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Martín Paz

Editado
© Javier Palau
20 de mayo del 2003
Tomado de Logo de Librodot.com
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Martín Paz
Capítulo VII
La boda interrumpida

El matrimonio de Andrés Certa con la hija del judío Samuel era un verdadero acontecimiento, y las señoras no se daban punto de reposo, confeccionando los lujosos trajes que se proponían lucir en la fastuosa ceremonia.

En casa del judío Samuel, que deseaba celebrar con gran pompa el matrimonio de Sara, se hacían también grandes preparativos. Los frescos que adornaban su morada, según la costumbre española, habían sido restaurados suntuosamente; los tapices más ricos caían en anchos pliegues sobre los huecos de las ventanas y las paredes de la habitación; los muebles, esculpidos de maderas preciosas u odoríferas, se amontonaban en los grandes salones impregnados de deliciosa frescura; los arbustos exóticos, los productos de las tierras calientes se elevaban serpenteando a lo largo de las balaustradas y de las azoteas.

La joven había perdido la esperanza de volver a ver a Martín Paz, puesto que el Zambo no la tenía, como lo demostraba el hecho de no llevar en el brazo la señal de la esperanza. Liberto había espiado los pasos del viejo indio, pero no había logrado descubrir nada.

¡Ah! Si la pobre Sara hubiera podido realizar sus deseos, se habría refugiado en un convento para acabar en él su vida. Impulsada por atracción misteriosa e irresistible hacia los dogmas del catolicismo y convertida secretamente por el padre Joaquín a la única religión verdadera, había ingresado en el seno de nuestra santa madre la Iglesia, que tanto simpatizaba con las creencias de su alma.

El padre Joaquín, a fin de evitar todo escándalo, y sabiendo leer mejor en su breviario que en el corazón humano, había dejado a Sara en la creencia de que Martín Paz había muerto, porque lo más importante para él era la conversión de la joven, que creía asegurada con el matrimonio con Andrés Certa, ignorando, naturalmente, las condiciones en que se había concertado.

El día, pues, de la boda, tan alegre para unos y tan triste para otros, había llegado. Andrés Certa había invitado a la ceremonia a toda la ciudad; pero sus invitaciones no fueron atendidas por las familias nobles, que se excusaron, pretextando motivos más o menos plausibles.

Llegada la hora en que debía efectuarse el contrato, la joven no compareció.

El judío Samuel estaba profundamente disgustado, y Andrés Certa fruncía el ceño, mostrando su impaciencia. Una especie de confusión se reflejaba en los rostros de los invitados, mientras millares de bujías, cuya imagen multiplicaban los espejos, inundaban los salones de resplandeciente luz.

En la calle, un hombre se paseaba presa de una ansiedad mortal.

Era el marqués de Vegal.

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