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Los forzadores de bloqueos
Editado
© Ariel Pérez
6 de agosto del 2002
Indicador El Delfín
Indicador El aparejo
Indicador En el mar
Indicador Astucias de Crockston
Indicador Las balas del Iroques
Indicador El canal de la isla...
Indicador Un general sudista
Indicador La evasión
Indicador Entre dos fuegos
Indicador San Mungo

Los forzadores de bloqueos: De Glasgow a Charleston
Capítulo IX
Entre dos fuegos

La lancha, impelida por seis robustos remeros, volaba. La niebla se iba condensando y Jacobo conseguía, no sin trabajo, mantenerse en la línea de sus señales. Crockston estaba hacia la proa y el señor Halliburtt hacia la popa, junto al capitán. El prisionero, asombrado de la presencia de su criado, había querido hablarle; pero éste le había rogado por señas que guardara silencio.

Pero, así que la lancha estuvo en plena rada, Crockston se decidió a hablar, pues comprendía la ansiedad de su amo.

-Sí, querido amo -dijo-, el carcelero ocupa mi lugar en el calabozo, gracias a dos puñetazos que le he propinado, uno en la nuca y otro en el estómago, a manera de narcótico, en el momento en que me entraba la cena. ¡Qué agradecido soy! Le he quitado la ropa y las llaves, le he ido a buscar y le he conducido fuera de la ciudadela, a las barbas de los soldados. ¡No era muy difícil!

-Pero ¿y mi hija? -preguntó mister Halliburtt.

-A bordo del buque que nos ha de llevar a Inglaterra.

-¡Mi hija está aquí! -gritó el americano, levantándose del banco.

-¡Silencio! -exclamó Crockston-. Dentro de algunos minutos estaremos a salvo.

La embarcación corría velozmente pero algo a la ventura. En medio de la oscuridad, Jacobo no distinguía los faroles del Delfín. Vacilaba acerca de la dirección que debía seguir, y la oscuridad era tal que los marineros no veían las extremidades de sus remos.

-¿Qué sucede, señor Jacobo? -dijo Crockston.

-Debemos haber andado más de milla y media -respondió el capitán-. ¿No ves nada, Crockston?

-Nada, y tengo buena vista. Pero ¡bah! ya llegaremos. No saben nada allá abajo.

Aún no había pronunciado estas palabras cuando un cohete rasgó las tinieblas hasta una altura prodigiosa.

-¡Una señal! -exclamó Jacobo Playfair.

-¡Diablo! -dijo Crockston-. Debe venir de la ciudadela. Esperemos.

Otro cohete, y después otro siguieron al primero. Casi en el acto, la misma señal se repitió a una milla de distancia de la embarcación, hacia delante.

-Este viene del fuerte Sumter -exclamó Crockston-, y es la señal de la evasión. ¡Fuerza! ¡De remo! ¡Todo está descubierto!

-¡Remen firme, amigos míos! -gritó Jacobo, animando a sus marineros-. Esos cohetes han alumbrado mi camino. El Delfín no dista de nosotros cien yardas. Oigo la campana de a bordo. ¡Adelante! ¡Veinte libras para ustedes si llegamos en cinco minutos!

La barca parecía rozar sólo las olas. Todos los corazones palpitaban con violencia. Un cañonazo acababa de resonar en dirección a la ciudad, a veinte brazas de la embarcación. Crockston oyó pasar un cuerpo rápido que podía ser un proyectil.

La campana del Delfín se había lanzado a vuelo. La lancha se acercaba. Algunos golpes de remo hicieron que atracasen, y pocos segundos después, Jenny caía en brazos de su padre.

La lancha fue izada enseguida y Jacobo subió a la toldilla.

-Señor Mathew, ¿hay presión?

-Sí, capitán.

-Corte la amarra, y a toda máquina.

Algunos minutos después, las dos hélices llevaban el buque hacia el paso principal, separándole del fuerte Sumter.

-Señor Mathew -dijo Jacobo-, no podemos pensar en tomar los pasos de Sullivan, pues caeríamos bajo el fuego de los confederados.

Acerquémonos cuanto podamos a la derecha de la rada, aunque nos expongamos a recibir los proyectiles federales. ¿Tiene usted un hombre seguro en el timón?

-Sí, capitán.

-Mande apagar todas las luces. Demasiado nos venden los reflejos de la máquina que no se pueden ocultar.

El Delfín marchaba con suma rapidez; pero al acercarse a la derecha de Charleston Harbour, había tenido que seguir un canal que le acercaba momentáneamente al fuerte Sumter, y no se hallaba a media milla de éste, cuando todas sus cañoneras se iluminaron a la vez, y un diluvio de hierro pasó por delante del buque, resonando una espantosa detonación.

-¡Demasiado pronto, torpes! -gritó Jacobo soltando una carcajada

-¡Fuerce, maquinista! ¡Es preciso pasar entre dos andanadas!

Los fogoneros activaron. Todo el Delfín gemía a los esfuerzos de su máquina, como si fuera a deshacerse.

Resonó una segunda detonación y otra granizada de proyectiles silbó detrás del barco.

-¡Demasiado tarde, imbéciles! - exclamó el joven capitán.

-Ya nos hemos librado de uno -gritó Crockston desde la toldilla-. Dentro de algunos minutos no habrá que temer a los confederados.

-¿Crees que no tenemos ya más que temer del fuerte de Sumter? -preguntó Jacobo.

-Nada. Pero sí del fuerte Moultrie, al extremo de la punta Sullivan, aunque sólo nos molestará por espacio de medio minuto. Que apunten bien, si quieren tocarnos. Nos acercamos.

-¡Bien! la posición del fuerte Moultrie nos permite entrar de lleno en el canal principal. ¡Fuego, pues, fuego!

En el mismo instante, como si Jacobo hubiera mandado por sí mismo el fuego de las baterías, una triple línea de relámpagos iluminó el fuerte. Se oyó un espantoso estrépito y se produjeron chasquidos a bordo del buque.

-¡Nos han tocado! - exclamó Crockston.

-¡Señor Mathew! - gritó el capitán a su segundo, que estaba en la proa -. ¿Qué hay?

-El penol del bauprés en el agua.

-¿Hay heridos?

-No.

-¡Pues al diablo la arboladura! Derechos al paso, ¡adelante! ¡Gobierne hacia la isla!

-¡Se han fastidiado los confederados! -gritó Crockston- ¡Si hemos de recibir balas, que sean del norte! ¡Se digieren mejor!

No se habían evitado todos los peligros; el Delfín no podía cantar victoria, pues aunque la isla de Morris no estaba aún armada con las temibles piezas que se establecieron en ella algunos meses más tarde, sus cañones y morteros bastaban y sobraban para echar a pique buques como el Delfín.

El fuego de los fuertes Sumter y Moultrie había dado el alerta a los federales de la isla, y a los buques del bloqueo. Los sitiadores, aunque no comprendían aquel ataque nocturno, que no parecía dirigido contra ellos, debían estar dispuestos a responder.

Sobre esto reflexionaba Jacobo al avanzar hacia los pasos de Morris, y tenía motivo para temer, pues al cabo de un cuarto de hora multitud de luces surcaban las tinieblas cayendo una lluvia de granadas alrededor del buque, y haciendo saltar agua por encima de sus bordas; algunas llegaron a herir la cubierta del Delfín, pero por su base, lo cual le salvó de una pérdida segura. En efecto, aquellas granadas, como se supo después, debían romperse en cien fragmentos y cubrir cada una, una superficie de ciento veinte pies cuadrados, con fuego griego imposible de apagar, y que ardía por espacio de veinte minutos.

Una sola de aquellas bombas podía incendiar una nave.

Afortunadamente para el Delfín, aquellos proyectiles de nueva invención, eran muy defectuosos; lanzados al aire, un falso movimiento de rotación los mantenía inclinados y en el momento del choque caían sobre su base, en vez de golpear con la punta donde estaba la espoleta de percusión. Ese defecto de construcción salvó al Delfín, pues la caída de aquellas granadas de poco peso, no le hizo gran daño y continuó avanzando por el paso.

En aquel momento, a pesar de las órdenes de Jacobo, Halliburtt y su hija fueron a reunirse a él sobre la toldilla. Jenny declaró que no se separaría del capitán aunque éste se opusiera. Mister Halliburtt, que acababa de saber cuán noble había sido la conducta de Jacobo, le estrechó la mano sin poder articular una palabra.

El Delfín avanzaba con gran ligereza hacia alta mar; le bastaba seguir el paso durante otras tres millas para hallarse en el Atlántico; si el paso estaba libre en su entrada, se había salvado. Como Playfair conocía maravillosamente todos los secretos de la bahía de Charleston, dirigía su buque entre las tinieblas con admirable seguridad. Podía esperar que su atrevida marcha le proporcionaría un feliz resultado, cuando el vigía, gritó:

-¡Un buque!

-¿Un buque? - gritó Jacobo.

-¡Sí, por babor!

La niebla, que se había elevado, permitía distinguir una gran fragata, que maniobraba para cerrar el paso al Delfín. Era necesario a toda costa ganarle en velocidad, pidiendo a la máquina, un exceso de fuerza impulsiva; si no todo estaba perdido.

-¡Toda barra a estribor! - gritó el capitán.

Y se lanzó al puente colocado sobre la máquina. Por orden suya, se detuvo el movimiento de una hélice, y por el impulso de la otra, el Delfín viró con rapidez maravillosa en un círculo muy reducido. Así evitó correr hacia la fragata federal y avanzó con ello hacia la entrada del paso. La cuestión era de rapidez.

Jacobo comprendió que en ello estribaba su salvación, la de Jenny y su padre, la de toda la tripulación. La fragata llevaba considerable delantera. Los torrentes de negro humo que brotaban de su chimenea, revelaban que forzaba sus fuegos. Jacobo no era hombre capaz de darse por vencido.

-¿Cómo estamos? -preguntó al maquinista.

-En el máximum de presión -contestó éste-. El vapor se escapa por todas las válvulas.

-¡Cárguelas! -mandó el capitán.

Sus órdenes se ejecutaron a riesgo de volar el buque.

El Delfín marchó aun más deprisa; los émbolos funcionaban con espantosa precipitación; todas las planchas de asiento de la máquina temblaban. El espectáculo hacia estremecer los corazones más templados.

-¡Fuercen! -gritaba Jacobo-. ¡Fuercen siempre!

-Imposible -respondió el maquinista-. Las válvulas están herméticamente cerradas y los hornillos están llenos hasta la boca.

-¿Qué importa? ¡se pueden atacar con algodón impregnado de espíritu de vino! ¡Es preciso a toda costa dejar atrás a la maldita fragata!

Al oír semejantes palabras, los más intrépidos marineros se miraron, pero nadie vaciló. Se echaron a la cámara de la máquina algunas balas de algodón, y se desfondó en ella un barril de espíritu de vino. La nueva materia combustible se introdujo, no sin peligro, en los incandescentes hornillos. El rugido de las llamas no permitía que los fogoneros se oyesen. Pronto las planchas de los hornillos llegaron al rojo blanco; los émbolos iban y venían como los de una locomotora; los manómetros marcaban una tensión espantosa; el barco volaba; sus junturas crujían; por sus chimeneas brotaban llamas mezcladas con el humo. Su velocidad era vertiginosa, insensata, pero ganaba espacio sobre la fragata; la rebasaba, y al cabo de diez minutos estaban fuera del canal.

-¡Nos hemos salvado! -gritó el capitán.

-¡Nos hemos salvado! -repitió la tripulación batiendo palmas.

Ya el faro de Charleston empezaba a desaparecer hacia el sudoeste, palideciendo su brillo, y parecía que el Delfín se hallaba fuera de peligro cuando una bomba, disparada por una cañonera que cruzaba al largo, zumbó en las tinieblas. Podía seguirse su rastro a causa de la espoleta, que dejaba tras sí una línea de fuego.

Aquél fue un momento de indescriptible ansiedad. Todos callaban mirando con espantados ojos la parábola descrita por el proyectil; nada podía hacerse para evitarla; después de medio minuto cayó con horrible estruendo sobre la proa del Delfín.

Los marineros, horrorizados, se refugiaron en la popa; nadie se atrevía a dar un paso, mientras la espoleta crepitaba.

Pero un hombre, valiente, entre los valientes, corrió hacia aquel formidable artificio de destrucción: era Crockston. Tomó la bomba en sus brazos vigorosos, y mientras millares de chispas se desprendían de la espoleta, la arrojó, haciendo un sobrehumano esfuerzo, por encima de la borda.

Apenas había llegado a la superficie del agua, estalló la bomba con espantosa detonación.

-¡Hurra! ¡hurra! -exclamó en coro la tripulación mientras Crockston se frotaba las manos.

Poco después el Delfín surcaba las aguas del Atlántico; la costa americana desaparecía entre las tinieblas y los fuegos lejanos que se cruzaban en el horizonte indicaban que el ataque era general entre las baterías de la isla Morris y los fuertes de Charleston Harbour.

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