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El testamento de un excéntrico
Editado
© Ariel Pérez
9 de diciembre del 2003
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El testamento de un excéntrico
Capítulo III

El nombre de Oakwood indica que el sitio ocupado por este cementerio estuvo en otra época cubierto de un bosque de encinas. De todos los monumentos funerarios que contenía, ninguno podía ser comparado al que William J. Hypperbone había hecho construir algunos años antes para su uso personal.

Se sabe que los cementerios americanos, como los ingleses, son verdaderos parques. No falta en ellos nada de lo que pueda, encantar la vista; ni céspedes, ni sombra, ni aguas corrientes. No parece que el alma pueda entristecerse en tales sitios.

Cerca de un pequeño lago de aguas tranquilas y transparentes se elevaba el mausoleo, construido conforme a los planos y bajo la vigilancia del honorable William J. Hypperbone.

Este monumento se prestaba a todas las fantasías de ese estilo gótico que toca al Renacimiento. Tenía a la vez algo de capilla por su fachada, con un campanarío cuya flecha se movía a un centenar de pies sobre el suelo; algo de la ciudad o de la quinta por la disposición de su tejado y de sus ventanas, en forma de miradores de varios colores.

El campanario encerraba una campana de poderosa sonoridad, que daba las horas del luminoso reloj colocado debajo de ella. La voz metálica de esta campana se hacía oír más allá de Oakwood, hasta las riberas del Michigan.

El monumento medía ciento veinte pies de largo por sesenta de ancho. La verja que lo rodeaba, hermoso trabajo de labrado en aluminio, se apoyaba de trecho en trecho en columnas con lámparas. Más allá se agrupaban magníficos árboles de perenne verdor; entre los que se encuadraba el soberbio mausoleo.

La puerta de la verja, abierta entonces, daba acceso a una alameda llena de árboles y flores, que llevaba al pie de una escalera de cinco peldaños de mármol blanco. En el fondo se veía un portal con puertas de bronce. Esta entrada daba acceso a una antecámara amueblada con divanes. De la bóveda pendía una araña de cristal de siete brazos con bombillas eléctricas. Por bocas de metal colocadas en los ángulos se evaporaba el calor, produciendo una temperatura igual y suave, que el conserje de Oakwood cuidaba de que fuera sostenida durante el invierno.

Empujando las hojas de cristal de una puerta colocada frente a la escalera, se penetraba en la pieza principal del edificio. Era una sala espaciosa, de forma circular, donde se desplegaba el extravagante lujo de un archimillonario que quiere continuar, después de su muerte, la opulencia de su vida. En el interior, la luz se derramaba por el techo de cristal que cerraba la parte superior de la bóveda. Su base desaparecía tras los divanes de telas brillantes. Espesos y suaves tapices cubrían el pavimento de mosaico.

En el fondo del mausoleo se redondeaba el ábside que estaba amueblado con sillones, sillas, canapés, colocados con un desorden estudiado. Sobre una mesa había libros, periódicos y revistas. Un aparador con su vajilla ofrecía conservas, mantecas, emparedados, pasteles, vinos y licores de excelentes marcas. ¡Qué sitio más bien dispuesto para la lectura, la siesta o el lunch!

En el centro de la sala, bañada por la luz que la cúpula dejaba filtrar por sus cristales, se levantaba una tumba de mármol blanco. Esta tumba, rodeada por un círculo de bombillas en plena incandecencia, estaba abierta. Allí iba a ser colocado el ataúd donde reposaba el cuerpo de William J. Hypperbone.

Hay que advertir que William J. Hypperbone iba invariablemente dos veces por semana, el martes y el viernes, a pasar algunas horas en el interior de su mausoleo.

Alguna vez lo acompañaban varios de sus colegas. En suma, era una sala de conservación de las más cómodas y tranquilas.

Claro que nadie, a no ser su propietario, podía penetrar en su "quinta", como él la llamaba. Sólo el guardián del cementerio poseía otra llave.

Decididamente, si William J. Hypperbone no se había distinguido gran cosa de sus semejantes en los actos de su vida pública, por lo menos su vida privada, repartida entre el Círculo de Mohawk Street y el mausoleo de Oakwood, presentaba cierta originalidad que permitía colocarlo entre los excéntricos de su tiempo. Para llevar la excentricidad a sus últimos límites, no hubiera faltado más que el difunto no lo estuviera realmente. Pero sus herederos, fueran quienes fueran, podían estar seguros en cuanto a este particular. No se trataba de un caso de muerte aparente, sino de muerte definitiva.

Además, en aquel tiempo se aplicaban ya los rayos X del profesor Friedrich d'Elbing conocidos con el nombre de Kritiskshalhen. Estos rayos poseen una fuerza de penetración tan intensa que atraviesan el cuerpo humano y tienen la propiedad de producir imágenes fotográficas diferentes, según que el cuerpo esté muerto o vivo.

La prueba se había efectuado en el cuerpo de William J. Hypperbone, y las imágenes obtenidas no podían dejar duda. El deceso (palabra que en su informe emplearon los médicos) era cierto, y no tenían por qué reprocharse por una inhumación demasiado apresurada.

Eran las cinco y cuarenta y cinco cuando el carruaje franqueó la puerta de Oakwood. El monumento se alzaba en la mitad del lago. El cortejo, en el mismo orden siempre, aumentado por la multitud que los guardias apenas podían contener, se dirigió hacia el lago, bajo la cubierta de los grandes árboles.

El carruaje se detuvo ante la verja, cuyos candelabros lanzaban la brillante claridad de sus lámparas de arco entre las primeras sombras de la noche.

Unos cien asistentes podían encontrar sitio en el interior del mausoleo. De modo que si el programa de las exequias contenía aún algunos números era preciso que fueran ejecutados en el exterior.

Efectivamente, así iban a pasar las cosas. Parado el carruaje, apretáronse las filas, siempre respetando a los Seis que debían acompañar el cadáver hasta el sepulcro.

De aquella multitud ávida de ver y oir se elevaba confuso rumor. Pero lentamente apaciguóse el tumulto, los grupos quedaron quietos, extínguiéronse los murmullos y el silencio reinó en torno a la verja.

Entonces fueron pronunciadas las palabras litúrgicas por el reverendo Bingham, que había seguido al difunto hasta su última morada. Los asistentes las escucharon con gran recogimiento.

A estas palabras, pronunciadas con voz penetrante, que se extendió a lo lejos, siguió la ejecución de la Marcha de Chopin, de tan gran efecto en ceremonias de este género, Pero tal vez la orquesta la ejecutó con compás más vivo que el marcado por el maestro, compás que correspondía mejor a las disposiciones del auditorio, y también a las del difunto.

Después de la Marcha de Chopin, uno de los colegas de William J. Hypperbone, aquel con el que tenía amistad más íntima, el presidente Georges B. Higginbotham, se destacó del grupo, colocóse ante el carruaje, y en brillante oración trazó en forma de apología el curriculum vitae de su amigo.

A los veinticinco años, ya dueño de regular fortuna, William J. Hypperbone supo hacerla fructificar... Y sus felices adquisiciones de terrenos de los que la yarda superficial vale actualmente el oro que sería preciso para cubrirla... Y su elevación al rango de los millonarios de la ciudad..., o lo que es lo mismo, de los grandes ciudadanos de los Estados Unidos de América... Y el diestro accionista de las poderosas compañías de ferrocarriles de la Federación... Y el prudente especulador lanzado en negocios que producen enormes intereses... Y el generoso donante siempre dispuesto a suscribirse para los préstamos de su país el día en que su país hubiera tenido necesidad de tomar préstamos, necesidad que no sintió nunca... Y el distinguido compañero que perdía en él el Excentric Club, el miembro que el club contaba para darle lustre... el hombre que hubiera asombrado al universo de haberse prolongado su existencia más allá de los cincuenta años... Es de esos genios que no se conocen sino cuando ya no existen... Sin hablar de sus funerales, realizados del modo que se sabe, en medio del concurso de una población entera, era de creer que la suprema voluntad de William J. Hypperbone impondría condiciones excepcionales a sus herederos. No había duda que su testamento contenía cláusulas que excitarían la admiración de las dos Américas.

Así habló Georges H. Higginbotham, no sin producir general emoción. Parecía que William J. Hypperbone iba a aparecer ante los ojos de la multitud agitando en una mano el testamento que debía inmortalizar su nombre, y con la otra vertiendo sobre las cabezas de los Seis los millones de su fortuna.

Al discurso del amigo más íntimo del difunto respondió el público con lisonjeros murmullos, que llegaron poco a poco hasta las últimas filas en el recinto de Oakwood.

La ceremonia tocaba a su fin, el programa había terminado y, no obstante, hubiérase dicho que el público esperaba alguna cosa extraordinaria, tal vez sobrenatural. ¡Sí! Era tal la excitación de los ánimos, que nadie hubiera encontrado sorprendente una modificación repentina en las leyes de la naturaleza.

Había llegado el momento de sacar el ataúd del carruaje y conducirlo al interior, depositándolo en el sepulcro. Debía ser conducido por ocho criados vestidos con librea de gala. Aproximáronse éstos, separaron las telas que lo cubrían, lo alzaron en hombros y se dirigieron hacia la puerta de la verja.

Los Seis marchaban en el orden y sitio que habían conservado desde la partida en el hotel de La Salle Street, y cogieron con la mano izquierda las cintas de plata del ataúd.

Los miembros del Excentric Club y las autoridades civiles y militares marchaban detrás. Después cerróse la puerta de la verja, y apenas si la cámara, la antecámara, la sala y el ábside del mausoleo bastaban para contener a todos.

Fuera se amontonaron los otros individuos del cortejo, la multitud se extendió por diversos puntos del cementerio, y grupos humanos se aposentaron en las ramas de los árboles que rodeaban el monumento.

En este instante las trompetas de los soldados estallaron hasta estropear los pulmones que las llenaban con sus soplos.

Lanzáronse gran número de pájaros adornados con cintas multicolores. Los animalitos se derramaron por la superficie del lago por encima de las ramas, lanzando alegres gritos de libertad.

Subida la escalera, el ataúd franqueó la primera pieza, después la segunda y se detuvo ante la tumba.

La voz del reverendo Bingham se elevó nuevamente.

Entonces los Seis dieron procesionalmente la vuelta a la tumba, recibieron el saludo de Georges B. Higginbotham en nombre de los miembros del Excentric Club y se dispusieron a abandonar la habitación.

Ya no restaba más que dejar caer la pesada losa de rnármol donde serían grabados los nombres y títulos del difunto.

El notario Tornbrock avanzó unos pasos, sacó de su bolsillo la nota relativa a los funerales y leyó las siguientes líneas:

Es mi voluntad que mi tumba quede abierta aún durante doce días, y que, transcurrido este plazo, en la mañana del último día de estos doce, las seis personas designadas por la suerte que han acompañado mis restos vengan a depositar sus tarjetas sobre mi ataúd. Entonces se colocará la piedra en su sitio, y el mismo día el notario Tornbrock, a las doce, en la sala del Auditorium, dará lectura de mi testamento, que está en su poder.

WILLIAM J. HYPPERBONE.

Decididamente, el difunto era un ser original... y ¡quién sabía si aquella originalidad sería la última!

Los concurrentes se retiraron, y el guardián del cementerio cerró las puertas del monumento, y después las de la verja. Eran cerca de las ocho.

El tiempo no había dejado de ser bueno, y parecía que la serenidad del cielo era aún más completa con las primeras sombras de la noche. Como innumerables estrellas resplandecían las lámparas que brillaban en torno al mausoleo.

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