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Una invernada entre los hielos
Editado
© Ariel Pérez
11 de diciembre del 2002
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Una invernada entre los hielos
Capítulo I
El pabellón negro

El párroco de la vieja iglesia de Dunkerque se despertó a las cinco el 12 de mayo de 18..., para decir, siguiendo su costumbre, la primera misa a la que asistían algunos piadosos pescadores.

Revestido de sus hábitos sacerdotales, iba a dirigirse al altar cuando un hombre entró en la sacristía, alegre y asustado a la vez. Era un marino de unos sesenta años, pero todavía vigoroso y sólido, con cara buena y honrada.

-Señor cura – exclamó –, ¡alto ahí, por favor!

-¿Qué le pasa ya tan de mañana, Juan Cornbutte? – replicó el cura.

-¿Qué me pasa?... Unas ganas locas de saltar a su cuello ahora mismo.

-Bueno, después de la misa a la que usted va a asistir.

-¡La misa! – respondió riendo el viejo marino –. ¿Cree que va a decir ahora misa, y que yo se lo permitiré?

-¿Por que no habría de decir misa? – preguntó el cura –, ¡Explíquese! Ya ha sonado el tercer toque de campana...

-Haya sonado o no – contesto Juan Cornbutte –, sonará muchas veces más hoy, señor cura, porque usted me prometió bendecir con sus propias manos el matrimonio de mi hijo Luis y de mi sobrina María.

-¿Es que ha llegado? – preguntó alegremente el cura,

-Está a punto de hacerlo – respondió Cornbutte frotándose las manos –. ¡El vigía ha avistado al alba nuestro brick, el mismo que usted bautizó con el hermoso nombre de La joven audaz!

-Le felicito de todo corazón, mi buen Cornbutte – dijo el cura despojándose de la casulla y de la estola –. Conozco nuestro pacto. El vicario me sustituirá, y yo estaré a disposición de usted para cuando llegue su querido hijo.

-¡Y yo le prometo que no le hará ayunar mucho tiempo! – respondió el marino –. Las amonestaciones ya fueron hechas por usted mismo, y no tendrá que hacer sino absolverle de los pecados que se pueden cometer entre el cielo y el agua en los mares del norte. Buena idea tuve al querer que la boda se celebrara el mismo día de la llegada y que mi hijo Luis sólo saliera de su brick para ir a la iglesia.

-Vamos, pues, a disponerlo todo, Cornbutte.

-Corro a hacerlo, señor cura. ¡Hasta luego!

El marino volvió deprisa a su casa, situada en el muelle del puerto mercante, y desde donde se divisaba el mar del Norte, cosa de la que se mostraba orgulloso.

Juan Cornbutte había amasado alguna fortuna en su trabajo. Después de haber mandado durante largo tiempo los navíos de un rico armador del Havre, se asentó en su villa natal, donde por su propia cuenta hizo construir el brick La joven audaz. Tuvo éxito en varios viajes al Norte, y el navío siempre logro vender a buen precio sus cargamentos de madera, de hierro y de alquitrán. Juan Cornbutte cedió entonces el mando a su hijo Luis, valiente marino de treinta años que, según decían todos los capitanes de cabotaje, era el marino más valiente de Dunkerque.

Luis Cornbutte había partido sintiendo un gran cariño par María, la sobrina de su padre, que encontraba muy largos los días de ausencia. María tenia veinte años apenas. Era una hermosa flamenca, con algunas gotas de sangre holandesa en las venas. Su madre la había confiado al morir a su hermano Juan Cornbutte. Por eso el valiente marino la quería como a su propia hija, y veía en la proyectada unión una fuente de auténtica y duradera felicidad.

La llegada del brick, señalada a lo largo de los pasos marinos, remataba una importante operación comercial de la que Juan Cornbutte esperaba buenos beneficios. La joven audaz, que había salido hacía tres meses, volvía, como ultimo lugar, de Bodoë, en la costa occidental de Noruega, y había realizado rápidamente su viaje.

Al volver al hogar, Juan Cornbutte encontró toda la casa en pie. María, con la frente radiante, se ponía su traje de novia.

-¡Con tal que el brick no llegue antes que nosotros! decía.

-Date prisa – respondió Juan Cornbutte –, porque los vientos proceden del norte y La joven audaz boga muy bien cuando está en alta mar.

-¿Están avisados nuestros amigos, tío? – preguntó María.

-¡Están avisados!

-¿Y el notario y el cura?

-¡Estate tranquila! Sólo tendremos que esperarte a ti.

En ese momento entró el compadre Clerbaut.

-Bueno, amigo Cornbutte – exclamo, ¡esto sí que es suerte! Tu navío llega precisamente cuando el Gobierno acaba de sacar a subasta la adjudicación de grandes suministros de madera para la marina.

-¿Y a mí qué me importa eso? – respondió Juan Cornbutte –.¡Es cosa del Gobierno!

-Claro, señor Clerbaut – dijo María–, sólo hay una cosa que nos importa: el regreso de Luis.

-No niego que... – respondió el compadre –. Pero, en fin, esos suministros...

-Y usted vendrá a la boda – replicó Juan Cornbutte que interrumpió al comerciante y le estrecho la mano hasta hacerle daño.

-Esos suministros de madera...

-Y con todos nuestros amigos de tierra y nuestros amigos del mar, Clerbaut, ya he avisado a mi gente, e invitaré a toda la tripulación del brick.

-¿E iremos a esperarle a la estacada? – pregunto María.

-Ya lo creo – respondió Juan Cornbutte –. ¡Desfilaremos de dos en dos, con los violines al frente!

 

Los invitados de Juan Cornbutte llegaron sin tardanza. Aunque fuese muy temprano, nadie faltó a la llamada. Todos felicitaron a porfía al valiente marino, al que apreciaban. Mientras tanto, María, arrodillada, transformaba delante de Dios sus ruegos en agradecimiento. Pronto regresó, hermosa y adornada, a la sala común, y su mejilla fue besada por todas las comadres, su mano vigorosamente estrechada por todos los hombres; luego, Juan Cornbutte dio la señal de partida.

Fue un espectáculo curioso ver aquella jovial tropa tomar el camino del mar cuando el sol se alzaba. La noticia de la llegada del brick había circulado por el puerto y muchas cabezas con gorro de dormir se asomaron a las ventanas y a las puertas entreabiertas. Por todas partes llegaba un honesto cumplido o un saludo halagüeño.

La comitiva llegó a la estacada en medio de un concierto de alabanzas y de bendiciones. El tiempo se había puesto magnífico y el sol parecía ser uno más de la partida. Un buen viento del norte hacía espumear las olas, y algunas chalupas de pescadores que se dirigían hacia la salida del puerto surcaban el mar con su rápida estela entre las estacadas.

Las dos escolleras de Dunkerque que prolongan el muelle del puerto se adentran mucho en el mar. Las gentes de la comitiva ocupaban toda la anchura de la escollera del norte, y pronto llegaron a una pequeña casilla situada en su extremo, donde vigilaba el jefe del puerto.

El brick de Juan Cornbutte se había vuelto cada vez más visible. El viento refrescaba y La joven audaz corría velozmente bajo sus gavias, su mesana, su cangreja, sus juanetes y sus mastelerillos. La alegría debía reinar evidentemente tanto a bordo como en tierra, Juan Cornbutte, con un catalejo en la mano, respondía alegre a las preguntas de sus amigos.

-¡Ahí viene mi hermoso brick! – exclamaba –. ¡Limpio y ordenado como al salir de Dunkerque! ¡Ni una avería! ¡Ni un cordaje de menos!

-¿Ve a su hijo, capitán? – le preguntaban.

-No, todavía no. ¡Estará dedicado a sus tareas!

-¿Por qué no iza su pabellón? – preguntó Clerbaut.

-No lo sé, amigo, pero sin duda tiene un motivo.

-Deme el catalejo, tío – pidió María arrancándole el instrumento de las manos –. Quiero ser la primera en divisarle.

-Pero señorita, ¡qué es mi hijo!

-Hace treinta años que es su hijo – respondió riendo la joven –, ¡y sólo dos que es mi prometido!

La joven audaz era completamente visible. La tripulación ya hacía sus preparativos de fondeo. Las velas altas habían sido cargadas. Podía reconocerse a los marineros que se lanzaban a los aparejos. Pero ni María ni Juan Cornbutte habían podido saludar con la mano todavía al capitán del brick.

-¡Ahí está el segundo, André Vasling! – exclamó Clerbaut.

-Y ahí Fidele Misonne, el carpintero de abra – dijo uno de los asistentes.

-¡Y nuestro amigo Penellan! – dijo otro, haciendo una señal al marino así llamado.

La joven audaz sólo se encontraba a tres cables del puerto cuando un pabellón negro ascendió a la punta de la cangreja... ¡Había luto a bordo!

Un sentimiento de terror corrió por todas las almas y asaltó el corazón de la joven novia.

El brick llegaba tristemente al puerto, y un silencio glacial reinaba sobre su puente. Pronto pasó la extremidad de la estacada. María, Juan Cornbutte y todos los amigos se precipitaron hacia el muelle en que iba a atracar, y un instante después estaban a bordo.

-¡Hijo mío! – exclamó Juan Cornbutte, que no pudo articular más que estas palabras.

Los marineros del brick le mostraron, con la cabeza descubierta, el pabellón de luto.

María lanzó un grito de angustia y cayó en brazos del viejo Cornbutte.

André Vasling había dirigido el regreso de La joven audaz; pero Luis Cornbutte, el novio de María, no estaba ya a bordo.

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