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El destino de Juan Morenas
Editado
© Juan Suárez
11 de mayo del 2003
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El destino de Juan Morenas
Capítulo VIII

Durante algún tiempo, Juan Morenas permaneció inmóvil, estupefacto, ante el desenlace de su inexplicable aventura. ¿Por qué, después de haberle ayudado en su fuga, le abandonaba su protector? ¿Por qué, sobre todo, se había interesado aquel desconocido en la suerte de un condenado al que nada designaba especialmente a su atención? ¿Cómo, siquiera, se llamaba? Juan entonces se dio cuenta de que ni siquiera se le había ocurrido preguntar el nombre de su salvador.

Si a este olvido no había ya remedio, la cosa, en resumen, no importaba mucho. Más pronto o más tarde se aclararía todo. Lo esencial era que se hallaba solo en un camino desierto, con dinero en el bolsillo y con papeles corrientes, aspirando a pleno pulmón el embriagador aire de la libertad.

Juan Morenas se puso en marcha; se le había dicho que se dirigiese hacia Marsella y eso hacía sin darse cuenta. Pero a los pocos pasos se detuvo.

Marsella, la María Magdalena, Valparaíso en Chile, rehacerse una vida... ¡Todo eso eran tonterías! ¿Era acaso por «rehacerse una vida» en lejanos países por lo que tan ardientemente había anhelado la libertad...? ¡No, no! Durante su prolongado encarcelamiento no había soñado más que con un país, Sainte Marie des Maures, y con un solo ser en el mundo, María. El recuerdo del pueblo y el de María eran los que habían hecho el presidio tan cruel y tan pesadas las cadenas. Y ahora, ¿partiría sin siquiera intentar volverlos a ver...? ¡No, preferible era volver a someterse al látigo de los vigilantes!

Volver a su pueblo, arrodillarse ante la tumba de su madre, y, sobre todo, ver de nuevo a María. ¡Eso era lo que había que hacer! Cuando se encontrase en presencia de la joven, encontraría el valor que en otro tiempo le faltara. Se explicaría, hablaría, demostraría su inocencia. María no era una niña y tal vez le amase ahora. En ese caso, sabría decidirla a que le siguiese. ¡Qué hermoso porvenir se abriría entonces ante él! Si, por el contrario, no le amaba, ¡que sucediera lo que sucediera, todo le daba igual!

Dejando la carretera, Juan penetró por el primer sendero que cruzó en dirección hacia el Norte. Pero pronto hizo alto de nuevo, llamado por la prudencia por el mismo deseo de lograr buen éxito en la empresa. Conocía demasiado el país que atravesaba, y que con tanta frecuencia había recorrido en su infancia, para ignorar que no se hallaba lejano el punto al que quería llegar. En dos horas podía estar en su pueblo, e importaba mucho no penetrar en él hasta que fuera de noche, so pena de verse detenido al primer paso.

Quedóse, pues, Juan en el campo, y no volvió a ponerse en camino hasta el crepúsculo, después de un prolongado sueño y una comida en un ventorrillo.

Daban las nueve y la oscuridad era profunda cuando llegó a las casas de su pueblo. Deslizóse Juan por las callejuelas desiertas y silenciosas, sin ser visto por nadie, hasta la posada del tío Sandro.

¿Cómo introducirse en ella? ¿Por la puerta? De ningún modo. ¿No se encontraría, dentro, con algún enemigo? Además, ¿continuaría perteneciendo la posada a María? ¿Por qué no había de haber pasado a otras manos,después de tantos años?

Afortunadamente, había un medio mejor y más seguro que la puerta para penetrar en la casa.

No es raro que las casas provenzales posean salidas secretas, que permiten a sus habitantes entrar y salir de incógnito. Salidas que fueron, sin duda, imaginadas en el transcurso de las guerras de religión, de las que aquella región fue sangriento teatro. Nada más natural que quienes vivían en esa época buscasen trampas más o menos ingeniosas para escapar a la persecución de sus enemigos, cuando llegase el caso.

El secreto de la posada del tío Sandro, ignorado, indudablemente, por el propietario, había sido descubierto casualmente por Juan y María en sus juegos infantiles, y orgullosos de ser ellos los únicos en conocerlo, se habían guardado de revelar a nadie su existencia. Cuando dejaron de ser niños, lo olvidaron ellos a su vez, pero ahora Juan podía esperar encontrar en buen estado el mecanismo que necesitaba utilizar.

El secreto consistía en la movilidad del fondo de la chimenea del salón grande. Esta chimenea, como casi todas, era inmensa, bastante ancha y profunda  el minúsculo hogar sólo ocupaba el centro para contener varias personas. El fondo estaba hecho de dos placas de hierro paralelas, y separadas por un intervalo de algunos decímetros. Esas dos placas eran móviles y podían girar levemente bajo el impulso de un muelle, empujado de cierto modo. Era, pues, fácil para quien poseyera el secreto, secreto, por otra parte, cuya existencia no podía sospecharse, introducirse en el espacio que había entre las dos placas, y después, volviendo a cerrar aquella que primero le había dejado pasar, entreabrir la segunda y filtrarse al interior o salir al exterior, recíprocamente.

Juan dio la vuelta a la casa, y pasando la mano por la superficie de la pared, halló, sin gran trabajo, la placa exterior. Algunos minutos de pesquisas le hicieron reconocer el muelle, que hizo jugar del modo conveniente. Decididamente, nada había cambiado; el muelle obedeció, y la placa, con sordo ruido, se separó, dejando libre el paso.

Introdújose Juan por el hueco, y después de cerrarlo de nuevo, tomó aliento.

Convenía obrar con extremada prudencia. Un rayo de luz se filtraba en el escondite por las junturas de la placa interior, y un ruido de voces llegaba hasta allí del salón. Aún no dormían en la posada. Antes de mostrarse, convenía saber quién estaba allí.

Desgraciadamente, Juan aplicó en vano los ojos en torno de la placa. Le fue imposible ver algo. Cansado, se decidió a impulsar el muelle a todo evento...

En aquel preciso momento, un gran estrépito se alzó en la sala; al principio fue un grito desgarrador, un grito de agonía, seguido inmediatamente de una especie de ronquido y resoplidos como de fuelles de fragua, como los lanzarían dos que estuvieran luchando, y en seguida el golpe de un mueble derribado.

Tras un corto instante de vacilación, Juan hizo jugar el resorte y giró la placa, dejando al descubierto en toda su extensión la sala común de la posada.

En el momento de ir a lanzarse, Juan retrocedió rápidamente bajo la protección de la sombra que inundaba la chimenea y del humo de algunos sarmientos, aterrados por el espectáculo que se ofreció a sus miradas.

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