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De la Tierra a la Luna
Editado
© Ariel Pérez
8 de noviembre del 2001
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De la Tierra a la Luna
Capítulo X
Un enemigo para veinticinco millones de amigos

Los más insignificantes pormenores de la empresa del Gun-Club excitaban el interés del público americano, que seguía uno tras otro todos los pasos de la comisión. Los menores preparativos de tan colosal experimento, las cuestiones de cifras que provocaba, las dificultades mecánicas que había que resolver, en una palabra, la ejecución del gran proyecto le absorbía completamente.

Más de un año había de mediar entre el principio y la conclusión de los trabajos, pero este transcurso de tiempo no podía ser estéril en emociones. La elección del sitio para la fundición, la construcción del molde, la fundición del Columbiad, su muy peligrosa carga, eran más que suficientes para excitar la curiosidad pública. El proyectil, apenas disparado, desaparecería en algunas décimas de segundo, sin ser accesible a mirada alguna; pero lo que llegaría a ser después, su manera de conducirse en el espacio, el cómo anclazaría a la Luna, no podían verlo con sus propios ojos más que unos cuantos privilegiados. Así, pues, los preparativos del experimento, los pormenores precisos de la ejecución constituían entonces el verdadero interés, el interés general, el interés público.

Sin embargo, hubo un incidente que sobrexcitó de pronto el atractivo puramente científico.

Ya se sabe que el proyecto de Barbicane había agolpado en torno de éste numerosas legiones de admiradores y amigos. Pero aquella mayoría, por grande, por extraordinaria que fuese, no era la unanimidad. Un hombre, un solo hombre en todos los Estados de la Unión, protestó contra la tentativa del Gun-Club, le atacó con violencia en todas las ocasiones que le parecieron oportunas y es tal la naturaleza humana, que Barbicane fue más sensible a esta oposición de uno solo que a los aplausos de todos los demás.

Y eso que conocía el motivo de semejante antipatía, y eso que conocía la procedencia de aquella enemistad aislada, enemistad personal y antigua, fundada en una rivalidad de amor propio.

El presidente del Gun-Club no había visto ni una vez en la vida a aquel enemigo perseverante, lo que fue una dicha, porque el encuentro de aquellos dos hombres hubiera tenido funestas consecuencias. Aquel rival de Barbicane era un sabio como él, de carácter altivo, audaz, convencido, violento, un yanqui de pura sangre. Se le llamaba capitán Nicholl, y residía en Filadelfia.

Nadie ignora la curiosa lucha que se empeñó durante la guerra federal entre el proyectil y la coraza de los buques acorazados, estando aquél destinado a atravesar a ésta y estando ésta resuelta a no dejarse atravesar. De esta lucha nació una transformación radical de la marina en los estados de los dos continentes. La bala y la plancha lucharon con un encarnizamiento sin parangón, la una creciendo y la otra engrosando en una proporción constante. Los buques, armados de formidables piezas, marchaban al combate al abrigo de su invulnerable concha. Los Merrimac, los Monitor, los Ram Tennessee, los Weckausen1 lanzaban proyectiles enormes, después de haberse acorazado para librarse de los proyectiles de los otros. Causaban a otros el daño que no querían que los otros les causasen, siendo éste el principio inmoral en que descansa todo el arte de la guerra.

Y si Barbicane fue un gran fundidor de proyectiles, Nicholl fue un gran forjador de planchas. El uno fundía noche y día en Baltimore, y el otro forjaba día y noche en Filadelfia. Los dos seguían una corriente de ideas esencialmente opuestas.

Apenas Barbicane inventaba una nueva bala, Nicholl inventaba una nueva plancha. El presidente del Gun-Club pasaba su vida pensando en la manera de abrir agujeros, y el capitán pasaba la suya pensando en la manera de impedirle que los abriese. He aquí el origen de una rivalidad continua que se convirtió en odio personal. Nicholl se aparecía a Barbicane en sus sueños bajo la forma de una coraza impenetrable contra la cual se estrellaba, y Barbicane se aparecía en sus sueños a Nicholl como un proyectil que le atravesaba de parte a parte.

Los dos sabios, si bien seguían dos líneas divergentes, se hubieran al fin encontrado a pesar de todos los axiomas de geometría, pero se hubieran encontrado en el terreno del duelo. Afortunadamente, aquellos dos ciudadanos, tan útiles a su país, se hallaban separados uno de otro por una distancia de cincuenta a sesenta millas, y sus amigos hacinaron en el camino tantos obstáculos que no llegaron a encontrarse nunca.

No se podía decir de una manera positiva cuál de los dos inventores había triunfado del otro. Los resultados obtenidos volvían difícil una apreciación justa. Parecía, sin embargo, que en último resultado la coraza había de ceder a la bala. Con todo, había dudas entre las personas competentes. En los últimos experimentos, los proyectiles cilindrocónicos de Barbicane se clavaron como alfileres en las planchas de Nicholl, por cuyo motivo éste se creyó victorioso, y atesoró para su rival una dosis inmensa de desprecio. Pero más adelante, cuando Barbicane sustituyó las balas cónicas con simples granadas de seiscientas libras, el presidente del Gun-Club tomó su desquite. En efecto, aquellos proyectiles, aunque animados de una velocidad no más que regular2, rompieron, taladraron, hicieron saltar a pedazos las planchas del mejor metal.

A este punto habían llegado las cosas, y parecía que la bala había quedado victoriosa, cuando terminó la guerra, y terminó precisamente el mismo día en que Nicholl concluía una nueva coraza de hierro forjado, que era en su género una obra maestra, capaz de burlarse de todos los proyectiles del mundo. El capitán la hizo trasladar al polígono de Washington, provovando a que la rompiese el presidente del Gun-Club, el cual, hecha la paz, se negó a la prueba.

Entonces Nicholl, furioso, ofreció exponer su plancha al choque de las balas más inverosímiles, llenas o huecas, redondas o cónicas. Ni por ésas; el presidente no quería comprometer su última victoria.

Nicholl, exasperado por la incalificable obstinación de su adversario, quiso tentar a Barbicane dejándole todas las ventajas. Propuso colocar la plancha a doscientas yardas del cañón. Barbicane siguió terco en su negativa. ¿A cien yardas? Ni a setenta y cinco.

-A cincuenta -exclamó el capitán insertando su provocación en todos los periódicos-, colocaré mi plancha a veinticinco yardas del cañón, y yo me colocaré detrás de ella.

Barbicane hizo contestar que aun cuando el capitán Nicholl se colocase delante, no dispararía un tiro.

Nicholl, al oír esta contestación, no pudo contenerse y se deshizo en personalidades; dijo que la cobardía era indivisible, que el que se niega a tirar un cañonazo está muy cerca de tener miedo al cañón; que, en suma, los artilleros que se baten a seis millas de distancia han reemplazado prudentemente el valor individual por las fórmulas matemáticas, y que hay por lo menos tanto valor en aguardar tranquilamente una bala detrás de una plancha como en enviarla según todas las reglas del arte.

Siguió Barbicane haciéndose el sordo. O tal vez no tuvo noticia de la provocación, absorbido enteramente como estaba entonces por los cálculos de su gran empresa.

Cuando dirigió al Gun-Club su famosa comunicación, el capitán Nicholl se salió de sus casillas; mezclábanse con su cólera una suprema envidia y un sentimiento absoluto de impotencia. ¿Cómo inventar algo superior a aquel Columbiad de novecientos pies? ¿Qué coraza podía idearse para resistir un proyectil de veinte mil libras? Nicholl quedó abatido, aterrado, anonadado por aquel cañón, pero luego se reanimó y resolvió aplastar la proposición bajo el peso de sus argumentos.

Atacó con violencia los trabajos del Gun-Club, publicando al efecto innumerables cartas que los periódicos reprodujeron. Quiso demoler científicamente la obra de Barbicane. Iniciado el combate, se valió de razones de todo género con harta frecuencia engañosas y rebuscadas.

Empezó a combatir a Barbicane por sus cifras. Se esforzó en probar por A+B la falsedad de sus fórmulas, y le acusó de ignorar los principios rudimentarios de la balística. Echó cálculos para demostrar, además de otros errores, que era absolutamente imposible dar a un cuerpo cualquiera una velocidad de doce mil yardas por segundo; con el álgebra en la mano sostuvo que aun en el supuesto de que se consiguiera esta velocidad, jamás un proyectil tan pesado traspasaría los límites de la atmósfera terrestre. Ni siquiera iría más allá de ocho leguas. Más aún, suponiendo adquirida la velocidad suficiente, la granada no resistiría la presión de los gases desarrollados por la combustión de un millón seiscientas mil libras de pólvora, y aunque la resistiera, no soportaría una temperatura semejante, se fundiría al salir del Columbiad, y convertida en lluvia de hierro derretido, caería sobre las cabezas de los imprudentes espectadores.

Barbicane, sin hacer caso de estos ataques, continuó su obra.

Entonces Nicholl miró la cuestión bajo otros aspectos. Dejando a un lado su inutilidad absoluta, consideró el experimento como muy peligroso para los ciudadanos que autorizasen con su presencia tan condenable espectáculo, como para las poblaciones próximas a aquel cañón vituperable. Hizo notar también que el proyectil, si no alcanzaba, como no lo alcanzaría, el objetivo a que se le destinaba, caería y la caída de una mole semejante, multiplicada por el cuadrado de su velocidad, comprometería singularmente algún punto del globo. Sin menoscabar los derechos de los ciudadanos libres, había llegado el caso en que la intervención del gobierno era de absoluta necesidad, pues no era justo comprometer la seguridad de todos por el capricho de uno solo.

Véase a qué exageraciones se dejaba arrastrar el capitán Nicholl. Nadie participaba de su opinión, ni tuvo en cuenta sus funestos pronósticos. Se le dejó gritar y desgañitarse cuanto le diera la gana. Así quedó constituido el capitán en defensor de una causa perdida de antemano; se le oía, pero no se le escuchaba, y no privó al presidente del Gun-Club, ni de uno solo de sus admiradores. Barbicane no se tomó siquiera la molestia de contestar a los argumentos de su rival implacable.

Acorralado en sus últimas trincheras, Nicholl, ya que no podía pagar con su persona, resolvió pagar con su dinero. En el Enquirer, de Richmond, propuso públicamente una serie de apuestas en la forma siguiente:

Apostó:

A que no se reunirían los fondos necesarios para llevar a cabo la empresa del Gun-Club  
1 000 dólares
A que la fundición de un cañón de novecientos pies resultaría impracticable y no tendría buen éxito  
2 000 dólares
A que sería imposible cargar el Columbiad, y a que la pólvora se inflamaría por la sola presión del proyectil  
3 000 dólares
A que el Columbiad reventaría al primer disparo  
4 000 dólares
A que la bala no alcanzaría a más de seis millas y caería a los pocos segundos de haberla disparado  
5 000 dólares

Como se ve, era importante la suma que, en su obstinación invencible, arriesgaba el capitán. Tratábase nada menos que de quince mil dólares.

A pesar de la importancia de la apuesta, recibió el 19 de mayo un pliego lacrado de un laconismo soberbio:

"Baltimore, 18 de octubre.

Aceptadas.

Barbicane."

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1. Buques de la Armada americana.
2. El peso de la pólvora empleada se reducía a 1/12 de la granada.

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