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Los náufragos del “Jonathan”
Editado
© Juan Suárez
30 de julio del 2003
Primera parte
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Segunda parte
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Tercera parte
Indicador Primeras medidas
Indicador La ciudad naciente
Indicador El atentado
Indicador En las cuevas
Indicador Un héroe
Indicador Durante dieciocho meses
Indicador La invasión
Indicador Un traidor
Indicador La Patria Hosteliana
Indicador Cinco años después
Indicador La fiebre del oro
Indicador El saqueo de la isla
Indicador Una jornada triste
Indicador La abdicación
Indicador ¡Solo!

Los náufragos del “Jonathan”
Tercera parte - Capítulo XIII
Una jornada triste

No sólo el extravío de los hostelianos había suprimido casi totalmente la producción de la isla, sino que una población quintuplicada debía vivir de los stocks casi agotados. Durante el invierno de 1893, la miseria fue atroz. El Kaw-djer realizó una formidable tarea en los cinco meses que duró. Día a día tuvo que resolver las dificultades que iban surgiendo sin cesar: socorrer a los hambrientos, cuidar a los innumerables enfermos; en una palabra, estar en todos los sitios a la vez. Al comprobar aquella energía indomable y aquella inalterable abnegación, los liberianos se quedaron asombrados de admiración y hundidos por los remordimientos. ¡Así se vengaba aquel que había renunciado, como sabían ahora, a una maravillosa existencia para compartir su vida de miserias, y de quien no obstante habían renegado tan cobardemente!

A pesar de todos los esfuerzos del Kaw-djer, a duras penas se pudo procurar lo estrictamente necesario para Liberia. ¿Qué debía ocurrir en el campo? Y sobre todo, ¿qué debía ocurrir en los placeres donde se habían amontonado millares de hombres que, con toda probabilidad, no habían adoptado ninguna medida para combatir un clima cuyos rigores ignoraban?

Era demasiado tarde para reparar sus imprevisiones. Estaban bloqueados por la nieve y no podían contar ya con los recursos de los alrededores más cercanos. Tantas bocas hambrientas habrían agotado aquellos recursos en pocos días.

Tal y como más tarde se supo, algunos lograron sin embargo vencer todos los obstáculos y en ocasiones se adentraron muy lejos a través de la isla. Hubo sangrientas batallas entre éstos y los granjeros. La ferocidad humana superaba a la de la naturaleza. El invierno había disminuido pero no restañado el chorro de sangre que enrojecía la tierra.

De todos modos, fueron pocos los que en aquellas audaces incursiones desafiaron a la vez la hostilidad de los hombres y de las cosas. ¿Cómo vivieron los demás? Lo único que se pudo saber es que muchos murieron de hambre y frío. En cuanto a la forma en que sus compañeros más afortunados habían asegurado su existencia, aquello fue siempre un misterio.

Pero el Kaw-djer no necesitaba conocer con detalle las cosas para imaginar de qué torturas eran víctimas aquellos miserables. Adivinaba su desesperación y comprendía que aquella desesperación se convertiría en furor con los primeros rayos de la primavera. Entonces, el peligro sería realmente amenazador: Cuando las carreteras se despejaran con la fundición de la nieve, aquel populacho hambriento se expandiría por todas partes y saquearía la isla.

En efecto, dos días después del deshielo, se supo que la concesión de la Franco-English Gold Mining Company, que dirigían el francés Maurice Reynaud y el inglés Alexander Smith, había sido atacada por una banda de hombres enloquecidos. Pero tal y como dijeron al Kaw-djer, los dos jóvenes supieron defenderse ellos mismos. Reuniendo a sus obreros cuyo número ya ascendía a muchos centenares, rechazaron a los agresores que les ocasionaron serias pérdidas.

Algunos días después se recibió la noticia de una serie de crímenes cometidos en la región del norte. Habían sido saqueadas varias granjas y expulsados de ellas sus propietarios, e incluso en algunas ocasiones muertos simple y llanamente. Si se dejaba hacer a aquellos bandidos, en menos de un mes habrían devastado la isla entera. Llegaba la hora de actuar.

La situación era infinitamente mejor que la del año anterior. Si la primavera había determinado violentas agitaciones en la multitud esparcida de aventureros, no había tenido influencia alguna en la conducta de los hostelianos. Aquella vez, la lección había sido suficiente. A excepción del centenar de locos que se habían obstinado en permanecer en los placeres y que sin duda en aquel momento ya debían estar muertos, la población de Liberia no se había visto disminuida ni de una sola persona. A nadie se le había ocurrido iniciar una tercera campaña de prospección. Para unos pocos colonos favorecidos por un afortunado azar, la mayoría habían vuelto arruinados, comprometida su salud y con el futuro perdido para siempre. Además, la mayor parte de las modestas fortunas recogidas en los placeres se había disipado, como ocurre fatalmente, en las tabernas, en los garitos donde las detonaciones de los revólveres se mezclaban con el vocerío de los jugadores. Todos se daban cuenta de su locura y nadie tenía deseos de reanudar la experiencia.

Así pues el Kaw-djer disponía de toda la milicia completa. Mil hombres incorporados al regimiento, disciplinados, obedeciendo a jefes reconocidos, constituyen una fuerza a tener en cuenta, y aunque los adversarios fueran veinte veces más numerosos, no dudaba de hacerles entrar en razón. Algunos días de paciencia para dejar tiempo a que se secaran un poco las carreteras empapadas por la fundición de la nieve, y los colonos recorrerían la isla, la limpiarían de extremo a extremo de los aventureros que la infectaban...

Pero éstos se le adelantaron. Fueron ellos quienes provocaron la tragedia rápida y terrible que decidió la suerte de la isla.

El 3 de noviembre, cuando los caminos aún seguían transformados en ciénagas, los hostelianos del campo, acudiendo a galope con sus caballos, advirtieron al Kaw-djer que una columna formada por un millar de buscadores de oro marchaba contra la ciudad. Ignoraban las intenciones de aquéllos hombres, pero a juzgar por su actitud y sus gritos amenazadores, no debían ser pacíficas.

El Kaw-djer tomó las medidas convenientes. La milicia fue reunida bajo sus órdenes delante de la Gobernación e interceptó las calles que desembocaban en la plaza. Luego esperaron los acontecimientos.

La columna anunciada llegó hacia el final del día a Liberia, donde el eco de sus cantos y sus gritos le había precedido. Los prospectores que creían sorprender, tuvieron por el contrario la sorpresa de encontrarse con la milicia hosteliana alineada en posición de combate y su impulso fue frenado en seco. Se detuvieron desconcertados. En lugar de actuar, de improviso, tal como habían proyectado, ¡se vieron obligados a parlamentar!

Al principio discutieron entre ellos con gran acompañamiento de gestos y gritos, luego, los que se encontraban a la cabeza hicieron saber a Hartlepool que deseaban hablar con el Gobernador. Transmitida su petición de boca en boca, ésta obtuvo un acogimiento favorable. El Kaw-djer consentía en recibir a diez delegados.

Hubo que designar a aquellos diez delegados, lo que motivó un recrudecimiento de discusiones y de clamores. Finalmente se presentaron ante el frente de la milicia, que abrió sus filas para dejarles pasar. A una breve orden de Hartlepool, el movimiento fue ejecutado con una notable perfección. Viejos soldados no habrían sabido hacerlo mejor. Los delegados de los prospectores se quedaron impresionados. Se impresionaron más aún, cuando a una nueva orden de su jefe, la milicia, maniobrando con igual seguridad, volvió a cerrar sus filas detrás de ellos.

El Kaw-djer se encontraba de pie en el centro de la plaza, en el espacio que quedaba libre detrás de las tropas. Los delegados pudieron ser contemplados a gusto mientras se dirigían hacia él. Vistos de cerca, sus aspectos no eran nada tranquilizadores. Altos y con anchos hombros parecían robustos, aunque las privaciones del invierno les hubieran enflaquecido. La mayor parte de ellos, vestidos de cuero cuyo color primitivo uniformaba una espesa capa de suciedad, tenían hirsutas cabelleras y tupidas barbas que hacían semejar sus rostros a hocicos de fieras. En el fondo de sus hundidas órbitas relucían ojos de lobo y al andar apretaban los puños.

El Kaw-djer permaneció inmóvil, sin dar un paso hacia ellos y, cuando estuvieron cerca de él, esperó tranquilamente a que le hicieran conocer la finalidad de su acción.

Pero los delegados de los prospectores no se apresuraban en hablar. Al llegar junto al Kaw-djer se habían descubierto instintivamente y, alineados en semicírculo a su alrededor, se balanceaban torpemente sobre sus piernas. Su feroz apariencia era engañosa. Por el contrario, se parecían bastante a niños pequeños, sin saber cómo comportarse, al verse aislados de sus compañeros, en la soledad de aquella plaza, delante de aquel hombre de actitud grave y fría que les pasaba la cabeza y cuya majestad les imponía.

Finalmente se atenuó su turbación, volvieron a encontrar la lengua y uno de ellos pidió la palabra.

-Gobernador -dijo-, venimos en nombre de nuestros compañeros...

El orador, intimidado, se quedó cortado. El Kaw-djer no hizo nada para ayudarle a reanudar el hilo de su discurso. El prospector volvió a empezar:

-Nuestros compañeros nos han enviado...

Nueva detención del orador e idéntico mutismo por parte del Kaw-djer.

-¡Bueno!, vaya, ¡que somos sus delegados! -explicó otro aventurero, impaciente por aquellas vacilaciones.

-Ya lo sé -dijo el Kaw-djer con frialdad-. ¿Y qué más?

Los delegados estaban desconcertados. ¡Ellos que pensaban que iban a hacer temblar... ! ¡Y cómo era así les temían... ! Hubo otro silencio. Luego un tercer prospector que se destacaba por la amplitud de su descuidada barba, hizo acopio de todo su valor y entró de lleno en la cuestión.

-¿Y qué más...? Lo que hay es que tenemos de qué quejarnos. Eso es lo que hay más.

-¿De qué?

-De todo. No podemos salir adelante, mientras aquí se nos demuestre tan mala voluntad.

A pesar de lo seria que era la situación, el Kaw­djer no pudo reprimir divertirse en su interior por la graciosa ironía de semejante recriminación en boca de uno de los invasores de la isla Hoste.

-¿Eso es todo? -preguntó.

-No -respondió el tercer prospector, que decididamente era quien menos pelos tenía en la lengua-. Nosotros también querríamos que las concesiones fueran para quienes las quisieran. Hay que luchar para obtenerlas. Los caballeros -el aventurero, un americano del oeste empleaba aquel término con la mayor seriedad del mundo- preferirían concesiones como se hacen en todos sitios... Sería más... oficial -añadió después de un instante de reflexión con divertida convicción.

-¿Eso es todo? -repitió el Kaw-djer.

-¡A saber...! -respondió el prospector de las grandes barbas-. Pero antes de pasar a otra cuestión, los caballeros querrían una respuesta referente a las concesiones.

-No -dijo el Kaw-djer.

-¿No...?

-La respuesta es: «No» -precisó el Kaw-djer.

Los delegados alzaron la cabeza al mismo tiempo. Sus ojos comenzaron a echar chispas.

-¿Por qué? -preguntó uno de los que todavía no habían hablado-. Los caballeros quieren una razón.

El Kaw-djer guardó silencio. ¡Encima se atrevían a pedirle razones! ¿No las conocían? ¿No fijaba la ley, que nadie había respetado, un precio para el libramiento de concesiones? Incluso más, ¿no reservaba aquella ley de todos conocida las concesiones a los hostelianos, y no prohibía a aquellas gentes que audazmente la habían desafiado la entrada en el territorio hosteliano?

-¿Por qué? -repitió el prospector, al comprobar que su pregunta no producía efecto.

Luego, como aquella segunda interrogación no tenía más éxito que la primera, se respondió a sí mismo.

-¿La ley...? -dijo-. ¡Claro!, conocemos la ley... Pero con naturalizarnos... La tierra es de todo el mundo ¡y creo que nosotros somos hombres como los demás!

El Kaw-djer no se habría expresado en otros tiempos de distinta forma. Pero ahora sus ideas habían cambiado mucho y ya no comprendía aquel lenguaje. No, la tierra no es de todo el mundo. Pertenece a quienes la roturan, la cultivan, a quienes su tenaz trabajo transforma en madre alimenticia y obliga al suelo a tejer el tapiz dorado de las cosechas.

-Y además -continuó el prospector barbudo-, si se habla de ley, lo primero que habría que hacer es respetar esta ley. Cuando los que la fabrican se burlan de ella ¿qué van a hacer los otros, pregunto?

-Es el 3 de noviembre. ¿Por qué no ha habido elecciones el día primero si ya ha pasado el tiempo que le correspondía a la Gobernación?

Aquella inesperada observación sorprendió al Kaw-djer. ¿Quién habría podido informar tan bien a aquel minero? Sin duda, Kennedy, a quien no se había vuelto a ver por Liberia. Por lo demás, la advertencia era justa. En efecto, había finalizado el período que había fijado cuando se sometió voluntariamente a los sufragios de los electores. Y, según los términos de la ley que antaño él mismo había promulgado, se habría debido proceder dos días antes a una nueva elección. Si se había dispensado de hacerlo, es porque no había juzgado oportuno complicar aún más una situación ya tan trastornada, sólo para respetar un simple formalismo, ya que la renovación de su gobierno era absolutamente segura. Pero ¿en qué afectaba aquello a una gente que no era elegible ni electora?

No obstante, el buscador de oro, enardecido por la calma del Kaw-djer, continuó en un tono más tranquilo:

-Los caballeros reclaman esa elección y quieren que cuenten sus votos. Sus votos valen como los de los demás ¿no es verdad? ¿Por qué iban cinco mil a imponer la ley a veinte mil? Eso no es justo...

El aventurero hizo una pausa y esperó inútilmente la respuesta del Kaw-djer. Embarazado por aquel persistente silencio, y deseoso de hacer comprender que su misión había terminado, concluyó:

-¡Y ya está!

-¿Eso es todo? -preguntó por tercera vez el Kaw-djer.

-Sí... -respondió el delegado-. Es todo, sin ser todo... Bueno, es todo por el momento.

El Kaw-djer, mirando cara a cara a los diez hombres que le observaban con atención, declaró en tono frío:

-Esta es mi respuesta: «Estáis aquí a pesar nuestro. Os doy veinticuatro horas para someteros incondicionalmente. Pasado el plazo, aviaré.»

Hizo una señal. Acudieron Hartlepool y unos veinte hombres.

-Hartlepool -dijo-, haga el favor de volver a conducir a estos señores fuera de las filas.

Los delegados estaban estupefactos. Por muy seguros que estuvieran de sus fuerzas, aquella calma glacial les desconcertaba. Dócilmente se alejaron escoltados por los hostelianos.

El tono cambió cuando se reunieron con aquellos que designaban con el nombre genérico de «caballeros». Mientras rendían cuentas de su misión, su cólera, hasta el momento dominada, estalló libremente y encontraron suficiente cantidad de palabras irritadas y de sonoros juramentos para expresar su indignación.

Aquella especial elocuencia tuvo eco en la multitud y pronto un concierto de voceríos hizo saber al Kaw-djer que su respuesta ya era conocida. Tardó mucho en calmarse aquella agitación. La noche la disminuyó sin apaciguarla por entero. Hasta la mañana, la oscuridad estuvo llena de gritos furiosos. Si no se podía ver a los mineros, sí se les podía oír. Evidentemente se obstinaban en su empresa y acamparon al aire libre.

La milicia hizo lo mismo que ellos. Sin dejar las armas vigiló durante toda la noche, haciendo relevos de guardias.

En efecto, la columna no se había retirado. Al alba, las calles aparecieron negras de gente. Un buen número de prospectores, cansados por aquella noche de espera, se habían acostado en el suelo. Pero al primer rayo del día, todos se pusieron en pie y el jaleo de la vigilia cobró aún mayor vigor.

En las calles que ocupaban la calzada, las casas habían sido cerradas cuidadosamente. Nadie se arriesgaba al exterior. Si un hosteliano más curioso arriesgaba una ojeada por el resquicio de los postigos desde un primer piso, de inmediato un huracán de abucheos le obligaba a cerrarla apresuradamente.

El comienzo de la mañana fue relativamente calmado. Los aventureros no parecían ponerse de acuerdo en lo que les convenía hacer y discutían con animación. A medida que transcurría el tiempo, iba aumentando su número. Por lo que se podía juzgar, ahora se elevaba a cuatro o cinco mil. Unos emisarios, enviados durante la noche, habían tocado a llamada y se habían traído consigo refuerzos. Los prospectores de la región del Golden Creek habían tenido tiempo de llegar, pero no así los que trabajaban en las montañas del centro o de la punta del noroeste y cuyo viaje, admitiendo que vinieran, exigiría uno o más días según su alejamiento.

Sus compañeros, que ya habían invadido la ciudad, habrían actuado sabiamente esperándoles. Cuando fueran diez o quince mil, la situación ya muv grave en Liberia, resultaría casi desesperada.

Pero aquellos hombres sin conciencia, incapaces de resistir a la violencia de sus pasiones, jamás habrían tenido la paciencia de esperar. Cuanto más avanzaba la mañana, más aumentaba su agitación. La multitud se irritaba a ojos vistas bajo el latigazo de la fatiga y los excitados discursos repetidos por los oradores al aire libre

Hacia las once, la muchedumbre fue lanzada de un impulso general. sobre la milicia hosteliana. Inmediatamente ésta apareció erizada de bayonetas. Los asaltantes retrocedieron precipitadamente, esforzándose por vencer el empujón de quienes se encontraban a la cola. Con el fin de evitar desgracias involuntarias, el Kaw-djer hizo retroceder a su tropa que se replegó ordenadamente y fue a tomar posición delante de la Gobernación. Así fueron despejadas las calles que desembocaban en la plaza. Los mineros, equivocándose sobre el sentido de aquel movimiento, lanzaron un ensordecedor clamor de victoria.

El espacio que había quedado libre por la retirada de la milicia hosteliana, se llenó en un instante de una hormigueante muchedumbre. Aquella muchedumbre no tardó en reconocer su error. No, aún no había vencido. La milicia, intacta, les seguía interceptando el paso. Si los mil hombres de la que estaba formada, amoldando su actitud a la de su jefe, permanecían impasibles sin dejar las armas, no por ello dejaban de disponer de fuego. Sus mil fusiles, carabinas americanas que muchos de los prospectores conocían bien, a los que un depósito aseguraba una reserva de siete cartuchos, eran capaces de disparar en menos de un minuto sus siete mil tiros que, en ese caso, serían disparados a quemarropa. Aquello daba qué pensar a los más valientes.

Pero los aventureros no se encontraban ya en un estado de espíritu que permitiera la reflexión. Se excitaban; se enardecían unos contra otros. Dándoles confianza su gran número, dejaron de temer a aquella tropa cuya inmovilidad les pareció debilidad. Llegó el momento en que lo que les quedaba de razón fue definitivamente abolido.

El espectáculo era trágico. En la periferia de la plaza, una muchedumbre aulladora y desaliñada, gritando desde millares de bocas expresaba palabras que nadie podía oír, y que tendían sus millares de puños con gestos de amenaza. A treinta metros de ésta, haciéndole frente, la milicia hosteliana alineada en completo orden a lo largo de la fachada de la Gobernación con sus hombres conservando la inmovilidad de una estatua. Detrás de la milicia, el Kaw-djer, solo, de pie en el último escalón que daba acceso a la Gobernación, contemplando con aire preocupado aquel agitado cuadro y buscando un medio de poner fin pacíficamente a una situación cuya gravedad comprendía perfectamente.

Era la una del mediodía, cuando comenzaron a partir de la muchedumbre febriles injurias directas. Los hostelianos, contenidos por su jefe, no respondieron.

En la primera fila de los que insultaban, podían ver a una figura conocida. Los rebeldes habían empujado a Kennedy delante, cuyos insidiosos consejos habían contribuido a meterles en aquella aventura. Por él conocían la ley relativa a las elecciones y era él quien les había sugerido reclamar la calidad de ciudadanos y de electores, asegurándoles que el Kaw-djer, abandonado por todos, no tendría la fuerza de resistírseles. La realidad se mostraba de modo distinto. Se tropezaban con mil fusiles y les parecía justo que aquel que les había conducido hasta allí, fuera expuesto a los tiros.

El antiguo marinero, que había querido vengarse, era el mal comerciante de aquel negocio. Había desaparecido su jactancia de nabbab. Pálido y tembloroso, no le llegaba la camisa al cuerpo, como se suele decir familiarmente.

Muy pronto, las injurias no bastaron para satisfacer la creciente cólera de la muchedumbre, que cada vez más perdía la cabeza, y se tuvo que pasar a la acción. Avalanchas de piedras comenzaron a abatirse sobre la milicia impasible. Decididamente las cosas tornaban un mal cariz.

Durante una hora fue cayendo aquella lluvia asesina. Fueron heridos muchos hombres y dos de ellos tuvieron que abandonar las filas. Una piedra alcanzó la frente del mismo Kaw-djer. Se balanceó; pero enderezándose con un enérgico esfuerzo, secó tranquilamente la sangre que enrojecía su rostro y volvió a adoptar su actitud de observador.

Después de una hora de aquel ejercicio que no podía conducir a nada, los asaltantes parecieron cansarse. Los proyectiles se hicieron menos numerosos y parecía que iban a dejar de llover, cuando de pronto surgió un enorme clamor de la muchedumbre. ¿Qué había ocurrido? El Kaw-djer, alzándose sobre la punta de sus pies, se esforzó en vano por ver las calles vecinas. No lo logró. A lo lejos, las agitaciones de la muchedumbre parecían más violentas y eso era todo, sin que resultara posible discernir la causa.

No debían tardar en conocerla. Algunos minutos más tarde, tres hercúleos prospectores, abriéndose paso a codazos, iban a situarse delante de sus compañeros, como si quisieran demostrar que se reían de las balas. En efecto, ya no las temían, pues delante suyo y a modo de escudos, llevaban a unos rehenes que les protegían contra ellas.

Los asaltantes habían tenido una idea diabólica. Habiendo derribado la puerta de una casa, se habían apoderado de sus habitantes, dos jóvenes mujeres, dos hermanas que vivían allí solas con un niño pequeño, pues el marido de una de ellas había muerto en el transcurso del invierno precedente. Dos mineros habían cogido a las mujeres, otro al niño y, ahora, cada uno con su fardo, desafiaban al Kaw-djer y a su milicia. ¿Quién se atrevería a disparar, cuando los primeros disparos serían para aquellas inocentes criaturas?

Las dos mujeres, aterrorizadas, se abandonaban sin resistencia. En cuanto al bebé, que una especie de bruto gigantesco llevaba con los brazos extendidos como para ofrecerlo en holocausto, se reía.

Aquello superaba en horror todo lo que el Kaw­djer hubiera sido capaz de imaginar. La atroz aventura hizo temblar a aquel hombre tan fuerte. Tuvo miedo. Palideció.

Y no obstante era el momento de decidir rápidamente. Había que tomar con urgencia una resolución. Los mineros ya habían dado un paso adelante lanzando furiosas vociferaciones.

Su enloquecimiento era tal que habría sido imposible esperar un enfrentamiento cuerpo a cuerpo, en el que la superioridad de su número habría asegurado la victoria. Estaban a veinte metros de la milicia pétreamente inmóvil, cuando estallaron las detonaciones. Los revólveres hacían hablar a la pólvora. Cayó un hosteliano.

Ya no era admisible la vacilación. En menos de un minuto serían desbordados y toda la población de Liberia, hombres, mujeres y niños, serían masacrados sin remedio.

-¡Apunten...! -ordenó el Kaw-djer, que palideció aún más.

La milicia obedeció con la precisión de un ejercicio de entrenamiento. Todas las culatas se apoyaron en los hombros y los cañones se dirigieron amenazadores hacia la muchedumbre.

Pero ésta estaba demasiado enloquecida para que el temor pudiera detenerla. Resonaron nuevos disparos de revólver. Fueron alcanzados otros tres milicianos.

La muchedumbre, embriagada, desencadenada, no estaba más que a diez pasos.

-¡Fuego! -ordenó el Kaw-djer, con voz ronca.

Con su heroica calma en medio de aquella larga tormenta, sus hombres acababan de pagarle de una vez todo lo que había hecho por ellos. Estaban igualados. Pero si del reconocimiento y del afecto que les inspiraba habían sacado la fuerza de conducirse como soldados, después de todo no lo eran realmente. Desde que apretaron el gatillo, la locura se apoderó a su vez de ellos. No dispararon un tiro, los dispararon todos. Fue como el fragor de un trueno. En tres segundos las carabinas dispararon sus siete mil balas. Luego se impuso un inmenso silencio...

Los hombres de la milicia miraban atontados. A lo lejos desaparecían fugitivos. Ya no había nadie delante suyo. La plaza era un desierto.

¿Un desierto...? ¡Sí, salvo aquel amontonamiento, aquella montaña de cadáveres de la que chorreaba un torrente de sangre! ¿Cuántos había...? ¿Mil...? ¿Mil quinientos...? ¿Más...? No lo sabían.

Las dos jóvenes mujeres habían caído al pie de aquel horrible montón junto a Kennedy, muerto. Una, con una bala en el hombro, estaba muerta o desvanecida. La otra se levantó ilesa y corrió enloquecida, llena de espanto. El niño también estaba allí, entre los muertos, en la sangre. Pero -¡era un milagro!- no tenía nada y, muy divertido por aquel juego desconocido, continuaba riendo a sus anchas.

El Kaw-djer, presa de un espantoso dolor, había ocultado su rostro entre sus manos para huir de aquel horrible espectáculo. Permaneció un instante postrado, luego lentamente enderezó la cabeza.

Con un mismo movimiento los hostelianos se giraron hacia él y le miraron en silencio.

Este no les dirigió la mirada. Contemplaba inmóvil la siniestra carnicería y por su cara devastada, diez años envejecida, rodaban gota a gota gruesas lágrimas.

El Kaw-djer lloraba desesperadamente.

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