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El destino de Juan Morenas
Editado
© Juan Suárez
11 de mayo del 2003
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El destino de Juan Morenas
Capítulo VII

El país, situado al Este de Tolón, erizado de bosques y de montañas, surcado de barrancos y de arroyos, ofrecía al fugitivo muchas probabilidades de salvación. Ahora que ya había tomado tierra, podía abrigar la esperanza de reconquistar plenamente su libertad. Tranquilo por esta parte, Juan Morenas sintió renacer la curiosidad que le inspiraba su generoso protector. No podía adivinar el objeto que se habría propuesto. ¿Tendría acaso el marsellés necesidad de un bribón, emprendedor y dispuesto a todo, y sin ningún género de escrúpulos, habiéndose dirigido al presidio para escoger uno? En ese caso, sus cálculos iban a resultarle fallidos, pues Juan Morenas se hallaba firmemente resuelto a rechazar toda proposición sospechosa.

-¿Se siente usted mejor? -preguntó el señor Bernardón, después de haber dejado al fugitivo el tiempo necesario para reponerse-. ¿Tendrá fuerzas para andar?

-Sí -respondió Juan poniéndose en pie.

-En ese caso, vístase con este traje de campesino que he traído como prevención. En seguida, en marcha. No tenemos ni un minuto que perder.

Eran las once de la noche cuando ambos hombres se aventuraron a través de los campos, tratando de evitar los senderos frecuentados, arrojándose a los fosos u ocultándose en el bosque tan pronto como el ruido de pasos o el de una carreta resonaban en el silencio. Aun cuando el disfraz del fugitivo le hacia a éste irreconocible, temían que una inspección muy atenta y minuciosa le descubriese.

Además de las brigadas de gendarmería que se ponen en campaña tan pronto como suena el cañonazo de alarma, Juan Morenas tenía que temer a cualquier transeúnte. El cuidado de su seguridad, por una parte, y la esperanza de obtener la prima que el Gobierno otorga por la captura de un forzado evadido, por otra, hacen que los campesinos experimenten el deseo de capturarlos y no perdonen medio de conseguirlo. Y todo fugitivo corre el riesgo de ser reconocido, ya porque, habituado al peso de la cadena, arrastra un poco la pierna, o ya porque una turbación delatora le asoma al semblante.

Después de tres horas de marcha, los dos hombres se detuvieron a una señal del señor Bernardón, quien sacó de un cestillo que llevaba a la espalda algunas provisiones, que fueron ávidamente devoradas al abrigo de una espesura.

Duerma usted ahora -dijo el marsellés una vez terminada aquella corta refacción-; tiene usted que andar mucho, y es preciso recuperar fuerzas.

Juan no se hizo repetir la invitación, y tendiéndose sobre el suelo, cayó como una masa en un sueño de plomo.

Ya había salido el sol cuando el señor Bernardón le despertó, poniéndose ambos inmediatamente en marcha. Ahora ya no se trataba de avanzar a través de los campos, de esconderse, mostrándose, con todo, lo menos posible; de evitar las miradas, sin dejar, no obstante, que les examinaran de cerca. Seguir ostensiblemente los caminos reales, tal debía ser la línea de conducta que convenía adoptar en lo sucesivo.

Mucho tiempo hacía ya que el señor Bernardón y Juan Morenas caminaban tranquilamente, cuando este último creyó oír el ruido de muchos caballos. Subió sobre un talud para dominar la carretera, pero la curva que hacía ésta le impidió divisar algo. No podía, sin embargo, equivocarse. Echándose en el suelo se esforzó por reconocer el ruido que le había llamado la atención.

Antes de que se hubiese levantado, el señor Bernardón se precipitó sobre él, y en un momento Juan se vio sujeto y fuertemente amarrado.

En el mismo instante, dos gendarmes a caballo desembocaban en la carretera y llegaron al sitio en que el señor Bernardón sujetaba sólidamente a su prisionero.

Uno de los gendarmes interpeló al marsellés:

-¡Eh, hombre! ¿Qué significa eso?

-Es un forzado evadido, gendarme, un forzado evadido a quien yo acabo de apresar -respondió en el acto el señor Bernardón.

-¡Oh, oh! -dijo el gendarme. ¿Es el de esta noche?

-Puede ser; como quiera que sea, yo le tengo bien sujeto.

-¡Una buena prima para usted, camarada!

 -No es de despreciar. Eso sin contar con que sus vestidos no pertenecen a la chusma y me los darán también.

-¿Nos necesita usted? -preguntó el otro gendarme.

-¡No, a fe mía! ¡Está bien amarrado y lo conduciré yo solo!

-Eso es mejor -respondió el gendarme-; hasta la vista y buena suerte.

Los gendarmes se alejaron. Tan pronto como desaparecieron, el señor Bernardón desató a Juan Morenas.

-Está usted libre -le dijo, señalándole la dirección del Oeste-; siga el camino por este lado. Con un poco de esfuerzo puede usted hallarse esta noche en Marsella. Busque en el puerto viejo la María Magdalena, un buque de tres mástiles, cargado para Valparaíso en Chile. El capitán está ya prevenido y le recibirá a bordo. Se llama usted Santiago Reynaud, y he aquí los documentos que lo demuestran. Tiene usted dinero; trate de rehacerse una vida. ¡Adiós!

Antes de que Juan Morenas hubiese tenido tiempo de responder, el señor Bernardón había desaparecido entre los árboles. El fugitivo se hallaba solo en medio del camino.

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