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El testamento de un excéntrico
Editado
© Ariel Pérez
9 de diciembre del 2003
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El testamento de un excéntrico
Capítulo XI

Lissy Wag era por su número de orden, la quinta en partir. Iban, pues, a transcurrir nueve días desde el día que salió Max Real y que ella debía abandonar Chicago.

¡Qué impaclencia la de Jovita Foley durante aquella interminable semana! Su amiga no lograba calmarla. Los preparativos estaban hechos desde el día siguiente al que se había efectuado la primera jugada, el primero del mes, y dos días después Jovita había obligado a Lissy Wag a que la acompañara a la sala del Auditorium, donde iba a realizarse la segunda, en presencia de una multitud excitada. Los golpes tercero y cuarto tuvieron lugar el 5 y el 7 de mayo. Cuarenta y ocho horas más y se decidiría la suerte de las dos jugadoras.

Inútil es decir que la licencia concedida por el señor Marshall Field a su cajera y a su dependienta había comenzado el 16 de abril, al siguiente día de la lectura del testamento. Pero, se preguntaba la más prudente, ¿se resignaría el dueño a privarse de sus servicios durante tanto tiempo?

-No obramos con prudencia -repetía Lissy Wag.

-Convenido -respondía Jovita Foley-. Y continuaremos así mientras sea preciso.

La nerviosa e impresionable joven no dejaba de dar vueltas en el reducido departamento de Sheridan Street. Abría la única maleta que contenia su equipo de viaje; contaba y recontaba el dinero disponible, que los hoteles, los trenes, los coches y los improvistos devorarían con gran desconsuelo de Lissy Wag.

-¡Ah, querida! -dijo un día-. Max Real partió... Pero, ¿dónde está? No ha dejado conocer su itinerario por Kansas.

-Hablando con franqueza -dijo Lissy Wag-, de todos los jugadores, ese joven es el que encuentro más interesante.

-Porque te ha deseado buen viaje, ¿verdad?

-Y también porque me parece digno de todos los favores de la fortuna.

-Después de ti... supongo.

-No; antes.

-De acuerdo... Pero como tú estás interesada en este asunto, y yo también en calidad de amiga íntima, antes de desearle la suerte a Max Real, te pido que me la desees a mí.

Luego, excitadamente, añadió:

-No me hables nunca de ese abominable Tom Crabbe, que se ha puesto en camino para Texas. ¿Le deseas suerte a ese crustáceo?

-Sólo deseo que la suerte no nos envíe a países tan lejanos.

-¡Bah!

-Jovita, somos mujeres, y un estado próximo nos convendría mucho.

-Conformes, Lissy; pero si la suerte no lleva su galantería hasta tener en cuenta nuestra debilidad, y nos manda al océano Atlántico, al Pacífico o al golfo de México, preciso será someterse.

-Nos someteremos, puesto que tú lo quieres, Jovita.

-No es que yo lo quiera, sino que es preciso. Tú no piensas más que en la partida, y no en la llegada, la gran llegada a la casilla sesenta y tres... y yo pienso en ella noche y día, y después en la vuelta a Chicago, donde los millones nos esperan...

-Sí. .. esos millones de la herencia -dijo Lissy Wag, sonriendo.

-Vamos, Lissy, ¿los demás no lo han aceptado sin tantas quejas? ¿Acaso la pareja Titbury no está camino del Maine?

-Pobres, los compadezco.

-¡Ah!... ¡Me desesperas!

-Y tú, querida, si no te calmas, si continúas enervándote como lo haces desde una semana acá, caerás enferma... y te advierto que me quedaré para cuidarte.

-Yo, ¿enferma? ¡Estás loca! Los nervios me sostienen, me dan energía, y estaré nerviosa todo el tiempo que dure el viaje.

-De acuerdo, Jovita; pero si tú no caes enferma, caeré yo.

-¡Oh, eso no! ¡Te lo prohíbo terminantemente! -exclamó su expansiva amiga.

-Vamos, ten calma -respondió Lissy Wag-. Calma, y todo irá bien.

Jovita Foley, no sin grandes esfuerzos, consiguió dominarse.

El día 7, por la mañana, al volver del Auditorium, Jovita Foley dio la noticia de que el cuarto jugador, Harris T. Kymbale, que había obtenido el número seis, se disponía a dirigirse al estado de Nueva York, al puente del Niágara, y de allí a Santa Fe, Nuevo México.

Lissy Wag sólo hizo una reflexión ante la noticia: que el periodista tendría que pagar una prima.

-Eso no preocupará gran cosa a su periódico -replicó su amiga.

-No, Jovita, pero a nosotras nos causaría gran trastorno vernos obligadas a desembolsar mil dólares al principio o en el curso del viaje.

Como de costumbre, la otra respondió con un movimiento de cabeza que significaba: ¡Eso no sucederá!

En el fondo era esto lo que la preocupaba, aunque no lo aparentase, y por la noche, durante un sueño agitado que turbaba el de Lissy Wag, soñaba en voz alta con el puente, la hostería, el laberinto, los pozos, la prisión, esas funestas casillas donde los jugadores debían pagar primas sencillas, dobles o triples, para poder continuar la partida.

Por lo demás, para estar al día en lo referente a este asunto bastaba consultar los periódicos de la metrópoli o los de cualquier otro punto. Se habían establecido corresponsalías entre cada estado de los elegidos por la suerte, y más especialmente con cada uno de los lugares indicados en la nota de William. J. Hypperbone.

Estas informaciones dependían, como se comprenderá, de la manera de proceder de los jugadores. Así, con respecto a Max Real, no sin ser señalada su presencia en Omaha con Tommy, ni en Kansas City, al desembarcar del “Dean Richmond”, los periodistas buscaron vanamente sus huellas.

Obscuridad no menos profunda respecto a Hermann Titbury, pues se ignoraba que viajaban bajo nombre supuesto, y los esfuerzos de los periodistas para saber lo que había sido de la pareja fueron inútiles.

La información era más completa en lo que concernía a Tom Crabbe. John Milner y su compañero partieron el día 3 de Chicago, de manera muy aparatosa, fueron vistos y entrevistados en las principales ciudades de su itinerario, y finalmente en Nueva Orleans, donde se embarcaron para Galveston, Texas, en el vapor americano “Sherman”.

De Harris T. Kymbale, las noticias caían como la lluvia en abril. Se supo su paso por Jackson y Detroit, y los lectores esperaban con impaciencia los detalles de las recepciones que se organizaban en su honor en Buffalo y Niagara Falls.

Era el 7 de mayo. Al día siguiente, el señor Tornbrock, asistido por Georges B. Higginbotham, daría en la sala del Auditorium el resultado de la quinta jugada. Treinta y seis horas rnás, y Lissy Wag sabría su suerte.

Se comprende la impaciencia que hubiera experimentado Jovita Foley durante aquellos dos días, de no estar bajo el peso de inquietudes de mayor gravedad.

En efecto; en la noche del 7 al 8, Lissy Wag cayó repentinamente enferma de la garganta, enferrnedad que le produjo intensa fiebre.

Al amanecer, todos los de la casa sabían que Lissy estaba lo bastante enferma para que hubiera sido preciso enviar a buscar un médico. Y enterada la gente de la casa, no tardó en estarlo toda la calle, y a poco el barrio, y no muy tarde la ciudad, pues la noticia se extendió con la rapidez de las malas noticias.

Un poco después de las nueve, se presento el médico, doctor M. P. Pughe. Se sentó a la cabecera del lecho de Lissy Wag, la miró atentamente, le hizo sacar la lengua, le tomó el pulso y la auscultó. Nada por la parte del corazón, nada en el hígado, nada en el estómago. En fin, tras concienzudo examen, dijo.

-Esto no será de importancla si no sobrevienen complicaciones graves.

-Y, ¿son de temer estas complicaciones? -preguntó Jovita Foley, emocionada por la declaración del médico.

-Sí y no -respondió el doctor M. P. Pughe-. No, si la enfermedad es vencida desde el principio; sí, si a pesar de nuestros cuidados toma un desarrollo que los remedios serían impotentes para contener.

-Pero, ¿qué enfermedad padece? -repuso Jovita Foley a la que estas respuestas evasivas ponían cada vez más inquieta.

-Una bronquitis simple. Las bases de los dos pulmones están atacadas. Hasta ahora no hay que temer una pleuresía, pero...

-¿Pero ... ?

-Pero la bronquitis puede degenerar en neumonía, y está en congestión pulmonar. Esto es lo que yo llamo complicaciones graves.

Y el médico prescribió los medicamentos del caso, y sobre todo reposo, mucho reposo.

¿Se producirían las complicaciones posibles? Y si se producían, ¿qué sucedería? Durarte las horas siguientes le pareció que Lissy estaba peor, más decaída. Algunos escalofríos anunciaron otro acceso de fiebre; el pulso se hizo irregular y la postración aumentó.

Jovita Foley, enervada en lo moral, tanto como la enferma lo estaba en lo físico, no se apartó del lecho; y mientras cuidaba con cariño a la enferma, no dejaba de hacerse tristes reflexiones:

“No”, pensaba, “ni Tom Crabbe, ni Titbury, ni. Kymbale, ni Max Real habían sido atacados de bronquitis la víspera de su partida. Ni tampoco ese comodoro Urrican. Tenía que ser mi pobre Lissy, que gozaba de tan buena salud. Y mañana... mañana se efectúa la quinta jugada. Y si somos enviadas lejos... y si llega el veinticinco del mes sin que hayamos podido salir de Chicago... si somos excluidas de la partida sin tan sólo haberla comenzado...”

Estas desagradables ideas se agitaban en el cerebro de Jovita Foley, y hacían latir con fuerza sus sienes.

A las tres remitió la fiebre. Lissy salió de la profunda postración en que estaba sumida, y al abrir los ojos vio a Jovita inclinada sobre ella.

-Y bien -preguntó ésta-, ¿cómo estás? Mejor, ¿verdad? ¿Qué quieres que te dé?

-Algo de beber.

-Aquí tienes una buena tisana de agua sulfurosa con leche caliente, y esto te irá bien.

-Sí.

-Parece que sufres menos.

-Sí. Cuando cesa la fiebre, el abatimiento es mayor, pero se siente algo de mejoría.

-Es la convalecencia -exclamó Jovita-; mañana no volverá la fiebre.

-La convalecencia, ¿ya? -murmuró la enferma, haciendo un esfuerzo para sonreír.

-Sí. Cuando vuelva el médico dirá si puedes levantarte.

-Te confieso, mi buena Jovita, que debieras haber sido tú la elegida. Mañana hubieras ido al Auditorium y el mismo día hubieras partido.

-¿Marcharme dejándote en este estado? Jamás.

-Yo hubiera sabido obligarte.

-Pero si no se trata de esto -respondió Jovita Foley-. Yo no soy la quinta jugadora, ni la futura heredera del.difunto Hypperbone. Eres tú. Pero reflexiona. Si retrasamos nuestra partida cuarenta y ocho horas, quedarán aún trece días para hacer el viaje, y en trece días se puede ir de un extremo a otro de los Estados Unidos.

-Te prometo, Jovita, curarme lo más pronto posible.

-No te pido más que eso... Pero, por ahora, basta de conversacion. No te fatigues. Procura dormir un poco... Me sentaré junto a ti.

-Acabarás por caer también enferma.

-¿Yo?... ¡Estáte tranquila!

Por la tarde la calle presentaba una animación extraordinaria. Los curiosos iban y venían por las aceras, inquiriendo noticias.

-¿Cómo está? -decían unos.

-Así ... así -respondían otros.

-Se habla de fiebre tifoidea...

-¡Mala suerte, pobre señorita!

-¡Buena ventaja para los demás!

-Y suponiendo que Lissy Wag esté en condiciones de tomar el tren, ¿podrá soportar las fatigas de tantos viajes?

Perfectamente, si la partida se acaba en unos cuantos golpes, lo que es muy posible.

Y así, por el estilo. En los comentarios abundaban las contradicciones y las exageraciones, respecto a la enfermedad de la joven.

Una de las veces en que Jovita se asomó a la ventana que daba a la calle se asombró al reconocer entre la gente nada menos que a Hogde Urrican. Estaba en compañía de un hombre de unos cuarenta años, de aspecto de marino, vigoroso y gesticulante. Parecía aún más violento e irascible que el terrible comodoro.

No podía ser por simpatía hacia la joven enferma por lo que Hogde Urrican se encontraba en Sheridan Street, lo que se vio confirmado cuando, al oír el marino alguien que aseguraba que la enfermedad de Lissy Wag se reducía a una simple indisposición, exclamó:

-¿Quién es el imbécil que dice eso?

Ni que decir tiene que el personaje aludido permaneció en el incógnito.

-¡Mal! ¡Muy mal está ella! -declaró el comodoro Urrican.

-Cada vez peor -añadió su compañero- y si alguien sostiene lo contrario...

-Vamos, Turk, contente.

-¡Que me contenga! -respondió Turk, mirando alrededor con sus ojos de tigre-. A usted, que es el más paciente de los hombres, le será fácil... Pero yo... yo, cuando oigo hablar de ese modo... me pongo fuera de mí... ¡y cuando me pongo fuera de mí!

-Bien... bien, ya basta -ordenó Hogde Urrican.

Después de tales frases, era preciso creer lo que nadie hubiera ni imaginado: que existía un hombre, junto al cual el comodoro Urrican debía pasar por un ángel de dulzura.

En fin, si ambos habían ido allí, era porque esperaban recoger malas noticias y asegurarse, de que en la partida Hypperbone no intervendrían más que seis jugadores.

La impaciencia de Jovita Foley respecto a la enferma, se tranquilizó un tanto con la visita del doctor Pughe por la noche.

-No... Sólo se trataba de una simple bronquitis -repetía-. Bastaría con algunos días de calma y reposo.

-¿Cuántos?

-Tal vez siete u ocho.

-¿Siete u ocho?

-Y a condición de que la ernerma no se exponga a las corrientes de aire.

-¡Siete u ocho días! -repetía desconsolada Jovita.

-Y esto... si no sobrevienen complicaciones graves.

La noche no fue muy buena. Reapareció la fiebre, que provocó abundante transpiración.

Jovita Foley no se acostó. Pasó las interminables horas de la noche a la cabecera del lecho de su amiga.

Al día siguiente, 9 de mayo, iba a efectuarse en el salón del Auditorium la quinta jugada de la partida Hypperbone. Jovita Foley hubiera dado diez años de vida por estar allí. Pero no había que pensar en dejar a la enferma.

Pero cuando Lissy Wag despertó, llamó a su compañera, y le dijo:

-Mi buena Jovita, ¿quieres pedir a nuestra vecina que venga a reemplazarte?

-¿Tú quieres que. ..?

-Quiero que vayas al Auditorium... Es a las ocho, ¿verdad?

-Sí... a las ocho.

-Quiero que vayas, y puesto que crees en mi suerte.

A ías siete y cuarenta y cinco, Jovita entraba en el. salón del Auditorium. Y a las ocho menos diez, el presidente y los socios del Excentric Club, escoltando al notario Tornbrock, aparecieron en escena, y se sentaron ante la rnesa.

Repentinamente, una fuerte voz interrumpió el silencio que se habla establecido no sin trabajo. Esta voz era la del comodoro. Pedía la palabra para hacer una observación. Se la concedieron.

-Me parece, señor Presidente, que para seguir la voluntad del difunto conviene no efectuar esta quinta jugada, puesto que la interesada, y tengo motivos muy formales para creerlo, no podrá partir ni hoy ni dentro de quince días, porque ha muerto esta mañana, a las cinco y cuarenta y siete.

Una voz femenina dominó el intenso murmullo que originó la declaración del marino.

-Eso es falso, ¡falso! ¡Porque yo, Jovita Foley, he dejado a Lissy Wag hace veinticinco minutos... viva y muy viva!

Redoblaron los clamores y las protestas del grupo Urrican, cuyos partidarios eran dignos de navegar bajo su pabellón.

Sin embargo, fuera lo que fuera, hubiera sido difícil tomar en cuenta la observación de Hogde Urrican, por lo cual éste modificó su argumentación.

-Sea. La jugadora núméro cinco no ha muerto, pero no importa. Sabemos en qué circunstancias se encuentra, por lo que pido que la jugada que se hará a favor mío se adelante cuarenta y ocho horas, y que la de hoy se atribuya al sexto jugador, que será clasificado con el número cinco.

El notario Tornbrock, cuando logró calmar el tumulto que aconteció, dijo:

-La proposición del señor Hogde UrrIcan descansa en una falsa interpretación de la voluntad del testador, y es contraria al juego de los Estados Unidos. Sea el que fuera el estado de salud de la jugadora número cinco, y aunque este estado se agravara hasta el punto de hacerla desaparecer del mundo de los vivos, mi deber me obliga a efectuar esta jugada a favor de la señorita Lissy Wag. Dentro de quince días, si no está en su puesto, rnuerta o viva, quedará privada de sus derechos, y la partida continuará con los restantes seis jugadores.

El comodoro tuvo que contener a Turk para evitar una desgracia.

-Voy a coger a este Tornbrock por el pescuezo y a arrojarlo afuera.

-¡Calma, Turk, calma! -ordenó Urrican.

Turk lanzó un rugido sordo de fiera mal domada que tiene deseos de devorar al domador.

Sonaron las ocho.

El notario, auizás más excitado que de costumbre, tomó el cubilete con la mano derecha y, después de introducir en él los dados, lo agitó. Se oyó el ruido de los dados al chocar en el fondo del cubilete y, al salir, rodaron hasta el extremo de la mesa. Con voz clara, dijo:

-Nueve, por seis y tres.

La jugadora número cinco iba de un salto a la casilla veintiséis, al estado vecino de Wisconsin.

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