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La familia Ratón

Editado
© Juan Suárez
11 de marzo del 2003
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La familia Ratón
Capítulo II

En una de las más hermosas ciudades de aquel tiempo y en la más hermosa casa de la ciudad residía un hada buena que se llamaba Firmenta. Hacía todo el bien que un hada puede hacer, y se la amaba mucho. Según parece, en aquella época todos los seres vivos estaban sometidos a las leyes de la metempsicosis. No os asustéis de esta palabreja, que no significa otra cosa sino que había una escala en la creación cuyos escalones debía franquear cada uno de los seres para poder llegar hasta el último, y tomar puesto en las filas de la Humanidad. Así que, de esta suerte, se nacía molusco, se convertía uno en pez, en pájaro luego, en cuadrúpedo después y, por fin, en hombre o mujer. Como veis, era preciso ascender del estado más rudimentario al estado más perfecto. Con todo, podía suceder que se volviese a bajar la escala, merced a la maligna influencia de algún encantador, y, en tal caso, ¡qué triste existencia! ¡Figuraos: haber sido hombre y convertirse luego en ostra! Por fortuna, esto ya no se ve en nuestros días, físicamente al menos.

Sabed también que esas diversas metamorfosis se operaban por el intermedio de un genio. Los genios buenos hacían subir y los genios malos hacían bajar, y, si estos últimos abusaban de su poder, el Creador podía privarles de él por algún tiempo.

Innecesario es decir que el hada Firmenta era un genio bueno, y que nadie había tenido jamás que quejarse de ella.

Ahora bien, una mañana se encontraba el hada en el comedor de su palacio, una habitación adornada con tapices magníficos y hermosísimas flores. Los rayos del sol se deslizaban a través de la ventana, salpicando acá y allá de puntos luminosos las porcelanas y la vajilla de plata colocadas sobre la mesa. La sirvienta acababa de anunciar a su ama que el almuerzo estaba servido; un suculento y buen almuerzo, un almuerzo como las hadas pueden hacer sin ser tachadas de glotonería. Mas apenas acababa de tomar asiento el hada, cuando llamaron a la puerta de su palacio.

La criada fue a abrir; un instante después, anunciaba al hada Firmenta que un hermoso joven deseaba hablarle.

-Hazle entrar -dijo Firmenta.

Hermoso era, en efecto, de estatura algo más que mediana, con cara de bueno y valeroso, y de unos veintidós años. Vestido con gran sencillez, sabía presentarse con soltura y gracia. El hada, a primera vista, formó una opinión favorable acerca de él. Creyó que, como tantos otros a quienes ella había distinguido con sus favores, el joven iba a pedirle algún servicio, y sentíase dispuesta a prestárselo.

-¿Qué desea usted de mí, apreciable joven? -preguntó con su más amable tono de voz.

-Hada bondadosa -respondió el joven-, soy muy desgraciado y no tengo esperanza más que en vos.

Y al ver que vacilaba.

-Explíquese -dijo Firmenta- ¿Cuál es su nombre?

-Me llamo Ratín. No soy rico, y, sin embargo, no es la fortuna lo que vengo a pediros. Lo que pido es la felicidad.

-¿Cree, pues, usted que puede ir la una sin la otra? -replicó el hada sonriendo.

-Lo creo.

-Y tiene razón. Continúe usted, joven.

-Hace algún tiempo -prosiguió-, antes de ser hombre yo era ratón, y, como tal, fui muy bien acogido por una excelente familia, con la que contaba unirme por los más tiernos lazos. Había conquistado las simpatías del padre, que es un ratón muy sensato. Tal vez la madre no me miraba con tan buenos ojos, por no ser rico. Pero su hija Ratina ¡me miraba con tanta ternura...! Iba yo, por fin, a ser aceptado, cuando una horrenda desdicha vino a desvanecer mis esperanzas.

-¿Qué fue lo que ocurrió? -preguntó el hada con el más vivo y afectuoso interés.

-Pues, en primer lugar, que yo me convertí en hombre, en tanto que Ratina continuaba siendo rata.

-Bueno, pues aguarde usted a que su última transformación haya hecho de ella una muchacha...

-¡Indudablemente, hada buena! Pero, por desgracia, Ratina había sido vista por un señor poderoso que, acostumbrado a satisfacer todos sus caprichos, no puede soportar la menor resistencia; todo debe plegarse ante sus deseos.

- ¿Y quién es ese señor? -preguntó el hada.

-El príncipe Kissador. Propuso a mi querida Ratina llevársela a su palacio, donde sería la más feliz de las ratas. Ella se negó aun cuando su madre Ratona se mostró muy complacida. El príncipe intentó entonces comprarla por un precio muy elevado pero el padre, Ratón, sabiendo cuánto me amaba su hija y que yo moriría de pena si se nos separaba al uno de la otra, no quiso escuchar las proposiciones del príncipe. Renuncio a describiros el furor de éste. Al ver a Ratina tan hermosa en su ser de rata, se decía que sería más hermosa aún al convertirse en muchacha. ¡Sí, hada buena, más hermosa aún...! ¡Y se casaría con ella...! ¡Todo lo cual estaba muy bien pensado para él, pero muy mal para nosotros...!

-Sí -respondió el hada-, pero una vez que el príncipe fue desdeñado, ¿qué tiene usted que temer ya?

-Todo -repuso Ratín- porque para conseguir ver realizados sus propósitos se ha dirigido a Gardafur...

-¿A ese encantador, a ese genio malo que sólo se complace en hacer el mal, y con quien yo estoy siempre en guerra?

-¡Al mismo, hada buena!

-¿A ese Gardafur, cuyo temible poder no se aplica sino a rebajar de escala a los seres que se elevan poco a poco a los grados más altos?

-¡Eso es!

-Por fortuna, Gardafur, a consecuencia de haber abusado de su poder, acaba de ser privado de él por algún tiempo.

-Eso es verdad -repuso tristemente Ratín-; pero en el momento en que el príncipe recurrió a él, lo poseía aún por entero. Así es que, estimulado por una parte por las seductoras promesas de ese señor, y asustado por otra ante sus amenazas, prometió vengarle de los desdenes de la familia Ratón.

-¿Y lo hizo...?

-¡Lo hizo, hada buena!

-¿De qué manera?

-Metamorfoseó a aquellas pobres ratas, cambiándolas en ostras. Y ahora vegetan las infelices en el banco de Samobrives, donde esos moluscos -de excelente calidad, cumplo un deber al afirmarlo- valen a tres pesetas la docena, lo que es muy natural, toda vez que la familia Ratón se encuentra entre ellos. ¡Ved ahora, hada buena, toda la extensión de mi infortunio!

Firmenta escuchaba con lástima y benevolencia el relato del joven Ratín. Siempre, por lo demás, había experimentado compasión por los dolores humanos, y sobre todo por los amores contrariados.

-¿Qué puedo hacer en su obsequio? -preguntó al fin.

-¡Hada bondadosa -dijo Ratín-, ya que mi Ratina está pegada al banco de Samobrives, hacedme ostra a mí también para que pueda tener el consuelo de vivir cerca de ella!

Esto fue dicho con un tono tan triste, que el hada Firmenta se sintió sumamente conmovida, y tomó entre las suyas la mano del joven.

-Ratín -le dijo-, aun cuando accediera a darle gusto, no me sería posible hacerlo. Sabe usted que me está prohibido hacer descender a los seres vivientes. No obstante, si no puedo reducir a usted al estado de molusco, lo que sería un estado muy humilde, puedo hacer subir a Ratina de grado...

-¡Oh, hacedlo, hada buena, hacedlo!

-Pero será menester que vuelva a pasar por los grados intermedios, antes de llegar a ser de nuevo la encantadora rata destinada a ser muchacha algún día. ¡Sea usted, pues, paciente, sométase a las leyes de la Naturaleza y tenga así mismo confianza...!

-¿En vos, hada buena...?

-¡En mí, sí! Haré cuanto pueda por ayudarle. No olvidemos, sin embargo, que habremos de sostener violentas luchas. Aun cuando sea, como es, el más necio de los príncipes, tiene usted en el príncipe Kissador un enemigo poderoso. Y si Gardafur llegase a recobrar el poder antes de que usted fuese el esposo de la bella Rutina, me sería muy difícil vencerle, porque habría vuelto a ser igual a mí.

A este punto llegaban en su conversación el hada Firmenta y Ratin, cuando se oyó una tenue vocecita... ¿De dónde salía aquella voz...? Difícil parecía adivinarlo.

-¡Ratín...! ¡Mi pobre Ratín...! ¡Te amo...!

-Es la voz de Ratina -gritó el joven-. ¡Ah, señora hada, tened compasión de ella!

Verdaderamente, parecía que Ratín estaba loco. Corría a través del comedor, miraba debajo de los muebles, abría los armarios y aparadores pensando que Rutina podía hallarse escondida en alguno de ellos.

El hada le detuvo con un gesto.

Y entonces, queridos niños, se produjo una cosa muy singular. Sobre la mesa y alineadas en una fuente de plata había una media docena de ostras, que procedían precisamente del banco de Samobrives. En el centro aparecía la más hermosa, con su concha muy reluciente y bien orlada. Y he aquí que aumenta de volumen, se alarga, se ensancha, se desarrolla, y acaba por abrir sus dos valvas. De ellas se separa una adorable figurita, de cabellos rubios como las doradas espigas, dos ojos, los más tiernos y acariciadores del mundo, una naricilla recta y una boca encantadora, que repite:

-¡Ratín! ¡Mi querido Ratín...!

-¡Es ella! -exclamó el joven.

Era Ratina, en efecto. Tenía razón en reconocerla como tal, porque es menester que os diga, queridos niños, que en aquel venturoso tiempo de magia los seres tenían ya semblante humano, aun antes de pertenecer a la humanidad.

¡Y cuán linda era Ratina sobre el nácar de su concha! ¡Diríase que era una alhaja encerrada en su estuche!

Y ella se expresaba así:

-¡Ratín! ¡Mi querido Ratín! He oído todo lo que acabas de decir a la señora hada, y la señora hada se ha dignado prometer reparar el mal que ha causado ese malvado Gardafur. ¡Oh, no me abandones, porque si me cambió en ostra fue para que no pudiese huir! ¡Entonces el príncipe Kissador vendrá a separarme del banco al que está adherida mi familia; me llevará consigo y me pondrá en su vivero, aguardará a que me haya convertido en muchacha y estaré para siempre pérdida para mi pobre y querido Ratín!

Hablaba con voz tan triste, que el joven, profundamente conmovido, apenas podía responder.

-¡Oh, Ratina mía! -murmuraba.

Y en un impulso de ternura, extendía la mano hacia el pobrecito molusco, cuando el hada le contuvo. Tras haber cogido delicadamente una magnífica perla que se había formado en el fondo de la valva, le dijo:

-Toma esta perla.

-¿Esta perla, hada buena?

-Sí, vale una fortuna, podrá servirte más adelante. Ahora vamos a llevar a Ratina al banco de Samobrives, y ya allí la haré subir un escalón...

-Que no sea sólo a mí, hada buena -dijo Rutina con voz suplicante-. ¡Pensad en mi buen padre Ratón, en mi buena madre Ratona y en mi primo Raté! ¡Pensad en nuestros fieles servidores Rata y Ratana...!

Pero en tanto que hablaba de esta manera, las dos valvas de su concha se cerraron poco a poco y adquirieron sus dimensiones ordinarias.

-¡Ratina! -exclamó el joven.

-¡Cójala! -ordenó el hada.

Obedeció presuroso Ratín y llevó la concha a sus labios. ¿Por ventura no encerraba ella todo lo que él quería más en el mundo?

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