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Un drama en México
Editado
© Ariel Pérez
31 de mayo del 2002
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Un drama en México
Capítulo I
Desde la isla de Guaján a Acapulco

El 18 de octubre de 1824, el Asia, bajel español de alto bordo, y la Constancia, brick de ocho cañones, partían de Guaján, una de las islas Marianas. Durante los seis meses transcurridos desde su salida de España, sus tripulaciones, mal alimentadas, mal pagadas, agotadas de fatiga, agitaban sordamente propósitos de rebelión. Los síntomas de indisciplina se habían hecho sentir sobre todo a bordo de la Constancia, mandada por el capitán señor Orteva, un hombre de hierro al que nada hacía plegarse. Algunas averías graves, tan imprevistas que sólo cabía atribuirlas a la malevolencia, habían retrasado al brick en su travesía. El Asia, mandado por don Roque de Guzuarte, se vio obligado a permanecer con él. Una noche la brújula se rompió sin que nadie supiera cómo. Otra noche los obenques de mesana fallaron como si hubieran sido cortados y el mástil se derrumbó con todo el aparejo. Finalmente, los guardines del timón se rompieron por dos veces durante una maniobra importante.

La isla de Guaján, como todas las Marianas, depende de la Capitanía General de las islas Filipinas. Los españoles, que llegaban a posesiones propias, pudieron reparar prontamente sus averías.

Durante esta forzada estancia en tierra, el señor Orteva informó a don Roque del relajamiento de la disciplina que había notado a bordo, y los dos capitanes se comprometieron a redoblar la vigilancia y la severidad.

El señor Orteva tenía que vigilar más especialmente a dos de sus hombres, el teniente Martínez y el gaviero José.

Habiendo comprometido el teniente Martínez su dignidad de oficial en los conciliábulos del castillo de proa, fue arrestado varias veces y, durante estos arrestos, le reemplazó en sus funciones de segundo de la Constancia el aspirante Pablo. En cuanto al gaviero José, se trataba de un hombre vil y despreciable, que sólo medía sus sentimientos en dinero contante y sonante. Así, pues, se vio vigilado de cerca por el honrado contramaestre Jacopo, en quien el señor Orteva tenía plena confianza.

El aspirante Pablo era una de esas naturalezas privilegiadas, francas y valerosas, a las que la generosidad inspira las más grandes acciones. Huérfano, recogido y educado por el capitán Orteva, se hubiera dejado matar por su bienhechor. Durante sus conversaciones con Jacopo, el contramaestre, se permitía, arrastrado por el ardor de su juventud y los impulsos de su corazón, hablar del cariño filial que sentía por el señor Orteva, y el buen Jacopo le estrechaba vigorosamente la mano, porque comprendía lo que el aspirante expresaba tan bien. De esta manera el señor Orteva contaba con dos hombres devotos en los que podía tener absoluta confianza. Pero ¿qué podían hacer ellos tres contra las pasiones de una tripulación indisciplinada? Mientras intentaban día y noche triunfar sobre aquel espíritu de discordia, Martínez, José y los demás marineros seguían progresando en sus planes de rebeldía y traición.

El día antes de zarpar, el teniente Martínez estaba en una taberna de los bajos fondos con algunos contramaestres y una veintena de marinos de los dos navíos.

-Compañeros - dijo el teniente Martínez -, gracias a las oportunas averías que hemos tenido, el brick y el navío han tenido que hacer escala en las Marianas y he podido acudir aquí en secreto a hablar con ustedes.

-¡Bravo! - exclamó la asamblea al unísono.

-¡Hable, teniente, y háganos conocer su proyecto - dijeron entonces varios marineros.

-He aquí mi plan - respondió Martínez -. En cuanto nos hayamos apoderado de los dos barcos, pondremos proa hacia las costas de México. Saben ustedes que la nueva Confederación carece de Marina. Comprará, pues, a ojos cerrados nuestros barcos, y no solamente cobraremos nuestro salario de esa forma, sino que lo que sobre de la venta será igualmente compartido por todos.

-¡De acuerdo!

-¿Y cuál será la señal para actuar simultáneamente en las dos embarcaciones? - preguntó el gaviero José.

-Se disparará un cohete desde el Asia - respondió Martínez -. ¡Ese será el momento! Somos diez contra uno, y haremos prisioneros a los oficiales del navío y del brick antes de que se hayan apercibido de nada.

-¿Cuándo se dará la señal? - preguntó uno de los contramaestres de la Constancia.

-Dentro de algunos días, cuando lleguemos a la altura de la isla de Mindanao.

Pero, ¿no recibirán a cañonazos los mexicanos a nuestros barcos? - objetó el gaviero José -. Si no me equivoco, la Confederación ha emitido un decreto por el que se someten a vigilancia todas las embarcaciones españolas y quizá, en lugar de oro, nos regalen una lluvia de hierro y de plomo.

-Puedes estar tranquilo, José. Haremos que nos reconozcan, ¡y desde bien lejos! - replicó Martínez.

-¿Y cómo?

-Izando en lo más alto del palo mayor de nuestros bergantines el pabellón de México.

Mientras decía esto, el teniente Martínez desplegó ante los ojos de los rebeldes una bandera verde, blanca y roja.

Un sombrío silencio recibió la aparición del emblema de la independencia mexicana.

-¿Añoran ya la bandera de España? - gritó el teniente con tono burlón -. ¡Pues bien, que los que experimenten tales añoranzas se separen de nosotros y viren de borda a las órdenes del capitán Orteva y del comandante don Roque! ¡En cuanto a nosotros, que no queremos seguir obedeciendo, sabremos reducirles a la impotencia!

-¡Bien! ¡Bien! - gritó toda la asamblea unánimemente.

-¡Compañeros! - volvió a hablar Martínez -. Nuestros oficiales cuentan con los vientos alisios para bogar hacia las islas de la Sonda; pero ¡les demostraremos que, aun sin ellos, se pueden correr bordadas contra los monzones del océano Pacífico!

Después de estas palabras, los marineros que asistían a este conciliábulo secreto se separaron y, por diversos caminos, regresaron a sus respectivos navíos.

Al alba del día siguiente el Asia y la Constancia levaron anclas y, poniendo proa al sudoeste, el navío y el brick se dirigieron a toda vela hacia Nueva Holanda. El teniente Martínez volvía a desempeñar sus funciones, pero, de acuerdo con las órdenes del capitán Orteva, estaba estrechamente vigilado.

No obstante, siniestros presentimientos asaltaban al señor Orteva. Comprendía cuán inminente era el derrumbe de la Marina española, a la que la insubordinación llevaba a la catástrofe. Además, su patriotismo no podía soportar los continuos reveses que abrumaban a su país, que habían culminado con la revolución de los estados mexicanos. Hablaba algunas veces con el aspirante Pablo de estas graves cuestiones, sobre todo de lo que concernía a la antigua supremacía de la flota española en todos los mares.

-¡Hijo mío! - le dijo un día -. Ya no se conoce la disciplina entre nuestros marineros. Los síntomas de revuelta son especialmente visibles a bordo de mi barco y puede (tengo ese presentimiento) que alguna traición indigna me prive de la vida. Pero tú me vengarás, ¿no es verdad? ¡Y vengarás a la vez a España, a la que se quiere dañar matándome a mí!

-¡Se lo juro, capitán Orteva! - respondió Pablo.

-No te enemistes con nadie de a bordo, hijo mío, pero acuérdate, cuando llegue el día, que en estos desafortunados tiempos la mejor manera de servir a la patria es vigilar primero, y castigar después, si es posible, a los que quieren hacerla traición.

-¡Le prometo morir, morir si es preciso, con tal de castigar a los traidores! - respondió el aspirante.

Hacía tres días que los navíos habían zarpado de las Marianas. La Constancia avanzaba a todo trapo impulsada por un ligero vientecillo. El brick, gracioso, ágil, esbelto, a ras de agua, con la arboladura inclinada hacia atrás, saltaba sobre las olas que salpicaban de espuma sus ocho carronadas de calibre seis.

-Doce nudos, mi teniente - comentaba una tarde el aspirante a Martínez -. Si seguimos navegando de esta forma, viento en popa, la travesía no será larga.

-¡Dios lo quiera! Ya hemos sufrido bastante y es hora de que acaben nuestras dificultades.

El gaviero José estaba en ese momento cerca del alcázar de popa y escuchaba las palabras del teniente.

-No debemos tardar mucho en avistar tierra - dijo entonces Martínez en voz alta.

-La isla de Mindanao, en efecto - contestó el aspirante -. Estamos a ciento cuarenta grados de longitud oeste y a ocho de latitud norte, y, si no me equivoco, la isla está...

-A ciento cuarenta grados treinta y nueve minutos de longitud y a siete grados de latitud - replicó vivamente Martínez.

José levantó la cabeza y, después de hacer una señal imperceptible, se dirigió hacia el castillo de proa.

-¿Tiene el cuarto de guardia de medianoche, Pablo? - preguntó Martínez.

-Sí, mi teniente.

-Ya son las seis de la tarde, así que no le entretengo.

Pablo se retiró.

Martínez se quedó solo sobre la toldilla, y dirigió la vista hacia el Asia, que navegaba a la estela del brick. La tarde era magnífica y hacía presagiar una de esas hermosas noches tropicales, frescas y tranquilas.

El teniente escudriñó entre las sombras a los hombres de la guardia. Distinguió a José y a algunos de los marinos con los que había hablado en la isla de Guaján. Luego se aproximó un momento al hombre que estaba al timón. Le dijo unas palabras en voz baja y eso fue todo.

No obstante, se hubiera podido percibir que la rueda había sido apuntada un poco más a barlovento, de forma que el brick no tardó en acercarse sensiblemente al navío de línea.

Contrariamente a las costumbres de a bordo, Martínez paseaba contra el viento a fin de observar mejor al Asia. Inquieto y nervioso, apretaba un megáfono en su mano.

De improviso, una detonación se oyó a bordo del navío.

A esta señal, Martínez saltó sobre el banco de los hombres del cuarto y, con voz potente, ordenó:

-¡Todo el mundo al puente! ¡Cargar las velas bajas!

En ese instante, el capitán Orteva, seguido de sus oficiales, salió de la toldilla y, dirigiéndose al teniente, preguntó:

-¿Por qué esta maniobra?

Martínez, sin responderle, saltó del banco de cuarto y corrió al castillo de proa.

-¡El timón a sotavento! - ordenó - ¡Las brazas de babor por delante! ¡Bracear! ¡Suelta la escota del foque mayor! En este momento, nuevas detonaciones estallaban a bordo del Asia.

La tripulación obedeció las órdenes del teniente, y el brick, virando bruscamente a barlovento, se inmovilizó y se puso al pairo con la gavia pequeña.

El capitán, volviéndose entonces hacia los pocos hombres que se habían apiñado en torno a él, gritó:

¡A mí, mis valientes! - y avanzando hacia Martínez, ordenó: ¡Que se detenga a este oficial!

-¡Muerte al capitán! - respondió Martínez.

Pablo y dos oficiales más empuñaron la espada y las pistolas. Algunos marineros, con Jacopo al frente, se lanzaron en su ayuda; pero, detenidos al instante por los amotinados, fueron desarmados y se vieron en la imposibilidad de actuar.

Los infantes de marina y la tripulación se alinearon a lo largo del barco y avanzaron contra sus oficiales. Los hombres fieles, acorralados contra la toldilla, sólo podían hacer una cosa: lanzarse sobre los rebeldes.

El capitán Orteva dirigió el cañón de su pistola contra Martínez.

En ese instante, un cohete se elevó desde el Asia.

-¡Hemos vencido! - gritó Martínez.

El disparo del capitán se perdió en el aire.

La escena no fue larga. El capitán atacó cuerpo a cuerpo al teniente; pero pronto, abrumado por el superior número de enemigos y gravemente herido, se tuvo que someter. Sus oficiales compartían su suerte unos momentos más tarde.

Izaron algunos fanales en las jarcias del brick para avisar a los del Asia. El motín había estallado y triunfado también a bordo del navío de línea.

El teniente Martínez era el amo a bordo de la Constancia y sus prisioneros fueron arrojados en desorden al interior de la cámara del consejo.

Pero, a la vista de la sangre, se habían reavivado los instintos feroces de la tripulación. No era suficiente haber vencido, había también que matar.

-¡Degollémoslos! - gritaban muchos de aquellos locos -. ¡Vamos a matarlos! ¡Los muertos no hablan!

El teniente Martínez, a la cabeza de los amotinados más sanguinarios, se lanzó hacia la cámara del consejo; pero el resto de la tripulación se opuso a la matanza y los oficiales se salvaron.

-¡Traigan al capitán Orteva al puente! - ordenó Martínez.

Se le obedeció.

-Orteva - dijo Martines -, ahora soy yo quien manda los dos barcos. Don Roque es, como tú, prisionero mío. Mañana los abandonaremos a los dos en una costa desierta; luego dirigiremos nuestra ruta hacia los puertos de México y los barcos serán vendidos al gobierno republicano.

-¡Traidor! - exclamó Orteva.

-¡Relingen las velas bajas! ¡Aten a este hombre en la toldilla! - dijo, señalando al capitán.

Se le obedeció.

-¡Los demás, al fondo de la cala! ¡Listos para virar por avante! ¡Orcen! ¡Adelante, camaradas!

La maniobra fue prontamente ejecutada. El capitán Orteva se encontró desde entonces a sotavento del navío, tapado por la cangreja, y todavía se le oía llamar a su teniente « infame »y « traidor ».

Martínez, fuera de sí, se lanzó sobre la toldilla con un hacha en la mano. Le impidieron llegar junto al capitán; pero, de un fuerte hachazo, consiguió cortar las escotas de la cangreja. La botavara, violentamente arrastrada por el viento, golpeó al capitán y le destrozó el cráneo.

Un grito de horror se elevó desde el brick.

-¡Ha sido un accidente! - exclamó Martínez - ¡Arrojen el cadáver al mar!

Y se le obedeció de nuevo.

Los dos navíos reemprendieron su ruta a toda vela hacia las costas mexicanas.

Al día siguiente avistaron un islote a estribor. Se lanzaron los botes del Asia y la Constancia y los oficiales, con excepción del aspirante Pablo y del contramaestre Jacopo, que se habían pasado al bando del teniente Martínez, fueron abandonados en la desierta costa. Pero, por suerte, algunos días más tarde fueron recogidos por un ballenero inglés que los llevó a Manila.

Unas semanas después los dos barcos fondeaban en la bahía de Monterrey, al norte de la antigua California. Martínez dio cuenta de sus intenciones al comandante militar del puerto. Le ofrecía entregar a México, que carecía de marina de guerra, los dos navíos españoles con sus municiones y su armamento, así como poner sus tripulaciones a disposición de la Confederación mexicana. En contrapartida, ésta debía pagarles todo lo que se les adeudaba desde su partida de España.

A estas propuestas, el gobernador respondió declarando que carecía de las atribuciones suficientes para pactar. Así, pues, animó a Martínez a dirigirse a México, donde podría fácilmente concluir él mismo este asunto. El teniente siguió su consejo, y, dejando al Asia en Monterrey, después de un mes de holganza se hizo a la mar con la Constancia. Pablo, Jacopo y José formaban parte de la tripulación, y el brick, a toda vela con viento a favor se dirigió a toda marcha hacia Acapulco.

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