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París en el siglo XX
Editado
© Cristian A. Tello
7 de julio del 2004
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París en el siglo XX
Capítulo III
Una familia sumamente práctica

El joven llegó por fin donde su tío, monsieur Stanislas Boutardin, banquero, director de la Sociedad de las Catacumbas de París.

Este importante personaje vivía en una magnífica residencia de la calle Imperial, una enorme construcción de un maravilloso mal gusto rota por multitud de ventanas; un verdadero cuartel transformado en casa particular nada importante sino pesada. Las oficinas ocupaban la planta baja y los anexos.

“¡Y aquí parece que va a transcurrir mi vida!”, pensaba Michel mientras entraba. “¿Habrá que dejar toda esperanza en estas puertas?”.

Se sintió invadido por un invencible deseo de escapar lejos; pero se contuvo, y apretó el botón eléctrico de la puerta de servicio; ésta se abrió sin ruido, movida por un resorte oculto, y volvió a cerrarse por sí misma después de dejar paso al visitante.

Un gran patio daba acceso a las oficinas, dispuestas en círculo, bajo un techo de vidrio opaco; al fondo había un gran estacionamiento donde varios coches de gas esperaban las órdenes del amo.

Michel se encaminó hacia el ascensor, una especie de habitación cuyo espacio interior contorneaba un gran diván de cuero; un criado de librea color naranja estaba allí continuamente.

-Monsieur Boutardin- preguntó Michel.

-Monsieur Boutardin acaba de sentarse a la mesa -respondió el valet.

-Haga favor de anunciar a monsieur Dufrénoy, su sobrino.

El servidor tocó un botón de metal situado en la pared, y el ascensor se elevó hasta el primer piso, donde estaba el comedor.

El servidor anunció a Michel Dufrénoy.

Monsieur Boutardin, madame Boutardin y su hijo estaban comiendo; se produjo un silencio profundo al entrar el joven; la cena lo esperaba y comenzó de inmediato; a una señal del tío, Michel ocupó su lugar en el festín. Nadie le hablaba. Ya se sabía, evidentemente, de su desastre. No pudo comer.

La cena no podía parecer más fúnebre; los criados cumplían sus obligaciones sin hacer ruido; los platos subían en silencio por unos pozos cavados en el espesor de las paredes; eran opulentos con algún matiz de avaricia; parecían alimentar sin ganas a los comensales. En esta sala triste, ridículamente dorada, se comía rápido y sin convicción. No importaba, en efecto, alimentarse, sino ganar con qué alimentarse. Michel percibía el matiz; se sofocaba.

Su tío tomó la palabra a los postres, por primera vez:

-Mañana, señor, a primera hora, tenemos que hablar.

Michel se inclinó, sin responder. Un criado de color naranja lo condujo a su habitación; el joven se acostó; el cielo raso hexagonal, le recordaba una serie de teoremas de geometría; soñó, a pesar suyo, con triángulos y con rectas que caían desde lo alto, de costado.

“Qué familia”, se decía en sueños, agitado.

Monsieur Stanislas Boutardin era el producto natural de este siglo industrial; había surgido en la lucha diaria, sin alcanzar su tamaño natural al aire libre; hombre ante todo práctico, sólo hacía lo útil, convertía las menores ideas en lo útil, con un deseo desmesurado de ser útil que terminaba en egoísmo verdaderamente ideal; unía lo útil a lo desagradable, como habría dicho Horacio; la vanidad penetraba sus palabras aún más que sus ademanes y jamás habría permitido que su sombra lo adelantara; se expresaba en gramos y centímetros y todo el tiempo llevaba consigo un bastón métrico, lo que le concedía un gran conocimiento de las cosas de este mundo; despreciaba formalmente las artes y sobre todo a los artistas y así creía dar a entender que los conocía; para él, la pintura terminaba en el diseño industrial, el diseño en el plano, la escultura en el molde, la música en el silbato de las locomotoras, la literatura en los boletines de Bolsa.

Este hombre, criado en la mecánica, explicaba la vida según los engranajes y las transmisiones; se movía regularmente con el menor roce posible, como un pistón en un cilindro perfectamente pulido; transmitía su movimiento uniforme a su mujer, a su hijo, a sus empleados, a sus criados; todos eran verdaderas máquinas-herramientas de las cuales él, el gran motor, extraía la mejor utilidad del mundo.

Naturaleza vil, en suma, incapaz de un gesto bueno (ni de uno malo, por cierto); no estaba ni bien ni mal, insignificante, a menudo mal peinado, chillón, horriblemente común.

Había hecho una enorme fortuna, si a eso se puede llamar hacer; el impulso industrial del siglo lo arrastró; por ello agradecía a la industria, a la cual adoraba como a una diosa; fue el primero que adoptó, para su casa y para él mismo, los trajes de fierro hilado que aparecieron en 1934. Este tipo de tejido, por lo demás, era suave al tacto como la cachemira, aunque poco cálido, es cierto; pero uno se las arreglaba en invierno con un traje doble; y cuando se oxidaban, bastaba lijarlos con una lima y volver a pintarlos con los colores de moda.

Esta era la posición social del banquero: director de la Sociedad de las Catacumbas de París y de la Fuerza Motriz a Domicilio.

Los trabajos de esta sociedad consistían en almacenar el aire en esos inmensos subterráneos tanto tiempo inútiles; allí se lo enviaba a una presión de cuarenta o cincuenta atmósferas, fuerza constante que los conductos llevaban a los talleres, a las fábricas, a las fundiciones, a las hilanderías, a las panaderías, a todos los lugares donde se precisaba acción mecánica. El aire servía, como se ha visto, para mover los trenes sobre las vías férreas de los bulevares. Mil ochocientos cincuenta y tres molinos de viento, situados en las llanuras de Montrouge, lo proveían por medio de bombas a estos vastos reservorios.

La idea, muy práctica sin duda, y que se fundaba en el empleo de las fuerzas naturales, fue apoyada con entusiasmo por el banquero Boutardin; se convirtió en el director de esa importante compañía, pero no por ello dejó de ser miembro de quince a veinte directorios, vicepresidente de la Sociedad de Locomotoras Remolcadas, administrador de la Sucursal de Asfaltos Fusionados, etc.

Hacía cuarenta años que había contraído matrimonio con mademoiselle Athénais Dufrénoy, tía de Michel; ella era, en verdad, la digna y desagradable compañera de un banquero, fea, espesa, con todo lo de una tenedora de libros y de una cajera y nada de mujer; se ocupaba de la contabilidad, manejaba la doble contabilidad y habría inventado una triple si hiciera falta; una verdadera administradora, la hembra de un administrador.

¿Amaba a monsieur Boutardin y era amada por él? Sí, en la medida que pueden amar esos corazones industriales; una comparación puede servir para terminar de describir a este par: ella era la locomotora y él el conductor y mecánico; él la mantenía en buenas condiciones, la frotaba, la aceitaba, y ella había rodado así durante medio siglo con tanta sensibilidad e imaginación como una Crampton.

No hace falta agregar que jamás se descarriló.

En cuanto al hijo: multipliquen a la madre por el padre y el coeficiente será Athanase Boutardin, principal asociado a la banca Casmodage y Cía.; un muchacho muy amable, que consideraba a su padre un modelo de alegría y a su madre de elegancia. No había que decir algo espiritual en su presencia; parecía que entonces se le tomaba el pelo, fruncía el ceño y miraba atónito. Se había ganado el primer premio en bancos. Se puede decir que no sólo hacía trabajar el dinero; lo convertía en renta perpetua; se palpaba en él al usurero; pretendía casarse con una niña horrible cuyo dote compensara enérgicamente su fealdad. A los 20 años, ya llevaba anteojos de montura de aluminio. Su estrecha y rutinaria inteligencia lo llevaba a recurrir a la astucia y a las trampas casi sin advertirlo. Uno de sus recursos involuntarios era creer que no tenía un peso, precisamente cuando nadaba en oro y billetes. Era un verdadero villano, sin juventud, sin corazón, sin amigos. Su padre lo admiraba mucho.

Y ésta era la familia, la trinidad doméstica, a la cual el joven Dufrénoy iba a solicitar ayuda y protección. M. Dufrénoy, hermano de Mme. Boutardin, poseía todas las delicadezas de sentimiento y exquisiteces espirituales que en su hermana se traducían por asperezas. Este pobre artista, músico de gran talento, nacido para un siglo mejor, sucumbió de pena muy joven y sólo legó a su hijo su inclinación por la poesía, sus aptitudes y aspiraciones.

Michel creía tener en algún sitio un tío, cierto Huguenin, del cual nunca se hablaba, uno de esos hombres, modestos, pobres, resignados, que hacían ruborizarse a las familias opulentas; pero no prohibían que Michel lo viera; tampoco lo conocían ni tenían el menor interés en conocerlo.

La situación del huérfano estaba, pues, bastante restringida en el mundo: por una parte, un tío incapaz de acercársele y ayudarlo, y por otra, una familia repleta de las cualidades que apegan al dinero y con apenas corazón para alcanzar a devolver la sangre a las arterias.

En todo ello no había razón alguna para agradecer a la Providencia.

Al día siguiente Michel bajó al despacho de su tío, una oficina grave cubierta por una alfombra no menos seria. Allí se encontraba el banquero, su mujer y el hijo. La cosa amenazaba solemnidad.

Monsieur Boutardin, de pie junto al hogar, con la mano en las solapas y el pecho protuberante, se expresó en estos términos:

-Caballero, usted va a escuchar palabras que le ruego retenga en la memoria. Su padre era un artista. La palabra lo dice todo. Me gustaría creer que usted no ha heredado esos lamentables instintos. Pero he advertido que hay en usted algunos gérmenes que conviene destruir. Nada usted de buen grado en las arenas del ideal, y hasta ahora el mejor resultado de sus esfuerzos ha sido ese premio de versos latinos que ayer ha tenido la desvergüenza de aportarnos. Cuantifiquemos la situación. No tiene usted fortuna, lo que es una desgracia; y por poco carece usted de padres. Ahora bien, ¡no quiero poetas en la familia, escúchelo bien! No quiero nada de esos individuos que escupen rimas al rostro de la gente; su familia es rica; no la comprometa usted. Ahora bien, el artista no está lejos del bufón al que doy unos cuantos pesos para que me divierta durante la digestión. Usted me entiende. Nada de talento. Capacidades. Pero como no he advertido en usted ninguna aptitud particular, he decidido que ingresará a la casa bancaria Casmodage y Cía., bajo la alta dirección de su primo; siga su ejemplo; ¡trabaje para convertirse en hombre práctico! Recuerde que una parte de sangre Boutardin corre por sus venas y, para que recuerde del mejor modo mis palabras, cuídese de no olvidarlas.

Se puede apreciar que en 1969 no se había extinguido la raza de Prudhomme; había conservado las mejores tradiciones. ¿Qué podía responder Michel a semejante discurso? Nada; calló entonces. Mientras, su tía y su primo aprobaban moviendo el cráneo.

-Sus vacaciones -continuó el banquero- comienzan esta mañana y terminan esta noche. Mañana deberá presentarse al jefe de la casa Casmodage y Cía. Puede marcharse.

El joven se retiró del despacho de su tío; las lágrimas le bloqueaban la vista; pero se repuso y se afirmó contra la desesperación.

“Sólo cuento con un día de libertad”, se dijo. “Por lo menos lo voy a usar a mi modo; tengo algunas monedas; empezaremos por organizarnos una biblioteca con los grandes poetas y los autores ilustres del siglo pasado. Cada tarde me consolarán del tedio de la jornada.”

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