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Los náufragos del “Jonathan”
Editado
© Juan Suárez
30 de julio del 2003
Primera parte
Indicador El guanaco
Indicador Misteriosa existencia
Indicador El final de un país libre
Indicador En la costa
Indicador Los náufragos
Segunda parte
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Tercera parte
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Los náufragos del “Jonathan”
Primera parte - Capítulo I
El guanaco

Era un animal grácil, de cuello largo y elegante curvatura, de grupa redonda, nerviosas y finas las patas, los ijares entrados, el pelaje de color rojizo oteado de blanco, la cola corta, en penacho, muy luda. En aquellas tierras le llaman guanaco; en francés: guanaque. Vistos de lejos, estos rumiantes crean con frecuencia la ilusión de caballos montados y, más de un viajero confundido por esa apariencia, ha tomado una de sus manadas que galopan en el horizonte, por un grupo de jinetes.

Ese guanaco, única criatura visible en aquella desierta región, se detuvo en la cresta de un montículo, en el centro de una extensa pradera donde los juncos se rozaban sonoramente unos con otros y apuntaban sus afiladas agujas entre matas de plantas espinosas. Vuelto el hocico hacia el viento, aspiraba las emanaciones traídas por una ligera brisa del este. El ojo avizor, erguida la oreja giratoria, estaba al acecho, dispuesto a emprender la huida al menor ruido sospechoso.

La llanura no ofrecía una superficie uniformemente lisa. Aquí y allá se veían ondulaciones formadas por los barrancos que las grandes lluvias borrascosas habían dejado a su paso. Resguardado por uno de esos rellanos, a poca distancia del montículo, reptaba un indígena, un indio, que no podía ser descubierto por el guanaco. Casi totalmente desnudo, cubierto tan sólo por los jirones de piel de animal, avanzaba sin ruido, deslizándose por la hierba, para acercarse a la presa codiciada sin espantarla. Esta, sin embargo, empezaba a dar señales de inquietud, como si temiera un peligro inminente.

De pronto un lazo cortó el aire silbando y se desenrolló hacia el animal. La larga correa no alcanzó su objetivo, resbaló y, de la grupa, cayó al suelo.

Había fallado el golpe. El guanaco había huido a todo correr. Ya había desaparecido detrás de un grupo de árboles cuando el indio llegó a la cima del montículo.

Pero si bien el guanaco no corría ya ningún peligro, era ahora el hombre el que se hallaba amenazado.

Después de recuperar el lazo, cuyo extremo llevaba sujeto en el cinturón, se dispuso a bajar cuando un furioso rugido estalló a pocos pasos de él. Casi al instante, una fiera se abalanzó a sus pies.

Era un imponente jaguar, de pelaje grisáceo jaspeado de manchas negras, más claras en el centro, que imitaban la pupila de un ojo.

El indígena conocía la ferocidad de aquel animal que con sus quijadas podía estrangularlo con un solo golpe. Retrocedió de un salto. Desgraciadamente, cayó al perder el equilibrio por una piedra que rodó debajo de su pie. Mano en alto intentó defenderse con una especie de cuchillo, hecho con un hueso de foca muy afilado, que había conseguido sacar del cinturón. Incluso creyó por un instante que podría levantarse y colocarse en mejor postura. No tuvo tiempo. El jaguar, levemente herido, cargó con furor sobre él. Estaba perdido; derribado, la fiera le desgarraría el pecho.

En aquel preciso momento retumbó el seco estampido de una carabina. El jaguar cayó fulminado, con el corazón atravesado por una bala.

Cien pasos más allá un ligero vapor blanco flotaba por encima de una de las rocas del acantilado.

De pie, en la roca, estaba un hombre con la carabina aún encarada.

Aquel hombre, de tipo ario muy acusado, no era un compatriota del herido. Aunque muy atezado, no era de piel oscura, ni tenía la nariz ensanchada en un profundo entrante de las órbitas, ni los pómulos salientes, ni corta la frente debajo de un ángulo huidizo, ni los ojos pequeños de la raza indígena. Por el contrario, su fisonomía era inteligente y su frente amplia, surcada por las múltiples arrugas del pensador.

Aquel personaje llevaba el pelo, entrecano como la barba, cortado al rape. Hubiera sido imposible precisar su edad en un margen de diez años, pero debía andar entre los cuarenta y los cincuenta. Era alto y parecía dotado de una robustez atlética, de una constitución vigorosa, así como de una inquebrantable salud. Los rasgos de su rostro eran enérgicos y graves y toda su persona expresaba arrogancia tan diferente de la orgullosa vanidad de los necios, lo que daba una verdadera nobleza a su actitud y a sus gestos.

Comprendiendo que no sería necesario disparar por segunda vez su carabina, el recién llegado la bajó, la descargó, se la puso debajo del brazo, y luego se dio la vuelta hacia el sur.

En esa dirección, más abajo del acantilado, se extendía una amplia superficie de mar. Inclinándose, el hombre llamó: «¡Karroly...!», y añadió dos o tres palabras en una lengua áspera y gutural.

Minutos más tarde, por una hendidura del acantilado, apareció un adolescente de unos diecisiete años, seguido muy de cerca por un hombre en plena madurez. No cabía duda de que ambos eran indios, a juzgar por su tipo, muy diferente al de aquel blanco que, con tan notorio escopetazo, acababa de mostrar su destreza. De fuerte musculatura, de anchas espaldas, corpulento el torso, gruesa cabeza cuadrada sobre un cuello robusto, una estatura de unos cinco pies, muy oscura la piel y muy negro el cabello, con unos ojos de mirada aguda debajo de unas cejas poco espesas y con una barba de escasos pelos, así era aquel hombre que parecía haber pasado ya de los cuarenta años. En aquel ser de raza inferior, los caracteres de la bestialidad pero de una bestialidad dulce y cariñosa, rivalizaban tanto con los de la humanidad que uno se habría sentido tentado a compararle, más que una fiera, con un perro bueno y fiel, con uno de esos intrépidos terranova que pueden llegar a ser el compañero, y más que el compañero, el verdadero amigo de su amo. Y ciertamente acudió a la llamada de su nombre como uno de esos abnegados animales.

En cuanto al muchacho, su hijo. al parecer, cuyo cuerpo, flexible como el de una serpiente, estaba totalmente desnudo, daba la impresión de ser, desde el punto de vista intelectual, muy superior a su padre. Su frente más desarrollada, sus ojos vivos y expresivos, manifestaban inteligencia y, lo que es más importante, rectitud y sinceridad.

Al reunirse los tres personajes, los dos hombres intercambiaron algunas palabras en aquella lengua indígena caracterizada por una corta aspiración a mitad de la mayoría de las palabras. Después todos se encaminaron hacia el herido que yacía en el suelo junto al jaguar derribado.

EI desgraciado había perdido el conocimiento. La sangre manaba del pecho lacerado por las garras de la fiera. Sin embargo, al sentir que una mano tocaba su tosca prenda de vestir, volvió a abrir los ojos que tenía cerrados.

Viendo quién acudía a socorrerle, pasó por su mirada una débil luz de alegría y sus descoloridos labios murmuraron un nombre:

-¡El Kaw-djer...!

Kaw-djer, palabra que en lengua indígena significa el amigo, el bienhechor, el salvador, hermoso nombre que se refería evidentemente a aquel blanco, pues éste hizo un gesto afirmativo.

Mientras él prestaba asistencia al herido, Karroly volvió a bajar por la grieta del acantilado, para regresar enseguida con un morral que contenía un estuche de cirugía y varios frascos llenos de jugo de ciertas plantas del país. Mientras el indio sostenía sobre sus rodillas la cabeza del herido, cuyo pecho quedaba a descubierto, el Kaw-djer lavó las heridas y restañó la sangre. A continuación acercó los labios a las heridas, cubriéndolas con tapones de hilas empapadas en el contenido de unos frascos y, tras haber desatado su faja de lana, la puso alrededor del pecho del indígena, manteniendo así todo el apósito.

¿Sobreviviría aquel desgraciado? El Kaw-djer pensaba que no. Ningún remedio podría provocar la cicatrización de aquellas desgarraduras que parecían afectar incluso al estómago y a los pulmones.

Al ver Karroly que los ojos del herido acababan de abrirse, aprovechó para preguntar:

-¿Dónde está tu tribu?

-Allí..., allí... -murmuró el indígena, señalando en dirección al este con la mano.

-Debe de ser a ocho o diez millas de aquí, en la orilla del canal -dijo el Kaw-djer-; aquel campamento cuyos fuegos divisamos anoche.

Karroly asintió con la cabeza.

-No son más que las cuatro -añadió el Kaw-djer-, pero la marea subirá pronto. No podremos salir hasta el amanecer...

-Sí -dijo Karroly.

El Kaw-djer prosiguió:

-Halg y tú van a transportar a este hombre y lo acostaran en la barca. No podemos hacer más por él.

Karroly y su hijo se prepararon para obedecer. Cargados con el herido empezaron a descender hacia la playa. Luego, uno de ellos volvería a buscar al jaguar, cuya piel se vendería cara a los traficantes extranjeros.

Mientras sus compañeros llevaban a cabo esta doble tarea, el Kaw-djer se alejó algunos pasos y trepó por una de las rocas del aserrado acantilado. Desde allí, su mirada alcanzaba todos los puntos del horizonte. A sus pies se recortaba un litoral caprichosamente dibujado que formaba el límite norte de un canal de varias leguas de anchura. La orilla opuesta abierta al infinito por brazos de mar, se desvanecía en vagas alineaciones, un sembrado de islas e islotes que en la lejanía aparecían vaporosos. Ni por el este ni por él oeste se veían los límites de dicho canal, a lo largo del cual corría el alto y macizo acantilado.

Hacia el norte se extendían interminablemente praderas y llanos, listados por numerosos cursos de agua que iban a parar al mar, bien en torrentes tumultuosos, bien en cataratas retumbantes. De la superficie de aquellas inmensas praderas surgían aquí y allá, verdes islotes, espesos bosques entre los cuales se habría buscado en vano un pueblo, y cuyas cimas se teñían de púrpura con los rayos del sol que llegaba entonces a su ocaso. Más allá, limitando el horizonte por aquella parte, se perfilaban las macizas formas de una cordillera coronada por la blancura deslumbrante de los glaciares.

Hacia el este, el relieve de la región era más acentuado. Perpendicularmente al litoral, el acantilado se escalonaba en niveles sucesivos y luego se alzaba por fin bruscamente en picos agudos que iban a perderse en las zonas elevadas del cielo.

Aquellos parajes parecían totalmente desiertos. La misma soledad también en el canal. Ni una embarcación a la vista, ni siquiera una canoa de corteza o una piragua de velas. En fin, por más lejos que alcanzara la vista ni de las islas del sur, ni de punto alguno del litoral o saliente del acantilado, se elevaba ningún humo que atestiguara la presencia de criaturas humanas.

El día había llegado a esa hora, siempre impregnada de cierta melancolía, que precede inmediatamente al crepúsculo. Grandes pájaros planeadores, formados en bandadas ruidosas, hendían el aire en busca de su cobijo nocturno.

El Kaw-djer, con los brazos cruzados y de pie sobre la roca en que se había subido, guardaba la inmovilidad de una estatua. Pero mientras contemplaba aquella prodigiosa extensión de tierra y de mar, última parcela del globo que no pertenecía a nadie, última región que no sucumbía bajo el yugo de las leyes, un éxtasis iluminaba su rostro, palpitaban sus párpados y sus ojos brillaban por un entusiasmo sagrado.

Permaneció así largo rato, bañado de luz y azotado por la brisa1, después abrió los brazos, los tendió hacia el espacio y un profundo suspiro hinchó su pecho, como si hubiera querido abarcar con un abrazo, aspirar de un respiro todo el infinito. Entonces, mientras su mirada parecía desafiar al cielo y recorría orgullosamente la tierra, de los labios escapó un grito que resumía su salvaje apetito de una libertad absoluta, sin límites.

Aquel grito era el de los anarquistas de todos los países, era la célebre fórmula, tan característica, que a menudo se emplea como sinónimo de su nombre, y cuyas cuatro palabras encierran toda la doctrina de esa secta tan temible.

« ¡Ni Dios, ni amo...! », proclamaba con voz sonora, en tanto que el cuerpo, medio inclinado por encima de las olas, fuera de la arista del acantilado, parecía barrer el inmenso horizonte con un gesto huraño.

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1. Se trata de la brisa que pasa por el cabo de Hornos, conocido por la fuerza de sus vientos.

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