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El camino de Francia
Editado
© Ariel Pérez
25 de agosto del 2002
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El camino de Francia
Capítulo IV

Belzingen, pequeña ciudad situada a menos de veinte leguas de Berlín, está construida cerca de la aldea de Hagelberg, donde en 1813 los franceses debían medirse con las tropas prusianas. Dominada por la cima del Flameng, la población se extiende a sus pies, en una situación bastante pintoresca. Su comercio comprende los caballos, el ganado lanar, el lino, el trébol y los cereales.

Allí fue donde llegamos mi hermana y yo, hacia las diez de la mañana. Algunos instantes después, el carruajillo se detenía delante de una casa muy limpia y muy atractiva, aunque modesta. Era la casa de la señora Keller.

En este país se creería uno en plena Holanda. Los aldeanos llevan largos gabanes azulados, chalecos escarlata, terminados en un alto y sólido cuello, que podría protegerlos perfectamente de un golpe de sabio. Las mujeres, con sus dobles y triples sayas, sus gorros con alas blancas, parecerían hermanas de la Caridad, si no fuera por el pañuelo de colores vivos que les cubre el talle, y su corpiño, de terciopelo negro, que no tiene nada de monástico. Esto es, por lo menos, lo que vi por el camino.

En cuanto a la acogida que se me hizo, fácilmente se podrá imaginar.

¿No era yo el propio hermano de Irma? Por esto comprendí perfectamente que su situación en la familia no era inferior a la que me había dicho. La señora Keller me honró con una afectuosa sonrisa, y el señor Juan con dos buenos apretones de manos. Ya se comprenderá que mi cualidad de francés debía entrar por mucho en tan buen recibimiento.

-Señor Delpierre -me dijo-. Mi madre y yo contamos con que pasara usted aquí todo el tiempo que dure su licencia. Algunas semanas solamente. Esto no es dedicar demasiado a su hermana, puesto que no la ha visto desde hace trece años.

-Se los dedicaré a mi hermana, a su señora madre y a usted, señor Juan -respondí-. Yo no he olvidado el bien que su familia ha hecho a la mía; y es una felicidad para Irma el haber sido acogida en su casa.

Lo confieso ingenuamente: yo llevaba preparado este cumplimiento para no quedar parado como un bobo a mi entrada. Pero era inútil con tan buena gente, bastaba dejar salir a su gusto lo que uno tuviese en el corazón.

Mirando a la señora Keller, recordaba perfectamente sus rasgos de joven, que estaban bien grabados en mi memoria. Su belleza parecía no haber cambiado con los años. En la época de su juventud, la gravedad de su fisonomía llamaba la atención, y a mí me parecía verla, poco más o menos, tal como la veía entonces. Si sus cabellos negros blanqueaban por algunos sitios, sus ojos no habían perdido nada de su vivacidad de joven. Todavía estaban llenos de fuego, a pesar de las lágrimas que les habían anegado desde la muerte de su esposo. Su actitud era tranquila. Sabía escuchar, no siendo de esas mujeres que charlan como urracas o murmuran como un enjambre dentro de una colmena. Francamente, esas no me gustan mucho. Se comprendía que estaba llena de buen sentido, sabiendo escuchar y tener en cuenta su razón antes de hablar o de decidirse a una determinación, siendo, por consiguiente, muy entendida en dirigir los negocios.

Además, según bien pronto pude observar, no salía sino muy raramente del hogar doméstico. No andaba de visitas en casa de las vecinas; huía los conocimientos, y se encontraba perfectamente en su casa. Esto es lo que me agrada en una mujer. Yo hago poco caso de aquellas que, como los músicos ambulantes, no se encuentran nunca mejor que fuera de su casa.

Una cosa me causó también gran placer, y fue que la señora Keller, sin desdeñar las costumbres alemanas, había conservado alguna de nuestras costumbres picardas. Así, el interior de su casa recordaba mucho el de las casas de Saint Sauflieu. Con el arreglo de los muebles, la organización del servicio, la manera de preparar las comidas, se hubiera uno creído en su país. Esto lo ha conservado siempre en la memoria.

El señor Juan tenía entonces veinticuatro años. Era un joven de una estatura algo más elevada que la mediana; de cabellos y bigote negros, y con los ojos tan obscuros, que parecían negros también. Si bien era alemán, no tenía nada al menos de la tiesura teutónica, que contrastaba con la gracia y la elegancia de sus maneras. Su naturaleza franca, abierta y simpática, atraía. Se parecía mucho a su madre. Naturalmente serio como ella, agradaba, pesar de su aire grave, siendo además muy atento y servicial. A mí me agradó por completo desde que lo vi la primera vez. Si en alguna ocasión tiene necesidad de un verdadero amigo, lo encontrará en Natalis Delpierre.

Añado, además, que se servía de nuestra lengua como si hubiese sido educado en mi país.

¿Sabía el alemán? Sí, evidentemente, y muy bien. Pero, a la verdad, hubiera sido preciso preguntárselo como se lo preguntaron a no sé qué reina de Prusia, que habitualmente no hablaba más que el francés. Y, además, se interesaba sobre todo por las cosas de Francia; amaba a nuestros compatriotas, los buscaba, les prestaba servicios. Se ocupaba en recoger todas cuantas noticias venían de allá, y hacía de ellas el asunto favorito de su conversación.

Por otra parte, él pertenecía a la clase de los industriales y de los comerciantes, y, como tal, se sentía mortificado con la altanería de los funcionarios públicos y de los militares, como se sienten mortificados por esta misma causa todos los jóvenes que, dedicados a los negocios, no tienen nada que ver con el gobierno.

¡Qué lástima que el señor Juan Keller, en lugar de no serlo más que a medias, no fuese por completo francés ¿Qué quieren? Yo digo lo que pienso, lo que se me ocurre, sin razonarlo, tal como lo siento. Si no soy aficionado a los alemanes, es porque los he visto de cerca durante el tiempo que he estado de guarnición en la frontera. En las altas clases, aun cuando son bien educados, como se debe serlo, con todo el mundo, su natural altanería, molesta siempre. Yo no niego sus buenas cualidades; pero los franceses tienen otras, y no había de ser aquel viaje por Alemania lo que me hiciera cambiar de opinión.

A la muerte de su padre, el señor Juan, que estudiaba entonces en la Universidad de Goetting, se vio obligado a dejar sus estudios para ir a ponerse al frente de los negocios de la casa. La señora Keller encontró en él una ayuda inteligente, activa y laboriosa.

Sin embargo, no se limitaban a tan poca cosa sus aptitudes. Fuera de las cosas del comercio, era muy instruido, según lo que me ha dicho mi hermana, pues yo no hubiera podido juzgar por mí mismo. Tenía gran afición por los libros; y le gustaba mucho la música. Tenía una bonita voz, no tan fuerte como la mía; pero más agradable. Cada uno en su oficio es maestro.

Cuando yo gritaba: «Adelante ¡Paso redoblado! ¡Alto!», a los soldados de mi compañía, sobre todo «¡Alto!», no había uno solo que se quejase de que no me oía. Pero, volvamos al señor Juan. Si me dejase llevar de mi deseo, no acabaría nunca de hacer su elogio. Pero ya se le verá en sus hechos.

Lo que es preciso no olvidar es que, desde la muerte de su padre, todo el peso de los negocios había recaído sobre él, y le era necesario trabajar de firme, pues las cosas habían quedado bastante embrolladas. No tenía más que un deseo, y a él se dirigían todos sus esfuerzos: a poner en claro su situación, y a retirarse del comercio. Desgraciadamente, el pleito que sostenía contra el Estado no estaba próximo a terminar. Importaba, no obstante, seguirle asiduamente, y para que no se perdiera por negligencia o falta de cuidado era necesario ir con frecuencia a Berlín. Bien se veía que el porvenir de la familia Keller dependía de la solución de aquel negocio. Después de todo, sus derechos eran tan ciertos, que no podía perderlo, por mucha que fuese la mala intención de los empleados y de los jueces.

Aquel día, a las doce, comimos todos en mesa redonda. Estábamos como en familia. Tal era la manera con que se me trataba. Yo estaba al lado de la señora Keller; mi hermana Irma ocupaba su sitio habitual, al lado del señor Juan, que estaba en frente de mí.

Se habló de mi viaje, de las dificultades que hubiera podido encontrar en el camino, del estado del país. Yo adivinaba las inquietudes de la señora Keller y de su hijo a propósito de lo que se preparaba, de las tropas en marcha hacia la frontera de Francia, lo mismo las de Prusia que las de Austria. Sus intereses corrían peligro de estar gravemente y por largo tiempo comprometidos si la guerra estallaba.

Pero más valía no hablar de cosas tan tristes en esta primera comida. Por consiguiente, el señor Juan quiso cambiar de conversación, y empezó a hablar de mí.

-¿Y sus campañas? -me preguntó-. ¿Ha disparado los primeros tiros en América? ¿Ha encontrado en aquellos lejanos países al marqués de Lafayette, a ese heroico francés que ha consagrado su fortuna y su vida a la causa de la independencia?

-Sí, señor Juan.

-¿Y ha visto a Washington?

-Como lo estoy viendo a usted -respondí-. Es un soberbio hombre, con grandes manos, grandes pies; en fin, un gigante.

Evidentemente, esto era lo que me había llamado más la atención en el general americano.

Entonces fue preciso contar lo que sabía de la batalla de Yorktown, y cómo el conde de Rochambeau había materialmente barrido a lord Cornwallis.

-¿Y desde su vuelta a Francia -me preguntó el señor Juan-, no ha hecho usted ninguna campaña?

-Ni una sola -repliqué-. El Real de Picardía ha andado siempre de guarnición en guarnición. Estábamos siempre muy ocupados...

-Lo creo, Natalis; y tan ocupados, que usted no ha tenido tiempo jamás de enviar noticias suyas, ni de escribir una sola palabra a su hermana.

Ante esta observación, no pude menos de enrojecer. Irma pareció también un poco molesta.

En fin, me decidí, y tomé un partido. Después de todo, no era cosa para avergonzarse.

-Señor Juan -respondí-. Si yo no he escrito a mi hermana, es porque cuando se trata de escribir, yo soy manco de las dos manos.

-¿No sabe usted escribir, Natalis? -exclamó el señor Juan.

-No, señor, con gran sentimiento mío.

-¿Ni leer?

-Tampoco. Durante mi infancia, aun admitiendo que mi padre y mi madre hubieran podido disponer de algunos recursos para hacerme instruir, no teníamos maestro de escuela en Grattepanche ni en los alrededores. Después.... he vivido siempre con la mochila a la espalda y el fusil sobre el hombro, y no se tiene tiempo sobrado para estudiar entra jornada y jornada. Vea aquí como un sargento, a los treinta y un años, no sabe todavía leer ni escribir.

-Bien, Natalis; nosotros le enseñaremos, -dijo la señora Keller.

-¿Usted, señora?...

-Sí -añadió el señor Juan-; mi madre y yo; los dos le tomaremos por nuestra cuenta. Tiene usted dos meses de licencia, ¿verdad?...

-Dos meses.

-¿Y su intención es pasarlos aquí?

-¡Si no les molesto!...

-¡Molestarnos! -dijo la señora Keller-. ¡Usted! ¡El hermano de Irma!...

-Querida señora -dijo mi hermana-; cuando Natalis les conozca mejor, no dirá esas cosas.

-Usted estará aquí como en su casa -añadió el señor Juan.

-¡Como en mi casa! ¡Diablo, señora Keller! ¡Yo no he tenido jamás casa!

-Pues bien, en casa de su hermana, si lo prefiere mejor. Se lo repito: puede permanecer aquí todo el tiempo que guste, y en los dos meses que tiene de licencia, yo me encargo de enseñarle a leer. La escritura vendrá después.

Yo no sabia cómo darle las gracias.

-Pero... señor Juan -dije-. ¿No tiene usted ocupado todo su tiempo?

-Con dos horas por la mañana y dos por la tarde, será suficiente; le pondré temas, y usted los traducirá.

-Yo te ayudaré, Natalis -me dijo Irma-; pues yo sé también leer y escribir, aunque no sea mucho.

-¡Ya lo creo! -añadió el señor Juan-. Como que ella ha sido la mejor alumna de mi madre.

¿Qué responder a una proposición hecha con tan buena voluntad?

-Sea; acepto, señor Juan. Acepto, señora Keller, y si no hago como debo mis temas, me impondrá usted un castigo.

El señor Juan replicó:

-Comprenda, mi querido Natalis, que es preciso que todo hombre sepa leer y escribir. Piense en todo cuanto deben ignorar las pobres gentes que no han aprendido. ¡Qué oscuridad en su cerebro! ¡Qué vacío en su inteligencia! Se es tan desgraciado, como si se estuviese privado de un miembro. Y además, que no podrá ascender. Ya es usted sargento, está bien; pero ¿cómo pasará de ese grado? ¿Cómo podrá llegar a ser teniente, capitán o coronel? Permanecerá siempre en la situación en que está, y es preciso que la ignorancia no pueda detenerle en su carrera.

-No sería la ignorancia lo que me detendría, señor Juan; serían las ordenanzas. A nosotros los hijos del pueblo, no nos está permitido pasar del grado de capitán.

-Hasta el presente, Natalis, le sucedía; pero la revolución del ochenta y nueve ha proclamado la igualdad en Francia, y hará desaparecer los viejos prejuicios. Ya en la nación francesa cada uno es igual a los demás. Sea, pues, el igual de los que son instruidos, para que pueda llegar hasta donde la instrucción le permita y pueda conducirle. ¡La igualdad! Esta es una palabra que la Alemania no conoce todavía. ¿Con que está conforme?

-Conforme, señor Juan.

-Está bien; comenzaremos hoy mismo, y dentro de ocho días estará en la última letra del abecedario. Puesto que hemos concluido de comer, vamos a dar un paseo. A la vuelta nos pondremos a la tarea.

Y vean aquí de qué manera comencé a aprender a leer y a escribir en la casa Keller.

¡No podían encontrarse gentes más buenas!

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