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Los náufragos del “Jonathan”
Editado
© Juan Suárez
30 de julio del 2003
Primera parte
(click encima para ver el contenido del volumen)
Segunda parte
Indicador En tierra
Indicador Mi primera ley
Indicador En la bahía de Scotchwell
Indicador El invierno
Indicador Barco a la vista
Indicador Libres
Indicador La primera infancia de...
Indicador Halg y Sirk
Indicador El segundo invierno
Indicador Sangre
Indicador Un jefe
Tercera parte
(click encima para ver el contenido del volumen)

Los náufragos del “Jonathan”
Segunda parte - Capítulo X
Sangre

El desfile de los que acudían a refugiarse a Liberia, fue interminable. Fueron llegando cada día durante todo el invierno. La isla Hoste parecía un almacén inagotable y con razón se habría dicho que producía más miserables de los que había recibido. Fue a principios de julio cuando la afluencia alcanzó su punto culminante, luego fue disminuyendo día tras día para cesar definitivamente el 29 de setiembre.

Aun aquel mismo día vieron descender desde las alturas a un emigrante y cómo se arrastraba con mucho esfuerzo hasta el campamento. Se encontraba en un estado lamentable: semidesnudo y con una delgadez esquelética. Se desplomó al llegar a las primeras casas.

Semejante aventura era demasiado corriente para que la gente se conmoviera excesivamente. Se levantó al desgraciado, se le reconfortó y no se ocuparon más de él.

A partir de ese momento, la fuente se secó. ¿Qué se podía deducir de aquello? ¿Que aquellos de quienes no se habían tenido noticias habían corrido mejor suerte o bien que habían muerto?

Más de setecientos cincuenta colonos habían regresado entonces a la costa y la mayor parte, en el sumo grado de degradación física y abatimiento moral. Aquellos organismos debilitados ofrecían a las enfermedades el mejor de los terrenos y el Kaw-djer se agotaba luchando contra ellas. A medida que avanzaba el invierno, las defunciones se multiplicaban. Era una auténtica hecatombe. Hombres, mujeres y niños, jóvenes y viejos, la muerte los atacaba indistintamente a todos.

Pero por más que suprimiera tantas bocas voraces, faltaba mucho para que las provisiones del Ribarto resultaran suficientes. Cuando Beauval se decidió, aunque ya demasiado tarde, a racionar a su gente, no podía prever que su número aumentaría en semejantes proporciones; en el momento en que se dio cuenta de su error y quiso repararlo, ya no había tiempo para ello. El mal estaba hecho. El 25 de setiembre, el almacén de provisiones distribuyó las últimas galletas y la multitud aterrorizada vio alzarse el horrible espectro del hambre.

La muerte por hambre, el hambre que desgarra las entrañas, el hambre que corroe, tuerce y retuerce, esa era la muerte de la que cruelmente, lentamente ¡tan lentamente! iban a morir los náufragos del Jonathan.

Su primera víctima fue Blaker. Murió al tercer día con atroces sufrimientos a pesar de los cuidados del Kaw-djer a quien avisaron demasiado tarde. Aquella vez éste no tenía derecho alguno para recriminar a Patterson, víctima también del hambre y que sufría la suerte de todos.

¿De qué vivirían los colonos en los próximos días? ¿Quién podría decirlo? Quienes habían tenido la prudencia de guardar reservas de víveres, las empezaron. Pero ¿y los demás...?

El Kaw-djer no sabía por dónde empezar en aquel siniestro período. No sólo tenía que acudir a la cabecera de todos los enfermos, sino que también debía ayudar a los hambrientos. Le suplicaban, se colgaban de su ropa, las madres le tendían a sus hijos. Vivía en medio de un terrible concierto de imprecaciones, ruegos y quejas. Nadie le imploraba en vano. Distribuía generosamente las provisiones acumuladas en la orilla izquierda, olvidándose de sí mismo, no queriendo reconocer que el peligro cuyo plazo retrasaba para los demás, le amenazaría fatalmente a su vez.

Sin embargo, aquello no debía tardar. El pescado salado, la caza ahumada, las legumbres secas, todo iba disminuyendo rápidamente. Si aquella situación se prolongaba un mes, los habitantes del Bourg Neuf pasarían hambre como los de Liberia.

El peligro era tan evidente que en el entorno del Kaw-djer comenzaban a oponerle algunas resistencias. La gente rehusaba a desprenderse de los víveres. Había que discutir durante mucho tiempo para obtenerlos y sólo los cedían hartos por las discusiones y cada vez con más dificultad.

Harry Rhodes intentó hacer ver a su amigo la inutilidad de su sacrificio. ¿Qué esperaba? Evidentemente era imposible que la escasa cantidad de víveres que existían en la orilla izquierda bastara para salvar toda la población de la isla. ¿Qué harían cuando se hubieran agotado? ¿Y qué interés tenía en retrasar una catástrofe en cualquier caso inevitable y próxima, en detrimento de los que habían hecho prueba de valor y previsión?

Harry Rhodes no consiguió nada. El Kaw-djer no intentó ni siquiera responderle. Ante tal desastre, no servían de nada los argumentos y él se prohibía a sí mismo pensar. Lo que no se podía, era dejar morir con sangre fría a toda una multitud. Era imperiosamente necesario repartirse hasta la última migaja, fueran cuales fuesen las consecuencias. ¿Y después...?. Después, ya se vería. Cuando ya no tuvieran nada más, se marcharían, se irían más lejos, buscarían otro lugar para establecerse, donde, como en el Bourg Neuf, vivirían de la caza y de la pesca y se alejarían del campamento que entonces en pocos días se transformaría en un montón de cadáveres. Pero al menos se habría hecho todo lo que estaba en poder de los hombres y no habrían tenido el terrible valor de condenar deliberadamente a la muerte a un número tan grande de hombres.

En base a la proposición de Harry Rhodes se examinó la oportunidad de distribuir a los emigrantes los cuarenta y ocho fusiles escondidos por Hartlepool. Quizás lograran con aquellas armas de fuego vivir de la caza. Aquella proposición fue rechazada. La caza era muy rara en aquella estación y los fusiles, en manos de campesinos inexperimentados, servirían de escasa ayuda para asegurar la alimentación de una población tan numerosa. En cambio podrían crear graves peligros. Era fácil reconocer que la violencia fermentaba en las capas profundas de la multitud, por ciertos signos precursores, gestos brutales, feroces miradas y altercados frecuentes. Los colonos no se esforzaban por disimular el odio que experimentaban unos contra otros. Se acusaban, recíprocamente de su fracaso y todos atribuían a su vecino la responsabilidad de aquel estado de cosas.

De todos modos, había uno a quien todos estaban de acuerdo en maldecir unánimemente y ése era Ferdinand Beauval quien imprudentemente había asumido la temible misión de gobernar a sus semejantes.

Aunque su manifiesta incapacidad justificara ampliamente el rencor de los emigrantes, aún se le seguía soportando. La multitud, abandonada a sí misma, se convierte en un torbellino confuso de voluntades que se neutralizan, y es incapaz de actuar. Su inercia hace que su paciencia sea infinita y sean cuales sean sus quejas, se detiene cohibida en el momento de tocar al jefe, como si estuviera apresada por un terror religioso ante su prestigio que sólo ella ha creado. Una vez más volvía a ocurrir así y quizás los colonos de la isla Hoste no habrían manifestado su cólera más que en conciliábulos privados y con platónicas amenazas por lo bajo, si uno de ellos no les hubiera arrastrado a expresarla con actos.

Era algo realmente maravilloso que en aquella terrible situación, el fantasma del poder detentado por Beauval hubiera podido excitar codicias. ¡Pobre poder aquel que consistía en ser el jefe nominal de una multitud de hambrientos!

No obstante, fue así.

Ante tan dolorosa realidad, Lewis Dorick no estimó despreciable aquella apariencia de autoridad y quizás después de todo no se equivocaba. ¿No emplea el buen sentido común popular la expresión vulgar pero expresiva y pintoresca de «sacar tajada» para designar el poder político? En efecto, en la más desheredada de las sociedades, la primera plaza asegura a su posesor ventajas relativas. Beauval lo sabía; él, que aún tendría que conocer los sufrimientos de sus compañeros de infortunio. Dorick quería asegurarse a sí mismo y a sus amigos aquellas ventajas.

Hasta entonces había soportado con impaciencia la suerte de su rival. Juzgando favorable la ocasión, emprendió una campaña, a la que la desgracia pública proporcionaba una sólida base. Los temas para una justa crítica eran demasiado numerosos. Sólo existía el obstáculo de la selección. Quizás le hubiera resultado muy difícil explicar, si le hubieran preguntado, qué habría hecho él en el lugar de su adversario. Pero como nadie le planteaba aquella indiscreta pregunta, no tenía que preocuparse por responderla.

Beauval no dejaba de estar al corriente de los esfuerzos de su competidor. A menudo miraba pensativo desde la ventana de la vivienda decorada por él con el pomposo nombre de Palacio de la Gobernación, cómo pasaba la gente, cada vez más numerosa, a medida que la proximidad de la primavera dulcificaba la temperatura. Por las miradas que le lanzaban, por los puños que a veces alzaban en su dirección, comprendía que la campaña de Dorick daba sus frutos y, poco inclinado a bajar de sus alturas, elaboraba sus planes de defensa.

Ciertamente no podía negar el estado ruinoso de la colonia, pero lo acusaba a las circunstancias y, en particular, al clima. Su imperturbable confianza en sí mismo no había disminuido lo más mínimo. Si no había hecho nada, es que no había nada que hacer, claro, y otro no habría sabido hacer más.

No era sólo por orgullo, por lo que Beauval se aferraba a su función. A pesar de todo y en las circunstancias presentes, había perdido muchas de sus ilusiones por recibir honores. Pensaba también, con inquietud y complacencia a un mismo tiempo; en la abundante reserva de víveres que había logrado poner a resguardo. ¿Habría sido así, sino hubiera sido el jefe? ¿Seguiría siendo así, si lo dejaba de ser?

Así pues, fue para defender su vida al mismo tiempo que su plaza, que se lanzó ardientemente a la lucha. Con mucha habilidad no contestó a ninguna de las quejas enumeradas por Dorick. En ese terreno habría sido vencido de antemano. Por el contrario, las acentuó. De entre todos los descontentos, él fue el más ardiente.

No obstante, los dos adversarios diferían de opinión acerca del remedio que convenía aplicar. Mientras que Dorick predicaba un cambio de Gobierno, Beauval aconsejaba la unión y pasaba a otros la responsabilidad de las desgracias que habían caído sobre la colonia.

¿Quiénes eran los autores responsables de aquellas desgracias? Según él, no eran otros que aquel reducido número de emigrantes que no habían necesitado refugiarse en la costa durante el invierno. El razonamiento de Beauval era simple. El hecho de que no se les hubiera vuelto a ver, significaba que habían salido bien del paso. Por consiguiente, poseían víveres y ellos tenían el derecho de confiscar aquellos víveres en provecho de todos.

Aquellas agitaciones encontraron eco en una población reducida a la desesperación y le obedecieron sin demora. Primero, recorrieron el campo de los alrededores de Liberia, luego, en previsión de expediciones más lejanas, formaron bandas que fueron aumentando rápidamente, y finalmente, el 15 de octubre un verdadero ejército con más de doscientos hombres bajo el mando de los hermanos Moore, se lanzó a la conquista del pan.

Durante cinco días, aquella tropa estuvo recorriendo la isla en todas direcciones. ¿Qué es lo que hacía? Se podía adivinar al ver la afluencia de sus víctimas, enloquecidas ante la imprevista catástrofe que había aniquilado sus esfuerzos. Uno tras otro corrían al gobernador y le pedían justicia. Pero éste les rechazaba con rudeza reprochándoles su vergonzoso egoísmo. ¡Vaya!, ¿así que se habrían permitido saciarse mientras sus hermanos se morían de hambre? Atolondrados, los desgraciados se batían en retirada y Beauval triunfaba. Sus quejas le probaban que la pista que había indicado era la buena. No se había equivocado. Tal y como había afirmado a la buena de Dios, los que no habían regresado durante el invierno, habían vivido en la abundancia.

En cualquier caso, ahora su suerte era semejante a la de los demás. Su paciente trabajo había resultado inútil y se encontraban en la misma pobreza y tan desprovistos de todo, como los que habían consumado su ruina. No sólo habían pasado sobre ellos como una tromba y habían echado mano de todo lo que podían llevarse a la boca, sino que incluso se habían entregado a los excesos a los que tan acostumbradas están las multitudes, aunque sean ellas las primeras en sufrirlos. Los campos sembrados habían sido pisoteados, los corrales saqueados y vaciados hasta su último habitante.

Bien pobre era, sin embargo, el botín de los saqueadores. La prosperidad de aquellos a quienes habían robado, era en suma muy relativa. Haber prosperado, quería decir simplemente que aquellos colonos más valientes, más hábiles o menos desventurados que sus compañeros, habían logrado asegurar mal que bien su subsistencia, pero no que por un milagro se hubiesen hecho ricos. Así, no descubrían nada en aquellas pobres granjas.

De ahí la gran desilusión entre los que recorrían el campo, que con frecuencia se traducía en actos de auténtico salvajismo.

Más de un colono fue sometido a tortura, con el fin de que revelara el escondite en el que se le acusaba de disimular víveres imaginarios. Las mismas causas producían los mismos efectos; como antaño en Francia, la isla Hoste también tenía su Jacquerie1.

Al quinto día después de su partida, la banda de saqueadores se tropezó con las empalizadas que limitaban el cercado de la familia Riviére y de otras tres familias vecinas suyas. Desde que se habían puesto en marcha, no habían dejado de pensar en aquellas explotaciones, las más antiguas y las más prósperas de la colonia y se prometían maravillas de aquel saqueo.

Tuvieron que desengañarse.

Las cuatro granjas, lindantes las unas con las otras y construidas sobre los lados de un vasto cuadrilátero, constituían en su conjunto una especie de ciudadela, una ciudadela inexpugnable, pues de entre todos los colonos, sus defensores eran los únicos que estaban armados. Recibieron a tiros a los asaltantes, que en la primera descarga tuvieron siete muertos o heridos. Los otros no necesitaron más y huyeron en tropel.

Esta escaramuza calmó de inmediato el ardor de los saqueadores. En seguida volvieron a tomar el camino hacia Liberia que alcanzaron al caer la noche. Les precedió el ruido de sus furiosas imprecaciones, anunciando su llegada. La gente acudió a su encuentro, prestando oídos a aquel clamor procedente del campo ensombrecido.

Al principio, como el alejamiento no permitía comprender lo que gritaban de aquel modo, creyeron que se trataba de cantos de alegría y de victoria. Pero pronto se precisaron las palabras y se miraron pasmados.

¡Traición...! ¡Traición...! gritaban.

¡Traición...! El miedo se apoderó de aquellos que no habían abandonado Liberia, y Beauval tembló mucho más que cualquier otro. Presintió una desgracia de la que fuese cual fuese, se le hacía responsable y sin saber exactamente qué peligro le amenazaba, corrió a encerrarse en el «palacio».

Apenas acababa de pasar el cerrojo, cuando el ruidoso cortejo se detuvo ante su puerta.

¿Qué querían de él? ¿Qué significaban aquellos heridos y muertos que depositaban sobre el suelo de la explanada dispuesta ante su vivienda? ¿De qué drama eran víctimas? ¿A qué se debía la agitación de aquella multitud?

Mientras Beauval se esforzaba en vano por adivinar aquel misterio, tenía lugar otro drama que iba a desolar a los habitantes del Bourg Neuf y afligir al Kaw-djer en lo más hondo de su corazón.

Este no dejaba de conocer los disturbios que agitaban a la población de Liberia. Circulando por el campamento, tenía que enterarse forzosamente de todo lo que estaba sucediendo. Sin embargo, ignoraba la existencia de la banda de saqueadores que se había marchado antes de su llegada y que había regresado después de que partiera hacia la orilla izquierda. Si durante aquellos días la disminución del número de emigrantes había atraído en efecto su atención, sólo había podido sorprenderse sin llegar a discernir la causa.

No obstante, turbado por una sorda inquietud, aquella tarde había salido después de la puesta del sol y se había dirigido hasta la orilla del río junto con sus compañeros habituales, Harry Rhodes, Hartlepool, Halg y Karroly. Durante el día habría podido ver Liberia desde aquel lugar, pues la orilla izquierda dominaba algunos metros la orilla derecha. Pero a aquellas horas, el campamento desaparecía en la oscuridad. Sólo un lejano rumor y un vago resplandor le indicaban su emplazamiento.

Los cinco paseantes, sentados en la orilla y con el perro Zol a sus pies, contemplaban en silencio la noche, cuando una voz surgió del otro lado del río.

-¡Kaw-djer...! -llamaba un hombre jadeante, como si estuviera sofocado por una veloz carrera.

-¡Aquí estoy...! -respondió el Kaw-djer.

Una sombra atravesó el puentecillo y se acercó al grupo. Reconocieron a Sirdey, el antiguo cocinero del Jonathan.

-Allá abajo le necesitan -dijo, dirigiéndose al Kaw-djer.

-¿Qué ocurre? -preguntó éste levantándose.

-Hay muertos y heridos.

-¡Heridos...! ¡Muertos...! ¿qué es lo que ha pasado?

-Una banda ha ido a casa de los Riviére... Al parecer, tienen fusiles... ¡Eso es todo!

-¡Desgraciados...!

-El balance es de tres muertos y cuatro heridos. Los muertos no necesitan nada, pero los heridos...

-Ya voy -interrumpió el Kaw-djer, que se puso en marcha, mientras Halg corría a buscar el maletín con los instrumentos quirúrgicos.

Mientras andaban, el Kaw-djer préguntaba, pero Sirdey no podía informarle. No sabía nada. El no había acompañado a la banda y no conocía las aventuras más que de oídas. Además nadie le había enviado. Al ver que traían siete cuerpos inertes, le había parecido conveniente acudir al Kaw-djer para prevenirle.

-Ha hecho usted bien -aprobó éste.

Había franqueado el puente en compañía de Karroly, Hartlepool y Harry Rhodes y se había adelantado un centenar de metros por la orilla derecha, cuando al girarse vio a Halg que volvía con el maletín. El joven indio que atravesaba a su vez la orilla, alcanzaría a sus amigos sin esfuerzo. El Kaw­djer volvió a ponerse en marcha acelerando el paso.

Tres minutos más tarde le detuvo en seco un grito de agonía. ¡Se habría dicho que era la voz de Halg...! Con el corazón encogido por una terrible angustia, se apresuró en volver sobre sus pasos. Era tan grande su turbación que Sirdey pudo marcharse por las buenas sin ser visto y alejarse hacia Liberia con toda la velocidad que le permitían sus piernas; tampoco distinguió una sombra que huía en la misma dirección dando un rodeo río arriba.

Pero por más rápido que corriera el Kaw-djer, Zol corría aún más de prisa. En dos brincos, el perro desapareció en la oscuridad. Algunos instantes más tarde, se oyó su voz. A sus quejumbrosos ladridos sucedieron furiosos gruñidos que pronto fueron debilitándose, como si el animal hubiera levantado la caza y se hubiera lanzado sobre una pista.

Luego, un nuevo grito de angustia surgió de pronto en la noche.

El Kaw-djer no oyó este segundo grito. Acababa de llegar al lugar de donde había salido el primero y allí estaba viendo a Halg, a sus pies, con el rostro contra el suelo, tendido en medio de un charco de sangre, con un largo cuchillo metido hasta el mango entre sus dos hombros.

Karroly se había echado sobre su hijo. El Kaw­djer le apartó rudamente. No era el momento para lamentarse, sino de actuar. Recogiendo su maletín, que había caído junto al joven, le desgarró de un tirón la ropa. Luego el arma homicida fue retirada con infinitas precauciones de su vaina de carne y la herida apareció al desnudo. Era terrible. La hoja, que había penetrado entre los omóplatos, le había atravesado el pecho, casi de parte a parte. Admitiendo que por un milagro no hubiera afectado a la médula espinal, el pulmón tenía que estar forzosamente perforado. Halg, lívido y con los ojos cerrados, apenas respiraba y una espuma sangrienta resbalaba por sus labios.

En pocos minutos, el Kaw-djer le había hecho un apósito provisional, después de haber cortado a tiras su camisa de piel de guanaco. Luego, a una señal suya, Karroly, Hartlepool y Harry Rhodes se dispusieron a transportar al herido.

En ese instante, los gruñidos de Zol atrajeron finalmente la atención del Kaw-djer. Era evidente que el perro estaba luchando con algún enemigo. Mientras el triste cortejo se ponía en marcha, avanzó en la dirección del ruido cuya procedencia no parecía estar muy alejada.

Cien pasos más lejos, un horrible espectáculo espantó su vista. En el suelo había un cuerpo tendido, el de Sirk, tal y como lo reconoció a la luz de la luna, con el cuello abierto por una terrible herida. La sangre chorreaba a caudales por las carótidas cortadas en seco. Aquella herida no había sido producida por un arma. Era obra de Zol que, lleno de rabia, aún se ensañaba en agrandarla.

El Kaw-djer hizo que el perro soltara su presa y luego se arrodilló en el lodo sangriento cerca del hombre.

Era inútil cualquier cuidado. Sirk estaba muerto.

El Kaw-djer pensativo, contemplaba al cadáver que en la noche abría unos ojos ya vidriosos. El drama se reconstruía con facilidad. Mientras él seguía a Sirdey, cómplice posiblemente del crimen proyectado, Sirk, que estaba al acecho, había saltado sobre Halg que regresaba corriendo, y le había asesinado por la espalda. Luego, mientras se afanaban alrededor del enfermo, Zol se había lanzado tras los rastros del culpable, cuyo castigo había sucedido de muy cerca al crimen.

Habían bastado pocos minutos para que el drama desarrollara sus fulminantes peripecias. Los dos actores habían caído, uno muerto y el otro muriéndose.

El pensamiento del Kaw-djer se transportó a Halg. El grupo de tres hombres que sostenían el cuerpo inerte del joven indio empezaba a desaparecer en la noche. Suspiró profundamente. Aquel chico representaba todo lo que él amaba sobre la tierra. Con él desaparecía su más poderosa y casi única razón de vivir.

En el momento de alejarse, dejó caer una última mirada hacia el muerto. El charco no se había agrandado. A medida que brotaba lentamente el chorro de sangre, ésta iba desapareciendo en la tierra que la absorbía con avidez. Desde el origen de los tiempos acostumbra abrevarse en ella, y en esa inagotable lluvia roja, unas gotas más o menos carecen de importancia.

Sin embargo, hasta ahora, la isla Hoste había escapado a la ley común. Deshabitada, había permanecido pura. Pero los hombres habían venido a poblar sus desiertos y en seguida había corrido sangre humana.

Quizás fuera la primera vez que había sido mancillada...

Pero no iba a ser la última.

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1. Revuelta social francesa del siglo XV.

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