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El doctor Ox

Editado
© Ariel Pérez
3 de diciembre del 2002
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El doctor Ox
Capítulo XIV
Donde las cosas han llegado a tal extremo que los habitantes de Quiquendone,
los lectores y hasta el autor, reclaman un desenlace inmediato

Este último incidente demuestra el grado de exaltación en que se hallaba el pueblo quiquendonense. ¡Haber llegado a tal violencia los dos más antiguos y más pacíficos amigos de la población! ¡Y esto sólo algunos minutos después que su antigua simpatía, su amable carácter y su temperamento contemplativo acababan de recobrar su imperio sobre lo alto de la torre!

Al saber lo que ocurría, no pudo el doctor Ox contener su gozo. Se resistía a las observaciones de su ayudante que veía el mal giro que iban tomando las cosas. Por otro lado, ambos participaban de la exaltación general, y aunque menos excitados que el resto de la población, llegaron a reñir lo mismo que el burgomaestre con el consejero.

Por lo demás, preciso es decir que la cuestión dominante había hecho aplazar todos los lances personales para después de terminada la guerra con los de Virgamen. Nadie tenía el derecho de verter su sangre inútilmente cuando pertenecía hasta la última gota a la patria en peligro.

En efecto, las circunstancias eran graves y no era posible retroceder.

El burgomaestre van Tricasse, a pesar del ardor guerrero que le animaba, no había creído deber atacar a su enemigo sin prevenirle. Por consiguiente, había encargado al guardabosque Hottering que intimase a los virgamenses a que le diesen una reparación por el desafuero cometido en 1185 sobre el territorio quiquendonense.

Las autoridades de Virgamen no adivinaron al principio de lo que se trataba, y el guardabosque, a pesar de su carácter oficial, fue descortésmente despedido.

Van Tricasse envió entonces a uno de los ayudantes del general confitero, el ciudadano Hildeberto Shumman, fabricante de caramelos, hombre muy firme y enérgico que llevara a los habitantes de Virgamen la minuta del acta levantada en 1185 por orden del burgomaestre van Tricasse.

Las autoridades de Virgamen prorrumpieron en carcajadas e hicieron con el ayudante exactamente lo mismo que con el guardabosque.

El burgomaestre reunió entonces todas las notabilidades de la población, se redactó admirable y vigorosamente una carta en forma de ultimátum en la cual se formulaba el casus belli y se dio a la ciudad culpable el tiempo de veinticuatro horas para reparar el ultraje inferido a Quiquendone.

La carta partió y volvió dos horas después, rasgada en trozos que constituían otros tantos insultos nuevos. Los virgamenses conocían de muy antaño la longanimidad de los quiquendonenses y se burlaban de ellos, de su reclamación, de sus casus belli y de su ultimátum.

Ya no quedaba, pues, más remedio que apelar a la suerte de las armas, invocar el dios de las batallas y según el procedimiento prusiano arrojarse sobre los virgamenses antes que estuvieran preparados.

Esto fue lo que decidió el consejo en una sesión solemne, en que los gritos, las invectivas, los ademanes de amenaza se cruzaron con violencia sin ejemplo. Una asamblea de locos, una reunión de poseídos, un club de endemoniados no hubieran ofrecido un tumulto mayor.

Conocida la declaración de guerra, el general Juan Orbideck reunió sus tropas, en número de dos mil trescientos noventa y tres combatientes entre una población de dos mil trescientas noventa y tres almas, Mujeres, chiquillos y ancianos se reunieron con los hombres útiles. Todo objeto cortante y contundente, se convirtió en arma. Se requisaron los fusiles de la casas y se encontraron cinco, dos de ellos sin gatillo, que se repartieron a la vanguardia.

La artillería se componía de la vieja culebrina del castillo, tomada en 1339 en el ataque de Quesnoy, una de las primeras bocas de fuego que menciona la historia y que llevaba cinco siglos sin usarse. Pero no había proyectiles que meter en ella, por fortuna para los sirvientes de tal pieza; pero aun así era invento que podía imponer al enemigo. En cuanto a las armas blancas, se habían sacado del museo de antigüedades hachas de piedra, alabardas, mazas de armas, franciscas, frámeas, guisarmas, partesanas, espadones, etcétera1, y también de esos arsenales conocidos con el nombre de cocinas. Pero el valor, el derecho, el odio al extranjero, el deseo de venganza debían suplir a los mecanismos más perfeccionados y remplazar, al menos así lo esperaban, las ametralladoras modernas y los cañones que se cargan por la culata.

Se pasó revista. Ni un ciudadano faltó a la lista. El general Ordibeck, poco firme en su caballo, que era animal malicioso, se cayó tres veces al frente del ejército, pero se levantó sin herida, lo cual se consideró como favorable augurio. El burgomaestre, el consejero, el comisario civil, el gran juez, el preceptor, el banquero, el rector, en fin, todas las notabilidades, marchaban a la cabeza. Ni madres, ni hermanas, ni hijas vertían una sola lágrima. Al contrario, incitaban a sus padres, hermanos y maridos al combate y los seguían formando la retaguardia, a las órdenes de la valerosa van Tricasse.

La trompeta del pregonero Juan Mistrol resonó; el ejército se puso en movimiento, salió de la plaza, y dando gritos feroces se dirigió hacia la puerta de Audenarde.

Cuando la cabeza de la columna iba a salir de los muros de la población, un hombre se precipitó delante de ella, exclamando:

-¡Deténganse! ¡Deténganse, locos! ¡Suspendan su ataque! Déjenme cerrar la llave. No están ansiosos de sangre. Son unos buenos ciudadanos pacíficos y tranquilos. Si están enardecidos, la culpa la tiene mi amo, el doctor Ox. Es un experimento. Con pretexto de alumbrarlos con gas oxhídrico, ha saturado...

El ayudante estaba fuera de sí, pero no pudo acabar. En el mismo momento en que el secreto del doctor iba a escapársele, el mismo Ox, poseído de un furor indefinible, se arrojó sobre el desgraciado Igeno y le cerró la boca a puñetazos.

Aquello fue una batalla. El burgomaestre, el consejero, los notables que se habían detenido a la vista de Igeno, arrebatados a su vez por la exasperación, se arrojaron sobre los dos extranjeros, sin querer escuchar ni al uno ni al otro. El doctor Ox y su ayudante, sacudidos, aporreados, iban a ser conducidos a la Comisaría por orden de van Tricasse, cuando...

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1. La guisarma era, en unos casos, una lanza corta, y en otros, una especie de hacha usada en la Edad Media, y que se manejaba con ambas manos. La francisca, arma ofensiva usada por los francos, consistía en su tipo más frecuente, en un hacha cuya hoja se ensanchaba para formar el filo. Era arma arrojadiza que se lanzaba con la intención de degollar al enemigo. La partesana, arma usada por los antiguos germanos, consistía, según Tácito, en un asta con un hierro en la punta, angosto y corto, pero muy agudo. La parresana era una especie de alabarda, con el hierro ancho, cortante por ambos lados, adornado en la base con dos aletas puntiagudas o en forma de media luna y encajado en un asta de madera fuerte con regatón de hierro. Se usó en algunos ejércitos hasta el siglo XVIII.

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