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Las indias negras
Editado
© Ariel Pérez
9 de febrero del 2002
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Las indias negras
Capítulo I
Dos cartas contradictorias

Al Sr. J. R. Starr, ingeniero
30, Canongate
Edimburgo

“Si el Sr. Jacobo Starr tiene a bien pasarse mañana por las minas de Aberfoyle, galerías y Dochart, pozo Yarow, se le comunicará una cosa que ha de interesarle.
“El Sr. Jacobo Starr será esperado todo el día en la estación de Callandar, por Harry Ford, hijo del antiguo capataz Simon Ford.
“Se le encarga que conserve el secreto respecto de esta carta”.

Tal fue la carta que Jacobo Starr recibió por el primer correo del 3 de diciembre de 18..., carta que llevaba el timbre de la administración de correos de Aberfoyle, condado de Stirling, Escocia.

Esta carta excitó vivamente la curiosidad del ingeniero. No se le ocurrió siquiera que pudiera encerrar un engaño. Conocía hacía mucho tiempo a Simon Ford; uno de los más antiguos capataces de las minas de Aberfoyle, de las cuales había sido veinte años director, que es lo que en las minas inglesas se llama viewer.

Jacobo Starr era un hombre de constitución robusta; y sus cincuenta y cinco años no le pesaban más que si hubiese tenido cuarenta. Pertenecía a una antigua familia de Edimburgo; siendo uno de sus más distinguidos individuos. Sus trabajos honraban al respetable cuerpo de ingenieros, que devoran poco a poco el subsuelo carbonífero del Reino Unido, lo mismo en Cardiff y en Newcastle, que en los bajos condados de la Escocia. Pero su nombre había conquistado la estimación general, principalmente en el fondo de las misteriosas galerías carboníferas de Aberfoyle, que confinan con las minas de Alloa, y ocupan una parte del condado de Stirling. Además, Jacobo Starr pertenecía a la sociedad de anticuarios escoceses, en la cual había sido nombrado presidente. Era también uno de los miembros más activos del Instituto Real; y la Revista de Edimburgo publicaba frecuentemente artículos con su firma. Era, pues, uno de los sabios prácticos a quienes Inglaterra debe su prosperidad; y ocupaba una elevada posícion en esa antigua capital de Escocia, que ha merecido el nombre de Atenas del Norte, no sólo bajo el punto de vista físico, sino también bajo el punto de vista moral.

Sabido es que los ingleses han dado al conjunto de sus vastas minas de hulla un nombre muy significativo: las llaman justamente Las Indias Negras. Y en efecto; estas indias han contribuido tal vez más que las Indias Orientales, a aumentar la sorprendente riqueza del Reino Unido. Allí, en efecto, trabaja día y noche todo un pueblo de mineros para extraer del subsuelo británico el carbón, ese precioso combustible, elemento indispensable de la vida industrial.

Por esta época, el límite del tiempo calculado por los hombres especiales para que se agotaran las minas de carbón estaba muy lejano: y por tanto no era de temer la penuria en un breve plazo. Aún quedaban por explotar los depósitos carboníferos de dos mundos. Las fábricas, las locomotoras, las locomóviles, los buques de vapor; las máquinas de gas, etc., no estaban amenazadas de carecer de carbón mineral.

Sólo en estos últimos años ha sido cuando el consumo se ha aumentado de tal manera, que han sido agotadas algunas capas, aún en los más ricos filones; y abandonadas ahora estas minas, perforan y taladran el suelo inútilmente con sus pozos olvidados y sus galerías desiertas.

Éste era precisamente el estado de las minas de Aberfoyle.

Hacía diez años que el último carro se había llevado la última tonelada de hulla de este depósito. El material de fondo; máquinas destinadas a la tracción mecánica por los rails de las galerías; vagones que forman los trenes subterráneos, tranvías; cajones para desocupar los pozos de extracción; tubos en que el aire comprimido servía de perforador; en una palabra, todo lo que constituye el material de explotación, había sido retirado de las profundidades de las galerías y abandonado sobre la superficie del suelo. La mina agotada era como el cadáver de un mastodonte de magnitud fantástica, a quien se han quitado los órganos de la vida, dejándole sólo la osamenta.

De este material no quedaban más que largas escalas de madera, que comunicaban con las profundidades de la mina por el pozo Yarow, único que daba acceso a las galerías inferiores de la boca Dochart, desde la cesación de los trabajos.

En el exterior, y los edificios que servían para los trabajos de día indicaban aún el sitio donde habían sido perforados los pozos de esta boca, completamente abandonada, lo mismo que todas las demás, que constituían la mina de Aberfoyle.

Triste fue el día en que los mineros abandonaron por última vez, la mina en que habían vivido tantos años.

El ingeniero Jacobo Starr reunió aquellos miles de obreros que formaban la activa y enérgica población de la mina. Cavadores, arrastradores, conductores, pisoneros, leñadores, canteros, maquinistas, herreros, carpinteros, todos: hombres, mujeres, ancianos. Obreros del fondo y del día se reunieron en la gran rotonda de la galería Dochart, llena en otros tiempos de los abundantes productos de la mina.

Aquellas buenas gentes, que iban a dispersarse por las necesidades de la existencia, y que durante tantos años se habían sucedido de padres a hijos en la mina, esperaban, antes de abandonarla para siempre, el último adiós del ingeniero. La Compañía les había mandado distribuir, como gratificación, los beneficios del año corriente, que eran en verdad poca cosa; porque los productos de los filones habían excedido en poco los gastos de explotación; pero al fin esto podía permitirles esperar el ser colocados en las minas de las cercanías, o en las haciendas o fábricas del condado.

Jacobo Starir estaba de pie ante la puerta del extenso techado, bajo el cual habían funcionado tanto tiempo las poderosas máquinas de vapor del pozo de extracción.

Simon Ford, el capataz de la mina Dochart, que tenía entonces cincuenta y cinco años, y algunos otros conductores le rodeaban.

Jacobo Starr se descubrió. Los mineros con la gorra en la mano, guardaban un profundo silencio.

Esta despedida tenía un carácter conmovedor, que no carecía de grandeza.

"Amigos míos, les dijo el ingeniero, ha llegado el momento de separarnos. La mina de Aberfoyle, que desde hace tantos años nos reunía en un trabajo común, se ha agotado.Nuestras exploraciones no han podido descubrir un nuevo filón, y acaba de ser extraído el último pedazo de hulla de la mina Dochart."

Y en apoyo de sus palabras Jacobo Starr señaló a los mineros un pedazo de carbón, que había sido guardado en el fondo de una barrica.

"Ese pedazo de hulla, amigos míos, continuó Jacobo Starr, es como el último glóbulo de la sangre que circulaba en las venas de la mina. Le conservaremos como hemos conservado el primer fragmento de carbón que se sacó hace ciento cincuenta años de los filones de Aberfoyle. ¡Cuántas generaciones de trabajadores se han sucedido en nuestras galerías entre estos dos pedazos! ¡Ahora todo ha concluido! ¡Las últimas palabras que les dirige su ingeniero son un adiós. Han vivido de la mina, que se ha vaciado en sus manos. El trabajo ha sido duro; pero no sin provecho para ustedes. Nuestra gran familia va a dispersarse, y es probable que el porvenir no vuelva a reunir jamás sus esparcidos miembros. Pero no olviden que hemos vivido mucho tiempo juntos, y que en los mineros de Aberfoyle es un deber el ayudarse mutuamente. Sus antiguos jefes no lo olvidaron nunca. Los que trabajan juntos no pueden mirarse como extraños. Nosotros velarernos por ustedes, y donde quiera que vayan, siendo honrados, les seguirán nuestras recomendaciones. ¡Adiós, pues, amigos míos, y que el cielo los ampare!"

Dicho esto, Jacobo Starr, abrazó al más anciano de los trabajadores, cuyos ojos se habían humedecido, con las lágrimas. Después los capataces de los departamentos vinieron a estrechar la mano del ingeniero, mientras que los mineros agitaban sus gorras; gritando:

-¡Adiós, Jacabo Starr, nuestro jefe y nuestro amigo! Esta despedida debía dejar un recuerdo indeleble en aquellos nobles corazones.

Poco a poco aquella población abandonó tristemente la galería. El vacío rodeó a Jacobo Starr. El suelo negro de las vías, que conducíán a la boca Dochart, resonó una última vez bajo los pies de los mineros, y el silencio sucedió a aquella bulliciosa animación, que hasta entonces había dado vida a la mina de Aberfoyle.

Sólo un hombre había quedado cerca de Jacobo Starr.

Era el capataz Simon Ford. Cerca de él había también un joven de quínce años; su hijo Harry, que hacía algún tiempo estaba ya empleado en los trabajos del interior de la mina.

Jacobo Starr y Simon Ford se conocían, y conociéndose, se estimaban mutuamente.

-¡Adiós, Simon! -dijo el ingeniero.

-¡Adiós, señor Jacobo! -respondió el capataz; o más bien, déjeme decir: ¡hasta la vista!

-¡Sí, hasta la vista, Simon! -respondió Jacobo Starr. ¡Sabe que tendré un placer en volver a verlo y en hablar del pasado de nuestra vieja Aberfoyle!

-Ya lo sé, señor Starr.

-Mi casa de Edimburgo estará siempre abierta para usted.

-¡Está muy lejos Edimburgo! -contestó el capataz meneando la cabeza. ¡Sí! ¡Muy lejos de la mina Dochart!

-¡Lejos, Simon! ¿Pues dónde piensa vivir?

-Aquí mismo, señor Starr. ¡Nosotros no abandonaremos la mina, que es nuestra madre, porque su sustancia nos ha alimentado! Mi mujer, mi hijo y yo nos arreglaremos como podamos para serle fieles.

-¡Adiós, pues, Simon! -dijo el ingeniero, cuya voz, a pesar suyo, demostraba su emoción.

-¡No! le repito, ¡hasta la vista, señor Starr, respondió el capataz, y no adiós! A fe de Simon Ford, Aberfoyle volverá a vernos.

El ingeniero no quiso quitar esta última ilusión al capataz. Abrazó al joven Harry, que le miraba con sus grandes ojos conmovidos. Apretó por última vez la mano de Simon Ford, y abandonó defintivamente la mina.

Esto era lo que había pasado hacía diez años. Pero a pesar del deseo que había manifestado el capataz de volver a verle, Jacobo Starr, no había vuelto a oír hablar de él.

Habían pasado, pues, diez años de separación, cuando la carta de Simon Ford le invitaba a tomar sin dilación el camino de la antigua mina carbonífera de Aberfoyle.

¡Una noticia que debía interesarle! ¿Qué sería? ¡La mina Dochart! ¡El foso Yarow! ¡Qué recuerdos traían a su imaginación estos nombres! ¡Síl ¡El buen tiempo del trabajo, de la lucha; el mejor tiempo de su vida de ingeniero!

Jacobo Starr no hacía más que leer la carta. La daba vueltas en todas direcciones. Sentía que Simon Ford no hubiese añadido siquiera un renglón más. Le culpaba de haber sido muy lacónico.

¿Era posible que el antiguo capataz hubiese descubierto algún nuevo filón qué explotar? -¡No!

Jacobo Starr recordaba el minucioso cuidado con que habían sido exploradas las entrañas de Aberfoyle, antes de cesar definitivamente los trabajos.

Él mismo había hecho las últimas calicatas sin encontrar ningun nuevo depósito en aquel suelo arruinado por una explotación excesiva. Se había tratado hasta de buscar el terreno carbonífero bajo las capas, que son siempre más inferiores, como el gres rojo devoniono; pero sin resultado.

Jacobo Starr había, pues, abandonado la mina con la absoluta convicción de que ya no poseía un átomo de combustible.

-¡No, se decía, no! ¿Cómo creer que lo que se haya podido escapar a mis investigaciones, lo habrá podido encontrar Simon Ford? ¡Y sin embargo, mi antiguo capataz debe saber muy bien que sólo una cosa en el mundo puede interesarme! ¡Y esta invitación que debo guardar en secreto, para ir a la mina Dochart! ...

Jacobo Starr, venía siempre a parar a lo mismo.

Por otra parte, el ingeniero tenía a Simon Ford por un hábil minero, dotado particularmente del instinto del oficio. No le había vuelto a ver desde que había sido abandonada la explotación de Aberfoyle, y hasta ignoraba qué había sido del pobre capataz. No podía decir en qué se ocupaba, ni siquiera dónde vivía con su mujer y su hijo. Todo lo que sabía era que le daba una cita en el pozo Yarow; y que Harry, el hijo de Simon Ford le esperaba en la estación de Callander todo el día siguiente. Se trataba, pues, sin duda de visitar la mina Dochart.

-¡Iré, iré! se decía Jacobo Starr, que sentía crecer su excitación a medida que avanzaba el tiempo.

Este digno ingeniero pertenecia a esa categoría de personas apasionadas, cuyo cerebro está siempre en ebullicion, como una vasija de agua colocada sobre una llama ardiente. Hay vasijas de éstas en que las ideas cuecen a borbotones y otras en que se evaporan pacíficamente. Aquel día, las ideas de Jacobo Starr, estaban en completa ebullición.

Pero en estos momentos sucedió un incidente inesperado, que fue la gota de agua fría destinada a producir instantáneamente la condensación de todos los vapores de aquel cerebro.

En efecto, a las seis de la tarde, por el tercer correo, el criado de Jacobo Starr le llevó una nueva carta.

Esta carta estaba encerrada en un sobre grosero, cuyo sobrescrito indicaba una mano poco amaestrada en el manejo de la pluma.

Jacobo Starr rompió el sobre. No contenía más que un pedazo de papel, que amarilleaba de viejo, y que parecía haber sido arrancado de algún cuaderno fuera ya de uso.

En este papel no había más que una frase, que decía así:

"Es inútil que el ingeniero Jacobo Starr se ponga en camino; la carta de Simon Ford ya no tiene objeto."

Y no tenía firma.

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