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Los náufragos del “Jonathan”
Editado
© Juan Suárez
30 de julio del 2003
Primera parte
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Segunda parte
Indicador En tierra
Indicador Mi primera ley
Indicador En la bahía de Scotchwell
Indicador El invierno
Indicador Barco a la vista
Indicador Libres
Indicador La primera infancia de...
Indicador Halg y Sirk
Indicador El segundo invierno
Indicador Sangre
Indicador Un jefe
Tercera parte
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Los náufragos del “Jonathan”
Segunda parte - Capítulo VIII
Halg y Sirk

El Kaw-djer situaba la libertad por encima de todos los bienes de este mundo; ponía tanta atención en respetar la ajena como celo en salvaguardar la suya propia, y, sin embargo, era tanta la autoridad que emanaba de su persona, que se le obedecía como al más déspota de los jefes. En vano evitaba pronunciar una palabra que se asemejara a una orden; el menor de sus consejos era tenido como tal y casi todos se conformaban a ellos con docilidad.

El hecho de que se hubiesen construido casas en la orilla izquierda del río, era debido a que él ya se encontraba allí. Inquietos por la anarquía inicial de la colonia y más inquietos aún por la apariencia de Gobierno que se había hecho con el poder, se habían refugiado instintivamente en torno a un hombre cuya fuerza física, amplitud intelectual y elevación moral se imponían.

Cuanto más de cerca se trataba al Kaw-djer, más se sentía su influencia. Hartlepool y sus cuatro marineros lo tenían deliberadamente como su jefe, y en Harry Rhodes, más capacitado para penetrar en los secretos motivos de sus actos, la abnegación tomaba tales proporciones que llegaba a merecer el nombre de amistad.

Para Halg y Karroly, aquella devoción se convertía en verdadero fetichismo. El Kaw-djer recibía de ellos un mentís a su fórmula exclusiva acerca de toda divinidad, pues era un dios para sus dos compañeros; el padre, cuya vida material había transformado; el hijo, cuya vida psíquica había creado y a quien había sacado del estado de semianimalidad en que vegetan los poblados fueguinos. La menor de sus palabras era una ley para ellos y poseía ante sus ojos el carácter de una verdad revelada.

No es de extrañar, pues, que Halg, a pesar de su viva repugnancia a dejarse explotar por un enemigo, doblegase su conducta a las máximas de aquel a quien consideraba como su amo. Sirk y sus acólitos pudieron dar impunemente muestras de un creciente cinismo que Halg, en tanto que se realizaron las condiciones precisadas por el Kaw-djer, no se creyó en derecho a rehusarles el producto de su pesca, a pesar de su rabia interior.

Pero sucedió por fin que las reglas dictadas por aquél condujeron, lógicamente, a condiciones diferentes. Ser un hábil pescador, haber crecido sobre el agua desde los primeros años, no es una garantía contra un fracaso eventual. Halg vivió un día esa experiencia. Aquel día; por más que lanzaran cañas y redes, y registraran el mar en todos los sentidos, tuvo que contentarse, cansado ya, con una única pieza de mediocre tamaño.

En compañía de otros cuatro colonos, Sirk, reposando blandamente en la playa, esperaba su regreso como de costumbre. Cuando la Wel-Kiej hubo echado el ancla, los cinco hombres se levantaron y avanzaron al encuentro de Halg.

-Hoy hemos tenido la negra otra vez, camarada -dijo uno de los emigrantes-. Felizmente, ¡aquí estás tú! Si no, tendríamos que apretarnos el cinturón.

Los pedigüeños no forzaban su imaginación. Cada día, su demanda se formulaba en términos casi idénticos, y cada día, Halg respondía brevemente: «A vuestro servicio.» Pero aquella vez, la respuesta fue diferente.

-Imposible, hoy -replicó Halg.

Los solicitantes se sorprendieron enormemente.

-¿Imposible? -repitió uno de ellos.

-Vedlo vosotros mismos -dijo Halg-. Un solo pez y no muy grande, esto es todo lo que traigo.

-Nos contentaremos -afirmó un emigrante que se dignó en poner al mal tiempo buena cara.

-¿Y yo? objetó Halg.

-¡Tú! -exclamaron cinco voces, que expresaron al unísono la más profunda sorpresa.

¡En verdad, no le faltaba aplomo a aquel joven salvaje! ¿Creía ser alguien frente a aquellos cinco «civilizados» que le hacían el honor de requerir su tributo?

-¡Eh!, ¡di, tú, cara sucia -exclamó uno de los colonos- tienes un modo de entender la fraternidad...! ¿Así que tendrías el descaro de negarnos tu mezquino pescado?

Halg guardó silencio. Respaldándose en los principios enunciados por el Kaw-djer, estaba seguro de su legítimo derecho. «Asegurar primero la propia subsistencia, luego... «Primero», había dicho el Kaw-djer. Siendo aquel único pescado evidentemente insuficiente para la cena de la noche, encontraba así un fundamento para negarse al reparto.

-¡Anda, ésta sí que se las trae! -exclamó el obrero, indignado ante lo que consideraba como la prueba del más chocante egoísmo.

-Menos frases -intervino Sirk con un tono provocador-. Si ese morenote nos niega su pescado, ¡cojámoslo!

Y luego, volviéndose hacia Halg, dijo:

-¿A la una?, ¿a las dos...?, ¿a las tres...?

Halg, sin responder, se puso a la defensiva.

-¡Adelante, muchachos! -ordenó Sirk.

Asaltado por cinco hombres a la vez, Halg fue derribado. El pescado le fue arrebatado.

-¡Kaw-djer...! -llamó al caer.

A esta llamada, el Kaw-djer y Karroly salieron de la casa. Vieron a Halg sosteniendo aquella desigual batalla y corrieron en su ayuda.

Los agresores no esperaron su intervención. Pusieron los pies en polvorosa y atravesaron de nuevo el río, llevándose el pescado conquistado por la fuerza. Halg se puso en pie, un poco maltrecho, pero por suerte, sin heridas.

-¿Qué te ha ocurrido? -preguntó el Kaw-djer. Halg le explicó el incidente, mientras el Kaw-djer le escuchaba con el ceño fruncido. Se trataba de una nueva prueba de la maldad humana, que venía a minar sus teorías optimistas. ¿Cuántas se necesitarían antes de que se rindiera, antes de que consintiese en ver al hombre tal como es?

Por muy lejos que llevase su altruismo, no pudo dejar de dar razón a su discípulo, cuyo legítimo derecho se imponía de modo tan evidente. Como máximo, se arriesgó a dar a entender que la importancia del litigio no justificaba semejante defensa. Pero Halg, esta vez, no se dejó convencer.

-No es por el pescado -exclamó, todavía acalorado por la lucha-. ¡No puedo, sin embargo, ser el esclavo de esa gente!

-Evidentemente, evidentemente -reconoció el Kaw-djer en tono conciliador.

Sí, también existía eso, el amor propio, para sembrar la discordia entre los hombres. No es sólo la satisfacción de sus necesidades materiales la que causa las batallas. Tienen necesidades morales igualmente imperiosas, más imperiosas quizás, y a la cabeza de todas, está el orgullo, que tanto ha contribuido a ensangrentar la faz de la tierra. ¿Tenía derecho el Kaw-djer a negar la furiosa violencia del orgullo, él, cuya indómita alma jamás había podido sufrir la coacción?

Sin embargo, Halg continuó dando libre curso a su cólera.

-¡Yo! -decía-, ¡ceder a Sirk...!

¡Y encima de eso, nuestras pasiones para amar, unos contra otros, a aquellos que el Kaw-djer se obstinaba en considerar como hermanos!

Este no recogió el grito de protesta del .joven indio. Calmando a Halg con un gesto, se alejó silenciosamente.

Pero no renunciaba a defender su sueño contra la evidencia de los hechos. Mientras caminaba, iba pensando, y aún encontraba excusas para los agresores. Que aquéllos fuesen culpables, no había duda alguna, pero aquella pobre gente, triste producto de la atroz civilización de aquel Viejo Mundo, no podía conocer otros argumentos que la fuerza cuando lo que se ponía en juego era su misma vida.

Ahora bien, ¿no se, encontraban en una situación de este tipo? Fuesen cuales fuesen su ligereza y su imprevisión, debían sentirse terriblemente desconcertados por la creciente penuria de víveres, puesto que su mayor parte había sido llevada hacia el interior. Como ninguna aportación venía a renovar el stock, se podía fijar el día en que serían totalmente agotados. Y si esto era así, ¿qué más natural que aquellos desgraciados quisieran retrasar por todos los medios posibles el inevitable vencimiento del plazo, y que obedeciesen al instinto primordial de todo organismo viviente, que tiende a retrasar «por fas y nefas» el término de la destrucción necesaria?

¿Se habían dado cuenta Sirk y sus acólitos del estado de los recursos de la colonia, o bien habían cedido simplemente a la brutalidad de su naturaleza? Fuera lo que fuese, los temores del Kaw-djer no eran en vano. Había que estar ciego para no ver que el más temible de los peligros, el hambre, amenazaba a la naciente colonia. ¿Qué ocurría en el interior de la isla? Se ignoraba. Pero aun en el mejor de los casos, no sería antes del próximo verano que la abundancia de la cosecha permitiría transportar una parte de ésta a la costa. Quedaba, pues, todo un año de espera, mientras apenas quedaban víveres para dos meses.

En la orilla izquierda, la situación era menos desfavorable. Allí, bajo la influencia del Kaw-djer, se había procedido desde el principio al racionamiento y se las ingeniaban para economizar la reserva, es decir, aumentarla gracias a la jardinería y a la pesca. Por el contrario, era notable la indiferencia de los sesenta emigrantes de la orilla derecha. ¿Qué ocurriría con esos desgraciados? ¿Iban a repetir acaso, a trescientos años de distancia, la espantosa tragedia de un nuevo Puerto del Hambre?

Razones había para temerlo y la aventura amenazaba realmente con terminar así, cuando una oportunidad de salvación se ofreció a los imprevisores colonos.

Chile no había olvidado su promesa de acudir en ayuda de la nación naciente. Hacia mediados de febrero, un barco en el que ondeaba el pabellón chileno fondeó en medio del campamento. Aquel barco, el Ribarto, transporte de velas de siete a ochocientas toneladas, a las órdenes del comandante José Fuentes, traía a la isla Hoste víveres, semillas, animales de granja e instrumentos para arar, cargamento del mayor valor y cuya naturaleza aseguraba el éxito de los colonos si se empleaba juiciosamente Una vez echada el ancla, el comandante Fuentes se hizo conducir a tierra para ponerse en contacto con el gobernador de la isla. Habiéndose presentado audazmente Ferdinand Beauval como tal en su justo derecho, por otro lado, puesto que nadie, aparte de él, reivindicaba aquel título se procedió en el acto a la descarga del Ribarto.

Mientras se realizaba aquel trabajo, el comandante Fuentes se ocupó de otra misión que le había sido encargada.

-Señor gobernador -dijo a Beauval-, mi Gobierno cree saber que un personaje conocido con el nombre de Kaw-djer se ha instalado en la isla Hoste. ¿Es exacto este hecho?

Habiendo respondido Beauval afirmativamente, el comandante continuó:

-Entonces, nuestros informes no nos han engañado. ¿Podría preguntarle qué clase de hombre es ese Kaw-djer?

-Un revolucionario -respondió Beauval, con un candor del que ni siquiera él mismo era consciente.

-¡Un revolucionario...! ¿Qué entiende usted por esa palabra, señor gobernador?

-Para mí, como para todo el mundo -explicó Beauval-; un revolucionario es un hombre que se rebela contra las leyes y rechaza someterse a las autoridades regularmente instituidas.

-¿El Kaw-djer le ha creado, pues, dificultades?

-Me causa problemas -dijo Beauval, dándose importancia-. Es lo que se llama una cabeza dura. Pero yo lo meteré en cintura -afirmó enérgicamente.

El comandante del barco chileno parecía muy interesado. Tras un instante de reflexión, preguntó:

-¿Sería posible ver a ese Kaw-djer, en el que mi gobierno ha fijado su atención en varias ocasiones?

-Nada más fácil -respondió Beauval-. ¡Y mire! Precisamente, viene hacia aquí.

Diciendo esto, Beauval mostraba con la mano al Kaw-djer atravesando el río por el puentecillo. El comandante fue a su encuentro.

-Una palabra, señor, por favor -dijo levantando ligeramente su gorra con galones.

El Kaw-djer se detuvo.

-Le escucho -respondió en el más puro español.

Pero el comandante no habló inmediatamente. Los ojos fijos, la boca entreabierta, miraba de hito en hito al Kaw-djer, con una estupefacción que no intentaba disimular.

-¿Y bien? -dijo éste con impaciencia.

-Discúlpeme -dijo por fin el comandante-. Viéndole, me ha parecido reconocerle, como si ya nos hubiéramos encontrado antes.

-Es poco probable -replicó el Kaw-djer, cuyos labios esbozaron una sonrisa irónica.

-Sin embargo...

El comandante se interrumpió y, golpeándose la frente, dijo:

-¡Ya está...! -exclamó-. Tiene usted razón. No le he visto jamás, en efecto. Pero se parece usted a un retrato que se difundió en millones de ejemplares, hasta tal punto que me parece imposible que ese retrato no sea el suyo.

A medida que iba hablando, una especie de respetuosa confusión ensordecía progresivamente la voz y modificaba la actitud del comandante. Cuando se calló, tenía su gorra en la mano.

-Se equivoca, señor -dijo fríamente el Kaw­djer.

-Juraría, sin embargo...

-¿A qué época se remontaría el retrato en cuestión? -interrumpió el Kaw-djer.

-A una decena de años, aproximadamente.

El Kaw-djer no dudó en desfigurar un poco la verdad.

-Hace más de veinte años -replicó- que abandoné lo que usted llama el mundo. Ese retrato no era mío. Por otra parte, ¿podría usted reconocerme? Hace veinte años, yo era joven. ¡Y ahora...!

-¿Qué edad tiene usted, pues? -preguntó atolondradamente el comandante.

No dejándole tiempo su curiosidad para reflexionar, sobreexcitada por el extraño misterio que presentía y que creía a punto de dilucidar, se le había escapado la pregunta. Apenas la hubo formulado, comprendió su incorrección.

-¿Le he preguntado yo la suya? -le respondió fríamente el Kaw-djer.

El comandante se mordió los labios.

-Presumo -continuó el Kaw-djer- que no ha venido usted a mi encuentro para hablar de fotografías. Vayamos a los hechos, se lo ruego.

-¡Sea! -consintió el comandante.

Con un gesto seco, se puso de nuevo su gorro con galones.

-Mi Gobierno -dijo adoptando de nuevo el tono oficial- me ha encargado averiguar cuáles son sus intenciones.

-¿Mis intenciones...? -repitió sorprendido el Kaw-djer-. ¿Respecto a qué?

-Respecto a su residencia.

-¿Qué le importa?

-Le importa mucho.

-¡Bah...!

-Así es. Mi Gobierno no ignora su influencia sobre los indígenas del archipiélago, y no ha dejado de considerar muy seriamente esa influencia.

-¡Demasiado amable...! -dijo irónicamente el Kaw-djer.

-Mientras la Tierra de Magallanes permaneció res nullius -continuó el comandante-, sólo había que estar a la expectativa. Pero la situación ha cambiado de aspecto desde el reparto. Tras la anexión...

-La expoliación -rectificó el Kaw-djer entre dientes.

-¿Cómo dice...?

-Nada. Continúe, se lo ruego.

-Tras la anexión -continuó el comandante-, mi Gobierno, deseoso de asentar sólidamente su autoridad en el archipiélago, ha tenido que preguntarse qué actitud convenía adoptar respecto a su persona. Esta actitud dependerá forzosamente de la de usted. Mi misión consiste, pues, en informarme de sus proyectos. Le traigo un tratado de alianza...

-¿O una declaración de guerra?

-Precisamente. Su influencia, que no ponemos en duda, ¿va a sernos hostil o la pondrá usted al servicio de nuestra obra de civilización? ¿Será usted nuestro aliado o nuestro adversario? Le toca a usted decidir.

-Ni lo uno ni lo otro -dijo el Kaw-djer-. Un indiferente.

El comandante movió la cabeza con aire de duda.

-Dada su particular situación en el archipiélago -dijo-, la neutralidad me parece de difícil aplicación.

-Muy fácil, por el contrario -replicó el Kaw-djer-, por la excelente razón de que he abandonado la Tierra de Magallanes con la intención de no volver jamás.

-¿Ha abandonado...? Aquí, sin embargo...

-Aquí, estoy en la isla Hoste, tierra libre, estoy resuelto a no volver más a aquella parte del archipiélago que ya no lo es.

-¿Piensa, por consiguiente, quedarse en la isla Hoste?

El Kaw-djer afirmó con un gesto.

-Esto simplifica las cosas, en efecto -dijo el comandante con satisfacción-. ¿Puedo volver con la seguridad de que no estará usted en contra de mi Gobierno?

-Dígale a su Gobierno que yo lo ignoro -respondió el Kaw-djer. Levantó su gorro y continuó su camino.

Por un momento, el comandante le siguió con la mirada. A pesar de la afirmación de su interlocutor, no estaba convencido de que el parecido que había creído descubrir fuera imaginario, y en aquel parecido debía de haber, de una manera o de otra, algo extraordinario para afectarlo tan profundamente.

-Es extraño -murmuró a media voz mientras, sin volver la cabeza, el Kaw-djer se alejaba a paso tranquilo.

El comandante ya no volvió a tener la oportunidad de verificar el justo fundamento de sus sospechas, ya que el Kaw-djer no se prestó a una segunda entrevista.

Como si hubiese temido dar pie a cualquier investigación sobre su vida pasada, desapareció toda la noche de aquel mismo día y partió para una de sus acostumbradas correrías a través de la isla.

El comandante tuvo, pues, que limitarse a desembarcar el cargamento de su barco, trabajo que se llevó a cabo en una semana.

Aparte del cargamento enviado generosamente por Chile en común provecho de la nueva colonia, el Ribarto traía igualmente toda una pacotilla por cuenta particular de uno de los colonos, y éste no era sino Harry Rhodes.

Incapaz de dedicarse a los trabajos agrícolas, para los que su educación no le había preparado en absoluto, Harry Rhodes había tenido la idea de transformarse en un comerciante de importación. Por esta razón, en el momento de la proclamación de independencia, cuando ya podía permitirse prever un feliz destino para la naciente nación, había encargado al comandante del aviso que le mandase aquella pacotilla cuando se le ofreciese la ocasión. Habiendo cumplido fielmente esta misión, el Ribarto transportaba por cuenta y orden de Harry Rhodes una infinidad de objetos diversos, de mediocre importancia si se tomaban aisladamente, pero teniendo todos la característica de ser objetos de primera necesidad. Hilo, agujas, alfileres, cerillas, zapatos, ropa, plumas, lápices, papel de cartas, tabaco otros mil objetos constituían aquella pacotilla, verdadero surtido de bazar.

El proyecto de Harry Rhodes era sin duda de los más razonables; su elección, de las más juiciosas. Sin embargo, al paso que iban las cosas, era de temer que su surtido no tuviese salida. Nada indicaba que una corriente de transacción tuviera que establecerse alguna vez entre los hostelianos, quienes, en ausencia de toda regla común que encauzara, limitara y solidarizara los egoísmos individuales, no eran más que un agregado fortuito de solitarios.

Harry Rhodes, a juzgar por el cariz de los acontecimientos, consideró tan probable el fracaso de su empresa a partir de aquel momento, que estuvo tentado de dejar su pacotilla en el Ribarto, de embarcarse él mismo a bordo de éste y de abandonar un país del que no parecía posible esperar nada.

Pero ¿dónde hubiera ido cargado con aquellas heteróclitas mercancías, tan raras en una región casi salvaje, y que perderían su valor en aquellas regiones en las que abundan? Hechas todas estas reflexiones, se resolvió a armarse de paciencia. No había por qué suponer que aquel barco fuese el último en llegar a aquellos parajes. Ya encontraría la ocasión de abandonar la isla Hoste si la situación no mejoraba.

Terminada la descarga del cargamento, el Ribarto levó anclas y se hizo a la mar. Varias horas más tarde, como si sólo hubiese estado esperando la partida del barco, el Kaw-djer volvió a la costa.

La existencia anterior volvió a empezar, unos trabajando su jardín o pescando, el Kaw-djer continuando con sus cazas, la mayoría no haciendo nada y dejándose vivir con una serenidad que el aumento del stock de provisiones justificaba en cierto modo. Reducida la población a menos de cien almas, comprendido el Bourg Neuf, nombre dado por consentimiento general a la aglomeración agrupada en torno al Kaw-djer, había víveres para dieciocho meses como mínimo. ¿Para qué inquietarse entonces?

En cuanto a Beauval, reinaba. A decir verdad, lo hacía a la manera de un rey holgazán, y si bien reinaba, no gobernaba. Por otra parte, las cosas estaban, a su juicio, muy bien así. Desde los primeros días de su nombramiento, había bautizado por decreto al campamento, el cual, elevado al rango de capital oficial de la isla Hoste, llevaba desde entonces el nombre de Liberia; tras este esfuerzo, se había puesto a descansar.

El generoso don del Gobierno chileno le proporcionaba la ocasión de hacer un segundo acto de autoridad, cuyo importante objeto fue la organización de las diversiones de su pueblo. Bajo su orden, mientras la mitad de las bebidas alcohólicas traídas por el Ribarto se ponía en reserva, la otra mitad se distribuyó entre los colonos. El resultado de aquella esplendidez no se hizo esperar. Muchos perdieron inmediatamente la razón, y Lazzaro Ceroni más que ninguno. Tullia y su hija tuvieron así que sufrir de nuevo abominables escenas, cuyos estallidos se perdieron en el estruendo de la kermesse que, por segunda vez, sacudía todo el campamento.

Se bebía. Se jugaba. También se bailaba al son del violín de Fritz Gross, resucitado por el alcohol. Los más sobrios formaban un corro en torno al genial músico. El mismo Kaw-djer no desdeñó cruzar el río, atraído por aquellos maravillosos cantos, más maravillosos aún por ser únicos en aquellas lejanas regiones. Algunos habitantes del Bourg Neuf le acompañaban entonces: Harry Rhodes y su mujer, quienes disfrutaban enormemente con el encanto de aquella música; Halg y Karroly, para los que ésta era una verdadera revelación y que lo miraban literalmente boquiabiertos de admiración. En cuanto a Dick y Sand, no faltaban a ninguna audición y se precipitaban hacia la orilla derecha en cuanto el violín se hacía oír.

A decir verdad, Dick sólo iba a buscar una nueva ocasión de juego. Saltaba y bailaba hasta perder el aliento, respetando más o menos el compás. Pero no ocurría lo mismo con su compañero. Como en las precedentes audiciones, Sand se situaba en primera fila y allí, agrandados los ojos, la boca entreabierta, estremecido por una profunda emoción, escuchaba con todas sus fuerzas sin perder una nota, hasta el momento en que la última se desvanecía en el espacio.

Su actitud de recogimiento acabó por llamar la atención del Kaw-djer.

-¿Así que te gusta la música, hijo mío? -le preguntó un día.

-¡Oh, señor...! -suspiró Sand. Y añadió extasiado-: ¡Tocar..., tocar el violín como el señor Gross...!

-¡Vaya...! -exclamó el Kaw-djer, divertido por el ardor del muchacho-, ¿tanto te gustaría...? ¡Bueno! Tal vez podamos satisfacerte.

Sand le miró, incrédulo.

-¿Por qué no? -continuó el Kaw-djer-. En cuanta surja la ocasión, me ocuparé de que se te traiga un violín.

-¿De verdad, señor...? -preguntó Sand, con los ojos brillantes de felicidad.

-Te lo prometo, hijo mío -afirmó el Kaw­djer-. Ahora bien, ¡tendrás que tener paciencia!

Sin llevar la pasión musical hasta el extremo del joven grumete, los otros emigrantes parecían encontrar gusto en aquellos conciertos. Era una distracción que interrumpía la monotonía de su existencia.

Aquel innegable éxito de Fritz Gross dio una idea a Ferdinand Beauval. Dos veces por semana regularmente, se descontó para el músico una ración de la reserva de licores, y dos veces por semana Liberia tuvo, por consiguiente, su concierto, siguiendo el ejemplo de tantas otras ciudades civilizadas.

El bautismo de la capital y la organización de sus diversiones bastaron para agotar las facultades de organización de Ferdinand Beauval. Por lo demás, tenía tendencia, al comprobar la satisfacción general, a admirarse complacientemente en su obra. Recuerdos clásicos venían a su memoria. Panem et circenses, pedían los romanos. ¿Y acaso él, Beauval, no había satisfecho aquella antigua reivindicación? El pan lo había asegurado el Ribarto, y las futuras cosechas harían el resto. Las diversiones las representaba el violín de Fritz Gross, en caso de admitir que no todo fuesen diversiones en aquel perpetuo farniente, en medio del cual transcurría la existencia de aquella fracción de la colonia que tenía la suerte de vivir bajo la autoridad del gobernador.

Pasó el mes de febrero, y luego el mes de marzo, sin que el optimismo de éste disminuyera. Es verdad que algunas discusiones e incluso algunas riñas turbaban alguna que otra vez la paz de Liberia. Pero éstos eran incidentes sin importancia, respecto a los cuales Beauval creía muy político cerrar los ojos.

Los últimos días del mes de marzo trajeron, por desgracia, el fin de su tranquilidad. El primer incidente que vino a perturbarla, y que fue como el preludio de las dramáticas peripecias que no iban a tardar en desarrollarse, no tenía en sí mismo ninguna importancia. Sólo se trataba de un altercado, pero a Beauval no le pareció que aquel altercado, por su carácter y sus consecuencias, tuviera que comportar una solución pacífica y juzgó necesario salir de su hábil retraimiento. Funesta idea, y su intervención tuvo un resultado que no se esperaba en absoluto.

Halg fue, a pesar suyo, el héroe de aquel incidente.

Tras la desigual batalla que se había visto obligado a sostener contra Sirk y los cuatro emigrantes que acompañaban a éste, habían transcurrido varias semanas sin que hubiera vuelto a ver a su rival. Probablemente por miedo a una intervención más eficaz del Kaw-djer, sus agresores habían dejado de pretender desde entonces el producto de su pesca. Por otra parte, la llegada del Ribarto puso pronto de acuerdo a todo el mundo. ¿Qué importaban unos cuantos pescados más o, menos, ahora que las provisiones se habían vuelto tan abundantes que se podían considerar, con razón, inagotables?

Desgraciadamente, el cargamento del Ribarto no estaba formado sólo por productos alimenticios. El barco contenía también una cierta cantidad de alcohol y, habiendo cometido Beauval la imprudencia de distribuirlo, el pernicioso brebaje había traído inmediatamente problemas al campamento.

En casa de los Ceroni, las cosas tomaron un cariz particularmente desagradable. Los incesantes dramas que producía la embriaguez de Lazzaro Ceroni tuvieron por consecuencia acentuar la aversión que Sirk y Halg sentían el uno por el otro. Mientras el segundo se erigía en defensor de Tullia y de su hija, el primero parecía estimular el vicio de aquel miserable esposo y padre indigno. Aquella actitud de Sirk llenaba de cólera el corazón del joven indio, que no podía perdonar a su rival las lágrimas de Graziella.

La consumición total del alcohol distribuido no devolvió la calma. Gracias a su intimidad con Ferdinand Beauval, Sirk, tomando por su cuenta el método de Patterson, consiguió renovar la provisión de Lazzaro Ceroni, esperando lograr así su benevolencia.

El procedimiento, que había triunfado ya una primera vez, triunfaba de nuevo. El borracho ayudaba abiertamente a aquel que favorecía su deplorable pasión, y se declaraba su aliado. Pronto sólo se dirigió a Sirk tratándole de yerno, jurando que sabría quebrar la resistencia de Graziella.

La joven evitaba poner a Halg al corriente de aquella violencia que se le hacía y contra la que tenía que luchar, pero éste la adivinaba en parte y, consciente del juego de Sirk, su odio crecía de día en día

Así estaban las cosas, cuando en la mañana del veintinueve de marzo, Halg, en el momento en que acababa de cruzar el puente para alcanzar la orilla derecha, vio, a cien metros más allá, a Graziella, que con el cabello en desorden corría sin aliento, como si huyese de algún temible peligro.

Huía, en efecto, y de un temible peligro, pues a cincuenta pasos detrás de ella, Sirk la perseguía con toda la velocidad de sus piernas.

-¡Halg...! ¡Halg...! ¡A mí! -llamó Graziella en cuanto vio al joven indio.

Este, lanzándose en su ayuda, cortó el paso a su perseguidor.

Pero Sirk desdeñaba a tan insignificante adversario. Después de detenerse un momento, tomó de nuevo impulso, y emitiendo a medias una risa sarcástica, se precipitó para embestir.

Los hechos le demostraron pronto su presunción. Aunque Halg era joven, debía a su vida salvaje una habilidad de mono y unos músculos de acero. Cuando el enemigo estuvo a su alcance, sus dos brazos salieron disparados como muelles y sus dos puños le alcanzaron a la vez en la cara y en el pecho. Sirk cayó, maltrecho.

Los jóvenes se apresuraron a batirse en retirada y a buscar refugio en la orilla derecha, perseguidos por las vociferaciones del vencido, quien, habiendo recobrado penosamente el aliento, los cubría con las más espantosas amenazas.

Sin responderle, Halg y Graziella fueron directamente al encuentro del Kaw-djer, a quien la joven se acercó suplicante.

La existencia se había hecho intolerable para ella en la otra orilla. Mientras había podido, había escondido sus desgracias, pero éstas llegaban ahora a un punto en que era mejor contarlo todo. Aquella misma mañana, Sirk se había envalentonado hasta llegar a la violencia. La había maltratado y golpeado, a pesar de la intervención de la impotente Tullia, mientras Lazzaro Ceroni -¡cosa espantosa de decir!- parecía, por el contrario, darle ánimos. Graziella había conseguido por fin emprender la huida, pero quién sabe cuál hubiera sido el fin de la aventura si Halg no hubiera precipitado el desenlace.

El Kaw-djer había escuchado aquel relato con su calma habitual.

-Y ahora -preguntó-, ¿qué piensa usted hacer, hija mía?

-¡Quedarme cerca de usted...! -exclamó Graziella-. ¡Protéjame, se lo suplico!

-Cuente con ello -afirmó el Kaw-djer-. En cuanto a quedarse aquí, eso es asunto suyo; cada uno es dueño de sí mismo. Lo máximo que puedo permitirme es aconsejarle respecto a la elección de su vivienda. Si quiere usted hacerme caso, pida hospitalidad a la familia Rhodes, que se la dará, ciertamente, si yo se lo pido.

Aquella prudente solución no tropezó, en efecto, con ninguna dificultad. La fugitiva fue recibida con los brazos abiertos por la familia Rhodes, y especialmente por Clary, feliz de tener una compañera de su edad.

Una pena torturaba, sin embargo, el corazón de Graziella. ¿Qué iba a ocurrir con su madre en aquel infierno en que la había abandonado? El Kaw-djer la tranquilizó. En su momento, iría a invitar a Tullia a que se reuniera con su hija.

Digamos ante todo que iba a fracasar en su caritativa misión. Sin dejar de aprobar la partida de Graziella, felicitándose de saberla a salvo en la otra orilla bajo la protección de una honorable familia, Tullia se negó obstinadamente a abandonar a su marido. Cumpliría hasta el final la tarea que se había comprometido a cumplir. Aquella tarea era acompañar por el camino de la vida -aunque tuviera que sufrir e incluso morir- a aquel hombre que, masa inerte, dormía en aquel mismo momento, la mona de la primera borrachera del día.

Al volver con aquella respuesta, que por otra parte ya se esperaba, el Kaw-djer encontró junto a Graziella a Ferdinand Beauval, sosteniendo una discusión con Harry Rhodes que comenzaba a agriarse.

-¿Qué pasa? -preguntó el Kaw-djer.

-Pasa -contestó Harry Rhodes irritado-, que el señor se permite venir a mi propia casa a reclamar a Graziella, a quien pretende devolver a su delicioso padre.

-¿Y qué le importa al señor Beauval los asuntos de la familia Ceroni? -preguntó el Kaw-djer, en un tono en el que se presagiaba la tormenta.

-Todo lo que ocurre en la colonia importa al gobernador -explicó Beauval intentando elevarse, por su actitud y su tono, a la dignidad que convenía a aquella función.

-¿Y el gobernador...?

-Soy yo.

-¡Ah! ¡Ah...! -dijo el Kaw-djer.

-Me ha llegado una queja... -comenzó Beauval sin recoger la amenazadora ironía de la interrupción.

-¡De Sirk! -dijo Halg, que no ignoraba qué tratos existían entre los dos personajes.

-En absoluto -rectificó Beauval-. Del padre, del mismo Lazzaro Ceroni.

-¡Bah...! -objetó el Kaw-djer-. ¿Acaso Lazzaro Ceroni habla durmiendo...? Pues está durmiendo. En este momento, incluso está roncando.

-Sus ironías no impedirán que se haya cometido un crimen en el territorio de la colonia -replicó Beauval en un tono arrogante.

-¿Un crimen...? ¡Mire usted por donde...!

-Sí, un crimen. Una joven todavía menor de edad ha sido arrebatada a su familia. Tal acto se califica como crimen en la legislación de todos los países.

-¿Existen, pues, leyes en la isla Hoste? -preguntó el Kaw-djer, cuyos ojos, ante aquella palabra «ley», despedían inquietantes chispas-. ¿Y de quién, pues, emanan esas leyes?

-De mí -contestó Beauval con soberbia-, de mí, que represento a los colonos, y que, por este título, tengo derecho a la obediencia de todos.

-¿Cómo ha dicho usted...? -exclamó el Kaw-djer-. ¿Obediencia, creo...? Pardiez, he aquí mi respuesta. .En la isla Hoste, tierra libre, nadie debe obediencia a nadie. Libre, Graziella ha venido hasta aquí, y libre se quedará aquí si ésta es su voluntad...

-Pero... -intentó decir Beauval.

-No hay peros que valgan. Quien se atreva a hablar de obediencia, me encontrará contra él.

-Ya lo veremos -contestó Beauval-. La ley debe ser respetada, y aunque tuviera que recurrir a la fuerza...

-¡La fuerza...! -gritóél Kaw-djer-. ¡Intente, pues, emplearla! Mientras tanto, le aconsejo no agotar mi paciencia y volver a su capital, si no quiere que se le reconduzca allí demasiado de prisa.

El aspecto del Kaw-djer era tan poco tranquilizador que Beauval juzgó prudente no insistir más; se batió en retirada, seguido a veinte pasos por el Kaw-djer, Harry Rhodes, Hartlepool y Karroly.

Cuando se encontró a salvo en la otra orilla del río, se volvió hacia ellos amenazadoramente:

-¡Nos volveremos a ver! -gritó.

Por poco temible que fuera la cólera de Beauval, debía ser tenida en cuenta en cierto modo. El orgullo herido puede dar valor al más cobarde, y no era imposible que con la complicidad de sus clientes ordinarios, se arriesgara a dar un golpe de mano aprovechando la oscuridad de la noche.

Afortunadamente, era fácil evitar aquel peligro. Beauval, girándose de nuevo cien metros después, pudo ver a Hartlepool y Karroly levantando el tablero del puentecillo que unía las dos orillas. Y como toda la flotilla estaba anclada en la ensenada del Bourg Neuf, quedaban cortadas todas las comunicaciones con Liberia, con lo cual una sorpresa resultaba irrealizable.

Al comprender a qué trabajo se dedicaban sus adversarios, Beauval, furioso, les amenazó con el puño.

El Kaw-djer se contentó con encogerse de hombros, y una tras otra, las tablas del piso continuaron cayendo. Pronto, sólo quedaron los maderos que formaban los pilares, contra los cuales murmuraba el agua del río, separando desde aquel momento los dos campos enemigos.

Así, se mostraba una vez más la naturaleza combativa de los humanos. Al aceptar en su corazón la posibilidad de recurrir a la guerra, preludiándola al modo consagrado por la costumbre, esto es, por la ruptura de las relaciones diplomáticas, aquellos habitantes de dos grupos de casas perdidos en los confines del mundo habitable, demostraban que los ciudadanos de los grandes imperios no son los únicos en merecer el nombre de hombres.

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