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Una invernada entre los hielos
Editado
© Ariel Pérez
11 de diciembre del 2002
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Una invernada entre los hielos
Capítulo XV
Los osos blancos

Después de la marcha de Luis Cornbutte, Penellan había cerrado cuidadosamente la puerta del alojamiento, que se abría al pie de la escalera del puente. Regresó junto a la estufa, que se encargó de vigilar, mientras sus compañeros volvían a la cama para encontrar en ella un poco de calor.

Eran entonces las seis de la noche y Penellan se puso a preparar la cena. Bajó al pañol para buscar la carne salada, que quería reblandecer en agua hirviendo. Cuando volvió a subir, encontró su sitio ocupado por André Vasling, que había puesto a cocer en el barreño unos trozos de grasa.

-Yo estaba aquí antes que usted – dijo bruscamente Penellan a André Vasling –. ¿Por que ha ocupado mi sitio?

-Por la misma razón que le hace a usted reclamarlo – respondió André Vasling –, porque necesito cocer mi cena.

-Quite todo eso inmediatamente – replicó Penellan – o tendrá que vérselas conmigo.

-No tendré nada que ver con usted – respondió André Vasling –, y esta cena se calentará aquí mal que le pese.

-No ha de probarla – exclamó Penellan lanzándose sobre André Vasling, que se apoderó de su cuchillo gritando:

-¡Noruegos, a mí! ¡A mí, Aupic!

En un abrir y cerrar de ojos éstos se pusieron en pie, armados de pistolas y puñales. El golpe estaba preparado.

Penellan se precipitó sobre André Vasling, que sin duda se había adjudicado el papel de pelear con él completamente solo, porque sus compañeros acudieron a las camas de Misonne, de Turquiette y de Pierre Nouquet. Este ultimo, sin defensa, abrumado por la enfermedad, había sido entregado a la ferocidad de Herming. El carpintero agarró un hacha y dejando su cama saltó al encuentro de Aupic. Turquiette y el noruego Jocki luchaban encarnizadamente. Gervique y Gradlin, presa de atroces sufrimientos, no tenían conciencia siquiera de lo que pasaba a su alrededor.

Pierre Nouquet recibió pronto una puñalada en el costado, y Herming se volvió contra Penellan, que se batía con rabia. André Vasling le tenía atrapado por la cintura.

Pero desde el principio de la lucha, el barreño había caído sobre el fuego, y al desparramarse la grasa sobre los carbones ardientes, impregnaba la atmósfera con un olor infecto. María se levantó lanzando gritos de desesperación y se precipitó hacia el lecho donde el viejo Juan Cornbutte lanzaba estertores.

André Vasling, menos vigoroso que Penellan, sintió pronto que sus brazos eran rechazados por los del timonel. Estaban demasiado cerca uno de otro para hacer uso de sus armas. El segundo, al ver a Herming, gritó:

-¡Ayúdame, Herming!

-¡Ayúdame, Misonne! – grito Penellan a su vez. Pero Misonne rodaba por tierra con Aupic, que trataba de clavarle el cuchillo. El hacha del carpintero era un arma poco favorable para su defensa porque no podía manejarla, y le costaba todo el esfuerzo del mundo parar las puñaladas que Aupic le lanzaba.

Mientras tanto, la sangre corría en medio de rugidos y de gritos. Turquiette derribado por Jocki, hombre de una fuerza poco común, había recibido una puñalada en el hombro, y trataba en vano de apoderarse de una pistola que el noruego tenía al cinto. Pero este le atenazaba como si estuviera en un torno y le resultaba imposible cualquier movimiento.

Al grito de André Vasling, al que Penellan acorralaba contra la puerta de entrada, Herming acudió. En el momento en que iba a dar una puñalada en la espalda del bretón, éste lo tumbó en el suelo de una vigorosa patada. El esfuerzo que hizo permitió a André Vasling librar su brazo derecho de las tenazas de Penellan; pero la puerta de entrada, sobre la que cargaban con todo su peso, se hundió súbitamente, y André Vasling cayó boca arriba.

De pronto estalló un rugido terrible y un oso gigantesco apareció en los peldaños de la escalera. André Vasling fue el primero en verlo. Sólo estaba a cuatro pasos de él. En el mismo momento, se dejó oír una detonación y el oso, herido o asustado, retrocedió. André Vasling, que había conseguido levantarse, lo persiguió abandonando a Penellan.

El timonel volvió a colocar entonces la puerta desfondada y miró a su alrededor. Misonne y Turquiette estrechamente agarrotados por sus enemigos, habían, sido arrojados a un rincón y hacían vanos esfuerzos por romper sus ataduras. Penellan se precipitó en su ayuda, pero fue derribado por los dos noruegos y Aupic. Sus fuerzas agotadas no le permitieron resistir a aquellos tres hombres que le ataron de forma que no pudiera moverse. Luego, a los gritos del segundo, éstos se lanzaron al puente, creyendo que tenían que vérselas con Luis Cornbutte.

Allí André Vasling se debatía contra un oso, al que ya había propinado dos puñaladas. El animal, hiriendo el aire con sus formidables patas, trataba de alcanzar a André Vasling. Este, arrinconado poco a poco contra el empalletado, estaba perdido cuando sonó una segunda detonación. El oso cayó. André Vasling alzó la cabeza y vio a Luis Cornbutte en el flechaste del mástil de mesana con el fusil en la mano. Luis Cornbutte había apuntado al corazón del oso, y el oso estaba muerto.

El odio fue superior a la gratitud en el corazón de Vasling; pero antes de satisfacerlo miró a su alrededor. Aupic tenía la cabeza rota por un golpe de pata y yacía sin vida sobre el puente. Jocki, con un hacha en la mano, paraba no sin esfuerzo los golpes que le daba un segundo oso, el que acababa de matar a Aupic. El animal había recibido dos puñaladas y, sin embargo, se batía con encarnizamiento. Un tercer oso se dirigía hacia la proa del navío.

André Vasling, seguido de Herming, corrió en ayuda de Jocki; pero Jocki, pillado entre las patas del oso, fue machacado, y cuando el animal cayo bajo los golpes de André Vasling y de Herming, que descargaron sobre él sus pistolas, entre sus patas sólo sostenía un cadáver.

-No quedamos más que nosotros dos – dijo André Vasling can aire sombrío y feroz –. Pero si sucumbimos, no será sin venganza.

Herming volvió a cargar, sus pistolas sin contestar.

Ante todo había que desembarazarse del tercer oso. André Vasling miró hacia la proa y no lo vio. Al alzar los ojos, lo divisó de pie en el empalletado y trepando ya a los flechastes para alcanzar a Luis Cornbutte. André Vasling dejó caer su fusil, que apuntaba al animal, y una feroz alegría se pintó en ojos.

-¡Ah! – exclamó –. Me debes esa venganza.

Mientras tanto, Luis Cornbutte se había refugiado en la cofa de mesana, El oso seguía subiendo y ya estaba sólo a seis pies de Luis cuando éste se echó a la cara su fusil y apuntó al corazón del animal.

Por su parte, André Vasling levantó el suyo para disparar contra Luis si el oso caía.

Luis Cornbutte disparó, pero no pareció haber tocado al oso, porque éste se lanzó de un salto sobre la cofa. Todo el mástil se estremeció.

André Vasling lanzó un grito de alegría.

-¡Herming! – grito al marinero noruego –. Vete a buscar a María. Vete a buscar a mi prometida.

Herming bajó la escalera del alojamiento. Mientras tanto, el animal, furioso, se había precipitado sobre Luis Cornbutte, que buscó refugio al otro lado del mástil; pero en el momento en que su pata enorme se abatía para romperle la cabeza, Luis Cornbutte, agarrandose a uno de los estays, se dejó deslizar hacia tierra, no sin peligro porque a medio camino una bala silbó en sus oídos. André Vasling acababa de disparar contra él y había fallado. Los dos adversarios se encontraron, pues, uno frente al otro, con el cuchillo en la mano.

Aquel combate debía ser decisivo. Para saciar plenamente su venganza, para hacer asistir a la joven a la muerte de su prometido, André Vasling se había privado del socorro de Herming. No debía contar, pues, más que consigo mismo.

Luis Cornbutte y André Vasling se agarraron uno a otro del cuello, y se mantuvieron de forma que no pudieran retroceder. Uno de los dos debía caer muerto. Se lanzaron violentos golpes que sólo fueron parados a medias, porque pronto la sangre corrió de ambas partes. André Vasling trataba de poner su brazo derecho alrededor del cuello de su adversario para derribarle. Luis Cornbutte, sabiendo que el que cayera estaría perdido, lo previno, y consiguió agarrarle de los dos brazos; pero en este movimiento el puñal se le escapó de las manos.

A su oído llegaron en aquel momento unos gritos horrorosos, era la voz de María, a la que Herming quería arrastrar. La rabia se apoderó de Luis Cornbutte; se enderezó para hacer que André Vasling se doblase, pero en aquel instante ambos adversarios se sintieron atrapados en un poderoso abrazo.

El oso, después de bajar de la cofa de mesana, se había precipitado sobre los dos hombres. André Vasling estaba apoyado contra el cuerpo del animal. Luis Cornbutte sentía entrar en sus carnes las garras del monstruo. El oso los abrazaba a los dos.

-¡Socorro, socorro, Herming! – pudo gritar el segundo.

-¡Socorro, Penellan! – exclamó Luis Cornbutte.

 

En la escalera se dejaron oír unos pasos. Apareció Penellan, armó su pistola y la descargó en la oreja del animal. Este lanzó un rugido. El dolor le hizo abrir un instante las patas y Luis Cornbutte, agotado, cayo inánime sobre el puente; pero el animal, al cerrar las patas con fuerza en su agonía, cayo arrastrando al miserable André Vasling, cuyo cadáver quedó destrozado bajo el oso.

Penellan corrió en ayuda de Luis Cornbutte. Ninguna herida grave ponía su vida en peligro, y sólo le había faltado el aliento durante un instante.

-¡María! ... – dijo al abrir los ojos.

-¡Salvada! – respondió el timonel –. Herming está tendido ahí, con una puñalada en el vientre.

-¿Y los osos?

-Muertos, Luis, corno nuestros enemigos. Pero puede decirse que, sin esas bestias, estábamos perdidos. Realmente han venido en nuestra ayuda. ¡Demos gracias pues a la Providencia!

Luis Cornbutte y Penellan bajaron al alojamiento, y María se precipitó en sus brazos.

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