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Maese Zacarías

Editado
© Ariel Pérez
14 de abril del 2002
Indicador Una noche de invierno
Indicador El orgullo y la ciencia
Indicador Una extraña visita
Indicador La iglesia de San Pedro
Indicador La hora de la muerte

Maese Zacarías
Capítulo I
Una noche de invierno

La ciudad de Ginebra está situada en la punta occidental del lago al que ha dado o debe su nombre. El Ródano, que la cruza a su salida del lago, la divide en dos barrios distintos, y se divide a su vez, en el centro de la ciudad, por una isla que se alza entre sus dos orillas. Esta disposición topográfica se reproduce con frecuencia en los grandes centros comerciales o industriales. Sin duda, los primeros habitantes quedaron seducidos por las facilidades de transporte que les ofrecían los brazos rápidos de los ríos, "esos caminos que andan solos", según la frase de Pascual. Con el Ródano, son caminos que corren.

En la época en que todavía no se alzaban sobre esa isla, anclada como una goleta holandesa en medio del río, construcciones nuevas y regulares, la maravillosa agrupación de casas montadas unas sobre otras ofrecía a los ojos una confusión llena de encantos. La escasa extensión de la isla había obligado a varias de esas construcciones a encaramarse sobre estacas, colocadas en desorden en las rudas corrientes del Ródano. Esos gruesos maderos, ennegrecidos por el tiempo, carcomidos por las aguas, se parecían a las patas de un cangrejo inmenso y producían un efecto fantástico. Algunas redes amarillentas, auténticas telas de araña tendidas en el seno de aquella construcción secular, se agitaban a la sombra como si fueran el follaje de aquellos viejos bosques de robles, y el río, abismándose en medio de aquel bosque de estacas, espumeaba con lúgubres mugidos.

Una de las viviendas de la isla sorprendía por su carácter de extraña vetustez. Era la casa del viejo relojero maese Zacarías, de su hija Gérande, de Aubert Thun, su aprendiz, y de su vieja sirvienta Escolástica.

¡Qué hombre tan extraordinario era Zacarías! ¡Su edad parecía indescifrable! Ninguno de los más viejos de Ginebra habría podido decir hacía cuánto tiempo su cabeza enjuta y puntiaguda se bamboleaba sobre sus hombros, ni qué día se le vio caminar por primera vez por las calles de la ciudad dejando flotar al viento su larga cabellera blanca. Aquel hombre no vivía, oscilaba como la péndola de sus relojes. Su cara, flaca y cadavérica, tenía tintes sombríos. Como los cuadros de Leonardo da Vinci, tiraba a negro.

Gérande ocupaba el cuarto más hermoso de la vieja casa, desde donde su mirada iba a posarse melancólicamente, por una estrecha ventana, sobre las cimas nivosas del Jura; pero el dormitorio y el taller del viejo ocupaban una especie de cava, situada a ras del río y cuyo piso se apoyaba sobre las estacas mismas. Desde tiempo inmemorial maese Zacarías sólo salía a las horas de las comidas y cuando iba a regular los diferentes relojes de la ciudad. Pasaba el resto del tiempo junto a un banco cubierto por numerosos instrumentos de relojería, que en su mayor parte él mismo había inventado.

Porque era un hombre hábil. Sus obras se admiraban en toda Francia y Alemania. Los operarios más industriosos de Ginebra reconocían en voz alta su superioridad, y constituía un honor para aquella ciudad, que lo mostraba diciendo:

-¡A él corresponde la gloria de haber inventado la rueda catalina!

En efecto, de esta invención, que los trabajos de Zacarías hicieron comprender más tarde, data el nacimiento de la auténtica relojería.

Y después de trabajar tan prolongada como maravillosamente, Zacarías volvía a colocar con lentitud las herramientas en su sitio, recubría con ligeros globos de cristal las finas piezas que acababa de ajustar y dejaba en reposo la activa rueda de su torno; luego levantaba una trampilla practicada en el suelo de su reducto, y allí, inclinado horas enteras mientras el Ródano se precipitaba con estrépito bajo sus ojos, se embriagaba con sus brumosos vapores.

Una noche de invierno, la vieja Escolástica sirvió la cena, en la que, según las antiguas costumbres, participaba junto con el joven operario. Maese Zacarías no comió, aunque en una hermosa vajilla azul y blanca le ofrecieran manjares cuidadosamente dispuestos. Apenas respondió a las dulces palabras de Gérande, a quien la taciturnidad más sombría de su padre preocupaba visiblemente, y el parloteo de Escolástica no hirió más su oído que los gruñidos del río en los que ya no reparaba. Tras aquella cena silenciosa, el viejo relojero abandonó la mesa sin besar a su hija ni dar a todos las buenas noches de costumbre. Desapareció por la estrecha puerta que llevaba a su retiro y, bajo sus pesados pasos, la escalera gimió con graves quejas.

Gérande, Aubert y Escolástica permanecieron algunos instantes sin hablar. Aquella noche el tiempo era sombrío; las nubes se arrastraban pesadas a lo largo de los Alpes y amenazaban con resolverse en lluvia; la severa temperatura de Suiza llenaba el alma de tristeza mientras los vientos del sur merodeaban por los alrededores y lanzaban siniestros silbidos.

-¿Sabe, mi querida señorita - dijo por fin Escolástica -, que nuestro amo está ensimismado desde hace algunos días? ¡Virgen Santísima! Comprendo que no tenga hambre porque las palabras se le quedan en el estómago, ¡y muy hábil tiene que ser el diablo que le saque alguna!

-Mi padre tiene algún secreto motivo de pesar que yo no puedo sospechar siquiera - respondió Gérande mientras una dolorosa inquietud se imprimía en su rostro.

-Señorita, no permita que tanta tristeza invada su corazón. Ya conoce los singulares hábitos de maese Zacarías. ¿Quién puede leer sobre su frente sus pensamientos secretos? Habrá tenido sin duda algún disgusto, pero mañana no lo recordará y se arrepentirá de veras por haber apenado a su hija.

Era Aubert el que así hablaba, clavando sus miradas en los hermosos ojos de Gérande. Aubert, el único operario que maese Zacarías admitió nunca en la intimidad de sus trabajos - porque apreciaba su inteligencia, su discreción y su gran bondad de alma -, Aubert se había vinculado a Gérande con esa fe misteriosa que preside los afectos heroicos.

Gérande tenía dieciocho años. El óvalo de su rostro recordaba el de las ingenuas madonas que todavía la veneración cuelga en las esquinas de las calles de las viejas ciudades de Bretaña. Sus ojos respiraban una sencillez infinita. Se la amaba como a la más dulce realización del sueño de un poeta. Sus vestidos tenían colores poco chillones, y la ropa blanca que se plegaba sobre sus hombros poseía ese tinte y ese olor particulares de la ropa de iglesia. Vivía una existencia mística en aquella ciudad de Ginebra que todavía no se había entregado a la sequedad del calvinismo.

Mientras mañana y tarde leía sus preces latinas en su misal de broche de hierro, Gérande había descubierto un sentimiento oculto en el corazón de Aubert Thun: el afecto profundo que el joven operario sentía por ella. Y en efecto, a sus ojos, el mundo entero se condensaba en esta vieja casa del relojero, y todo su tiempo lo pasaba junto a la joven cuando, una vez terminado el trabajo, abandonaba el taller.

La vieja Escolástica lo veía, pero no decía nada. Su locuacidad se ejercía preferentemente sobre las desgracias de su edad y las pequeñas miserias domésticas. Nadie trataba de detenerla. Era como esas cajitas de música que se fabricaban en Ginebra: una vez dada cuerda, había que romperla para que no tocase todas sus melodías.

Al ver a Gérande sumida en su dolorosa taciturnidad, Escolástica dejó la vieja silla de madera, puso un cirio en la punta de un candelero, lo encendió y lo colocó junto a una pequeña virgen de cera protegida en su nicho de piedra. La costumbre era arrodillarse delante de aquella madona protectora del hogar doméstico, pidiéndole que extendiese su gracia benevolente sobre la noche próxima; pero aquella noche Gérande permaneció silenciosa en su sitio.

-Bueno, mi querida señorita - dijo Escolástica sorprendida -, se ha terminado la cena y ya es la hora de la despedida. ¿Quiere usted, pues, cansarse los ojos en vigilias prolongadas?...¡Ay, Santísima Virgen! Ha llegado, sin embargo, el momento de irse a la cama y de encontrar un poco de alegría en unos bellos sueños. En esta época maldita en que vivimos, ¿quién puede prometerse un día de felicidad?

-¿No convendría enviar en busca de un médico para mi padre? - preguntó Gérande.

-¡Un médico! - exclamó la vieja sirvienta -. ¡Maese Zacarías jamás ha hecho caso de todas sus imaginaciones y sentencias! ¡Puede haber médico para los relojes, pero no para los cuerpos!

-¿Qué hacer? - murmuró Gérande -. ¿Se ha puesto a trabajar de nuevo? ¿Se dedica a descansar?

-Gérande - respondió dulcemente Aubert -, alguna contrariedad moral apena a maese Zacarías, eso es todo.

-¿La conoce usted, Aubert?

-Tal vez, Gérande.

-Cuéntenos eso - exclamó vivamente Escolástica, apagando despacio su cirio.

-Desde hace varios días, Gérande - dijo el joven operario -, ocurre un hecho absolutamente incomprensible. Todos los relojes que su padre hizo y vendió desde hace años se paran de pronto. Se los han traído en gran número. Los ha desmontado con cuidado: los muelles estaban en buen estado y los engranajes perfectamente bien. Ha vuelto a montarlos con más cuidado todavía; pero a pesar de su habilidad no han funcionado.

-¡Es obra del diablo! - exclamó Escolástica.

-¿Qué quieres decir? - preguntó Gérande -. Lo que ocurre me parece natural. Todo es limitado en la tierra, y el infinito no puede salir de la mano de los hombres.

-No es menos cierto - respondió Aubert - que en esto hay algo extraordinario y misterioso. Yo mismo he ayudado a maese Zacarías a buscar la causa del desajuste de sus relojes. No he podido encontrarla, y más de una vez, desesperado, las herramientas se me han caído de las manos.

-Entonces - continuó Escolástica -, ¿por qué dedicarse a todo ese trabajo de réprobo? ¿Es natural que un pequeño instrumento de cobre pueda caminar completamente solo y marcar las horas? ¡Tendríamos que atenernos al reloj de sol

-No hablaría así, Escolástica - respondió Aubert -, si supiera que el reloj de sol fue inventado por Caín. - ¡Dios mío! ¿Qué me dice?

-¿Cree - continuó ingenuamente Gérande - que se puede pedir a Dios que devuelva la vida a los relojes de mi padre?

-Sin duda alguna - respondió el joven operario.

-¡Bueno! Serán plegarias inútiles - gruñó la vieja sirvienta -, pero el cielo perdonará debido a la intención.

Volvieron a encender el cirio. Escolástica, Gérande y Aubert se arrodillaron en las losas del cuarto, y la joven rezó por el alma de su madre, por la santificación de la noche, por los viajeros y los prisioneros, por los buenos y los malos y, sobre todo, por las tristezas desconocidas de su padre. Luego, aquellas tres devotas personas se levantaron con alguna confianza en el corazón, porque habían puesto su pena en el seno de Dios.

Aubert se fue a su cuarto, Gérande se sentó muy pensativa junto a la ventana mientras las últimas luces se apagaban en la ciudad de Ginebra, Escolástica, después de haber derramado un poco de agua sobre los tizones encendidos y corrido los dos enormes cerrojos de la puerta, se arrojó sobre su cama, donde no tardó en soñar que se moría de miedo.

Mientras tanto, el horror de aquella noche de invierno había aumentado. A veces, con los torbellinos del río, el viento se arremolinaba bajo las estacas y la casa se estremecía entera; pero la joven, absorta en su tristeza, no pensaba más que en su padre. Después de las palabras de Aubert Thun, la enfermedad de maese Zacarías había tomado a su ojos proporciones fantásticas, y le parecía que aquella querida existencia, vuelta puramente mecánica, sólo se movía a duras penas sobre sus gastados ejes.

De súbito, el tejadillo, violentamente impulsado por la ráfaga, chocó contra la ventana del cuarto. Gérande se estremeció y se levantó de un salto, sin comprender la causa de aquel ruido que sacudió su adormecimiento. Cuando su emoción se hubo calmado, abrió las contraventanas. Las nubes habían reventado y una lluvia torrencial crepitaba sobre los techos circundantes. La joven se inclinó hacia fuera para agarrar el postigo que el viento bamboleaba, pero tuvo miedo. Le pareció que la lluvia y el río, mezclando sus aguas tumultuosas, sumergían aquella frágil casa cuyos ejes se resquebrajaban por todas partes. Quiso huir de su habitación; pero percibió debajo de ella el reverbero de una luz que debía proceder del reducto de maese Zacarías, y en una de esas calmas momentáneas durante las que los elementos callan, su oído fue herido por sonidos de queja. Trató de volver a cerrar su ventana y no pudo lograrlo. El viento la rechazaba con violencia, como un malhechor que se introduce en una habitación.

¡Gérande pensó que se volvería loca de terror! ¿ Qué hacía entonces su padre? Abrió la puerta, que se le escapó de las manos y golpeó ruidosamente bajo el impulso de la tempestad. Gérande se encontró entonces en la sala oscura del comedor. Tanteando logró ganar la escalera que llevaba al taller de maese Zacarías y se deslizó por ella pálida y desfallecida.

El viejo relojero estaba de pie en medio de aquella habitación que llenaban los rugidos del río. Sus cabellos erizados le daban un aspecto siniestro. ¡Hablaba, gesticulaba, sin ver, sin oír! Gérande permaneció en el umbral.

-¡Es la muerte! - decía maese Zacarías con voz sorda -. ¡Es la muerte!... ¿Qué me queda por vivir, ahora que he dispersado mi existencia por el mundo? ¡Porque yo, maese Zacarías, soy el creador de todos esos relojes que he fabricado! ¡Es una parte de mi alma lo que he encerrado en cada una de esas cajas de hierro, de plata o de oro! ¡Cada vez que uno de esos malditos relojes se para, siento que mi corazón cesa de latir, porque yo regulé sus pulsaciones!

Y al hablar de esta extraña forma, el viejo pasó sus ojos por el banco. Allí se encontraban todas las partes de un reloj que había desmontado cuidadosamente. Tomó una especie de cilindro hueco, llamado tambor, en el que está encerrado el muelle, y retiró la espiral de acero que, en lugar de distenderse siguiendo las leyes de su elasticidad, permaneció enrollada sobre sí misma, igual que una víbora dormida, parecía anudada, como esos viejos impotentes cuya sangre ha terminado por coagularse. Maese Zacarías trató en vano de desenrollarla con sus flacos dedos, cuya silueta se alargaba desmesuradamente sobre la pared, pero no pudo lograrlo, y pronto, con un terrible grito de cólera, la tiró por la trampilla a los torbellinos del Ródano.

Gérande, con los pies clavados en el suelo, permanecía sin aliento y sin moverse. Quería y no podía acercarse a su padre. Vertiginosas alucinaciones se apoderaron de ella. De pronto oyó en la sombra una voz que murmuraba a su oído:

-Gérande, mi querida Gérande. El dolor la tiene aún despierta. Vuelva, se lo ruego, la noche es fría.

-¡Aubert! - murmuró la joven a media voz -. ¡Usted! ¡Usted!

-¿No debía inquietarme por lo que le inquieta? - respondió Aubert.

Estas dulces palabras hicieron que la sangre volviera a afluir al corazón de la joven. Se apoyó en el brazo del operario y le dijo:

-Mi padre está muy enfermo, Aubert. Sólo usted puede curarle, porque esa enfermedad del alma no cedería ante los consuelos de su hija. Su espíritu ha sido herido por un accidente muy natural, y, trabajando a su lado reparando sus relojes, le devolverá la razón. ¿No es cierto, Aubert - añadió ella todavía muy impresionada -, que su vida se confunde con la de sus relojes?

Aubert no respondió.

-Pero ¿sería entonces el oficio de mi padre un oficio reprobado por el cielo? - dijo Gérande estremeciéndose.

-No sé - respondió el operario, que calentó con sus manos las manos heladas de la joven -. ¡Pero vuelva a su cuarto, mi pobre Gérande, y con el descanso recobre alguna esperanza!

Gérande regresó lentamente a su habitación y se quedó allí hasta el alba sin que el sueño pesase sobre sus párpados, mientras maese Zacarías, siempre mudo e inmóvil, miraba el río fluir ruidosamente a sus pies.

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