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París en el siglo XX
Editado
© Cristian A. Tello
7 de julio del 2004
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París en el siglo XX
Capítulo IX
Una visita al tío Huguenin

Los tres jóvenes se hicieron muy amigos después de esa velada memorable; constituían un pequeño mundo aparte en la vasta capital de Francia.

Michel pasaba los días en el Libro Grande; parecía resignado; sólo le faltaba visitar al tío Huguenin para ser feliz; con él se habría sentido dentro de una verdadera familia: el tío sería su padre y los dos amigos sus hermanos mayores. Solía escribir al viejo bibliotecario y éste le contestaba lo mejor que podía.

Así transcurrieron cuatro meses; en la oficina parecían contentos con Michel; el primo lo despreciaba un poco menos; Quinsonnas lo elogiaba. El joven había hallado, era obvio, su camino: había nacido para dictar.

El invierno pasó ni bien ni mal; los caloríferos y las chimeneas de gas se encargaron de combatirlo exitosamente.

Llegó la primavera. Michel consiguió un día completo de libertad. Era un domingo y decidió consagrarlo por entero al tío Huguenin.

Por la mañana, a las ocho, se marchó gozosamente de la casa bancaria, feliz de poder respirar un poco más de oxígeno lejos del centro financiero. Hacía buen tiempo. Abril renacía y crecían las flores nuevas de las cuales los floristas sacarían provecho. Michel se sentía revivir.

El tío vivía lejos; debió trasladar sus bártulos hasta donde fuera barato abrigarlos.

El joven Dufrénoy se encaminó a la estación de la Madeleine, compró su boleto y subió a un imperial; dieron la señal de partida; el tren subió por el bulevar Malesherbes, dejó muy pronto la pesada iglesia de Saint-Augustin a su derecha y a su izquierda el parque Monceaux, que estaba rodeado de magníficas construcciones; atravesó la primera y luego la segunda red metropolitana, y se detuvo en la estación de la puerta de Asniéres, cerca de las antiguas fortificaciones.

Había terminado la primera parte del viaje. Michel saltó a tierra de inmediato, continuó por la rue d´Asniéres hasta la rue de la Révolte, giró a la derecha, cruzó bajo el ferrocarril de Versalles y por fin llegó a la esquina de la rue de Caillou.

Quedó frente a una casa de aspecto modesto, alta y llena de gente; preguntó al conserje por M. Huguenin.

-Piso nueve, puerta derecha -respondió este importante personaje, empleado del gobierno y nombrado directamente por la autoridad en ese cargo de confianza.

Michel saludó, entró al ascensor y llegó en pocos segundos al pasillo del noveno piso.

Tocó la puerta. Vino a abrir monsieur Huguenin en persona.

-¡Tío! -exclamó Michel.

-¡Hijo mío! -respondió el anciano, abriendo los brazos-. ¡Aquí estás, por fin!

-Sí, tío. Mi primer día de libertad es para tí.

-Gracias, hijo mío -respondió M. Huguenin, e hizo pasar al joven a su departamento-. ¡Qué gusto verte! Pero siéntate; quítate el sombrero; pónte cómodo. Te quedas, ¿verdad?

-Todo el día, tío, si no te molesto.

-¡Cómo! ¿Molestarme? ¡Pero hijo! Te estaba esperando.

-¡Me esperabas! Pero no tuve tiempo de avisarte. Habría llegado antes del aviso.

-Te he esperado todos los domingos, Michel. Y tu desayuno ha estado allí en la mesa como está ahora

-¿Es posible?

-Yo sabía que vendrías a ver a tu tío algún día. ¡Aunque has tardado bastante!

-No tuve la oportunidad -respondió Michel, ansioso.

-Lo sé muy bien, querido muchacho, y no te culpo de nada; todo lo contrario.

-¡Ah! ¡Qué feliz debes ser aquí! -dijo Michel, que miraba envidiosamente alrededor.

-Veo que examinas a mis viejos amigos, los libros -observó el tío Huguenin-. ¡Está bien! ¡Está bien! Pero comencemos por el desayuno. Luego hablaremos de todo eso, aunque me he prometido no decirte nada de literatura.

-¡Oh, tío! -exclamó Michel en tono de súplica.

-Veamos. No se trata de eso. Dime qué haces, en qué te estás convirtiendo. ¡En ese banco! ¿Acaso tus ideas...?

-Son las mismas de siempre, tío.

-¡Diablos! ¡A la mesa, entonces! ¡Pero me parece que todavía no me has abrazado!

-¡Un abrazo, tío, un abrazo!

-¡Está bien! ¡Allá vamos, sobrino! Esto me hará bien; aún no como nada; me dará más apetito.

Michel abrazó a su tío de todo corazón. Los dos se sentaron a la mesa.

Sin embargo, el joven no podía dejar de mirar a sus alrededores; y había de más para picar su curiosidad de poeta.

La pequeña sala, que con el dormitorio formaba el conjunto del departamento, estaba tapizada de libros, las paredes no se veían tras los estantes; las viejas encuadernaciones ofrecían a la mirada el buen color que bruñe el tiempo. Los libros, apenas cabían, estaban invadiendo la habitación contigua; se deslizaban por la puerta y se afirmaban en los dinteles de las ventanas; los había sobre los muebles, en la chimenea y hasta al fondo de los armarios entreabiertos; estos volúmenes preciosos no se parecían a esos libros de ricos alojados en bibliotecas tan opulentas como inútiles; tenían aspecto de sentirse en casa, de ser dueños del lugar, de estar cómodos a pesar de apilados; por otra parte, no había ni un gramo de polvo, ningún doblez en sus páginas ni una mancha en sus cubiertas; era evidente que una mano amiga los cuidaba todas las mañanas.

Dos viejos sillones y una gastada mesa de tiempos del Imperio, con sus esfinges doradas y sus haces romanos, constituían el amoblamiento de la sala. Debería darle el sol al mediodía pero las altas paredes de un patio impedían que entrara; una sola vez en el año, en el solsticio del 21 de junio, si hacía buen tiempo, el más alto de los rayos del astro radiante rozaba el techo vecino, se deslizaba velozmente por la ventana, se posaba como un pájaro en el ángulo de un estante o sobre el lomo de un libro, temblaba allí un instante y coloreaba con su proyección luminosa los pequeños átomos de polvo; después, al cabo de un minuto, retomaba vuelo y se marchaba hasta el año siguiente.

El tío Huguenin conocía este rayo de luz, que era siempre el mismo; lo acechaba con el corazón palpitante, con la atención de un astrónomo; se bañaba en su luz bienhechora, regulaba la hora de su viejo reloj a su paso; y agradecía al sol por no haberlo olvidado.

Era su propio cañón del Palais Royal. ¡Pero sólo se presentaba una vez por año y no siempre, para colmo!

El tío Huguenin no se olvidó de invitar a Michel a esta visita solemne del 21 de junio; y Michel prometió no faltar a la fiesta.

Y comieron el desayuno, modesto, pero ofrecido con el corazón.

-Éste es un día de gala -dijo el tío-. ¿Sabes con quién cenaremos esta tarde?

-No, tío.

-Con tu profesor Richelot y su nieta, mademoiselle Lucy.

-Por mi fe, tío, que me encantará ver a ese gran hombre.

-¿Y a mademoiselle Lucy?

-No la conozco.

-Pues la vas a cconocer, sobrino, y te advierto que es encantadora y no lo sabe. Así que no vayas a decírselo -agregó el tío Huguenin, riendo.

-Por ningún motivo -comentó Michel.

-Y después de cenar, si les parece, saldremos los cuatro a dar un buen paseo.

-¡Perfecto, tío! Y así el día resultará completo.

-Pero Michel, veo que ya no comes ni bebes nada.

-Pero si estoy comiendo, tío -contestó Michel con la boca llena- ¡Salud!

-Por tu regreso, hijo mío. Porque cuanddo te marchas, siempre me parece que va a ser por un largo viaje. ¡Ah! ¡Eso! Háblame un poco. ¿Cómo va tu vida? Ya es hora de confidencias.

-Encantado, tío.

Michel refirió detalladamente los acontecimeintos de su existencia diaria, sus aburrimientos, su desesperación; habló de la máquina calculadora, no omitió la aventura de la caja perfeccionada; y, en fin, narró sus mejores días en las alturas del Libro Grande.

-Allí -dijo- encontré mi primer amigo.

-¡Ah! Tienes amigos -comentó el tío Huguenin, frunciendo el ceño.

-Tengo dos -replicó Michel.

-Es mucho si te engañan -comentó sentenciosamente el buen hombre- , y bastante si te quieren.

-Pero tío -exclamó Michel animado-, ¡son artistas!

-Está bien -insistió el tío Huguenin, moviendo la cabeza-, es una garantía, lo sé muy bien, porque las estadísticas de las cárceles dan sacerdotes, abogados, hombres de negocios, agentes de casas de cambio, banqueros, escribanos...¡Y ni un solo artista! Pero...

-Ya los vas a conocer, tío, y verás qué personas son.

-Con mucho gusto -respondió el tío Huguenin-. Estimo a la juventud con la condición de que efectivamente sea joven. Los viejos anticipados siempre me han parecido hipócritas.

-Yo respondo por ellos.

-Me parece que tus ideas no han cambiado, entonces, en el mundo que frecuentas.

-Por el contrario -dijo el joven.

-Te endureces en el pecado.

-Así es, tío.

-¡Entonces, desgraciado, confiesa tus últimas faltas!

-¡Ahora mismo, tío!

Y el joven, inspirado, recitó hermosos versos, bien pensados y bien dichos, llenos de verdadera poesía.

-¡Bravo! -exclamó el tío Huguenin, entusiasmado-. ¡Bravo, hijo mío! Todavía se hacen estas cosas. Hablas la lengua de los hermosos días del pasado. ¡Oh! ¡Hijo mío! ¡Me haces gozar y sufrir a la vez!

El anciano y el joven se quedaron un instante en silencio.

-¡Basta! ¡Basta! -casi gritó el tío Huguenin-. Quitemos esta mesa que molesta.

Michel ayudó al buen hombre, y el comedor volvió a ser sólo biblioteca.

-¿Y bien, tío? -preguntó Michel.

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