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El señor Re-sostenido y la señorita Mi-bemol
Editado
© Juan Suárez
24 de febrero del 2003
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El señor Re-sostenido y la señorita Mi-bemol
Capítulo X

-Y bien, ¿qué haces? -me dice mi padre.

-¡Yo...! ¡Yo...!

-Vamos, despierta, que es la hora de ir a la iglesia

-¿La hora...?

-Sí, anda, si no quieres perder la Misa, y ya lo sabes, si no hay Misa, no hay cena de Navidad.

¿Dónde estaba...? ¿Qué había pasado? ¿Es que todo no había sido más que un sueño... el encierro en los tubos del órgano, el fragmento de la Elevación, mi corazón haciéndose pedazos...? Sí, hijos míos, desde el momento en que me había quedado dormido hasta aquel en el que mi padre acababa de despertarme, había soñado todo aquello, gracias a mi imaginación, demasiado sobrexcitada.

-¿El maestro Effarane? -pregunté.

-El maestro Effarane está ya en la iglesia -respondió mi padre-; tu madre está también allí; vamos, ¿acabarás de levantarte y vestirte?

Me vestí, como si estuviera borracho, sin dejar de oír aquella séptima torturadora e interminable...

Llegué a la iglesia. Vi a todo el mundo en su sitio habitual; mi madre, el señor y la señora Clére, mi querida Betty, bien abrigada, pues hacía bastante frío. La campana todavía sonaba detrás del tornavoz del campanario, y pude oír los últimos repiques.

El señor cura, revestido con sus ornamentos de las grandes festividades, llegó ante el altar, esperando que el órgano hiciese sonar una marcha triunfal.

¡Qué sorpresa! En lugar de lanzar los majestuosos acordes que deben preceder al Introito, el órgano se callaba... ¡Nada, ni una sola nota!

Sube el sacristán a la tribuna... El maestro Effarane no estaba allí. Se le buscó en vano. Había desaparecido el organista y con él el entonador. Furioso, sin duda, por no haber podido instalar su registro de voces infantiles, se había escapado sin reclamar lo que se le adeudaba, y desde entonces no volvió a vérsele en Kalfermatt.

No quedé yo pesaroso por ello, lo confieso; queridos niños, porque en compañía de aquel estrambótico personaje yo habría acabado seguramente por volverme loco.

Y si se hubiera vuelto loco, el señor re sostenido no habría podido casarse, diez años más tarde, con la señorita mi bemol; matrimonio éste bendecido por el cielo. Lo que prueba que, a pesar de la diferencia de un octavo de tono de una “coma”, según decía el maestro Effarane, se puede ser feliz y dichoso en un hogar.

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