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Los náufragos del “Jonathan”
Editado
© Juan Suárez
30 de julio del 2003
Primera parte
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Segunda parte
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Tercera parte
Indicador Primeras medidas
Indicador La ciudad naciente
Indicador El atentado
Indicador En las cuevas
Indicador Un héroe
Indicador Durante dieciocho meses
Indicador La invasión
Indicador Un traidor
Indicador La Patria Hosteliana
Indicador Cinco años después
Indicador La fiebre del oro
Indicador El saqueo de la isla
Indicador Una jornada triste
Indicador La abdicación
Indicador ¡Solo!

Los náufragos del “Jonathan”
Tercera parte - Capítulo IX
La Patria Hosteliana

Al día siguiente, Patterson continuó reparando su empalizada. De todos modos, adivinaba los comentarios que su insólita ocupación debía provocar. Ahora que ya había sido pagado en parte, tenía gran interés en evitar aquellos comentarios. Por ello, aprovechó la ocasión para dar una excusa.

Él mismo hizo surgir aquella ocasión al ir a ver a Hartlepool de buena mañana pidiéndole con atrevimiento que en lo sucesivo se le hiciera montar guardia exclusivamente en su cercado. Propietario ribereño, era más lógico que estuviera de guardia en su casa y que nadie fuera allí a sustituirle, mientras a él lo enviaban a otro lugar.

Hartlepool, que no experimentaba una viva simpatía por aquel personaje, no tenía sin embargo ningún reproche preciso que formular contra él. Incluso Patterson merecía la estima a ciertas miradas. Era un hombre apacible y un trabajador infatigable. Por lo demás, no tenía ningún inconveniente para no acoger favorablemente aquella petición.

-Ha escogido usted un mal momento para hacer sus reparaciones -observó, no obstante, Hartlepool.

El irlandés le respondió tranquilamente que no habría podido encontrar uno más propicio. Como la primera ocasión que se le ofrecía a su conducta era una explicación de que muy pronto las obras públicas se habían detenido, entonces para ocuparse de sus intereses personales no perdería el tiempo. La explicación resultava lo más natural y cuadraba con las laboriosas costumbres de Patterson. Hartlepool quedó satisfecho.

-En cuanto a lo demás, de acuerdo -respondió sin insistir.

Concedió tan poca importancia a aquella decisión que incluso no juzgó ni siquiera informar al Kaw-djer.

Afortunadamente para el fututo de la colonia hosteliana, en aquellos mismos momentos otro se encargaba de hacer nacer las sospechas de su Gobernador.

El día anterior, en el momento en que Patterson llegó a su puesto de guardia, no se encontraba tal y como él creía equivocadamente solo. A menos de unos metros, Dick estaba estirado en la hierba. Se encontraba allí ni mucho menos para espiar al irlandés. Todo habla sido cuestión de azar. Patterson no preocupaba lo más mínimo a Dick. Cuando éste fue a situarse a unos pasos de aquél, no le dirigió más que una mirada distraída y en seguida se absorbió en su ocupación que consistió en vigilar naturalmente, no a titulo oficial, pues a su edad le dispensaba de la guardia los hechos y gestos de los patagones, aquellos feroces enemigos que hacían trabaiar enormemente su joven imaginación. Si el irlandés se hubiera aplicado menos en distinguir a Sirdey en la lejanía, habría podido ver al niño, pues éste no estaba escondido y la maleza sólo lo disimulaba a medias.

Por el contrario, Dick, tal como dijo, vio perfectamente a Patterson, pero sin fijarse más en él de lo que se habría fijado en otro centinela hosteliano. Por lo demás, pronto olvidó su presencia, pues acababa de hacer un descubrimiento extraordinario que absorbía toda su atención.

¿Qué había visto allá abajo, muy lejos, en el lado de los patagones, escondido detrás de uno de los innumerables bosquecillos que salpicaban las pendientes de las montañas? ¿Un hombre? No, un hombre no, un rostro. Ni siquiera esto, sino solamente una frente y dos ojos puestos en dirección a Liberia. ¿Pertenecían aquella frente y aquellos ojos a uno de los indios que allá se veían ir y venir en numerosos grupos? respondió negativamente sin vacilar. Y no obstante tenía la certeza de que aquella frente y aquellos ojos no eran los de un indio, sino que incluso podía poner un nombre a aquella fracción de rostro, un nombre que era el auténtico, el nombre de Sirdey.

-¡Demonios!, lo conocía bien y lo habría reconocido entre un millar a aquel Sirdey que estuvo con los demás en la gruta el día en que el pobre Sand estuvo a punto de morir. ¿Qué venía a hacer aquel ser abominable? Instintivamente, Dick se escondió detrás de las matas de hierbas. Sin saber bien por qué, ahora no quería ser visto.

Las horas pasaron; el largo crepúsculo de las nubes se convertía poco a poco en una noche profunda. Dick permaneció obstinadamente agazapado en su escondite, con ojos y oídos al acecho. Pero el tiempo transcurrió sin que percibiera luz alguna, ni oyera ruido alguno. Sin embargo, en un determinado momento creyó distinguir en la oscuridad una sombra que se movía, arrastrándose por el suelo, y que se acercó a Patterson; creyó oír voces, unas voces susurrantes, un tintineo metálico como el que producirían monedas de oro al chocar entre sí... Pero todo aquello no era más que una impresión, una sensación vaga e imprecisa.

Con el relevo, el irlandés se alejó. Dick no dejó su puesto y hasta el alba mantuvo oídos y ojos abiertos a las sorpresas de las tinieblas. Inútil perseverancia. La noche transcurrió tranquilamente. Cuando salió el sol, nada insólito había sucedido.

La primera ocupación de Dick consistió entonces en ir a ver al Kaw-djer. En todo caso, como no sabía con exactitud si pasar la noche a cielo raso era algo lícito o no, tanteó el terreno con prudencia, antes de ponerle al corriente. Lo primero que anunció fue:

-Gobernador, tengo algo que decirle...

Luego, después de un prudente intervalo, añadió precipitadamente:

-Pero no me irá a regañar...

-Eso depende -respondió el Kaw-djer sonriendo-. ¿Por qué no te voy a regañar si has hecho algo malo?

A una pregunta, Dick respondió con otra pregunta. Era un político fino aquel maestro Dick.

-¿Es algo malo pasar toda la noche en el espaldón del sur, gobernador?

-También eso depende -dijo el Kaw-djer-. Según lo que estuvieras haciendo en el espaldón del sur.

-Observaba a los patagones, gobernador.

-¿Toda la noche?

-Toda la noche, gobernador.

-¿Para hacer qué?

-Para vigilarles, gobernador.

-¿Y para qué vigilas tú a los patagones? Ya hay hombres que montan guardia para eso.

-Porque entre ellos vi a alguien que conocía, gobernador.

-¡Que tú conocías a alguien entre los patagones...! -exclamó el Kaw-djer con gran estupor.

-Sí, gobernador.

-¿Quién?

-Sirdey, gobernador.

¡Sirdey...! En el acto el Kaw-djer pensó en lo que le había dicho Athlinata. ¿Sería Sirdey el hombre blanco en cuyas promesas tanto confiaba el indio?

-¿Estás seguro? -le preguntó con vivacidad.

-Completamente, gobernador -afirmó Dick-. Pero de lo demás no estoy seguro..., simplemente, lo creo, gobernador.

-¿Lo demás? ¿Que hay más?

-Cuando anocheció, gobernador, creí ver a alguien que se acercaba al espaldón...

-¿Sirdey? .

-No lo sé, gobernador... Alguien... Luego, me pareció que hablaban y que movían algo... como si se tratara de dólares... Pero no estoy seguro...

-¿Quién estaba de guardia en aquel sitio?

-Patterson, gobernador.

Aquel nombre era de los que peor sonaban a los oídos del Kaw-djer, a quien aquellas extrañas noticias sumergían en profundas reflexiones. ¿Lo que había visto y oído Dick, o mejor, lo que había creído ver y oír, tendría alguna relación con el trabajo emprendido por Patterson? Por otro lado, ¿podría aquello explicar la inactividad de los asediantes, inactividad de la que los asediados empezaban a estar muy sorprendidos? ¿Contarían los patagones con otros medios que la fuerza para hacerse dueños de Liberia, persiguiendo en la sombra la ejecución de algún tenebroso plan?

Tantas preguntas y ninguna respuesta. En todo caso, las informaciones eran demasiado vagas y demasiado inciertas para que resultara posible tomar una resolución en cualquier sentido. Había que esperar y, sobre todo, vigilar a Patterson, ya que su actitud, quizás injustamente, parecía equívoca y se prestaba a sospechas.

-No tengo por qué regañarte -dijo el Kaw-djer a Dick que esperaba el fallo-. Has hecho muy bien. Pero necesito tu palabra de que no repetirás a nadie lo que me has contado.

Dick extendió solemnemente la mano.

-Lo juro, gobernador.

El Kaw-djer sonrió.

-Está bien -dijo-. Ahora vete a acostar para recuperar el tiempo perdido. Pero no lo olvides. A nadie, me oyes. Ni a Hartlepool, ni al señor Rhodes... He dicho: a nadie.

-Pero si lo he jurado, gobernador -hizo notar Dick con importancia.

Deseoso de obtener algunas informaciones complementarias sin revelar nada de lo que se había enterado, el Kaw-djer se fue en busca de Hartlepool.

-¿Nada nuevo? -le preguntó al abordarle.

-Nada, señor -respondió Hartlepool.

-¿Se ha montado la guardia con regularidad...? Ya sabe que es lo más importante. Usted mismo tiene que hacer rondas y asegurarse personalmente de que todos cumplan con su deber.

-Ya lo hago, señor -afirmó Hartlepool-. Todo va bien.

-¿Nadie se queja de este fatigoso servicio?

-No, señor. Todo el mundo pone mucho interés.

-¿Incluso Kennedy?

-El... es uno de los mejores. Una vista excelente. ¡Y una atención...! Por muy don nadie que sea, el marinero se encuentra siempre donde se le necesita, señor.

-¿Patterson tampoco?

-Tampoco. No hay nada que decir... ¡Ah! A propósito de Patterson, no se extrañe si no le vuelve a ver. De ahora en adelante montará guardia en sus tierras, puesto que están a orillas del río.

-¿Y eso por qué?

-Acaba de pedírmelo. No he creído deber negárselo.

-Ha hecho bien, Hartlepool -aprobó el Kaw-djer alejándose-. Continúe vigilando. Pero si de aquí a algunos días los patagones siguen haciéndose los muertos, seremos nosotros quienes les iremos a buscar.

Decididamente, las cosas se complicaban. Patterson tenía un fin al presentarle a Hartlepool una petición en la cual éste, sin estar prevenido, no podía encontrar ningún carácter sospechoso. Para el Kaw-djer, las cosas eran distintas. La reaparición de Sirdey, los probables conciliábulos entre los dos hombres, la reedificación de la empalizada y finalmente aquella petición de Patterson, que mostraba su deseo de no abandonar su cercado y de alejar a los demás de él, todos aquellos hechos convertían y tendían a probar... Pero en suma, no demostraban nada. Todo aquello no era suficiente para incriminar al irlandés. Sólo se podía aumentar la prudencia y estar sobre aviso con mayor atención que nunca.

Ignorando las sospechas que pesaban sobre él, Patterson continuaba tranquilamente la obra que había comenzado. Las estacas se enderezaban, uniéndose las unas con las otras. Finalmente, las últimas fueron colocadas en la misma agua del río, haciendo e! cercado impenetrable a las miradas.

Aquel trabajo fue terminado en el día por él fijado, el cuarto, después de su segunda entrevista con Sirdey. Como leal comerciante, tenia los encargos en su fecha. Los compradores no tenían más que pasar a recoger.

El sol se puso. Llegó la noche. Era una noche sin luna, en la que la oscuridad sería total. Patterson, fiel a la cita, esperaba detrás de las empalizada de su cercado.

Pero no se puede pensar en todo. Aquella cerca tan cerrada que le resguardaba de la mirada de los otros, también resguardaba a los otros de la suya. Si nadie podía ver lo que ocurría en su cercado, tampoco él podía ver lo que ocurría en el exterior. Muy atento en vigilar la orilla opuesta del río, no vio que una numerosa tropa le estaba cercando silenciosamente ni que unos hombres tomaban posición en los dos extremos de la empalizada.

El final de los trabajos de Patterson había sido para el Kaw-djer la señal de peligro. Admitiendo que el irlandés proyectara una traición, no tardaría en sonar la hora de acción.

Era cerca de medianoche cuando los diez primeros patagones llegaron al cercado, después de haber atravesado el río a nado. Nadie podía verles, o al menos eso era lo que creían. Detrás de ellas seguían cuarenta guerreros y detrás de aquellos cuarenta guerreros, la horda entera. Poco importaba que fuera descubierta antes de que todos hubieran llegado a la orilla, con tal de que en aquel momento hubieran podido pasar a nado hombres suficientes para proporcionar a sus hermanos el tiempo de pasar a su vez. Si los primeros tenían que morir, la cosecha sería para los demás.

Uno de los indios tendió a Patterson un puñado de oro que a éste le pareció muy ligero.

-No está todo -dijo al azar.

El patagón no hizo ademán de comprenderle.

Patterson se esforzó en explicarle con gestos que no estaba de acuerdo y, a título de argumento demostrativo, se puso a contar la suma, haciendo deslizar una a una de la mano derecha a la izquierda las monedas, que seguía con la mirada y con la cabeza baja.

De pronto, un violento golpe en la nuca lo dejó acogotado. Cayó al suelo. Fue echado en un rincón amordazado y atado sin mayores miramientos. ¿Estaba muerto? Poco les importaba a los indios. Si aún vivía, ya se ocuparían más adelante de él y eso era todo. Por el momento no tenían tiempo para asegurarse. Si era necesario, más tarde acabarían con el traidor para después despojar su cadáver del precio de la traición.

Los patagones se acercaron a la orilla arrastrándose. Alzando sus armas por encima del agua, iban llegando otros fantasmas unos detrás de otros y llenaban el cercado. Su número pronto excedió los doscientos.

De repente estalló un violento tiroteo procedente de los dos extremos de la empalizada. Los hostelianos se habían metido en el agua hasta medio cuerpo y cogían al enemigo por la espalda. Al principio, los indios, completamente sorprendidos, permanecieron inmóviles. Luego, abriendo las balas en su masa surcos sangrientos, corrieron hacia la empalizada. Pero en seguida su cresta fue coronada del mismo modo por fusiles que a su vez vomitaron la muerte. Entonces, espantados, enloquecidos, perdidos, se pusieron a dar vueltas estúpidamentte en el cercado, caza que se ofrecía al plomo del cazador. En algunos minutos perdieron la mitad de su efectivo. Finalmente, recuperando un poco la sangre fría, los supervivientes se precipitaron al río, a pesar de los disparos convergentes que defendían el acceso, y nadaron hacia la otra orilla con todo el vigor de sus brazos.

Otras detonaciones habían respondido a lo lejos a aquellos disparos de fusil, eco de un segundo combate cuyo teatro era la carretera.

Suponiendo que los patagones concentrarían todo su esfuerzo en el punto donde ellos creían poder penetrar sin tener que disparar ni un tiro y que, por consiguiente, no dejarían más que fuerzas insignificantes a la guardia de su campamento, el Kaw-djer fijó su plan en consecuencia. Mientras el mayor número de hombres de que podía disponer estaba reunido bajo sus órdenes directas alrededor del cercado de Patterson, donde él preveía que se desarrollaría la acción principal, y acechaban a los indios que iban a caer en una trampa, otra expedición se disponía a franquear el espaldón del sur bajo las órdenes de Hartlepool para operar una diversión en el campamento de los patagones.

Era esta segunda tropa la que ahora indicaba su presencia. Sin duda, se estaba enfrentando con los pocos guerreros dejados al cuidado de los caballos. Aquel tiroteo no duró por lo demás más que pocos instantes. Los dos combates habían sido tan breves el uno como el otro.

Desaparecidos los patagones, el Kaw-djer se dirigió hacia el sur. Se encontró con la tropa mandada por Hartlepool cuando estaba franqueando el espaldón para regresar a la ciudad.

La expedición había resultado maravillosamente bien. Hartlepool no había perdido ni un solo hombre. Las pérdidas del enemigo habían sido igualmente nulas. Pero habían logrado resultados mucho más útiles, pues habían capturado cerca de trescientos caballos que se llevaban consigo.

Los patagones habían recibido una lección demasiado severa para que en el orden de los acontecimientos probables se pudiera temer un retorno ofensivo por su parte. De todos modos, la guardia fue organizada como las tardes anteriores. Fue solamente después de haber garantizado la seguridad general, que el Kaw-djer regresó al cercado de Patterson.

A la pálida luz de las estrellas, vio el suelo alfombrado de cadáveres. También de heridos, pues los quejidos se levantaban en la noche. Se ocuparon de socorrerlos.

¿Pero dónde estaba Patterson? Finalmente lo descubrieron amordazado y atado, desvanecido bajo un montón de cuerpos. ¿No sería acaso más que una víctima? El Kaw-djer ya se reprochaba haberlo juzgado injustamente, cuando, en el momento en que ponían en pie al irlandés, unas monedas de oro se deslizaron de su cinturón y cayeron al suelo.

El Kaw-djer, asqueado, volvió la mirada.

Para sorpresa general, Patterson fue transportado a la prisión, donde acudió el médico de Liberia para cuidarle. Este no tardó en ir a dar cuentas de su misión al gobernador. El irlandés no estaba en peligro y se encontraría completamente repuesto en breve plazo.

La noticia satisfizo poco al Kaw-djer. Habría preferido con mucho, que aquel lamentable suceso se hubiera resuelto con la muerte del culpable. Por el contrario, estando vivo éste, el suceso tendría necesariamente continuación. En efecto, no era cuestión de resolverlo con una medida de clemencia, como la que había beneficiado a Kennedy. Aquella vez, interesaba a toda la población y nadie habría comprendido la indulgencia para con aquel miserable que había sacrificado fríamente a un número tan grande de hombres por su insaciable codicia. Habría, pues, que proceder a un juicio y castigar, hacer un acto de juez y de jefe. A pesar de la evolución de sus ideas, ésas eran tareas que repugnaban terriblemente al Kaw-djer.

La noche transcurrió sin más incidentes. Sin embargo, resulta superfluo decir que nadie durmió mucho aquella noche en Liberia. La gente hablaba febrilmente en las casas y en las calles de los graves acontecimientos que acababan de suceder, congratulándose por la forma en que se habían desarrollado. Todos los honores eran para el Kaw-djer, que tan exactamente había adivinado el plan de los enemigos.

Se estaba llegando al solsticio de verano. La noche cerrada apenas si duraba cuatro horas. Desde las dos de la mañana, el cielo se iluminó con los primeros resplandores del alba. De un mismo impulso, los hostelianos se dirigieron entonces al espaldón del sur, desde donde vislumbraron la larga línea del campamento enemigo.

Una hora más tarde salían hurras de todos los pechos. No cabía duda alguna, los patagones hacían. sus preparativos para la marcha. No se sorprendieron, pues la matanza de la noche precedente les debía haber probado que no tenían nada que hacer en la isla Hoste. Con orgullosa alegría, los hostelianos contaban hasta la saciedad el balance de las pérdidas del enemigo. Más de cuatrocientos veinte caballos de los cuales habían cogido a trescientos y matado al resto durante la invasión o en la escaramuza del Bourg Neuf. Apenas si aquellos intrépidos jinetes contaban ahora con trescientos. Más de doscientos hombres, es decir, un centenar de prisioneros en la granja Riviére y un mayor número de muertos y heridos en los encuentros sucesivos y sobre todo en la hecatombe cuyo teatro había sido el cercado de Patterson. Reducidos a casi un tercio de su efectivo, y cerca de la mitad de los supervivientes transformados en hombres a pie, era natural que los indios no tuvieran deseos de eternizarse en una región lejana donde habían recibido tan dura acogida.

Hacia las ocho, un gran movimiento recorrió la horda y la brisa llevó hasta Liberia un espantoso vocerío. Todos los guerreros se apretujaban en un mismo punto, como si quisieran asistir a un espectáculo que los hostelianos no podían ver. En efecto, la distancia no permitía distinguir los detalles. Sólo percibían la agitación general de la horda y todos sus gritos individuales se fundían en un inmenso clamor.

¿Qué hacían? ¿En qué violenta discusión se habían enzarzado?

Aquello duró mucho tiempo. Al menos una hora. Luego la columna pareció organizarse. Se dividió en tres grupos, los guerreros desmontados en el centro, precedidos y seguidos por un escuadrón de jinetes. Uno de los jinetes de la primera línea llevaba por encima de las cabezas algo cuya naturaleza no se podía reconocer. Era una cosa redonda... Se diría que era una bola clavada en un palo...

La horda se puso en marcha hacia las diez. Adaptándose al paso de los peatones, desfiló lentamente bajo los ojos de los liberianos. Ahora el silencio era profundo de un extremo al otro. Ni vociferaciones por parte de los vencidos, ni hurras entre los vencedores.

En el momento en que la retaguardia de los patagones se ponía en marcha corrió una orden entre los hostelianos. El Kaw-djer pedía a todos los colonos que supieran montar a caballo que se dieran a conocer inmediatamente. ¿Quién hubiera podido creer jamás que Liberia poseyera un número tan grande de hábiles jinetes? Casi todo el mundo se presentaba, ardiendo en deseos de desempeñar un papel en él último acto del drama. Se tuvo que proceder a una selección. En menos de una hora se reunió un reducido ejército de trescientos hombres. Comprendía cien hombres a pie y doscientos hombres a caballo. Con el Kaw-djer a la cabeza, los trescientos hombres se pusieron en marcha, ganaron terreno y desaparecieron en dirección al norte detrás de la horda en retirada. Transportaban en camillas a algunos heridos recogidos en el cercado de Patterson, la mayor parte de los cuales no llegarían vivos al litoral americano.

Hicieron la primera parada en la granja de los Riviére. Tres cuartos de hora antes, los patagones habían pasado a lo largo de la empalizada

Sin intentar, aquella vez, franquearla, la guarnición, resguardada detrás de las estacas de la cerca, los había visto desfilar y aunque no estuvieran al corriente de los acontecimientos de la noche anterior, a ninguno de los que la componían se le había ocurrido disparar contra los indios. Avanzaban con un aire tan deprimido y cansado que nadie dudó de su derrota. Nada en ellos les hacía temibles. Ya no eran enemigos, sino solamente hombres desgraciados que no inspiraban más que piedad.

Uno de los jinetes de la cabeza llevaba todavía en el extremo de un palo aquella cosa redonda que habían visto desde el espaldón. Pero, al igual que los liberianos en el momento de la partida, tampoco la guarnición de la granja Riviére había podido reconocer la naturaleza de aquel singular objeto.

A las órdenes del Kaw-djer, libraron a los prisioneros patagones de sus ataduras y abrieron las puertas delante de ellos de par en par. Las indios no se movieron. Evidentemente, no creían que aquello fuera la libertad y juzgando a los demás por sí mismos, temían caer en una trampa.

El Kaw-djer se aproximó a aquel Athlinata, con el que ya había intercambiado algunas palabras.

-¿A qué esperáis? -preguntó.

-A conocer la suerte que se nos reserva -respondió Athlinata.

-No tenéis nada que temer -afirmó el Kaw-djer-. Sois libres.

-¡Libres...! -repitió el indio sorprendido.

-Sí, los guerreros patagones han perdido la batalla y regresan a su país. Id con ellos. Sois libres. Diréis a vuestros hermanos que los hombres blancos no tienen esclavos y que saben perdonar. ¡Quizás este ejemplo los haga más humanos!

El patagón miró al Kaw-djer con aire indeciso, luego, seguido por sus compañeros se puso en marcha lentamente. La tropa desarmada pasó entre la doble hilera de la silenciosa guarnición, salió del recinto y tomó la derecha hacia el norte. Cien metros más atrás, el Kaw-djer y sus trescientos hombres los escoltaban, interceptando la carretera del sur.

Cerca del atardecer, vieron acampar para la noche al grueso de los invasores. Durante su retirada nadie les había molestado, no se había disparado un solo tiro. Pero aquella prueba de misericordia por parte de sus adversarios no les había tranquilizado y manifestaron una viva inquietud al ver acercarse una masa tan importante de jinetes y hombres a pie. Con el fin de inspirarles confianza, los hostelianos se detuvieron a dos kilómetros, mientras que los prisioneros liberados, llevándose consigo a los heridos, continuaron su marcha y fueron a reunirse con sus compatriotas.

¿Cuáles debieron ser los pensamientos de aquellos indios salvajes, cuando regresaron libremente los que ellos pensaban reducidos a la esclavitud? ¿Fue Athlinata un fiel mandatario y conocieron las palabras que él tenía la misión de repetirles? ¿Compararían sus hermanos, tal y como esperaba el liberador, su conducta habitual con la de los blancos a quienes habían querido destruir y que les trataban con tanta clemencia?

El Kaw-djer lo ignoraría siempre, pero aunque su generosidad fuera inútil, no era hombre que lo fuera a lamentar. Es a fuerza de repartir buen grano que la simiente acaba por caer en tierra fértil.

La marcha continuó hacia el norte sin incidentes durante tres días más. A veces aparecían colonos en las pendientes que seguían con la mirada, mientras se mantenían a la vista, a la horda y a la tropa pegada a sus pasos. En la tarde del cuarto día llegaron por fin al punto mismo donde los patagones habían desembarcado. Al día siguiente, al amanecer, empujaron al agua las piraguas que habían escondido en las rocas del litoral. Unas, cargadas solamente de hombres, hicieron rumbo al oeste con el fin de contornear la Tierra del Fuego, otras, franqueando el canal de Beagle, fueron directamente a abordar en la gran isla que los jinetes atravesarían. Pero dejaban algo detrás de ellos. En el extremo de un largo palo clavado en la arena de la orilla, abandonaron aquella cosa redonda que habían llevado desde Liberia con tan extraña obstinación.

Cuando la última piragua estuvo fuera de alcance, los hostelianos se acercaron a la orilla del mar y entonces vieron con horror que la cosa redonda era una cabeza humana. Cuando se acercaron unos pasos, reconocieron la cabeza de Sirdey.

Aquel descubrimiento les llenó de estupefacción. No se explicaban cómo Sirdey, que había desaparecido desde hacía muchos meses, podía encontrarse con los patagones. Sólo el Kaw-djer no se sorprendió. Conocía, al menos en parte, el papel desempeñado por el antiguo cocinero del Jonathan y el drama se le presentaba con claridad. Sirdey era el hombre blanco en quien los indios habían depositado tanta confianza. Se habían vengado así de su decepción.

Al día siguiente por la mañana, el Kaw-djer se puso en camino hacia Liberia. La tarde del 30 de diciembre entraba en la ciudad con su tropa extenuada.

La isla Hoste había conocido la guerra. Gracias a él, salía indemne de la prueba, con los invasores expulsados hasta el límite de su territorio. Pero todavía no se había fijado el punto final de aquella terrible aventura. Quedaba por cumplir un cruel deber.

En la prisión donde estaba detenido, Patterson había experimentado una sucesión de diversos sentimientos. El primero de todos fue la sorpresa de verse bajo cerrojo. ¿Qué le había sucedido? Luego, recobrando la memoria poco a poco, se acordó de Sirdey, de los patagones y de su abominable traición.

¿Qué había ocurrido después? Si los patagones hubieran resultado vencedores, sin duda habrían acabado lo que habían comenzado y en aquel momento él estaría muerto. Puesto que se despertaba en la prisión, debía concluir que éstos habían sido rechazados.

Si era efectivamente así, puesto que le habían encarcelado, ¿era conocida entonces su traición? En ese caso, ¿qué es lo que no había de temer? Patterson se puso a temblar...

De todos modos, al reflexionar se tranquilizó. Que se sospechara de él, ¡de acuerdo!, pero no podían saber nada con seguridad. Nadie le había visto, nadie le había cogido con las manos en la masa; eso seguro. Saldría indemne de una aventura que no dejaría de saldarse con un serio provecho para él.

Patterson buscó su oro pero no lo encontró. ¡No obstante no lo había soñado! Aquel dinero se lo habían dado. ¿Cuánto? No lo sabía exactamente. Ciertamente no las mil doscientas piastras estipuladas, porque aquellos bribones le habían robado, pero al menos sí, novecientas o incluso mil. ¿Quién le había quitado su oro? ¿Los patagones? Quizá. Pero más probablemente los que le habían aprisionado.

El corazón de Patterson se hinchó entonces de cólera y de odio. Detestó con igual furor a indios y colonos, rojos y blancos, todos igual de ladrones y cobardes.

Desde entonces, no tuvo un momento de reposo. Angustiado, no viviendo más que para odiar, dudando entre cien hipótesis, esperó con una impaciencia febril a que le fuera revelada la verdad. Pero los que le tenían encerrado no se preocupaban en absoluto de su rabia impotente. Se sucedieron los días sin que cambiara su situación. Parecían haberle olvidado.

Finalmente el 31 de diciembre, más de una semana después de su encarcelamiento, salió de la prisión, bajo la vigilancia de cuatro hombres armados. ¡Por fin iba a saber algo...! Al llegar a la plaza de la Gobernación, Patterson se detuvo sobrecogido.

En efecto, el espectáculo imponía; el Kaw-djer había querido rodear de solemnidad el juicio que iba a tener lugar contra el traidor. Las circunstancias acababan de demostrarle la fuerza que da a una colectividad la comunidad de sentimientos y de intereses. ¿Habrían rechazado a los patagones con tanta facilidad, si cada uno, en lugar de doblegarse a las leyes generales, hubiera tirado por su lado y no hubiera hecho más que lo que se le antojara? Intentaba conceder un nuevo impulso a aquel sentimiento naciente de solidaridad, condenando con aparato un crimen cometido contra todos. Se había adosado a la Gobernación una elevada estrada sobre la que se situaron, además del Kaw-djer, los tres miembros del Consejo y el juez titular Ferdinand Beauval. Al pie del tribunal, se había reservado un sitio para el acusado. Detrás se apretujaba toda la población de Liberia contenida por unas barreras.

Cuando apareció Patterson, un inmenso grito de reprobación surgió de centenares de pechos. Un gesto del Kaw-djer impuso silencio. Comenzó el interrogatorio al acusado.

El irlandés se obstinó en negar sistemáticamente. Era demasiado fácil acusarle de mentira. El Kaw-djer fue enumerando los cargos que pesaban sobre él, uno detrás de otro. Primero, la presencia de Sirdey entre los patagones. En efecto, Sirdey había sido visto y su presencia no era equívoca, puesto que los indios, furiosos por su fracaso, habían enarbolado su cabeza como un trofeo de venganza.

Patterson se estremeció al oír la noticia de la muerte de su cómplice. Aquella muerte era para él un fúnebre presagio.

El Kaw-djer prosiguió con la acusación.

Y no sólo se trataba de que Sirdey estuviera entre los patagones, sino de que se había puesto en contacto con Patterson y que después de un acuerdo concluido entre ellos, éste había vuelto a tomar posesión de su terreno, levantando el cercado y pidiendo finalmente que se le hiciera montar guardia sólo allí. La prueba de aquella criminal entente, la habían proporcionado los mismos patagones al tomar tierra en el cercado y otra prueba aún más contundente era el oro que le habían encontrado a Patterson. ¿Podía explicar la procedencia de aquel oro encontrado en su posesión, él, que según su propia confesión, había perdido hacia un año todo lo que poseía?

Patterson bajó la cabeza. Se sentía perdido.

Terminado el interrogatorio, el Tribunal deliberó y luego el Kaw-djer pronunció la sentencia. Se confiscarían los bienes del culpable. El estado se quedaba con su terreno, al igual que con la suma con la que se había pagado su crimen. Además, Patterson era condenado al exilio perpetuo quedándole para siempre prohibido el territorio de la isla Hoste.

La sentencia se ejecutó inmediatamente. El irlandés fue conducido a la ensenada a bordo de un navío que iba a partir. Permanecería prisionero hasta el momento de la partida, con los pies atados , con hierros que no se le quitarían hasta que estuviera fuera de las aguas hostelianas.

Mientras la muchedumbre se dispersaba, el Kaw­djer se retiró a la Gobernación. Necesitaba estar solo para apaciguar su alma turbada. ¿Quién le habría dicho antaño que él, el feroz igualitario, llegaría a erigirse en juez de otros hombres, él, amante apasionado de la libertad, a parcelar la tierra, aquella propiedad común de la humanidad, con una división más, a decretarse jefe de una fracción del vasto mundo, y a arrogarse el derecho de impedir el acceso a ella a uno de sus semejantes? Sin embargo, él había hecho todo aquello y, aunque trastornado, no lo lamentaba. Había sido positivo, estaba seguro. La condena al traidor acababa el milagro comenzado con la lucha contra los patagones. La aventura había costado reducir el Bourg Neuf a cenizas, pero era un buen precio por la transformación realizada. El peligro que todos habían corrido, los esfuerzos realizados en común, habían creado un lazo entre los emigrantes, cuya fuerza ni ellos mismos sospechaban. Antes de aquella sucesión de acontecimientos, la isla Hoste no era más que una colonia donde se encontraban fortuitamente reunidos hombres de veinte nacionalidades diferentes. Ahora, los colonos dejaban su sitio a los hostelianos. En lo sucesivo, la isla Hoste era la patria.

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