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El testamento de un excéntrico
Editado
© Ariel Pérez
9 de diciembre del 2003
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El testamento de un excéntrico
Capítulo XXI

El primero de junio, por la mañana, un tren corría por tierras californianas en dirección sureste.

Este tren, compuesto únicamente de una locomotora, un vagón y un furgón, había partido, fuera de las indicaciones del horario, tres horas antes del que atraviesa los territorios meridionales de California, línea de Sacramento a la frontera de Arizona.

El país que atravesaba el tren especial no parecía atraer la atención de los viajeros, conducidos con extraordinaria rapidez. Y antes de seguir adelante, ¿llevaba viajeros aquel tren? Sí, pues de vez en cuando dos cabezas aparecían tras las ventanillas, desapareciendo enseguida. Dos rostros de expresión avinagrada, casi feroz. A veces bajábase el vidrio y dejaba pasó a una ancha mano que sostenía una corta pipa, cuya ceniza sacudía, y que volvía adentro enseguida.

¿Quiénes eran, pues, aquellos indiferentes viajeros? ¿De dónde venían y a dónde iban?

Lo que no permitía duda es que los referidos viajeros debían ser gente rica y que tenían gran prisa, puesto que se permitían el lujo de un tren especial, teniendo a su disposición los trenes regulares del Southern Pacific. Esto no les hubiera significado más que medio día de retraso, economizándoles algunos miles de dólares.

Afortunadamente, sólo se trataba de un recorrido relativamente corto, en el ramal que sale de Reno, pasa por Carson City, la capital de Nevada, penetra en el estado de California en la estación de Benton y termina en la de Keeler, o sea, unas doscientas cuarenta millas que serían recorridas en seis o siete horas, como efectivamente aconteció.

A las once de la mañana llegaba este tren especial a Keeler.

Dos hombres saltaron al andén con un equipaje reducido a lo estrictamente necesario, complementado por saco de viaje y una carabina que cada uno de ellos llevaba al hombro.

Uno de estos hombres se acercó al maquinista y le dijo: “Espere usted”, como si se tratase de un cochero, cuyo carruaje se abandona momentáneamente para hacer una visita.

El maquinista hizo un gesto afirmativo y se ocupó de llevar su tren a un apartadero, para dejar libre la circulación.

El viajero, seguido de su compañero, se dirigió entonces a la puerta de salida, y se encontró en presencia de un individuo que esperaba su llegada.

-¿Está el coche? -preguntó en tono seco.

-Desde ayer.

-Pues en marcha.

Un instante después, los dos viajeros estaban instalados en el interior de un cómodo automóvil, que rodaba rápidamente en dirección este.

Se habrá reconocido en uno de los viajeros al comodoro Urrican, y en el otro a su fiel Turk, aunque no se hayan abandonado a su irascible naturaleza, ni contra el maquinista del tren especial, que, por lo demás, estaba en la estación a la hora indicada, ni contra el chofer del automóvil, que estaba en su puesto en Keeler.

¿Por qué milagro Hodge Urrican, medio muerto en oficinas del Telégrafos de Key West, el 25 de mayo, reaparecía ocho días después en aquella ciudad de California, a cerca de mil quinientas millas de Florida?

No se habrá olvidado el resultado del telegrama recibido en Key West, procedente de Chicago: cinco, por dos y tres, ¡un resultado desdichado!

Gracias a esta jugada, el comodoro iba desde la casilla cincuenta y tres a la cincuenta y ocho... ¡pero de la Florida a California! Tenía que recorrer casi todo el territorio de la Unión, de parte a parte, Y circunstancia aún más desastrosa: dicha casilla era la que para la muerte había elegido William J. Hypperbone, en el famoso Valle de la Muerte, de California, donde el jugador debía ir en persona y de donde, después de pagar una prima triple, le sería preciso volver a Chicago. ¡Y esto después de haber empezado con un golpe maestro!

Así es que cuando Hodge Urrican, vuelto a la vida merced a enérgicas fricciones, conoció el contenido del telegrama, sintió una rabia tal, que sufrió el más terrible ataque de cólera que Turk había presenciado.

Hodge Urrican, después de su ataque de furia, no pro nunció más que una sola palabra, una de estas palabras que adquieren valor histórico:

-¡Partamos!

Un silencio glacial acogió esta palabra. Turk dijo a su jefe dónde estaban. Entonces Urrican supo lo que aún ignoraba: el naufragio de la goleta y el transporte a Key West, donde no se encontraba un navío que aparejara para uno de los puertos de Alabama o de Luisiana.

Hodge Urrican estaba clavado como Prometeo sobre la roca y su corazón iba a ser devorado por el buitre de la impaciencia y de la impotencia.

Efectivamente, era preciso que en los quince días siguientes se trasladara desde Florida a California, y desde California a Illinois.

Y reflexionando en las consecuencias de perder la partida, Hodge Urrican se entregó a una segunda crisis con vociferaciones, imprecaciones y amenazas que hicieron temblar los vidrios de la oficina. Turk consiguió dominarlo, entregándose a actos de tal furor, que su jefe tuvo que calmarlo.

Pero razón hay para asegurar que las dichas y las desdichas se mezclan en el mundo. A las doce y treinta y siete llegó a la vista del puerto de Key West la presencia de un buque, el President Grant, que no debía permanecer más que algunas horas en este puerto, y que la misma tarde partiría para Mobile, era un barco de vapor de gran marcha, uno de los más rápidos de la flota mercante de los Estados Unidos, en el que tomaron pasaje los poco afortunados viajeros.

El President Grant arribó a Mobile en la noche del 27.

Pagado con generosidad el pasaje, Hodge Urrican seguido de Turk, saltó al primer tren, que franqueó en veinte horas las setecientas millas, entre Mobile y San Luis.

Allí se produjeron los incidentes que se conocen, y desde este punto el ferrocarril condujo al comodoro a Topeka, el día 30; después, por la línea del Union Pacific, a Ogden, el día 31; luego a Reno, de donde partió a las siete de la mañana para la estación de Keeler.

Cuando estuvo en San Luis, Urrican tuvo la feliz idea de telegrafiar a Sacramento si se podría disponer un automóvil y expedirlo a Keeler, donde aguardaría su llegada. La respuesta fue afirmativa, y el. automóvil esperaba en la estación de Keeler al comodoro Urrican.

Dos días bastaban para llegar al Valle de la Muerte, y otros dos para volver; de suerte que él estaría en Chicago antes del 8 de junio.

Decididamente, la suerte parecía volver a favorecer a este viejo lobo de mar.

He aquí la causa de que el automóvil se encontrara el primero de junio en la estación de Keeler, y abandonara aquella pequeña ciudad, siguiendo camino este, en dirección al Valle de la Muerte.

El automóvil avanzaba por un camino bastante bueno que el conductor había ya recorrido. Este camino atraviesa algunos pueblos solitarios, más allá de las antiguas ramificaciones de Sierra Nevada, dominada por el monte Whitney. Después de vadear varios creeks, el automóvil torció hacia el sureste y franqueó el río Chay-o-poovapah, para llegar al pueblo de Indian-Wells.

Hasta entonces el país no estaba completamente desierto. Algunas granjas se sucedían, a larga distancia unas de otras. Encotrábanse a veces algunos trabajadores del campo dirigiéndose a una o a otra, y también algunos indios mohawk, que en otras épocas dominaban el territorio.

Al fin el automóvil llegó al desierto, en el que se hunden las depresiones del Valle de la Muerte. Allí, sólo inmensa soledad. Ni hombres ni animales frecuentaban este lugar. Ardiente sol caía sobre la llanura sin límites. Apenas rastros de rudimentaria vegetación.

Al calor enervante del día, sucedían esas noches californianas, secas y frías, cuyos rigores no atempera el rocío.

En estas condiciones, el comodoro Urrican llegó el 3 de junio a la extremidad meridional de los Telescope Range, que limitan el Valle de la Muerte al oeste.

Eran las tres de la tarde. El viaje había durado veinticuatro horas, sin descanso ni accidente.

Verdaderamente este país desolado, de suelo arcilloso, cubierto a trechos de eflorescencias salinas, merece su nombre de País de la Muerte. El valle en que termina, casi en la frontera de Nevada, no es más que un cañón de diecinueve millas de ancho por ciento veinte de largo, lleno de abismos, cuyo fondo llega a más de cien metros bajo el nivel del mar.

¡Sí!, el Valle de la Muerte había sido bien elegido por el excéntrico testador para enviar a él al desdichado jugador detenido en plena marcha en la casilla cincuenta y ocho, para hacerlo volver al principio del juego.

El comodoro Urrican había llegado, pues, al término de su difícil viaje. Hizo alto al pie de los Montes Funerales, llamados así en recuerdo de las caravanas que perecieron en tan tristísimos lugares. En aquel sitio tomó la precaución de escribir un documento, testimonio de su presencia en el Valle de la Muerte, el 3 de junio, documento que enterró bajo una roca, después de haber sido firmado por Turk y también por el conductor del automovil, como testimonios.

Hod.ge Urrican no permaneció ni una hora en el Valle de la Muerte El automóvil partió a través de la region superior del desierto de Mohawk, descendiendo de nuevo los pasos de Nevada, y cuarenta y ocho horas después estaba en la estación de Keeler, el 5 de junio, a las once de la mañana.

Con tres palabras enérgicas, el comodoro dio las gracias al conductor, y volviéndose a Turk dijo:

-¡Partamos!

El tren especial permanecía en la estación, pronto a partir, aunque esperando el regreso del comodoro.

Hodge Urrican se fue directamente al conductor, y repitió.

-¡Partamos!

Y dada la señal, la locomotora arrancó, desplegando el máximo de su velocidad, deteniéndose en Reno, siete horas después.

En esta última estación, los dos viajeros subieron al tren de la Union Pacific, y atravesando las Montañas Rocosas de los estados de Wyoming, Nebraska, Iowa e Illinois, llegaron a Chicago el 8 de junio, a las nueve y treinta y siete de la mañana.

El comodoro Urrican fue cordialmente recibido por los que, a despecho de su evidente poca fortuna, habían seguido siendo sus fieles partidarios. Y aunque volver a recomenzar la partida demostraba su mala suerte, sin embargo, con el golpe de dados de aquel mismo día de su llegada a Chicago, parecía que la fortuna volvía a sonreír al Pabellón anaranjado.

Obtuvo nueve, por seis y tres. Ésta era la tercera vez que salía tal punto desde el principio de la partida: la primera para Lissy Wag, y la segunda para X. K. Z., y la tercera para el comodoro.

Después de ser enviado a la Florida y a California, Hodge Urrican no tenía más que dar un paso para llegar a la casilla veintiséis: el estado de Wisconsin, que confina con el de Illinois, y que no ocupaba entonces ningún jugador.

El papel Urrican subió en las apuestas, colocándose a la par con el de Tom Crabbe y Max Real.

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