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Edgar Poe y sus obras
Editado
© Ariel Pérez
Octubre del 2001
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Edgar Poe y sus obras
Capítulo III
El camelo del globo - Las aventuras de un tal Hans Pfaall - Manuscrito hallado en una botella - Un descenso al Maelstrom. - La verdad en el caso del señor Valdemar - El gato negro - El hombre de la multitud - La caída de la casa Usher - La semana de los tres domingos.

Llego ahora a El camelo del globo6. En algunas líneas, les diré que la historia narra una travesía del Atlántico, realizada en tres días por ocho personas. La narración de este viaje apareció en el periódico New York Sun. Muchos creyeron en ella, sin duda los que no la habían leído aún, puesto que los medios mecánicos indicados por Poe, la rosca de Arquímedes, que sirve de propulsor y el timón, son completamente insuficientes para dirigir un globo. Los aeronautas, que parten de Inglaterra con la intención de llegar a París, son arrastrados hacia América hasta alcanzar la isla Sullivan; durante su travesía, se elevaron a una altura de veinticinco mil pies. El cuento es corto y reproduce los incidentes del viaje con más de rareza que de verdad.

Prefiero la historia titulada La incomparable aventura de un tal Hans Pfaall7, de la cual les hablaré más extensamente. Pero, me apresuraré en decirles que, allí también, son transgredidas intrépidamente las leyes más elementales de la Física y la Mecánica; esto siempre me ha parecido extraño de parte de Poe, que, con algunas invenciones, hubiera podido hacer su relato más creíble; después de todo, como se trata de un viaje a la Luna, no hay que mostrarse muy exigente con los medios de transporte. El tal Hans Pfaall era un delincuente demente, una especie de asesino soñador, que, para no pagar sus deudas, decidió huir hacia la Luna. Partió una bella mañana de la ciudad de Rotterdam, después de haber tenido la precaución de hacer volar a sus acreedores, valiéndose de una mina dispuesta a tal efecto.

Debo decir ahora cómo Pfaall llevó a cabo este viaje imposible. Para tal efecto, llenó su globo de un gas inventado por él, que era el resultado de la combinación de una cierta substancia metálica o semimetálica y de un ácido muy común. Este gas es una de las partes constituyentes del nitrógeno, considerado hasta entonces como irreducible, y su densidad es treinta y siete veces menor que la del hidrógeno. Por tanto, hemos llegado aquí, físicamente hablando, al dominio de la fantasía; pero esto no es todo.

Ustedes conocen que es la presión del aire la que hace que un aerostato se eleve. Al llegar a los límites superiores de la atmósfera, a seis mil toesas aproximadamente, si pudiera llegar hasta allí, se detendría en seco, y ninguna fuerza humana podría hacerlo ir más allá; es entonces que Pfaall, o más bien el propio Poe, comienza una de sus raras disertaciones para demostrar que más allá de las capas de aire, existe aún un medio etéreo. Estas disertaciones se hacen con un aplomo notable, y se dan argumentos de hechos muy falsos con el rigor más ilógico; en fin, se arriba a la conclusión de que había una gran probabilidad "de que en ningún momento de su ascenso alcanzara un punto donde los pesos unidos de su inmenso globo, el gas inconcebiblemente rarificado que lo llenaba, la barquilla y su contenido lograran igualar el peso de la masa atmosférica desplazada por el aerostato"

He aquí el punto de partida; pero no es suficiente. En efecto, subir, subir siempre está bien; pero respirar es también necesario. Pfaall lleva además un cierto aparato destinado a condensar la atmósfera, por enrarecida que ella esté, en cantidad suficiente como para poder respirar.

De manera que tenemos aquí un aire que será necesario condensar para proveer a los pulmones, y que, sin embargo, en su estado natural, será no obstante lo suficientemente denso para elevar el globo. Entienden ustedes la contradicción de estos hechos. No insisto más.

Por otra parte, una vez admitido el punto de partida, el viaje de Pfaall es maravilloso, lleno de inesperados comentarios, de singulares observaciones; el aeronauta arrastra al lector con él, hacia las altas regiones del aire; cruza rápidamente una nube de tormenta; a una altura de nueve millas y media, siente que sus ojos, que la presión atmosférica no puede mantener, se le escapan fuera de sus órbitas, y que los objetos contenidos en la barquilla se presentan bajo una forma monstruosa y falsa; se eleva siempre; le sobreviene un espasmo; se ve obligado a hacerse una sangría con su cortaplumas, la cual le proporciona un alivio inmediato.

"A una altura de diecisiete millas - dice Pfaall -, el panorama que ofrecía la Tierra era magnífico. Hacia el oeste, el norte y el sur, hasta donde alcanzaban mis ojos, se extendía la superficie ilimitada de un océano en aparente calma, que por momentos iba adquiriendo una tonalidad más y más azul. A grandísima distancia, hacia el este, aunque discernibles con toda claridad, veíanse las Islas Británicas, la costa atlántica de Francia y España, con una pequeña porción de la parte septentrional del continente africano. Era imposible advertir la menor señal de edificios aislados y las más orgullosas ciudades de la humanidad se habían borrado completamente de la faz de la Tierra"

Pronto Pfaall alcanza una altitud de veinticinco millas, y su mirada contempla no menos de la trescientas veintava parte de la superficie de la Tierra; instala su aparato de condensación; se encierra, él y toda la barquilla, en una cámara de caucho; condensa la atmósfera a su alrededor, e inventa un dispositivo ingenioso, que, por medio de las gotas de agua que caen sobre su frente, lo despierta una vez por hora, de manera que pudiera renovar el aire viciado acumulado en este estrecho espacio.

Día por día, lleva el diario de su viaje. Había partido el primero de abril; el seis, se encuentra en el Polo, observa los inmensos témpanos de hielo, y ve como el horizonte se amplía súbitamente, debido al achatamiento de Tierra. El siete, estima su altura en 7.254 millas, y tiene bajo sus ojos la totalidad del diámetro mayor de la Tierra, con el ecuador como límite del horizonte.

Entonces su planeta nativo comienza a disminuir día a día; pero no puede ver la Luna que está casi en su cenit, que el globo le oculta. El quince, un ruido aterrador lo sumerge en el estupor; supone que un inmenso meteorito se ha cruzado en su camino. El diecisiete, al mirar hacia abajo, fue presa de un terror inmenso; el diámetro de la Tierra aparecía súbitamente aumentado en una inmensa proporción. ¿Había reventado su globo? ¿Caía con la más impetuosa e incalculable velocidad? Sus rodillas temblaron, sus dientes castañeteaban, el pelo se le erizaba... Pero la reflexión vino en su ayuda, y júzguese su alegría, cuando comprendió que ese astro extendido bajo sus pies, y hacia el cual descendía rápidamente, era la Luna en toda su gloria.

Mientras dormía, el globo había invertido su posición, y descendía entonces hacia el brillante satélite cuyas montañas proyectaban masas volcánicas en todas direcciones.

El diecinueve de abril, contrariamente a los descubrimientos modernos, que prueban la ausencia completa de atmósfera alrededor de la Luna, Pfaall notó que el aire se tornaba cada vez más denso; el trabajo del condensador disminuyó considerablemente; incluso pudo quitar su prisión de caucho. Pronto notó que comenzaba a caer con una velocidad terrible; lanzó rápidamente su lastre y todos los objetos que contenía la barquilla, y por fin llegó "como una bala al corazón mismo de una ciudad de un aspecto fantástico, en el centro de una enorme multitud de pequeños y feísimos seres que no pronunciaron una sílaba, ni se preocuparon en lo más mínimo por auxiliarle"

El viaje había durado diecinueve días, Pfaall había franqueado una distancia aproximada de 231.920 millas. Mientras miraba la Tierra, la veía "como un enorme y sombrío escudo de bronce, de dos grados de diámetro, inmóvil en el cielo y guarnecida en uno de sus bordes con una medialuna del oro más brillante. Imposible descubrir la más leve señal de continentes o mares; el globo aparecía lleno de manchas variables, y se advertían, como si fuesen fajas, las zonas tropicales y ecuatoriales"

Terminaba así la extraña narración de Hans Pfaall. ¿Cómo llegó esta narración al burgomaestre de Rotterdam, Mynheer Superbus von Underduck? Por un habitante de la Luna, ni más ni menos, un mensajero del mismísimo Hans, que pedía regresar a la Tierra; a cambio del indulto se comprometía a relatar sus curiosas observaciones en el nuevo planeta "sobre sus maravillosas alternancias de calor y frío, de la ardiente y despiadada luz solar que dura una quincena, y la frigidez más que polar que domina en la siguiente, del constante traspaso de humedad, por destilación semejante a la que se practica al vacío, desde el punto situado debajo del sol al punto más alejado del mismo, de los habitantes en sí; de sus maneras, costumbres e instituciones políticas, de su peculiar constitución física, de su fealdad, de su falta de orejas, apéndices inútiles en una atmósfera a tal punto modificada; de su consiguiente ignorancia del uso y las propiedades del lenguaje; de sus ingeniosos medios de intercomunicación que reemplaza la palabra; de la incomprensible conexión entre cada individuo de la Luna con algún individuo de la Tierra, conexión análoga y sometida a la de las esferas del planeta y el satélite, y por medio de la cual la vida y los destinos de los habitantes de la otra, y por sobre todo, de los negros y horrendos misterios existentes en las regiones exteriores de la Luna, regiones que, debido a la casi milagrosa concordancia de la rotación del satélite sobre su eje con su revolución sideral en torno a la Tierra, jamas han sido expuestas, y nunca lo serán, si Dios quiere, al escrutinio de los telescopios humanos."

¡Piensen en todo esto, queridos lectores, y vean qué magníficas páginas Edgar Poe hubiese escrito sobre estos extraños hechos! Él prefirió detenerse allí, e incluso termina su cuento, demostrando que la narración no podía ser otra cosa que un infundio. Por tanto, él echa de menos, y nosotros lo echaremos de menos juntos, esta historia etnográfica, física y moral de la Luna, que hasta el día de hoy aún queda por hacer. Hasta que alguien más inspirado o más audaz emprenda esta aventura, es necesario renunciar a conocer la organización especial de los habitantes de la Luna, la manera en que se comunican entre ellos, incluso con la ausencia de la palabra, y sobre todo la correlación que existe entre nosotros y los co-seres de nuestro satélite. Me gusta la idea de que, viendo la situación inferior de su planeta, ellos al menos serán buenos para convertirse en nuestros sirvientes.

Dije que Edgard Poe había sacado efectos variados de su fantástica imaginación; voy rápidamente a mencionarles los más importantes, citándoles algunos de sus cuentos, como Manuscrito hallado en una botella8, que es la fantástica narración de un naufragio, donde los náufragos son luego recogidos por un navío imposible que es conducido por sombras; Un descenso al Maelstrom9, excursión vertiginosa llevada a cabo por pescadores de Lofoden; Los hechos en el caso del señor Valdemar10, narración donde no se permite que la muerte se apodere de un hombre utilizando la hipnosis; El gato negro11, que es la historia de un asesino, cuyo crimen fue descubierto por este animal, el cual torpemente fue enterrado junto a la víctima; El hombre de la multitud12, personaje singular que sólo vive en las multitudes, a quien Poe, sorprendido, emocionado y atraído muy a su pesar, sigue en Londres desde la mañana, a través de la lluvia y la niebla, a las calles atestadas de gente, a los bazares tumultuosos, entre los grupos de alborotadores, a los distritos alejados donde se apiñan los borrachos, a dondequiera que hubiera una multitud, que era su elemento natural. Para terminar La caída de la Casa Usher13, aventura escalofriante, sobre una muchacha que se creía muerta, que es enterrada y que revive.

Terminaré con esta relación, mencionando el cuento titulado Tres domingos por semana14. El cuento es de un género menos lúgubre, aunque es extraño. ¿Cómo puede existir una semana de tres domingos? Perfectamente, para tres individuos, y Poe lo demuestra. En efecto, la Tierra tiene veinticinco mil millas de circunferencia, y gira sobre su eje de este a oeste en veinticuatro horas, a una velocidad de mil millas por hora. Supongamos que el primer individuo parte de Londres, y avanza mil millas hacia el oeste; él verá el sol una hora antes que el segundo individuo que permanece inmóvil. Luego de avanzar otras mil millas, lo verá dos horas antes; al final de su vuelta al mundo, al regresar a su punto de partida, él habrá adelantado justamente un día entero sobre el segundo individuo. Si el tercer individuo hace el mismo viaje, en las mismas condiciones, pero en sentido inverso, es decir yendo hacia el este, después de su viaje alrededor del mundo se habrá retrasado un día. Entonces, ¿qué sucede con los tres individuos reunidos un domingo en el punto de partida? Para el primero, ayer era domingo, para el segundo, hoy mismo, y para el tercero, será mañana. Ya ven, esto es una broma cosmográfica dicha en términos curiosos.

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6. Título original: The balloon hoax. Publicado en New York Sun, el 13 de abril de 1844. Cronológicamente, fue el cuadragésimo sexto cuento publicado. En la peor miseria recién llegado a Nueva York con su mujer, Poe vendió el relato al New York Sun, sugiriendo que se publicara como noticia de último momento. Ganó unos pocos dólares y el placer de contemplar a la multitud que se agolpaba frente a las oficinas del diario y se arrebataba los ejemplares, algunos de los cuales se vendieron a cincuenta centavos de dólar.

7. Título original: Hans Pfaall. A tale. Publicado en Southern Literary Messenger, en junio de 1835. Más conocido como The unparalleled adventure of one Hans Pfaall. Cronológicamente, fue el undécimo cuento publicado. Poe ha sido considerado durante algún tiempo como padre de la anticipación científica. En este relato a través de una increíble historia nos transporta más allá de nuestra imaginación, al extremo de sugerir un viaje hacia la Luna, ¡en un globo!

8. Título original: MS found in a bottle. Publicado en Baltimore Sunday Visiter, el 19 de octubre de 1833. Cronológicamente, fue el sexto cuento publicado. Muchos especialistas han creído ver en este cuento una parábola del paso del hombre por la vida, y muchos han elogiado la perfección de su factura. Este cuento ganó el premio ofrecido por el Baltimore Saturday Visiter e inició en cierto modo la carrera literaria de Poe. En una carta a un amigo el propio Poe afirma que se trata de una de sus primeras composiciones.

9. Título original: A descent into the Maelström. Publicado en Graham's Lady's and Gentleman's Magazine, en mayo de 1841. Cronológicamente, fue el vigésimo noveno cuento publicado. Se dice que Poe tomó las ideas para este cuento de un cuento publicado con anterioridad en un periódico francés.

10. Título original: The facts of M. Valdemar's case. Publicado en American Review, en diciembre de 1845. Más conocido como The facts in the case of M. Valdemar. Cronológicamente, fue el quincuagésimo noveno cuento publicado. En Londres, este relato fue tomado por un informe científico. El mesmerismo y sus campos afines interesaban extraordinariamente en su época, en el cuento no se retrocede ante el menor detalle descriptivo, por repugnante que esta sea.

11. Título original: The black cat. Publicado en United States Saturday Post (Saturday Evening Post), el 19 de agosto de 1843. Cronológicamente, fue el cuadragésimo primer cuento publicado. Un cronista de la época vio en el trío principal del cuento (el narrador, su esposa y el gato) un reverso infernal de Poe, Viriginia, y la gata Caterina, tan mimada por ellos. Se ha demostrado desde el punto de vista psicoanalítico los elementos constitutivos de este cuento, uno de los más intensos de Poe.

12. Título original: The man of the crowd. Publicado en Burton's Gentleman's Magazine, en diciembre de 1840. Cronológicamente, fue el vigésimo séptimo cuento publicado. El prestigio de este relato no parece basarse tanto en su tema, ya de por sí interesante y sugestivo, como en la gran habilidad técnica de su factura. El ensayo de caracterización de una multitud - que tanto obsesionara a muchos novelistas contemporáneos - se logra aquí con recursos aparentemente simples, pero tras los cuales se esconde la sensibilidad del observador.

13. Título original: The fall of the House of Usher. Publicado en Burton's Gentleman's Magazine, en septiembre de 1839. Cronológicamente, fue el vigésimo segundo cuento publicado. Para muchos especialistas de la época, Poe no consigue superar jamás esta creación de una atmósfera maléfica, si bien los temas tratados son repetitivos, ya que están reflejados en otros relatos, como el opio, la angustia, la enfermedad, la hiperestesia mórbida, el entierro prematuro, los sentimientos incestuosos

14. Título original: A succession of sundays. Publicado en Saturday Evening Post, el 27 de noviembre de 1841. Más conocido como Three sundays on a week. Cronológicamente, fue el trigésimo cuarto cuento publicado. Poe plantea en este cuento una interesante teoría sobre los meridianos, que luego Julio Verne utilizaría para escribir su famoso libro La vuelta al mundo en ochenta días.

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