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El testamento de un excéntrico
Editado
© Ariel Pérez
9 de diciembre del 2003
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El testamento de un excéntrico
Capítulo XXIV

Hermann Titbury abandonó el puesto de policía para reunirse con su esposa.

-Y bien, Hermann -le preguntó ésta-, ¿ese canalla, ese miserable de Inglis?

-No se llama Inglis -respondió el señor Titbury, dejándose caer en una silla-. Se llama Bill Arrol.

-¿Está preso?

-Lo estará.

-¿Cuándo?

-Cuando se le pueda coger.

-¿Y nuestro dinero? ¿Y nuestros tres mil dólares?

-No doy por ellos medio dólar. ¿Qué haremos?

Pero aquella mujer se recobraba pronto del abatimiento.

-Esperar -respondió.

-Esperar, ¿qué?

-Esperar el telegrama del señor Tornbrock.

Y ambos se dirigieron a las oficinas del Telégrafo.

Toda la ciudad sabía las desventuras de la pareja Titbury; pero nadie les otorgaba ni la simpatía ni la confianza. Nadie arriesgaba, además, ni un solo dólar a favor de gentes a las que ocurrían tan desagradables peripecias; dos desdichados que en dos jugadas aún no habían pasado de la casilla número cuatro.

Así es que si en las oficinas del Telégrafo se encontraban algunas personas, eran más bien curisos y burlones, dispuestos a hacer mofa del “bueno del último”, locución con la que se designaba al infortunado Titbury.

Estudiando el mapa, la señora Titbury calculaba que a los dados indicaban el número díez, como sería preciso doblarlo sobre la casilla catorce, ocupada par Illinois, estos puntos los conducirían de un salto hasta la casilla veinticuatro, o sea a la de Michigan, limítrofe a la de Illinois. Éste sería el golpe más feliz que podía desear. ¿Se efectuaría?

A las nueve y cuarenta y ocho llegó el telegrama.

La jugada resultó desastrosa. Los dados habían indicado cinco, por dos y tres, lo que de la casilla cuatro los llevaba a la novena. Siendo la novena ocupada por Illinois, era preciso doblar los puntos, y como la catorce, era también de Illinois, triplicarlos. Esto daba un total de quince puntos, que conducían a la casilla diecinueve, Luisiana, Nueva Orleans, marcada como hostería en el mapa de William J. Hypperbone.

Realmente, era imposible ser más desventurado.

Los señores Titbury volvieron al hotel entre las burlas de los concurrentes, con la actitud de personas que hubieran recibido un mazazo en el cráneo. Pero la señora Titbury tenía la cabeza más sólida que su marido, y recobró pronto su energía.

-Preparémonos a partir para Luisiana.

-Pero son mil trescientas millas...

-Las recorreremos.

-Pero tendremos que pagar una prima de mil dólares...

-La pagaremos.

-Pero tendremos que estar dos veces sin jugar...

-No las jugaremos.

-Pero será preciso permanecer cuarenta días en esa ciudad donde, según parece, la vida es muy cara...

-Los pasaremos.

-Pero no tenemos dinero...

-Lo pediremos.

-Pero... pero yo no quiero.

-Pero yo sí.

Así que el 5 de junio los señores Titbury abandonaban Salt Lake City en medio de la indiferencia general

La Union Pacific los transportó a través de Wyoming y Nebraska, hasta Omaha City. Allí, por economía, los esposos llegaron a la ciudad de Kansas, por medio del yate a vapor del Missuri. Por un sencillo transbordo, encontraron en las aguas del Mississippi, donde después de pasar por las importantes ciudades de Menfis, Tennesse, y después por Helena, Vicksburg, Natchez, y Bâton Rouge llegaron a Nueva Orleans, el 9 de junio por la tarde, después de un viaje de siete días desde la partida de Salt Lake City.

Entre tanto habían sido proclamados los resultados de las jugadas del 4, 6 y 8 de junio, correspondientes a Harris T. Kymbale, Lissy Wag y Hodge Urrican. No eran para mejorar la situación de Hermann Titbury, puesto que no enviaban a ninguno de ellos a que los reemplazara en la hostería de la casilla diecinueve.

Al salir del desembarcadero los señores Titbury vieron un elegantísimo carruaje que esperaba sin duda a alguno de los pasajeros del buque. Ellos pensaban ir a pie al Excelsior Hotel, donde debían hospedarse según órdenes del fundador de la partida. Imagínese, pues, su sorpresa cuando se les acercó un lacayo que les dijo:

-¿El señor y la señora Titbury?

-Nosotros -respondió el señor Titbury.

-Este coche está a su disposición.

-No pedimos coche.

-No se va de otro modo al Excelsior Hotel -respondió el lacayo, inclinándose.

-Empezamos bien -murmuró el señor Titbury, lanzando un suspiro.

En fin, puesto que no era costumbre trasladarse al hotel de una manera más modesta, lo mejor era subir al soberbio landó. La pareja lo hizo así. Al llegar a Canal Street, el coche se detuvo ante un hermoso edificio, mejor dicho, un palacio, en cuya fachada principal brillaban estas palabras: Excelsior Hotel Company Limited. El lacayo se apresuró a abrir la portezuela.

Los Titbury, ensimismados en lo que debería costarles la estancia en tan suntuoso hotel, por lo demás ineludible, apenas se dieron cuenta de la ceremoniosa recepción que les hizo el personal del mismo. Un mayordomo vestido de etiqueta los condujo a su departamento. Completamente rendidos, nada vieron de la magnificencia que los rodeaba, y dejaron para el día siguiente las reflexiones que tan extraordinario lujo debía inspirarles.

A la mañana siguiente no osaban decir una palabra, por miedo de que cada una de ellas les costara un dólar. El lujo de la habitación era insensato. Una vez vestidos, los Titbury se aventuraron por las habitaciones contiguas; un departamento completo: el comedor, en cuya mesa resplandecían la plata y la porcelana; la sala de recibir, con muebles de extraordinario lujo, bronces artísticos y ricos cortinajes; el gabinete de la señora, con piano, mesa con novelas de moda y álbumes de fotografías de la Luisiana; el gabinete del señor, donde se apilaban las revistas americanas y los más importantes peródicos de la Unión; papel de escribir de todas clases, con el membrete del hotel, y hasta una máquina de escribir.

-¡Esto es la cueva de Alí-Babá! -exclamó la señora Titbury completamente fascinada.

-¡Y los cuarenta ladrones no andan lejos! -añadió el señor Titbury.

-Llama, Hermann -musitó la señora.

Oprimido el botón, se presentó un gentleman vestido de frac y corbata blanca, que les dio solemnemente los buenos días.

-¿Cuánto es la pensión? -preguntó bruscamente la señora Titbury.

-Cien dólares, señora.

-¿Por mes? -preguntó a su vez el señor.

-Por día, señor.

-¿Y por persona, verdad? -añadió la señora Titbury, en tono colérico e irónico.

-Sí, señora. Y este precio ha sido establecido en las mejores condiciones, cuando por los periódicos hemos sabido que el jugador número tres y la señora Titbury iban a permanecer algún tiempo en el Excelsior Hotel.

He ahí donde la mala suerte había conducido a la infortunada pareja, sin que tuvieran el recurso de ir a otra parte. Era aquel el hotel impuesto por William J. Hypperbone, lo que no era de extrañar, puesto que él era uno de los principales accionistas. Sí... doscientos dólares por día durante un mes, si permanecían el mes entero en aquella caverna de ladrones.

En la capital de la Luisiana iban a llevar una existencia como nunca pudo imaginar la pareja Titbury. Puesto que su mala suerte los obligaba a ello, lo mejor, ¿no era aprovechar su dinero? Así pensaba la señora.

Todos los días en el magnífico carruaje puesto a su disposición hacían largos paseos por la ciudad y sus alrededores. A bordo del elegante yate a vapor, propiedad del hotel, hicieron algunas excursiones por el tranquilo lago Ponchartrain hasta los pasos del Mississippi.

En la Ópera, los entusiastas del arte lírico los vieron en su palco, tendiendo desesperadamente sus orejas, cerradas a toda comprensión musical.

¡Así vivieron como en un sueño! ¡Pero qué sueño cuando despertaron a la realidad!

Ocurrió un singular fenómeno. Aquellos miserables, aquellos mezquinos, se acostumbraron a su nueva vida, se aturdieron por esta situación anormal, se emborracharon, en el material sentido de la palabra, ante aquella mesa, lujosamente servida, y no querían dejar migaja, a riesgo de prepararse dilataciones de estómago para su vejez. Pero era menester aprovechar los doscientos dólares diarios del Excelsior Hotel.

Entretanto, pasaba el tiempo, aunque los Titbury apenas se daban cuenta. Antes de que partieran debían efectuarse catorce jugadas en Chicago. Como se sabe, la del 8 de junio enviaba al comodoro Urrican a Wísconsin, y la del día 10 envió al misterioso X. K. Z. a Minnesota.

Ninguno a la Luisiana, ni la del día 12, que concernía a Max Real, ni la del día 14, a Tom Crabbe. Así es que la del día 16, fecha reservada a Hermann Titbury, no se efectuó.

Los dos esposos estaban, pues, condenados a seguir aquella vida tan agradable como ruinosa para la bolsa y la salud. ¡Este fiel destino no les jugaba la mala pasada de que la partida terminara, estando ellos encerrados en aquella jaula de oro! Este secreto pertenecía al porvenir.

Entre tanto, los días transcurrían, y si, terminada la partida Hypperbone, los señores Titbury no tenían ya más que hacer sino regresar a Chicago, después de pagar la formidable cuenta del Excelsior, unida a los anteriores gastos, ¡calcúlese lo que les habría costado la locura de figurar entre los “Siete” de la partida Hypperbone!

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