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El doctor Ox

Editado
© Ariel Pérez
3 de diciembre del 2002
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El doctor Ox
Capítulo IV
Donde el doctor Ox se revela como fisiólogo de primer orden y audaz experimentador

¿Quién es, pues, ese personaje conocido con el extraño nombre de doctor Ox?

Seguramente que un ser original, pero al propio tiempo un sabio audaz, un fisiólogo cuyos trabajos son conocidos y apreciados en toda la Europa científica, un rival afortunado de Davy1, Dalton, Bostock, Menzies, Godwin, Vierordt, ingenios todos que han elevado la fisiología al primer puesto entre las ciencias modernas.

El doctor Ox era hombre medianamente grueso, de estatura regular, de edad de..., no lo podemos precisar, como tampoco su nacionalidad; pero importa poco. Basta saber que era un personaje extraño, de sangre caliente e impetuosa, verdadero excéntrico escapado de un tomo de Hoffmann y que formaba singular contraste con los habitantes de Quiquendone. Tenía imperturbable confianza en sus doctrinas y en sí mismo. Siempre sonriendo y marchando con la cabeza erguida fácil y libremente, de hombros bien marcados, las ventanas de la nariz bien abiertas, gran boca que absorbía el aire con fuertes aspiraciones, su persona era de complaciente aspecto. Revelaba mucha vida, muchísima; estaba bien equilibrado en todas las partes de su máquina, andaba bien, cual si tuviera azogue en las venas y cien agujas en los pies. Así es que nunca podía estarse quieto, deshaciéndose en palabras precipitadas y en ademanes superabundantes.

¿Era rico aquel doctor Ox que emprendía a sus expensas la instalación del alumbrado de una población entera?

Probablemente, puesto que se permitía semejantes gastos y es la única respuesta que podemos dar a tan indiscreta pregunta.

Cinco meses hacía que el doctor Ox había llegado a Quiquendone en compañía de su ayudante que respondía al nombre de Gedeón Igeno, grande, seco, flaco, todo altura, pero no menos vivo que su amo.

¿Y por qué había tomado el doctor Ox por su cuenta el alumbrado de la villa? ¿Por qué había escogido precisamente a los apacibles quiquendoneses, flamencos entre los flamencos, y quería dotarlos con los beneficios de un alumbrado excepcional? ¿No pretendería, bajo este pretexto, ensayar algún gran experimento fisiológico, operando in anima vili? En una palabra, ¿qué iba a intentar este ser original? No lo sabemos, puesto que el doctor Ox no tenía otro confidente que su ayudante Igeno, que le obedecía ciegamente.

En apariencia al menos, el doctor Ox se había comprometido a alumbrar la población, que bien lo necesitaba, sobre todo de noche, como decía con cierta gracia el comisario Passauf. Así es que ya se había instalado una fábrica para la producción del gas, los gasómetros estaban dispuestos para funcionar, y la tubería, circulando debajo del empedrado de las calles, debía muy pronto derramarse y abrirse en forma de mecheros2 por los edificios públicos y por las casas particulares de ciertos amigos del progreso.

En su calidad de burgomaestre, Tricasse, y en su calidad de consejero, Niklausse, y además otros notables habían creído deber autorizar en sus habitaciones la introducción del moderno alumbrado.

Si el lector no lo ha olvidado, durante la larga conversación del consejero y del burgomaestre se dijo que el alumbrado debía conseguirse no por la combustión del vulgar hidrógeno carbonado obtenido por la destilación del carbón mineral, sino por el empleo de un gas más moderno y veinte veces más brillante, el gas oxhídrico, que consiste en el oxígeno e hidrógeno mezclados.

Ahora bien, el doctor, químico hábil e ingeniero, sabía obtener ese gas en gran cantidad y barato, no empleando el manganato de sosa, según el procedimiento de Tessié de Motay, sino descomponiendo simplemente el agua ligeramente acidulada por medio de una pila con elementos nuevos e inventada por él. No se usaban sustancias costosas, ni platino, ni retortas, ni combustibles, ni aparatos delicados para producir aisladamente los dos gases. Una corriente eléctrica atravesaba unas vastas tinas de agua, y el elemento líquido se descomponía en sus dos partes constitutivas, el oxigeno y el hidrógeno. El oxígeno se iba por un lado, y el hidrógeno, en doble volumen que su asociado, se marchaba por otro.

Los dos se recogían en receptáculos separados; precaución importante, porque su mezcla hubiera producido una espantosa explosión encendiéndose. Y luego los tubos debían conducirlos separadamente a los diversos mecheros, dispuestos de modo que se precaviese esa explosión. Se produciría entonces una llama cuyo brillo rivalizaría con la luz eléctrica, que según los experimentos de Casselmann, es igual a la de mil ciento setenta y una bujías, ni una más ni una menos.

Cierto es que la villa de Quiquendone obtendría con esta generosa combinación un alumbrado espléndido, pero de esto era de lo que menos se preocupaban el doctor Ox y su preparador, como más adelante lo veremos.

Precisamente, al día siguiente al del que el comisario Passauf había aparecido ruidosamente en el gabinete del burgomaestre, Gedeón Igeno y el doctor Ox hablaban ambos en el laboratorio que les era común en el piso bajo del principal cuerpo de la fábrica.

-¿Y bien, Igeno, y bien? -exclamó el doctor Ox restregándose las manos-. ¡Ya los ha visto ayer, a esos buenos quiquendoneses de sangre fría que ocupan en cuanto a la viveza de pasiones el término medio entre las esponjas y las excrecencias coralígenas! ¡Los ha visto disputando y provocándose con la voz y el ademán! ¡Ya están metamorfoseados moral y químicamente! Y ahora no hacemos más que empezar. Espere para contemplarlos cuando los tratemos a altas dosis.

-En efecto, maestro -respondió Gedeón Igeno, rascándose su nariz aguileña con la punta del índice-, el experimento comienza bien y si yo no hubiese cerrado con prudencia la llave de salida, no sé lo que hubiera acontecido.

-Ya ha oído usted a ese abogado Schut y al médico Custos. La frase en sí misma no era maliciosa, pero en la boca de un quinquendonense vale todas las series de injurias que los héroes de Homero se echan a la cara antes de desenvainar. ¡Ah!, ¡qué flamencos! Ya verán qué haremos de ellos un día.

-Haremos de ellos unos ingratos -respondió Gedeón Igeno, con el tono de un hombre que aprecia la especie humana en su justo valor.

-¡Bah! Poco importa que lo agradezcan o no, con tal de que salga bien el experimento.

-Por otra parte -añadió el ayudante, sonriendo con malicia-, ¿no es de temer que al producir semejante excitación en su aparato respiratorio desorganicemos un poco los pulmones a esos honrados habitantes de Quiquendone?

-Peor para ellos. Esto se hace en interés de la ciencia. ¿Qué diría usted si los perros o las ranas se negasen a los experimentos de vivisección?

Es probable que si se consultase a las ranas y a los perros, estos animales harían algunas objeciones a las prácticas de los vivisectores; pero el doctor Ox creyó haber hallado un argumento irrefutable, porque exhaló un largo suspiro de satisfacción.

-En suma, tiene usted razón, maestro -respondió Gedeón Igeno con tono de convicción-. No podemos hallar cosa más a propósito que los habitantes de Quiquendone.

-Verdad es que no podíamos -dijo el doctor articulando cada sílaba.

-¿Les ha tomado el pulso a esos seres?

-Cien veces.

-¿Y cuál es el término medio de las pulsaciones observadas?

-Ni aun cincuenta por minuto. Fáciles comprenderlo. ¡Una población donde no ha habido en un siglo una sombra de discusión; donde los carreteros no blasfeman ni los cocheros se injurian, ni los caballos se desbocan, ni los perros muerden, ni los gatos arañan! ¡Una población donde el simple tribunal de policía descansa de un cabo al otro del año! ¡Una población donde nadie se apasiona por nada, ni por las artes ni por los negocios! ¡Una población donde los gendarmes se hallan en estado de mitos y en la cual no se ha formado sumario en cien años! ¡Una población, en fin, donde desde hace trescientos años no se ha dado un puñetazo ni un bofetón! Ya comprenderá usted, Igeno, que eso no puede durar más y que todo lo modificaremos.

-¡Perfectamente! ¡Perfectamente! -replicó el ayudante entusiasmado. ¿Y el aire de ese pueblo, lo ha analizado?

-No he dejado de hacerlo. Setenta y nueve partes de nitrógeno y veintiuna partes de oxígeno, ácido carbónico y vapor acuoso en cantidad variable. Son las proporciones ordinarias.

-Bien, doctor, bien -respondió maese Igeno-. El experimento se hará en grande y será sin duda decisivo.

-Y si es decisiva -añadió el doctor Ox con voz de triunfo-, reformaremos el mundo.

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1. Davy fue famoso más como químico que como fisiólogo.
2. Boca de combustión, sin mecha, de los aparatos de alumbrado por gas de hulla, acetileno, etc. Regula la salida del fluido y le da forma favorable para combinarse con el aire.

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