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París en el siglo XX
Editado
© Cristian A. Tello
7 de julio del 2004
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París en el siglo XX
Capítulo VI
Donde Quinsonnas aparece sobre las altas cumbres del Libro Grande

Al día siguiente, Michel se encaminó hacia las oficinas de contabilidad; pasó entre murmullos irónicos de los funcionarios; su aventura nocturna corría de boca en boca y nadie se molestaba en evitar la risa.

Michel llegó a una sala inmensa coronada de una cúpula de vidrio opaco; en el centro, sobre un pilar, se alzaba la obra maestra de la mecánica, el Libro Grande del banco. Merecía el nombre de Grande con más razón que Luis XIV; tenía siete metros de altura; un mecanismo inteligente permitía dirigirlo, como un telescopio, hacia todos los puntos cardinales; un sistema de pasarelas, ingeniosamente combinado, se elevaba o bajaba según las necesidades del que escribía.

En hojas blancas de tres metros de largo se iban desarrollando, con letras de diez centímetros de alto, las operaciones diarias de la casa. Las Cajas de gastos diarios, los Ingresos varios, las Cajas de negocios, destacadas en letras doradas, eran un verdadero placer para la gente que gustaba de esas cosas. Otras tintas multicolores señalaban con precisión los informes y la paginación; las cifras, por su parte, soberbiamente ordenadas en columnas, separaban los francos, en tinta roja, de los centavos (hasta el tercer decimal), en tinta verde.

Michel quedó atónito ante este monumento. Preguntó por M. Quinsonnas.

Le mostraron a un joven que estaba inclinado en la pasarela más alta; subió por la escalera de caracol y en un instante llegó a la cima del Libro Grande.

M. Quinsonnas estaba fundiendo una F mayúscula de treinta centímetros de altura; lo hacía con incomparable seguridad.

-Monsieur Quinsonnas -dijo Michel.

-Acérquese por favor -respondió el tenedor de libros-. ¿Con quién tengo el honor de hablar?

-Con monsieur Dufrénoy

-¿Acaso es usted el héroe de una aventura nocturna que...?

-Así es -respondió Michel del mejor modo posible.

-Lo cual habla muy bien de usted -le dijo Quinsonnas-, pues debe ser una persona honrada; un ladrón no se habría dejado prender. Esa es mi opinión.

Michel miró atentamente a su interlocutor. ¿Se estaría burlando? El aspecto terriblemente serio del tenedor de libros no daba lugar para tales suposiciones.

-Estoy a sus órdenes -le dijo Michel.

-Y yo a las suyas -le contestó el copista.

-¿Qué tengo que hacer?

-Esto. Dictarmme clara y lentamente los artículos del diario que voy pasando al Libro Grande. ¡No se equivoque! Acentúe donde corresponde. ¡Voz potente! ¡Nada de errores! Basta con uno y me ponen en la puerta.

No había más comentarios que hacer y el trabajo comenzó en seguida.

Quinsonnas era un hombre de treinta que a fuerza de seriedad se las había arreglado para parecer de cuarenta. No obstante, bastaba observarle un tiempo para advertir que bajo esa espantosa gravedad había un talante jovial muy contenido y una espiritualidad de todos los demonios. Michel, al cabo de tres días, creyó advertir algo de todo eso.

Y sin embargo la reputación de simple del joven tenedor de libros, por no decir la fama que tenía de imbécil, se había consolidado perfectamente en la oficina; de él se contaban historias que habrían hecho palidecer las de Calino, que era en ese sentido el más pintado de su tiempo. Pero poseía dos cualidades que nadie discutía: su exactitud y una letra hermosa; nada semejante a él había en La Grande Batarde ni tenía rivales en L'Anglaise Retourné.

Su exactitud no podía ser más completa; gracias a su aparente falta de inteligencia había podido eludir los dos reclutamientos que más molestaban a un funcionario: el de jurado y el de la Guardia Nacional. Esas dos grandes instituciones aún funcionaban en el año de gracia de 1960.

Éstas son las circunstancias por las cuales Quinsonnas fue eliminado de las listas de una y suprimido de los cuadros de la otra.

Aproximadamente un año antes, un sorteo le llevó a la banca de los jurados; se trataba de un asunto muy grave, pero sobre todo muy largo; la deliberación ya duraba ocho días; se esperaba terminarla de una vez; se estaba interrogando a los últimos testigos; pero nadie contaba con Quinsonnas. En plena audiencia se levantó y solicitó que el presidente hiciera una pregunta al acusado. Así se hizo, y el acusado respondió a la exigencia del jurado.

-Y bien -dijo Quinsonnas en voz alta-, es evidente que entonces el acusado no es culpable.

¡Imaginen el efecto! El jurado tiene prohibido emitir opiniones en el curso del juicio. ¡El juicio se puede anular entonces! La falta de criterio de Quinsonnas obligó a empezar todo de nuevo. Y como el incorregible jurado, involuntaria o quizá ingenuamente, caía siempre en el mismo error, no se pudo terminar con la causa.

¿Qué se podía decir contra Quinsonnas? Era obvio que hablaba a pesar suyo, impulsado por la emoción del debate. ¡Los pensamientos se le escapaban! Era una enfermedad. Pero en fin, como la justicia debe seguir su curso, lo eliminaron definitivamente de los jurados.

Muy distinto fue el caso con la Guardia Nacional.

La primera vez que lo pusieron de centinela en la puerta de su cuartel, cumplió con suma seriedad su función; se instaló militarmente ante su garita, con el fusil a punto y el dedo con el gatillo, listo para abrir fuego como si el enemigo fuera a aparecer por la calle contigua. Naturalmente, al ver a un personaje tan celoso de sus funciones, más de un paseante inofensivo no pudo evitar una sonrisa. Esto molestó al feroz guardia nacional; arrestó a uno, luego a dos, y a tres, al cabo de sus dos horas de servicio había llenado el cuartel. Casi se produjo una sublevación popular.

¿Qué se le podía achacar? Tenía derecho a hacer lo que hizo.

¡Se creyó insultado! Tenía la religión de la bandera. Esto no dejó de reproducirse en la guardia siguiente. Y como no se consiguió moderar ni su celo ni su suceptibilidad, muy honorables después de todo, se lo eliminó de los cuadros militares.

Quinsonnas pasaba por imbécil, pero observen cómo se las ingenió para no formar parte ni de los jurados ni de la Guardia Nacional. Liberado de estas dos grandes cargas sociales, Quinsonnas se convirtió en un modelo de tenedor de libros.

Michel dictó con regularidad durante un mes; el trabajo era fácil, pero no le dejaba momento alguno de libertad; Quinsonnas escribía y de vez en cuando lanzaba miradas de asombrosa espiritualidad al joven Dufrénoy, especialmente cuando éste se ponía a declamar en tono inspirado los artículos del Libro Grande.

“Extraño muchacho”, se decía, “parece muy superior a su oficio. ¿Porqué habrán puesto aquí a un sobrino de Boutardin? ¿Será para reemplazarme? ¡No es posible!¡Si escribe como un gato! ¿Será verdaderamente un imbécil? Tendré que aclarar el punto.”

Michel, por su lado, se entregaba a reflexiones casi idénticas.

“Este Quinsonnas debe estar ocultando su juego”, se decía. “¡Es evidente que no ha nacido para estar trazando eternamente efes y emes! Hace un momento se reía a carcajadas.¿En qué estará pensando?”

Los dos camaradas del Libro Grande se observaban, entonces, mutuamente; a veces se miraban con franqueza y transparencia y en sus ojos brillaba una chispa comunicativa. Esto no podía durar así. Quinsonnas se moría de deseos de preguntar y Michel de ganas de contestar; un buen día, sin saber por qué, quizás por mera necesidad de expansión, Michel le contó su vida; lo hizo con abandono, lleno de sentimientos que había contenido demasiado tiempo. Es muy probable que Quinsonnas se emocionara, pues estrechó cálidamente la mano de su joven compañero.

-¿Y tu padre? -le preguntó

-Un músico.

-¿Qué? ¿Ese Dufrénoy que nos ha dejado las últimas páginas de que puede enorgullecerse la música?

-El mismo

-Fue un hombre genial -le dijo Quinsonnas, apasionadamente-, pobre y desconocido; fue mi maestro.

-¡Tu maestro! -exclamó Michel, atónito.

-¡Está bien! ¡Sí! -exclamó también Quinsonnas, blandiendo la pluma- ¡Al diablo la reserva! ¡Io son pictor! Soy músico.

-¡Un artista!

-¡Sí! ¡Pero no lo digas tan alto! No lo agradecerían -dijo Quinsonnas, frenando el entusiasmo de su amigo.

-Pero...

Aquí soy copista. El tenedor de libros alimenta, de momento al músico...

Se interrumpió, mirando atentamente a Michel

-¿Y? -dijo este último

-Y... hasta que encuentre alguna idea práctica.

-¡En la industria! -replicó Michel, desilusionado

-No, hijo mío -respondió paternalmente Quinsonnas-. En música.

¿En la música?

-¡Silencio! ¡No me interrogues! Es un secreto. ¡Pero voy a asombrar a este siglo! ¡No nos riamos! ¡En nuestra época, que es seria, castigan la risa con la muerte!

-Asombrar a su siglo -repitió mecánicamente Michel.

-Ese es mi lema -aclaró Quinsonnas-. Asombrarlo, porque no se puede encantarlo. Ha nacido como tú, con cien años de retraso. ¡Imítame, trabaja! Gánate el pan, porque hay que lograr esa cosa innoble: comer. Si quieres, te enseñaré la vida; hace ya quince años que alimento mi individuo de manera insuficiente, y he precisado de buen diente para despachar lo que el destino me ha puesto en la boca. Pero en fin, uno se las arregla con las mandíbulas. Felizmente he termiando con una especie de oficio. Es verdad que tengo buena mano, como dicen. ¡Por Dios! ¡Si quedara manco! ¿Qué sería de mí? ¡Ni piano ni Libro Grande! ¡Bah! Con el tiempo se van usar los pies. ¡Eh! ¡Eh! ¡Y pienso en ello! Y eso sí que podría asombrar al siglo.

Michel no pudo evitar reírse.

-No te rías, desgraciado -insistió Quinsonnas-. Está prohibido en la casa Casmodage. ¡Mira! Parezco capaz de confundir las piedras y mi aspecto puede helar la bahía de las Tullerías en pleno julio. Seguro que sabes que los filántropos norteamericanos imaginaron hace un tiempo que se debería encerrar a los presos en cárceles redondas para que ni siquiera tuvieran la distracción de los ángulos. Y bien, hijo mío, la sociedad actual es redonda como esas cárceles. También se aburre a todo trapo.

-Pero... -dijo Michel-, me parece que en el fondo eres muy alegre...

-Aquí no. Pero en casa es otra cosa. Vas a venir a verme. Te haré buena música. ¡La de los viejos tiempos!

-Cuando quieras -contestó Michel, feliz-. Pero necesito estar libre...

-¡Bien! Diré que necesitas lecciones de dictado. Pero nada más de conversaciones subversivas en este lugar. Soy un engranaje, tú eres otro. Funcionemos y volvamos a las letanías de la Santa Contabilidad.

-Caja de varios -habló Michel.

-Caja de varios -repitió Quinsonnas.

Y recomenzó el trabajo. La existencia del joven Dufrénoy se modificó significativamente desde entonces; tenía un amigo; hablaba; podía darse a entender, lo comprendían; era feliz como un mundo que hubiera recuperado el habla. Las cumbres del Libro Grande ya no le parecían cimas desiertas; respiraba allí con comodidad. Muy pronto los dos camaradas se habituaron a tutearse.

Quinsonnas comunicaba a Michel todo lo que había adquirido por experiencia, y éste, en sus insomnios, soñaba con los engaños de este mundo; volvía por la mañana a la oficina inflamado con los pensamientos de la noche, e interpelaba al músico que no conseguía callarlo.

No pasó mucho tiempo antes de que el Libro Grande ya no estuviera al día.

-No vayas a cometer un error -no cesaba de repetirle Quinsonnas-. Nos pueden expulsar.

-Pero no puedo dejar de hablarte -respondía Michel.

-Y bien -le dijo un día Quinsonnas-, hoy puedes venir a cenar a mi casa. Vendrá mi amigo Jacques Aubanet.

-¡A tu casa! ¿Y el permiso?

-Ya lo tengo. ¿Dónde estamos?

-Caja de liquidaciones -dijo Michel.

-Caja de liquidaciones -repitió Quinsonnas.

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