces, dos contra dos, la partida sería igual. Ésta, por otra parte, no sería larga. Yo, a mi vez, tiré sobre el otro hijo de Buch, al cual no hice más que herir. Entonces él y su padre, viendo que su golpe había sido errado, se movieron por entre la arboleda, hacia la izquierda, y se alejaron a todo correr.

Yo quería lanzarme en su seguimiento; pero el señor Juan me lo impidió. ¡Quién sabe si tendría razón!

-¡No! -me dijo-. Lo que más urge es atravesar la frontera; en marcha, en marcha.

Como ya no teníamos caballo, fue preciso abandonar nuevamente nuestro carricoche. La señora Keller se vio obligada a echar pie a tierra, y marchaba apoyada en el brazo de su hijo.

Algunas horas más, y nuestros pasaportes no nos protegerían.

Así se caminó hasta la noche. Se acampó bajo los árboles, y nos servimos del resto de las provisiones. En fin, al día siguiente, cinco de septiembre, al anochecer, atravesamos la frontera.

¡Si! ¡Era el suelo francés el que nuestros pies pisaban entonces, suelo francés, ocupado por soldados extranjeros!...

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