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El doctor Ox

Editado
© Ariel Pérez
3 de diciembre del 2002
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El doctor Ox
Capítulo X
En el cual se verá que la epidemia invade la población entera y el efecto que produce

Durante los meses que siguieron, el mal, en vez de disiparse, no hizo más que extenderse. De las casas particulares, pasó a las calles. La población de Quiquendone no era ya la misma.

Y, fenómeno más extraño aún que los observados hasta entonces, no solamente el reino animal, sino también el vegetal, estaban sometidos a esa influencia. Según el curso ordinario de las cosas, las epidemias son especiales. Las que atacan al hombre no se ceban en los animales, las que persiguen a éstos dejan libres a los vegetales. Jamás se ha visto a un caballo atacado de viruela, ni a un hombre de la peste bovina, así como los carneros no pescan la enfermedad de las patatas. Pero en Quiquendone todas las leyes de la naturaleza parecían trastornadas. No tan sólo se habían modificado el temperamento, el carácter y las ideas de los quiquendoneses, sino que los animales domésticos, perros o gatos, bueyes o caballos, asnos o cabras, sufrían aquella influencia epidémica, como si su medio habitual se hubiera cambiado. Las mismas plantas se emancipaban, si se quiere perdonarnos esta expresión.

En efecto, en los jardines, en las huertas, en los vergeles, se manifestaban síntomas sumamente curiosos. Las plantas enredaderas trepaban con más audacia. Los arbustos se tornaban árboles. Las semillas apenas sembradas ostentaban su verde brote y en igual transcurso de tiempo alcanzaban en pulgadas lo que antes y en las circunstancias más favorables crecían en líneas. Los espárragos llegaban a dos pies de altura; las alcachofas se hacían tan gruesas como melones, y éstos como calabazones, los cuales llegaban al tamaño de la campana mayor, que contaba nueve pies de diámetro. Las berzas se tornaban arbustos y las setas en paraguas.

Las frutas no tardaron en seguir el ejemplo de las verduras. Se necesitaban dos personas para comer una fresa y cuatro para una pera. Los racimos de uva eran todos iguales al pintado tan admirablemente por Poussin en su «Regreso de los enviados a la Tierra Prometida».

Lo mismo acontecía con las flores, las dilatadas violetas esparcían por el aire penetrantes perfumes; las rosas exageradas brillaban con los colores más vivos; las lilas formaban en pocos días impenetrables selvas; geranios, margaritas, dalias, camelias y magnolias invadiendo los paseos, se ahogaban las unas con las otras. Y los tulipanes, esas queridas liliáceas que son la delicia de los flamencos, causaron a los aficionados intensas emociones. El digno van Bistrom por poco cayó un día boca arriba al ver en su jardín una simple Tulipa gesneriana enorme, monstruosa, gigantesca, cuyo cáliz servía de nido a toda una familia de pitirrojos.

La población entera acudió para ver aquella flor fenomenal y le dio el nombre de Tulipa quiquendonia.

Mas, ¡ay!, si aquellas plantas, si aquellas frutas, si aquellas flores crecían a la vista, si todos los vegetales afectaban tomar proporciones gigantescas, si la viveza de sus colores y de los perfumes embriagaba la vista y el olfato, en cambio, se marchitaban muy aprisa. Aquel aire que absorbían las quemaba rápidamente y no tardaban en perecer agostadas, mustias y abrasadas.

Tal fue la suerte del famoso tulipán, que se marchitó después de algunos días de esplendor.

Pronto sucedió lo mismo con los animales domésticos, desde el perro de la casa, hasta el cerdo de la porquera, desde el canario enjaulado hasta el pavo del corral. Conviene decir que estos animales, en época ordinaria, eran tan flemáticos como sus amos. Perros o gatos vegetaban más bien que vivían, no descubriéndose en ellos nunca ni un estremecimiento de placer, ni un movimiento de cólera. Los rabos estaban tan quietos como si fuesen de bronce. Desde tiempo inmemorial no se citaba ni mordedura ni arañazo. En cuanto a los perros rabiosos eran tenidos por bestias imaginarias, dignas de figurar entre los grifos y otros en la casa de fieras del Apocalipsis.

Mas durante aquellos sucesos cuyos menores accidentes tratamos de reproducir, ¡qué cambio! Perros y gatos comenzaron a enseñar dientes y zarpas, y hubo necesidad de algunas ejecuciones a consecuencia de ataques reiterados. Por vez primera se vio que un caballo se desbocaba por las calles de Quiquendone, que un buey acometía a uno de sus congéneres, que un asno se caía patas arriba en la plaza de San Ernulfo dando rebuznos que ya no tenían nada de animal, y que un carnero defendía valientemente contra la cuchilla del carnicero, las costillas que llevaba dentro.

El burgomaestre van Tricasse tuvo que promulgar edictos de policía concernientes a los animales domésticos, que, atacados de frenesí, daban poca seguridad a las calles de Quiquendone.

¡Pero ay! Si locos estaban los animales, no se mostraban más cuerdos los hombres. Ninguna edad fue respetada por el azote.

Los niños se hicieron muy pronto insoportables, ellos, antes tan fáciles de criar, y, por la vez primera, el gran juez Honorato Syntax tuvo que dar azotes a su tierna primogénita.

En el colegio hubo una especie de motín, y los diccionarios trazaron deplorables trayectorias en las clases. Ya no podía tenerse a los alumnos encerrados, y, por otra parte, la sobreexcitación llegaba hasta los profesores mismos, que los abrumaban de castigos.

¡Otro fenómeno! Todos los quiquendonenses, tan sobrios hasta entonces y que hacían de las natillas y merengues su alimento principal, cometían verdaderos excesos de comida y bebida. Su régimen ordinario no bastaba. Cada estómago se cambiaba en sumidero, y era preciso llenarlo por los medios más enérgicos. El consumo se triplicó, y en vez de tres comidas se hacían seis. Hubo, por consiguiente, numerosas indigestiones. El consejero NIiklausse no podía nunca acabar de saciar su hambre, ni el burgomaestre van Tricasse apagar de una vez su sed no saliendo ya de una especie de semiembriaguez encarnizada.

En fin, los síntomas más alarmantes se manifestaron y multiplicaron de día en día.

Se encontraron borrachos por las calles, y entre ellos, con frecuencia, notabilidades.

Las gastralgias dieron enorme ocupación al médico Domingo Custos, así como las neuritis y neuroflogosis, lo cual demostraba hasta qué grado de irritabilidad habían llegado los nervios de la población.

Hubo reyertas y altercados diarios en las calles, antes desiertas, de Quiquendone, hoy tan frecuentadas porque nadie se podía estar quieto en su casa.

Fue necesario crear una policía nueva para contener a los perturbadores del orden público.

Se instaló una prevención en el ayuntamiento, y se vio poblada día y noche. El comisario Passauf ya no podía más.

Se arregló un matrimonio en menos de dos meses, lo cual jamás se había visto. El hijo del preceptor Rupp se casó con la hija de la bella Agustina de Rovere, y esto nada más que cincuenta y siete días después de haberle pedido su mano.

Se decidieron otros casamientos que antiguamente hubieran estado en proyecto años enteros. El burgomaestre no se reponía de su asombro, y estaba viendo que su hija, la linda Suzel, se le iba a escapar de las manos.

En cuanto a la apreciable Tatanemancia, se había atrevido a pensar en el comisario Passauf, como esperanza de un enlace que le parecía reunir todos los elementos de felicidad, ¡fortuna, honra y juventud!

En fin, hubo, para colmo de abominación, un duelo. ¡Sí! ¡Un duelo! ¡Un desafío a pistola de arzón a setenta y cinco pasos y balas libres! ¿Y entre quienes? No lo creerán nuestros lectores.

Entre Frantz Niklausse, el apacible pescador, y el hijo del opulento banquero, el joven Simón Collaert.

Y la causa de este duelo era la hija del burgomaestre, hacia quien se sentía Simón perdido de amor, y que no quería ceder a las pretensiones de un rival audaz.

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