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Las indias negras
Editado
© Ariel Pérez
9 de febrero del 2002
Indicador Dos cartas contradictorias
Indicador Por el camino
Indicador El subsuelo del Reino...
Indicador La mina Dochart
Indicador La familia Ford
Indicador Algunos fenómenos...
Indicador Un experimento de...
Indicador Una explosión de...
Indicador La nueva Aberfoyle
Indicador La ida y la vuelta
Indicador Los fantasmas de fuego
Indicador Las investigaciones de...
Indicador Villa Carbón
Indicador Pendiente de un hilo
Indicador Elena en la choza
Indicador La escala oscilante
Indicador La salida del sol
Indicador Del lago Lomond al lago...
Indicador La última amenaza
Indicador El penitente
Indicador El casamiento de Elena
Indicador La leyenda del viejo Silfax

Las indias negras
Capítulo VI
Algunos fenómenos inexplicables

Sabido es lo que son las supersticiones en la alta y baja Escocia. En algunos clanes los arrendatarios, reunidos por las noches, se complacen en repetir los cuentos tomados del repertorio de la mitología hiperbórea; la instrucción aunque muy extendida en el país, no ha podido reducir aún al estado de ficciones estas leyendas, que parecen inherentes al suelo mismo de la antigua Caledonia. Aquel es aún el país de los aparecidos, de los duendes y de las hadas. Allí se cree siempre en el genio malhechor que no se aleja sino por medio de dinero; en el seer de los Higlanders, que por la virtud de la doble vista predice las muertes próximas; en el May-Moullach que se presenta bajo la forma de una joven de brazos cubiertos de vello, y anuncia a las familias las desgracias que les amenazan; en la hada Braushie, que profetiza los acontecimientos funestos; en los Brawnies a quienes está confiada la conservación del mobiliario doméstico; en el Urisk, que frecuenta más particularmente las salvajes gargantas del lago Katrine, y en tantas otras.

No hay para qué decir que la población de las minas debía suministrar su contingente de leyendas y de fábulas a este repertorio mitológico. Si las montañas de la Alta Escocia están pobladas de seres quiméricos, buenos o malos, con mayor razón deben las sombrías minas estar llenas de ellos, hasta en sus últimas profundidades. ¿Quién hace temblar los depósitos en las noches de tempestad? ¿Quién da la huella del filón, aún no explotado? ¿Quién enciende el hidrógeno carbonado y preside las terribles explosiones, sino algún genio de la mina?

Ésta era a lo menos, la opinión comunmente extendida entre esos supersticiosos escoceses. En verdad la mayor parte de los mineros creían gustosos en lo fantástico, cuando no se trataba, más que de fenúmenos puramente físicos; y se habría perdido el tiempo en querer desengañarlos. ¿Dónde podría desarrollarse más libremente la credulidad que en el fondo de estos abismos? Y las minas de Aberfoyle, precisamente porque eran empleadas en el país de las leyendas, debían presentarse más naturalmente a todos los incidentes de lo sobrenatural.

Así, pues, las leyendas abundaban allí. Es preciso decir también que ciertos fenómenos no explicados hasta entonces, debían dar un nuevo alimento a la credulidad pública.En el primer lugar, entre los supersticiosos de la mina Dochart, figuraba Jack Ryan, el camarada de Harry. Era el mayor partidario que se ha visto de lo sobrenatural. Transformaba todas estas historias fantásticas en canciones, que le valían grandes elogios en las veladas del invierno.

Pero Jack Ryan no era él único que hacía gala de su credulidad. Sus camaradas afirmaban, con no menor publicidad, que las galerías de Aberfoyle estaban encantadas, que ciertos seres incorpóreos vagaban y se aparecían en ellas, corno si fuese en las altas tierras de Escocia. Y al oírlos se creería que lo extraordinario sería que esto no sucediese. En efecto, ¿hay algo mas propio que una sombría y profunda mina para los caprichos de los genios, de los duendes, de los espíritus y de los demás actores de los dramas fantásticos? Su decoración estaba preparada, ¿por qué esos personajes sobrenaturales no habían de ir a representar su papel?

Así razonaban Jack Ryan y sus camaradas de las minas Aberfoyle. Hemos dicho ya que las diferentes bocas se comunicaban entre sí por largas galerías subterráneas entre los filones. Había, pues, bajo el suelo del condado de Stirling una enorme masa mineral cruzada de túneles, atijereada por pozos; una especie de hipogeo de laberinto subterráneo, que parecía un inmenso hormiguero.

Los mineros de los diversos departamentos se encontraban con frecuencia cuando iban o venían a su trabajo de explotación: de aquí provenía la constante facilidad del trato y de comunicar de uno a otro departamento las historias que tomaban su origen en la misma mina. Las narraciones se transmitían así con una rapidez maravillosa, pasando de boca en boca, y creciendo, como siempre sucede.

Sin embargo, dos hombres más instruidos y de temperamento más positivo que los demás, habían resistido siempre esta corriente; y no admitían de ninguna manera la intervención de los duendes, de los genios y de las hadas.

Eran Simon Ford y su hijo. Y lo probaron bien con seguir viviendo en la sombría cripta, después del abandono de la mina. Tal vez la buena Margarita tenía alguna afíción a lo sobrenatural, como toda escocesa. Pero se veía reducida a contarse a sí misma estas historias de apariciones; lo que por otra parte hacía con mucha conciencía, para no perder la tradición.

Aunque Simon y Harry Ford hubiesen sido tan crédulos como sus compañeros no por eso habrían abandonado la mina a los genios y a las hadas. La esperanza de descubrir un nuevo filón les habría hecho desafiar a todas las legiones de duendes. No eran crédulos; no eran creyentes mas que respecto de un sólo punto: no podían admitir que el depósito carbonífero de Aberfoyle estuviese totalmente agotado. Puede decirse con exactitud que Simon Ford y su hijo tenían en este punto la fe del carbonero, esta fe en Dios que nada puede conmover.

Así es que hacía diez años, sin faltar un día, que obstinados, inmutables en sus convicciones, el padre y el hijo cogían su pico, su pala y su lámpara e iban buscando, tanteando la roca, con golpes secos, y escuchando si producía un sonido favorable.

Mientras que las explotaciones no llegasen al granito del terreno primario, Simon y Harry Ford estaban de acuerdo en que la investigación inútil hoy, podía ser útil mañana; y que no debía ser abandonada. Se habían propuesto pasar la vida entera tratando de volver a la mina de Aberfoyle su antigua prosperidad. Si el padre sucumbía antes de encontrar un éxito feliz, el hijo debería tomar la empresa por sí solo.

Al mismo tiempo estos dos guardianes apasionados de la mina, la visitaban bajo el punto de vista de su conservación. Se aseguraban de la solidez de sus pisos y de las bóvedas. Estudiaban si había que temer un desprendimiento o si era urgente condenar algún trozo. Examinaban las filtraciones de las aguas superiores, las derribaban y las canalizaban, dirigiéndolas a un sumidero, En fin, se habían constituido voluntariamente en protectores y conservadores de, aquel dominio improductivo, del cual había salido tanta riqueza convertida después en humo.

En alguna de estas excursiones, Harry particularmente, se quedó admirado ante ciertos fenómenos, cuya explicación buscaba en vano. Varias veces, cuando seguía algunas estrechas contra galerías, le pareció oír ruidos análogos a los que hubiesen podido producir los violentos golpes de un pico sobre la pared.

Harry, a quien no asustaba lo sobrenatural más que lo natural, había acelerado el paso para sorprender la causa de este misterioso trabajo. Pero el túnel estaba desierto. La lámpara del joven minero, llevada por toda la pared no pemiitía descubrir ninguna huella reciente del pico, ni del azadón. Harry se preguntaba entonces si era juguete de alguna ilusión acústica, o de algún caprichoso o fantástico eco. Otras veces, al proyectar súbitamente una luz fuerte hacia algún rincón sospechoso, había creído ver pasar una sombra. Se había lanzado tras ella... ¡Nada! A pesar de que no había ninguna salida que hubiese permitido a un ser humano huir de su persecución. Por dos veces en un mes, Harry, visitando la parte occidental de la mina, había oído claramente detonaciones lejanas, como si algun minero hubiese hecho estallar un cartucho de dinamita.

La última vez, después de minuciosas investigaciones, había reconocido que un pilar se había desviado por una explosión subterránea.

Harry examinó atentamente a la luz de su lámpara la pared atacada por la minadura. No estaba formada de una simple nivelación de piedras, sino de un muro de esquisto, que había penetrado hasta esta profundidad en el piso del depósito carbonífero. Aquel barreno, ¿había tenido por objeto buscar un nuevo filón? ¿No se había querido producir más que un desprendimiento de parte de aquella pared de la mina? Esto fue lo que se preguntó Harry, y cuando dio a conocer este hecho a su padre, ni el viejo capataz, ni él, pudieron resolver la cuestión de un modo satisfactorio.

"Es singular", se decía muchas veces Harry; "la presencia en la mina de un ser desconocido, parece imposible y, sin embargo, ya no puede ponerse en duda. ¿Habrá alguno más que nosotros que busque también si existe alguna vena explotable? ¿O más bien tratará de aniquilar lo que quede de las minas de Aberfoyle? ¿Pero con qué objeto? ¡Yo lo averiguaré aunque me haya de costar la vida!"

Quince días antes de éste en que Harry Ford guiaba al ingeniero por el dédalo de la mina Dochart, había creído llegar al fin de sus investigaciones.

Recorría la extremidad suroeste de la mina, con un poderoso farol en la mano.

De repente le pareció ver que acababa de apagarse una luz, como a unos cien pasos delante de él, en el fondo de una estrecha chimenea, que cortaba oblicuamente el muro. Se precipitó hacia la luz sospechosa...

¡Trabajo inútil! Como Harry no admitía para los hechos físicos explicación sobrenatural, dedujo de aquí que realmente vagaba por la mina un ser desconocido. Pero por más que hizo, registrando con el mayor cuidado, hasta los menores rincones de la galería, el ser desconocido había desaparecido y no pudo llegar a ninguna certidumbre.

Harry se encomendó, pues, a la casualidad para descubrir este misterio. De tiempo en tiempo volvió a ver aparecer resplandores que vagaban de un lado a otro como fuegos fatuos, pero su aparición duraba lo que un relámpago; y era preciso renunciar a descubrir su causa.

Si Jack Ryan y los demás supersticiosos de la mina hubiesen visto estas luces fantásticas, no habrían dejado seguramente de creer en algo sobrenatural. Pero Harry no pensaba en ello siquiera. El viejo Simon tampoco. Y cuando hablaban los dos de estos fenómenos, debidos indudablemente a una causa física, decía el capataz: "¡Hijo mío, esperemos! ¡Todo esto se explicará algún día!"

Sin embargo, preciso es observar que nunca hasta entonces, ni Harry ni su padre habían sido objeto de ningún acto de violencia.

Si la piedra que había caído aquel mismo día a los pies de Jacobo Starr había sido lanzada por la mano de un malhechor, era el primer acto criminal de este genero.

Interrogado el ingeniero, fue de opinión que la piedra se había desprendido de la bóveda de la galería. Pero Harry no admitió una explicación tan sencilla. La piedra, segun él, no había caído, sino que había sido arrojada. Al menos de no haber chocado antes con otro cuerpo, no hubiese descrito una trayectoria; sino hubiera sido puesta en movimiento por una fuerza extraña.

Harry veía, pues, en esto una tentativa directa contra él y contra su padre, y tal vez contra el ingeniero también. Después de lo que sabemos, hay que convenir en que tenía algún fundamento esta sospecha.

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