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Los náufragos del “Jonathan”
Editado
© Juan Suárez
30 de julio del 2003
Primera parte
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Segunda parte
(click encima para ver el contenido del volumen)
Tercera parte
Indicador Primeras medidas
Indicador La ciudad naciente
Indicador El atentado
Indicador En las cuevas
Indicador Un héroe
Indicador Durante dieciocho meses
Indicador La invasión
Indicador Un traidor
Indicador La Patria Hosteliana
Indicador Cinco años después
Indicador La fiebre del oro
Indicador El saqueo de la isla
Indicador Una jornada triste
Indicador La abdicación
Indicador ¡Solo!

Los náufragos del “Jonathan”
Tercera parte - Capítulo XIV
La abdicación

El Kaw-djer lloraba...

¡Qué desgarradoras resultaban las lágrimas de semejante hombre! ¡Con qué elocuencia gritaban su dolor!

Había dado la orden: «¡Fuego...!» ¡Él! ¡Las balas habían trazado los rojos surcos por sus órdenes! ¡Sí, los hombres le habían obligado a aquello y, por su culpa, de ahora en adelante sería igual a los más aborrecibles tiranos que con tal feroz odio había odiado, puesto que como ellos se hundía en el asesinato, en la sangre!

Y todavía había que derramar más. La obra sólo había sido bosquejada. Faltaba perfeccionarla. A pesar de toda apariencia contraria, ahí se encontraba el auténtico deber.

El Kaw-djer miró aquel deber cara a cara y con valor. Su abatimiento fue corto y pronto reconquistó su energía. Dejando al cuidado de viejos y mujeres la sepultura de los muertos y de sacar de allí a los heridos, se lanzó en seguida en persecución de los fugitivos. Estos, aterrados, no pensaban ya en oponer la menor resistencia. Estuvieron día y noche cazándolos como ganado.

En muchas ocasiones, las fuerzas hostelianas se tropezaron con bandas que llegaban demasiado tarde para prestar socorro. Estas fueron dispersadas sin dificultad una tras otra y expulsadas sucesivamente hacia el norte.

La isla fue recorrida en todas direcciones. Encontraban el suelo sembrado de los restos de aquellos prospectores a quienes el hambre había empujado fuera de sus madrigueras y que habían muerto en la nieve en el transcurso del invierno anterior. El frío había conservado durante mucho tiempo sus despojos. Con el deshielo se licuaban y aquel lodo humano se mezclaba con el de la tierra. En tres semanas rechazaron a unos dieciocho mil aventureros hasta la península Dumas cuyo istmo fue ocupado por el Kaw-djer.

Se habían unido a la milicia trescientos hombres proporcionados por la Franco-English Gold Mining Company, los cuales aportaron una ayuda eficaz a los defensores del orden. A pesar de aquel refuerzo, la situación continuaba siendo inquietante, Si bien la noticia de la carnicería de sus compañeros había desmoralizado a los prospectores en seguida, y después habían sido fácilmente vencidos, podía ocurrir que las cosas cambiaran ahora que estaban todos juntos y que les era posible ponerse de acuerdo. Además, su superioridad numérica era tan grande que había motivo para temer un retorno ofensivo por su parte.

La intervención de la Sociedad franco-inglesa se adelantó a ese peligro. Sus dos directores, Maurice Reynaud y Alexander Smith, deseosos de asegurarse la mano de obra que les era necesaria, propusieron al Kaw-djer proceder a una selección entre los aventureros y elegir, después de una severa indagación, a un millar de hombres a los que se autorizaría a permanecer en la isla Hoste. La Gold Mining Company emplearía a aquellos hombres bajo su responsabilidad, quedando muy claro que al primer altercado serían expulsados sin excusa.

El Kaw-djer acogió favorablemente aquellas proposiciones que le proporcionaban un medio de dividir las fuerzas del adversario. Maurice Reynaud y Alexander Smith, dando prueba de un valor mucho mayor sin duda que el de un domador que entra en la jaula de las fieras, se internaron sin vacilar en la península Dumas donde pululaba la muchedumbre de prospectores rebeldes. Se les vio llegar ocho días más tarde a la cabeza de mil hombres cuidadosamente escogidos de entre todos.

Aquella hazaña cambió el cariz de las cosas. Los hostelianos ganaban aquellos mil hombres que perdían los insurrectos, sin contar con que conservaban las ventajas de su disciplina y de un armamento superior. El Kaw-djer franqueó a su vez el istmo cuya guardia confió a Hartlepool. En la península encontró menos resistencia de la que se temía. Los mineros no habían tenido tiempo aún de recobrar la posesión de sí mismos. Lograron dividirlos y cada fracción se vio obligada a embarcarse en los navíos, enviados del Bourg Neuf, que con ese fin cruzaban en vista de la costa. En algunos días, la operación estuvo terminada. A excepción de aquellos por los que respondían Maurice Reynaud y Alexander Smith y que por lo demás se encontraban en un número demasiado reducido como para constituir un serio peligro, el suelo de la isla estaba purgado del último de los aventureros que la habían infectado.

Sin embargo, ¡en qué lamentable estado la dejaban! La tierra no había sido cultivada y se había perdido la próxima recolección, al igual que la anterior. Habían muerto muchos animales abandonados a su suerte en los pastos. En suma, se había retrocedido muchos años atrás y, al igual que en los primeros tiempos de su independencia, el hambre amenazaba a los colonos de la isla Hoste.

El Kaw-djer veía con claridad aquel peligro, pero éste no superaba su valor. Lo importante era no perder el tiempo. Lo comprendió y, por muy doloroso que aquel papel le pareciera, actuó con ese fin como dictador.

Como antaño, primero se tuvo que agrupar todos los recursos de la isla, con el fin de repartirlos según las necesidades de cada familia. Aquello no se hizo sin provocar murmuraciones. Pero se imponía aquella medida y se hizo caso omiso, a las protestas de los recalcitrantes.

Además, aquella medida iba a tener una efímera duración. Mientras se procedía a la recolección de reservas, se habían efectuado compras en América del Sur, tanto por cuenta del estado como de particulares. Un mes más tarde se desembarcaban en el Bourg Neuf los primeros cargamentos y la situación comenzó desde entonces a mejorar rápidamente.

Gracias a aquel beneficioso despotismo, Liberia y su suburbio no tardaron en recobrar su animación de antaño. En el curso del verano, el puerto recibió también a más navíos que nunca. Por un afortunado azar, la pesca de ballenas se anunció aquél año particularmente fructuosa. Afluyeron al Bourg Neuf buques americanos y noruegos, y la preparación de aceite ocupó a un centenar de hostelianos con salarios muy remuneradores. Al mismo tiempo, las serrerías y las fábricas de conservas recibieron un nuevo impulso y se dobló el número de loberos dedicados a la caza de lobos marinos. Muchos centenares de pecherés, no pudiendo amoldar sus costumbres nómadas a la severidad de la administración argentina, abandonaron la Tierra del Fuego, atravesaron el canal de Beagle y transportaron sus campamentos al litoral de la isla Hoste donde se instalaron definitivamente.

Hacia el 15 de diciembre, las llagas de la colonia estaban, si no curadas del todo, al menos aliviadas. Ciertamente había sufrido grandes daños que no serían reparados antes de muchos años, pero ya no quedaba ningún rastro exterior. El pueblo había retornado a sus ocupaciones habituales y la vida normal había reanudado su curso.

El Estado hosteliano adquirió en aquella época un steamer de seiscientas toneladas que recibió el nombre de Yacana. Aquel steamer permitiría el establecimiento de un servicio regular con las aldeas del litoral y los diversos establecimientos y sucursales del archipiélago. Serviría además para asegurar las comunicaciones con el cabo de Hornos, cuyo faro acababa de ser terminado.

El Kaw-djer recibió la noticia en los últimos días del año 1893. Todo estaba terminado: el alojamiento de los guardias, el depósito de reserva, el pilón de metal de unos veinte metros de alto, la construcción y el montaje de las dinamos a las que un ingenioso dispositivo inventado por Dick transmitía la energía de oleadas y mareas. Se aseguraría así el funcionamiento de aquellas máquinas, sin combustible de ningún tipo. Para que el funcionamiento fuera eterno, bastaría con proceder a las reparaciones necesarias y con estar bien provisto de piezas de recambio.

La inauguración, que el Kaw-djer resolvió rodear de cierta solemnidad, fue fijada para el 15 de enero de 1894. Aquel día, el Yacana llevaría a la isla Hornos a doscientos o trescientos hostelianos, ante los cuales surgiría el primer rayo del faro. Después de las tristezas que acababa de pasar, el Kaw-djer quería convertir en una fiesta aquella inauguración que haría realidad uno de sus sueños acariciado durante tanto tiempo.

Tal era el programa y nadie imaginaba que nada pudiera obstaculizar la ejecución cuando, de pronto, brutalmente, los acontecimientos la modificaron de forma extraña.

El 10 de enero, cinco días antes de la fecha elegida, un buque de guerra entró en el puerto del Bourg Neuf. En su mesana ondeaba el pabellón chileno. El Kaw-djer, que había visto aquel navío entrar en el puerto desde una de las ventanas de la Gobernación, lo siguió con la ayuda de unos anteojos en los distintos movimientos que realizó para atracar; luego, creyó distinguir en su borda como un barullo, pero la distancia le impedía reconocer su naturaleza.

Durante una hora estuvo absorbido en aquella contemplación, cuando fueron a prevenirle de que un hombre acababa de llegar jadeante del Bourg Neuf y pedía hablar con él en el acto, de parte de Karroly.

-¿Qué ocurre? -preguntó el Kaw-djer, cuando se hizo pasar a aquel hombre.

-Un buque chileno acaba de llegar al Bourg Neuf -dijo el hombre, sofocado por su precipitada carrera.

-Ya lo he visto. ¿Y qué más?

-Es un navío de guerra.

-Ya lo sé.

-Ha amarrado con dos anclas en medio del puerto y está desembarcando soldados con canoas.

-¡Soldados...! -exclamó el Kaw-djer.

-Sí, soldados chilenos... armados... Cien..., doscientos..., trescientos... Karroly no se ha detenido a contarlos... Ha preferido enviarme a mí para que le pusiera al corriente...

En efecto, el incidente era para tenerse en cuenta y justificaba con creces la emoción de Karroly. ¿Desde cuándo en tiempos de paz penetraban soldados armados en un territorio extranjero? El hecho de que aquellos soldados fueran chilenos, no tranquilizaba en absoluto al Kaw-djer. Con toda probabilidad no había nada que temer del país al que la isla Hoste debía su independencia. Pero el desembarco de aquellos soldados no era menos anormal por eso y la prudencia hacía que se tomaran, por si acaso, las precauciones necesarias.

-¡Ya llegan...! -exclamó de pronto el hombre señalando con el dedo la dirección del Bourg Neuf por la ventana abierta.

En efecto, por la carretera avanzaba un grupo numeroso que el Kaw-djer calculó de una ojeada. El hosteliano había exagerado un poco. Se trataba realmente de una tropa de soldados, pues los fusiles relucían al sol, pero su número ascendía como máximo a unos ciento cincuenta.

El Kaw-djer, estupefacto, dio rápidamente una serie de órdenes claras y precisas. Partieron emisarios de todos lados. Hecho esto, esperó tranquilamente.

En un cuarto de hora, la tropa chilena a la que los asombrados hostelianos seguían con la mirada, llegó a la plaza y tomó posición delante de la Gobernación. Un oficial con uniforme de gala que debía ser de grado elevado a juzgar por los dorados de los que estaba recargado, se separó de ésta, golpeó con el pomo de su sable en la puerta que se abrió en seguida, y pidió hablar con el Gobernador.

Fue conducido a la habitación donde se encontraba el Kaw-djer y cuya puerta se cerró silenciosamente tras él. Un minuto más tarde, un sordo estruendo indicó que también se habían cerrado las puertas exteriores. Sin que él lo sospechara, el oficial chileno era virtualmente un prisionero.

Pero éste no parecía experimentar preocupación alguna por su situación personal. Se detuvo a algunos pasos de la puerta con la mano en su bicornio emplumado y los ojos fijos en el Kaw-djer quien de pie entre las dos ventanas permanecía completamente inmóvil.

Fue el Kaw-djer quien tomó primero la palabra.

-¿Me quiere explicar, señor -dijo en un tono conminatorio-, qué significa este desembarco de una fuerza armada en la isla Hoste? Que yo sepa no estamos en guerra con Chile.

El oficial chileno tendió al Kaw-djer un sobre grande.

-Señor gobernador -respondió-, permítame que primero le presente la carta por la cual mi Gobierno me acredita delante de usted.

El Kaw-djer rompió los precintos y leyó atentamente, sin que nada en la expresión de su rostro traicionara los sentimientos que su lectura pudiera hacerle experimentar.

-Señor -dijo con calma cuando terminó-, como usted sin duda debe saber, el Gobierno chileno le pone a usted en esta carta a mi disposición para restablecer el orden en la isla Hoste.

El oficial se inclinó silenciosamente como señal de asentimiento.

-El gobierno chileno, señor, está mal informado -continuó el Kaw-djer-. Es cierto que, como todos los países del mundo, la isla Hoste también ha conocido períodos turbulentos. Pero sus habitantes han sabido restablecer ellos mismos el orden, que en la actualidad es perfecto.

El oficial, que parecía cohibido, no respondió.

-En esas condiciones -continuó el Kaw-djer-, aún quedando reconocido a la República chilena por sus buenas intenciones, creo mi deber declinar sus ofrecimientos y rogarle a usted que tenga a bien considerar su misión como terminada.

El oficial parecía cada vez más cohibido.

-Sus palabras, señor gobernador, serán fielmente transmitidas a mi Gobierno -dijo-, pero comprenderá usted que no puedo sustraerme, mientras no tenga su respuesta, al cumplimiento de las instrucciones que me han sido dadas.

-¿Instrucciones que consisten...?

-En establecer una guarnición en la isla Hoste que, bajo su alta autoridad y bajo mi mando directo deberá cooperar al restablecimiento y al mantenimiento del orden.

-¡Muy bien! -dijo el Kaw-djer-. Pero, ¿y si por azar yo me opusiera al establecimiento de esa guarnición...? ¿Han previsto el caso sus instrucciones?

-Sí, señor gobernador.

-Y en esa hipótesis, ¿cuáles son?

-Hacer caso omiso.

-¿Por la fuerza?

-En caso de necesidad, por la fuerza. Pero confío en que no me veré obligado a esos extremos.

-Está realmente muy claro -aprobó el Kaw­djer sin agitarse-. A decir verdad, me esperaba un poco una cosa así... ¡No importa! La cuestión ha sido planteada con nitidez. De todos modos, deberá usted admitir que en un asunto tan grave yo no quiera actuar a la ligera y, por consiguiente, tolerará, espero, que me tome un tiempo para reflexionar.

-Esperaré, señor gobernador -respondió el oficial-, a que usted me haga conocer su decisión.

Después de saludar de nuevo militarmente, se giró sobre sus talones y se dirigió hacia la puerta.

Pero aquella puerta estaba cerrada y resistió a sus esfuerzos. Se volvió hacia el Kaw-djer.

-¿Significa que he caído en una emboscada? -preguntó en tono nervioso.

-Me permitirá usted que encuentre graciosa su pregunta -respondió irónicamente el Kaw-djer-. ¿Cuál de nosotros es el culpable de una emboscada? ¿No será el que en plena paz ha invadido con las armas en la mano al país amigo?

El oficial enrojeció ligeramente.

-Ya conoce, señor gobernador -dijo con una vergüenza que se dejaba traslucir-, la razón de lo que usted llama una invasión. Ni mi gobierno ni yo mismo podemos ser responsables de la interpretación que usted hace de tan simple acontecimiento.

-¿Está usted seguro? -replicó el Kaw-djer con voz tranquila-. ¿Osaría usted darme su palabra de honor de que la República de Chile no persigue ningún otro fin que el fin oficial y confesado? Una guarnición oprime tan fácilmente como protege. Esa que usted tiene por misión establecer aquí, ¿no podría ayudar poderosamente a Chile si algún día lamentara el tratado del 26 de octubre de 1881, gracias al cual debemos nuestra independencia?

El oficial enrojeció de nuevo y más visiblemente que la primera vez.

-No me corresponde -dijo- discutir las órdenes de mis jefes. Mi único deber consiste en ejecutarlas ciegamente.

-En efecto -reconoció el Kaw-djer-. Pero yo también tengo un deber que cumplir que se confunde con los intereses de un pueblo que está bajo mi custodia. Es completamente normal que piense en sopesar lo que esos intereses me ordenan hacer.

-¿Acaso me he opuesto a ello? -replicó el oficial-. Puede estar seguro, señor gobernador que esperaré su beneplácito todo el tiempo que haga falta.

-Eso no basta -dijo el Kaw-djer-. Tendrá que esperar aquí.

-¿Aquí...? ¿Me considera usted como un prisionero?

-Exacto -declaró el Kaw-djer.

El oficial chileno se encogió de hombros.

-Olvida usted -exclamó dando un paso hacia la ventana- que me bastaría con un llamamiento...

-¡Inténtelo...! -interrumpió el Kaw-djer, interceptándole el paso.

-¿Quién me lo impediría?

-Yo.

Los dos hombres se miraron cara a cara como luchadores dispuestos a llegar a las manos. Después de un largo momento de espera, fue el oficial chileno quien retrocedió. Comprendió que, a pesar de su relativa juventud, no podría vencer a aquel enorme viejo de hombros de atleta cuya majestuosa actitud le imponía a pesar suyo.

-Eso es -aprobó el Kaw-djer-. Volvamos cada uno a nuestro sitio y espere pacientemente mi respuesta.

Ambos estaban de pie. El oficial, a poca distancia de la puerta de entrada, se esforzaba por adoptar, a pesar de su inquietud, una actitud despreocupada. Enfrente suyo, el Kaw-djer, entre las dos ventanas, reflexionaba tan profundamente que olvidaba la presencia de su adversario. Estudiaba el problema que se le había planteado con calma y método.

Primero, el móvil de Chile. No resultaba difícil adivinar aquel móvil. Chile invocaba en vano la necesidad de poner fin a los disturbios. Aquello no era más que un pretexto. Una protección impuesta se parece demasiado a una anexión, para que fuera posible engañarse sobre ello. ¿Pero por qué Chile faltaba de aquel modo a la palabra dada? Evidentemente, por interés, pero ¿qué tipo de interés? La prosperidad de la isla Hoste no bastaba para explicar aquel viraje. A pesar de los progresos realizados por los hostelianos, nunca nada había autorizado a creer que la República chilena lamentara el abandono de aquella región que antes había carecido del menor valor. Por lo demás, Chile no había tenido motivos para quejarse de su gesto generoso. Se había beneficiado del desarrollo de aquel pueblo que por la fuerza del destino era su principal proveedor. Pero había intervenido un factor nuevo. El descubrimiento de las minas de oro cambiaba completamente la situación. Ahora que se había demostrado que la isla Hoste ocultaba un tesoro entre sus flancos, Chile pensaba en recibir su parte y deploraba su pasada imprevisión. Estaba claro.

Por lo demás, la cuestión fundamental no consistía en determinar la causa del viraje, fuere cual fuere. El ultimátum había sido expuesto con nitidez y lo importante era decidir la forma en que convenía responder.

¿Resistir...? ¿Por qué no? Los ciento cincuenta soldados alineados en la plaza no eran capaces de asustar al Kaw-djer ni tampoco el buque de guerra acoderado delante del Bourg Neuf. Incluso aumiendo que hubieran en aquel navío más soldados, evidentemente no podían ser tan numerosos como para que la victoria no pudiera inclinarse finalmente en favor de la milicia hosteliana. En cuanto al mismo navío, posiblemente era capaz de enviar hasta Liberia algunos obuses que causarían más ruido que daño. Pero ¿y después...? Las municiones acabarían por agotarse y tendrían que hacerse a la mar; admitiendo que los tres cañones hostelianos no hubieran logrado causarle ninguna seria avería.

No; en verdad, resistir no habría resultado presuntuoso. Pero resistir significaba batallas, significaba sangre. ¿Iba a hacer que aún corriera más por aquella tierra ya saturada desgraciadamente de ella? ¿Para defender qué? ¿La independencia de los hostelianos? Pero ¿eran realmente libres los hostelianos, que tan dócilmente se habían doblado bajo la férula de un jefe? ¿Se trataría entonces de salvaguardar su propia autoridad? ¿Con qué fin? ¿Justificaban sus excepcionales méritos el sacrificio de tantas vidas por su causa? ¿Se había mostrado él diferente a todos los demás potentados que tienen al universo en tutela desde que ejercía el poder?

El Kaw-djer estaba en ese punto de sus reflexiones cuando el oficial chileno hizo un movimiento. Comenzaba a encontrar largo el tiempo. El Kaw­djer se contentó con exhortarle con un gesto a que tuviera paciencia y prosiguió con su silenciosa meditación.

No, no había sido ni mejor ni peor que los jefes de todos los tiempos, y simplemente porque la función de jefe impone unas obligaciones a las que nadie puede jactarse de escapar. Que sus intenciones hubieran sido siempre rectas, sus miras desinteresadas, aquello no le había impedido en modo alguno cometer a su vez los mismos crímenes necesarios que reprochaba a tantos jefes. El libertario había dado órdenes, el igualitario había juzgado a sus semejantes, el pacífico había hecho la guerra, el filósofo altruista había diezmado a la muchedumbre y su horror por la sangre vertida no había conducido más que a derramar aún más.

Todos sus actos habían estado en contradicción con sus teorías, lo que le hacía ver claro su completo error de antaño. Primero, los hombres se habían destacado por su imperfección e incapacidad naturales y había tenido que llevarles de la mano como a niños pequeños. Luego, para satisfacer ciertos apetitos que forman el fondo de ciertas naturalezas, habían causado una sucesión de dramas y demostrado la legitimidad de la fuerza. Finalmente, se le había dado una triple prueba de que la solidaridad de los grupos sociales no es menor que la de los individuos y que un pueblo no puede aislarse de otros pueblos. Por ello, aun cuando alguno de ellos llegara a elevarse al ideal inaccesible que el Kaw-djer hubiera considerado antes como una verdad objetiva, el pueblo debería seguir contando con el resto de la tierra, cuyo progreso moral excede las fuerzas humanas y no puede ser más que el resultado de siglos de esfuerzos acumulados.

La invasión de los patagones había sido la primera de aquellas pruebas. Al igual que todos los jefes, ni más ni menos que ellos, el Kaw-djer había tenido que combatir y matar. En aquella ocasión, Patterson le había demostrado hasta qué grado de envilecimiento puede degradarse un ser humano y, aun mostrándose indulgente, había tenido que arrogarse el derecho de disponer de un rincón del planeta como propiedad personal. Había juzgado, condenado, desterrado con el mismo título de todos aquellos a los que había llamado tiranos.

El descubrimiento de las minas de oro le había proporcionado la segunda prueba. Aquellos miles de aventureros que se habían lanzado sobre la isla Hoste establecían de la forma más elocuente, la inevitable solidaridad de las naciones. Contra aquella afluencia no había encontrado un remedio que no fuera conocido. Ese remedio es siempre la fuerza, la violencia y la muerte. La sangre humana había corrido a raudales por sus órdenes.

Finalmente, el ultimátum del Gobierno chileno aportaba de modo perentorio la tercera prueba.

¿Iba a dar una vez más la señal de lucha, de una lucha quizá más sangrienta que las anteriores y aquello para que los hostelianos conservaran un jefe tan semejante, en resumidas cuentas, a todos los jefes de todos los países y de todos los tiempos? En su lugar otro habría hecho lo mismo, y fuese cual fuese su sucesor, ya fuera Chile o cualquier otro, nada le podía conducir a emplear medios peores que aquellos a los que la fatalidad de las cosas le había obligado.

Entonces ¿para qué luchar?

Y además, ¡qué cansado estaba! La hecatombe que él mismo había ordenado, aquella monstruosa carnicería, aquella espantosa matanza, era una obsesión que no le abandonaba. Día a día su alta estatura se arqueaba bajo el abrumador peso del recuerdo y sus ojos perdían el brillo y su pensamiento la claridad. La fuerza abandonaba a aquel cuerpo de atleta y aquel corazón de héroe. Ya no podía más. Ya tenía suficiente.

¡Tal era el callejón a donde desembocaba! Con una mirada asombrada seguía el largo camino de su vida. Las ideas que habían servido de base de su ser moral y a las que había sacrificado todo, la cubrían con sus lamentables vestigios. Detrás de él sólo quedaba la nada. Su alma estaba devastada; era un desierto sembrado de ruinas donde nada permanecía en pie.

¿Qué hacer...? ¿Morir? Sí, eso habría sido lógico y, sin embargo, no podía decidirse. No es que tuviera miedo a la muerte. Para aquel espíritu lúcido y firme, ésta aparecía como una función natural, sin mayor importancia y en nada más temible que el nacimiento. Pero todas sus fibras protestaban contra un acto que habría abreviado voluntariamente su destino. Al igual que un obrero consciente no sabría resolverse a dejar inacabado un trabajo, para aquella poderosa personalidad era una necesidad llegar hasta el final de su vida; aquel abundante corazón necesitaba dar a otro, sin exceptuar nada, la suma entera de sacrificio y abnegación que se encontraba contenida en potencia, y no consideraba haber hecho demasiado mientras no lo hubiera hecho todo.

¿Era imposible conciliar aquellas contradicciones...?

Finalmente, el Kaw-djer pareció darse cuenta de la presencia del oficial chileno, que tascaba impacientemente el freno.

-Señor -dijo-, acaba usted de amenazarme con emplear la fuerza. ¿Se ha dado usted buena cuenta de la nuestra?

-¿La suya...? -repitió el oficial sorprendido.

-Juzgue usted mismo -dijo el Kaw-djer, haciendo a su interlocutor una señal de que se acercara a la ventana.

Bajo sus ojos se extendía la plaza. Frente a la Gobernación los ciento cincuenta soldados chilenos estaban correctamente alineados a las órdenes de sus jefes. De todos modos, su situación no dejaba de ser crítica, pues estaban rodeados por más de quinientos hostelianos, con los fusiles cargados y las bayonetas caladas.

-El ejército hosteliano cuenta ahora con quinientos fusiles -dijo el Kaw djer con frialdad-. Mañana contará con mil. Pasado mañana con mil quinientos.

El oficial chileno estaba lívido. ¡En qué avispero se había metido! Su misión le parecía muy comprometida. No obstante, quiso poner buena cara al mal tiempo.

-El crucero... -dijo con voz poco firme.

-No le tememos -interrumpió el Kaw-djer-. No tememos ni siquiera a sus cañones, pues nosotros mismos estamos provistos de ellos.

-Chile... -intentó aún esbozar el oficial, que no quería reconocerse vencido.

-Sí -interrumpió de nuevo el Kaw-djer-, Chile tiene más navíos y más soldados. No hay duda. Pero haría un mal negocio empleándolos en contra nuestra. No reducirá fácilmente a la isla Hoste, poblada ahora por más de seis mil habitantes. ¡Sin contar con que los ciento cincuenta hombres que usted ha desembarcado nos servirán de estupendos rehenes!

El oficial guardó silencio. El Kaw-djer añadió con voz grave:

-Bueno, ¿sabe usted quién soy?

El chileno miró a su adversario que tan temible se mostraba. Sin duda éste leyó en la mirada de aquél una elocuente respuesta a la pregunta que le había formulado, pues aún se turbó más.

-¿Qué quiere usted decir con esa pregunta? -balbuceó-. Corrieron rumores hace doce o trece años cuando regresó el Ribarto y su comandante había creído reconocerle. Pero debían ser erróneos, puesto que usted ya los había desmentido antes.

-Aquellos rumores estaban fundados -dijo el Kaw-djer-. Si entonces preferí, si aún me sigue conviniendo olvidarme de quién soy, creo que usted obraría con prudencia recordándolo. Imagino que de ello deducirá que no me sería imposible encontrar ayudas lo suficientemente poderosas como para hacer reflexionar al Gobierno chileno.

El oficial no respondió. Parecía abrumado.

-¿Estima usted -continuó el Kaw-djer-, que me encuentro en situación de no ceder simple y llanamente, sino de tratar de igual a igual?

El oficial chileno levantó la cabeza. ¿Tratar...? ¿Había oído bien...? ¿Podía girar de modo favorable la enojosa aventura en la que se había embarcado con tanta inconsciencia...?

-Falta saber si eso es posible -continuó el Kaw-djer-, y de qué poderes está usted investido.

-De los más amplios -afirmó con vivacidad el oficial chileno.

-¿Por escrito?

-Por escrito.

-En ese caso, haga el favor de comunicármelos -dijo el Kaw-djer con calma.

El oficial sacó de un bolsillo interior de su casaca un segundo pliego que entregó al Kaw-djer.

-Aquí están -dijo.

Si el Kaw-djer hubiera cedido sin resistencia a la primera orden terminante, jamás habría conocido aquel documento que leyó con extrema atención.

-Está en perfecta regla -declaró-. Por consiguiente, su firma tendrá todo el valor compatible con los contratos humanos cuya fragilidad demuestra aquí su presencia.

El oficial se mordió los labios sin responder. El Kaw-djer hizo una pausa y luego continuó:

-Hablemos claro. El Gobierno chileno desea convertirse en soberano de la isla Hoste. Yo podría oponerme a ello; pero consiento. Sin embargo, pondré mis condiciones.

-Escucho -dijo el oficial.

-En primer lugar, el Gobierno chileno no establecerá en la isla Hoste otro impuesto que el concerniente a las minas de oro y deberá continuar igual incluso cuando se hayan agotado. Por el contrario, en lo que respecta a las minas de oro, dispondrá de entera libertad y fijará en su provecho los censos que le convengan.

El oficial no daba crédito a sus oídos. ¡Así que le daban lo esencial, sin dificultades, sin discusión de ningún tipo! Entonces todo lo demás iría por sí solo.

No obstante, el Kaw-djer continuó:

-La soberanía de Chile deberá limitarse a la percepción de un impuesto sobre las minas. La isla Hoste conservará en lo demás toda su autonomía y se quedará con su bandera. Chile podrá mantener aquí a un residente, quedando claro que ese residente sólo tendrá un simple derecho de consejo y que el Gobierno efectivo será ejercido por un comité nombrado por elección y por un gobernador designado por mí.

-Sin duda, ¿ese gobernador será usted? -interrogó el oficial.

-No -protestó el Kaw-djer-. Yo necesito la libertad, total, íntegra, sin límites, y además ya estoy tan cansado de dar órdenes como me siento incapaz de recibirlas. Me retiro, pero me reservo el derecho de elegir a mi sucesor.

El oficial escuchaba sin interrumpir aquellas inesperadas declaraciones. ¿Era sincero aquel amargo desengaño?, ¿no iría el Kaw-djer a exigir nada para sí mismo?

-Mi sucesor se llama Dick -continuó aquél melancólicamente después de un corto silencio-, y carece de otro apellido. Es un hombre joven. Apenas si tiene veintidós años, pero soy yo quien le ha formado y respondo de él. Renunciaré al poder dejándolo entre sus manos, sólo entre sus manos... Esas son mis condiciones.

-Las acepto -dijo vivamente el oficial chileno, demasiado contento por haber triunfado en la cuestión principal.

-Muy bien -aprobó el Kaw-djer-. Voy a redactar nuestros convenios por escrito.

Se puso a hacerlo y luego el tratado fue firmado en triple copia por las partes contratantes.

-Uno de estos ejemplares es para su Gobierno -explicó el Kaw-djer-, otro para mi sucesor. En cuanto al tercero lo guardaré yo, y si no se mantienen los compromisos que en él constan, esté seguro de que sabré actuar al respecto... Pero aún no hemos acabado -añadió, presentando otro documento a su interlocutor-. Nos queda ocuparnos de mi situación personal. Eche una ojeada a este segundo tratado que la soluciona conforme a mi voluntad.

El oficial obedeció. A medida que iba leyendo, su rostro expresaba una creciente estupefacción.

-¡Vaya! -exclamó cuando hubo terminado su lectura-, ¿es en serio lo que usted propone aquí?

-Sí, tan serio -respondió el Kaw-djer- que es la condición sine qua non de mi consentimiento al resto de nuestro acuerdo. ¿Está usted dispuesto a aceptarlo?

-Ahora mismo -afirmó el oficial.

De nuevo fueron intercambiadas las firmas.

-Ya no tenemos nada más que decirnos -concluyó entonces el Kaw-djer-. Haga que sus hombres vuelvan a embarcar y que bajo ningún pretexto vuelvan a poner el pie en la isla Hoste. Mañana podrá ser inaugurado el nuevo régimen. Haré lo necesario para que no se presente ninguna dificultad. Hasta entonces, exijo el más absoluto secreto.

En cuanto estuvo solo, el Kaw-djer mandó buscar a Karroly. Mientras se ejecutaba aquella orden, escribió unas palabras que introdujo en un sobre, adjuntando un ejemplar del tratado concluido con el Gobierno chileno. Aquello, que sólo exigía algunos minutos, estaba terminado desde hacía rato cuando entró el indio.

-Carga estos objetos en la Wel-Kiej -dijo el Kaw-djer, tendiendo a Karroly una lista en la que figuraban, además de cierta cantidad de víveres, pólvora, balas y sacos de diversos tipos de simientes.

A pesar de sus costumbres de ciega abnegación, Karroly no pudo abstenerse de hacer algunas preguntas. ¿Se iba a ir el Kaw-djer de viaje? ¿Por qué no cogía entonces el balandro del puerto en lugar de la vieja chalupa? Pero a todas estas preguntas, el Kaw-dier respondió con una sola palabra:

-Obedece.

Después de irse Karroly, hizo llamar a Dick.

-Hijo mío -dijo, entregándole el sobre que acababa de cerrar-, te doy este documento. Te pertenece. Lo abrirás mañana cuando salga el sol.

-Así lo haré -prometió Dick simplemente.

No expresó la sorpresa que debía experimentar. Tan grande era el dominio que había adquirido sobre sí mismo que ninguna señal le traicionó. Era una orden lo que había recibido. Una orden se cumple y no se discute.

-¡Bien! -dijo el Kaw-djer-. Ahora, vete, hijo mío y actúa escrupulosamente según mis instrucciones.

Cuando estuvo solo, el Kaw-djer se acercó a la ventana y corrió las cortinas. Estuvo mirando al exterior durante un largo rato, con el fin de grabar en su memoria lo que no debía volver a ver nunca más. Ante él se encontraba Liberia y más lejos el Bourg Neuf y más lejos aún, los mástiles de los navíos amarrados en el puerto. Caía la tarde, deteniendo el trabajo del día. Primero se animó la carretera del Bourg Neuf, luego brillaron las ventanas de las casas en la creciente oscuridad. Aquella ciudad, aquella laboriosa actividad, aquella calma, aquel orden, aquella felicidad, eran obra suya. Evocó todo el pasado a la vez y suspiró de cansancio y de orgullo.

Había llegado el momento de pensar en sí mismo. Iba a desaparecer sin titubeos de aquella multitud de la que había hecho un pueblo rico, feliz, poderoso. Jefe por jefe, aquel pueblo no apreciaría el cambio. Él, al menos, iría a morir como había vivido, en la libertad.

No iba a entristecer con ningún adiós aquella marcha que era una liberación. Antes de partir, no estrecharía entre sus brazos ni al fiel Karroly, ni a Harry Rhodes, su amigo, ni a Hartlepool, aquel leal y devoto servidor, ni a Halg, ni a Dick, sus hijos. ¿Para qué todo aquello? Por segunda vez, se evadía de la humanidad. Su amor se ensanchaba de nuevo, se hacía vasto como el mundo, impersonal como el de un dios y no necesitaba de aquellos gestos pueriles para satisfacerse. Desaparecería sin una palabra, sin señales.

La noche se hizo profunda. Como los párpados que cierra el sueño, las ventanas de las casas se fueron apagando una a una. Finalmente se quedó dormida la última. Todo estaba oscuro.

El Kaw-djer salió de la Gobernación y se dirigió hacia el Bourg Neuf. La carretera estaba desierta. Hasta el suburbio no se encontró con nadie.

La Wel-Kiej se balanceaba cerca del muelle. Se embarcó en ella y soltó las amarras. En medio del puerto distinguió la oscura masa del buque chileno, a bordo del cual un timonel marcaba medianoche en ese mismo instante. Volviendo la cabeza, el Kaw­djer viró e izó la vela.

La Wel-Kiej adquirió velocidad, maniobró y salió de los espigones. Allí se aceleró su marcha bajo el impulso de una fresca brisa del noroeste. El Kaw-djer, pensativo, mantenía el timón, escuchando la canción del agua contra la borda.

Cuando quiso lanzar una mirada atrás, ya era demasiado tarde. La función ya se había terminado y ya había caído el telón. Todo se desvanecía ya en el pasado.

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