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Un drama en México
Editado
© Ariel Pérez
31 de mayo del 2002
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Un drama en México
Capítulo II
De Acapulco a Cigualán

De los cuatro puertos mexicanos en el océano Pacífico, San Blas, Zacatula, Tehuantepec y Acapulco, este último es el que ofrece más recursos a los navíos. La ciudad es malsana y está mal construida, ciertamente, pero la rada es segura y podría contener cien barcos con facilidad. Altos acantilados protegen las embarcaciones por todas partes y forman una dársena tan apacible, que un extranjero que llegara desde tierra creería ver un lago encerrado en un círculo de montañas.

En esta época, Acapulco estaba protegido por tres bastiones que la flanqueaban por la derecha, mientras que la bocana del puerto estaba defendida por una batería de siete cañones que podía, si era preciso, cruzar sus fuegos en ángulo recto con los del fuerte de San Diego. Este último, provisto de treinta piezas de artillería, dominaba toda la rada y podía hundir, con toda certeza, cualquier navío que intentara forzar la entrada del puerto.

La ciudad no tenía, pues, nada que temer; no obstante, tres meses después de los acontecimientos arriba descritos, fue sobrecogida por un pánico general.

En efecto, se había indicado la presencia de un navío en alta mar. Sumamente inquietos por las intenciones de la embarcación sospechosa, los habitantes de Acapulco se sentían poco seguros. La causa era que la nueva Confederación aún temía, y no sin razón, la vuelta de la dominación española; porque, a pesar de los tratados de comercio firmados con Gran Bretaña y por más que hubiera llegado ya de Londres un embajador que había reconocido a la nueva República, el gobierno mexicano no tenía ni un solo navío que protegiera sus costas.

Quien quiera que fuese, el barco no podría pertenecer más que a un osado aventurero, y los vientos del nordeste que tan furiosamente soplan en estos parajes desde el equinoccio de otoño a la primavera, iban a someter a dura prueba sus relingas. Por eso los habitantes de Acapulco no sabían qué pensar, y se preparaban, por si acaso, a rechazar un desembarco extranjero, cuando el tan temido navío ¡desplegó en lo alto del mástil la bandera de la independencia mexicana!

Llegado casi al alcance de los cañones del puerto, la Constancia, cuyo nombre se podía distinguir claramente en el espejo de popa, fondeó repentinamente. Se plegaron las velas en las vergas y desabordó una chalupa que poco después atracaba en el muelle.

Tan pronto como desembarcó, el teniente Martínez se dirigió a la casa del gobernador y le puso al corriente de las circunstancias que hasta él le traían. Este aprobó la determinación del teniente de dirigirse a México para obtener del general Guadalupe Victoria, presidente de la Confederación, la ratificación del trato. Apenas fue conocida esta noticia en la ciudad, estallaron los transportes de alegría. Toda la población acudió a admirar el primer navío de la marina mexicana, y vio en su posesión, junto con una prueba de la indisciplina española, el medio de oponerse más radicalmente aún a cualquier nueva tentativa de sus antiguos dueños.

Martínez regresó a bordo. Algunas horas después el brick Constancia fue amarrado en el puerto y su tripulación albergada por los habitantes de Acapulco.

Sólo que, cuando Martínez pasó lista a sus hombres, Pablo y Jacopo habían desaparecido. Entre todos los países del globo, México se caracteriza por la extensión y la altura de su meseta central. La cadena de las cordilleras, que recibe el nombre de Andes en su totalidad, atraviesa toda la América meridional, surca Guatemala y, a su entrada en México se divide en dos ramas que accidentan paralelamente las dos costas del territorio.

Ahora bien, estas dos ramas no son más que las vertientes de la inmensa meseta de Anahuac, situada a dos mil quinientos metros sobre el nivel de los mares vecinos. Esta sucesión de llanuras, mucho más extensas y no menos monótonas que las de Perú y Nueva Granada, ocupa las tres quintas partes del país. La cordillera, al penetrar en la antigua intendencia de México, toma el nombre de Sierra Madre y, a la altura de las ciudades de San Miguel y Guanajuato, se divide en tres ramas y va perdiéndose hacia los cincuenta y siete grados de latitud norte.

Entre el puerto de Acapulco y México, que distan entre sí ochenta leguas, los movimientos del terreno son menos bruscos y los declives menos abruptos que entre México y Veracruz. Después de haber hollado el granito que aflora en las estribaciones cercanas al gran Océano, material en el que está tallado el puerto de Acapulco, el viajero no encuentra más que ese tipo de rocas porfíricas de las que la industria extrae yeso, basalto, caliza, estaño, cobre, hierro, plata y oro. Pero la ruta de Acapulco a México ofrecía panoramas y singulares sistemas de vegetación que no siempre eran notados por los dos jinetes que cabalgaban uno junto al otro algunos días después de que el brick Constancia llegara al fondeadero.

Eran Martínez y José. El gaviero conocía perfectamente el camino. ¡Había recorrido tantas veces las montañas del Anahuac! Por eso rehusó los servicios del guía indio que les habían propuesto, y, cabalgando en dos excelentes caballos, los dos aventureros se dirigieron rápidamente hacia la capital mexicana.

Después de dos horas de un rápido galope que no les había permitido hablar, los jinetes se detuvieron.

-¡Al paso, mi teniente, al paso! - exclamó sofocado José -. ¡Santa María! ¡Preferiría cabalgar durante dos horas en el sobrejuanete durante una ráfaga de noroeste!

-¡Démonos prisa! - respondió Martínez -¿Tú conoces bien el camino, José? ¿Lo conoces bien de veras?

-Tan bien como tú la ruta de Cádiz a Veracruz; y, además, no nos retrasarán ni las tempestades del golfo, ni las barras de Taspán o de Santander. Así que, ¡al paso!

-¡No, al contrario, más deprisa! - replicó Martínez, espoleando su caballo -. Temo la desaparición de Pablo y Jacopo. ¿Pretenderán aprovecharse ellos solos del trato y robarnos nuestra parte?

-¡Por Santiago! ¡No faltaría más que eso: robar a buenos ladrones, como nosotros! - respondió cínicamente el gaviero.

¿Cuántos días de marcha tendremos antes de llegar a México?

-Cuatro o cinco, mi teniente. ¡Un paseo! Pero vayamos al paso. ¿No se da cuenta de que el terreno sube a ojos vista?

En efecto, las primeras ondulaciones de las montañas se hacían notar en la amplia llanura.

-Nuestros caballos no están herrados - añadió el gaviero, deteniéndose - y sus pezuñas se desgastan con rapidez en estas rocas de granito. Pero bueno, no hablemos mal de este suelo. ¡Hay oro debajo de él y, por más que nosotros caminemos encima, mi teniente, eso no quiere decir que lo despreciemos!

Los dos viajeros habían llegado a una pequeña eminencia, sombreada profusamente por palmeras de abanico, nopales y salvias mexicanas. A sus pies se extendía una vasta llanura cultivada y toda la exuberante vegetación de las tierras cálidas se ofrecía a sus ojos. A su izquierda, un bosque de caobas limitaba el paisaje. Elegantes pimenteros balanceaban sus flexibles ramas bajo las brisas ardientes del Pacífico. Los campos de caña de azúcar erizaban la campiña. Magníficos algodonales agitaban sin ruido sus penachos de seda gris. Por todos lados crecían el convólvulo o jalapa medicinal y el ají, junto a las plantas de índigo y de cacao, el palo de campeche y el guayaco. Todos los variados productos de la flora tropical, dalias, mentzeliás y heliótropos, irisaban con sus colores esta tierra maravillosa que es la más fértil de la intendencia mexicana.

Ciertamente toda esta naturaleza tan bella parecía animarse bajo los ardiente rayos que el sol lanzaba a raudales; pero también, con este calor ardiente, sus desgraciados habitantes se debatían bajo los zarpazos de la fiebre amarilla. Por eso los campos, inanimados y desiertos, permanecían sin movimiento y sin ruido.

-¿Cómo se llama ese cono que se eleva ante nosotros en el horizonte? - preguntó Martínez a José.

-Es la colina de la Brea, apenas más elevada que el resto de la llanura - respondió desdeñosamente el gaviero.

Esta colina era la primera altura importante de la inmensa cadena de las cordilleras.

-Apretemos el paso - dijo Martínez, predicando con el ejemplo -. Nuestros caballos proceden de las haciendas del México septentrional y se han acostumbrado a las desigualdades del terreno en sus correrías por las sabanas. Aprovechemos la pendiente favorable del camino y salgamos de estas soledades que no parecen hechas para alegrarnos.

-¿Acaso tendrá remordimientos el teniente Martínez? - preguntó José, encogiéndose de hombros.

-¿Remordimientos...? ¡No...!

Martínez volvió a guardar un mutismo absoluto, y ambos marcharon al trote rápido de sus monturas.

Llegaron a la colina de la Brea, que franquearon por senderos abruptos, a lo largo de precipicios que aún no eran los insondables abismos de Sierra Madre. Después, una vez recorrida la vertiente opuesta, los dos jinetes se detuvieron para dar un descanso a los caballos.

El sol ya estaba a punto de desaparecer por el horizonte cuando Martínez y su compañero llegaron al pueblo de Cigualán. La aldea estaba formada por algunas chozas habitadas por indios pobres, de esos a los que se denomina mansos, es decir, agricultores. Los indígenas sedentarios son, en general, muy perezosos porque no tienen más que tomar las riquezas que les prodiga una tierra tan fecunda. Su holgazanería también les distingue claramente de los indios empujados a las mesetas superiores, a los que la necesidad ha vuelto industriosos, así como de los nómadas del Norte, que, como, viven de la depredación y las rapiñas, no tienen nunca morada fija.

Los españoles no obtuvieron muy buen recibimiento en el pueblo. Reconociéndoles como a sus antiguos opresores, los indios se mostraron poco dispuestos a serles útiles.

Por otra parte, otros dos viajeros acababan de atravesar la aldea antes que ellos y habían acabado con la poca comida disponible.

El teniente y el gaviero no tomaron en cuenta esta circunstancia, que, por otra parte, no tenía nada de extraordinaria.

Martínez y José se protegieron, pues, bajo una especie de enramada y se prepararon para cenar una cabeza de carnero. Excavaron un agujero en el suelo y, después de haberlo llenado de leña y de piedras adecuadas para conservar el calor, esperaron a que se consumieran las materias combustibles; luego depositaron sobre las cenizas calientes, sin más preparación, la carne, cubierta con hojas aromáticas, y recubrieron todo herméticamente con ramas y tierra amontonada. Al cabo de un rato su cena estaba a punto, y la devoraron como hombres a los que un largo camino ha azuzado el apetito. Cuando acabaron su comida, se echaron en el suelo con el puñal en la mano. Después, sobreponiéndose su fatiga a la dureza del suelo y a las constantes picaduras de los mosquitos, no tardaron en dormirse.

Pero Martínez, en su agitado sueño, repitió varias veces los nombres de Jacopo y de Pablo, cuya desaparición le preocupaba sin cesar.

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