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El testamento de un excéntrico
Editado
© Ariel Pérez
9 de diciembre del 2003
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El testamento de un excéntrico
Capítulo VII

Al día siguiente, la gran estación de Chicago presentaba una extraordinaria animación. Esta provenía de la presencia de un viajero, portador de ligera maleta y de un saco en banderola, que se preparaba a tomar el tren de las ocho y diez de la mañana.

No faltaban ferrocarriles en los Estados Unidos, que cruzan su territorio en todas direcciones. Solamente en Chicago hay un movimiento diario de trescientos mil viajeros, sin contar las diez mil toneladas de periódicos y cartas que los vagones transportan anualmente.

De aquí se deduce que ninguno de los siete jugadores encontraría dificultades para trasladarse al sitio que le tocara en suerte, fuera donde fuera.

Max Real, que había regresado la víspera, se ocultaba entre la multitud del Auditorium, cuando los números cuatro y cuatro fueron proclamados por el notario. Nadie lo había visto regresar. Así es que, cuando su nombre fue pronunciado, se produjo un inquietante silencio, que rompió la voz de trueno del comodoro Urrican, que gritó desde su sitio:

-¡Ausente!

-¡Presente! -le respondieron.

Y Max Real, saludado por los aplausos, subió al escenario.

-¿Dispuesto a partir? -preguntó el presidente del Excentric Club aproximándose al joven pintor.

-Dispuesto a partir y a ganar -respondió sonriendo Max Real.

El comodoro Urrican, como un caníbal de la Papuasia1, lo hubiera devorado vivo.

El excelente Harris T. Kymbale avanzó hacia el joven artista y le dijo sin amargura:

-Buen viaje, compañero.

-Buen viaje lleve usted también cuando llegue el día de cerrar su maleta -respondió Max Real.

Y ambos cambiaron un cordial apretón de manos.

Ni Hodge Urrican ni Tom Crabbe, furioso el uno y embrutecido el otro como de costumbre, creyeron deber asociarse a los cumplimientos del periodista.

El matrimonio Titbury no tenía más que un deseo: que todos los malos azares del juego cayeran sobre la cabeza del primero que partía; que fuera a hundirse en los pozos de Nevada, o en la prisión de Missuri y perrmaneciera allí hasta el fin de su vida.

Al pasar por delante de Lissy Wag, Max Real se inclinó respetuosamente y dijo:

-Señorita, permita usted que le desee buena suerte.

-Pero eso es en contra de sus propios intereses, caballero -dijo la joven algo sorprendida.

-No importa, señorita; y esté usted segura de que hago votos por usted.

-Se lo agradezco a usted, caballero -respondió Lizzy Wag.

Jovita Foley deslizó al oído de su amiga esta justa observación.

-Me gusta este Max Real, y me gustará aún más si, como lo desea, te deja llegar la primera.

Terminado el acto, la sala del Auditorium fue evacuada por el público con el convencimiento de que el match Hypperbone, como se le dio en llamar, había comenzado.

Por la tarde, Max Real terminó sus poco complicados preparativos, y a la mañana siguiente, después de despedirse de su madre con la promesa de escribirle lo más a menudo posible, abandonó el 3 997 de Halstedt Street precedido de su fiel Tommy, y se dirigió a pie a la estación donde llegó diez minutos antes de la partida del tren.

No ignoraba el joven que la red de las vías férreas se extiende en todos sentidos alrededor de Chicago, y no tenía más que preocuparse de elegir entre las dos o tres que se dirigen hacia Kansas.

-No conozco Kansas -se dijo-, y se me presenta la ocasión de ver el "desierto americano", como se le llamaba anteriormente. Además, entre los del país no se habla mal de los francocanadienses. Allí estaré como en familia, pues no me está prohibido caminar a mi antojo para llegar al destino fijado.

En efecto, no le estaba prohibido. Tal había sido la opinión del notario Tornbrock, consultado sobre este punto. Sólo de los cincuenta estados colocados en el mapa en el orden que se sabe, no había más que tres a los que el jugador tenía que dirigirse en el plazo más corto al sitio donde tal vez tendría la suerte de ser reemplazado a la jugada siguiente: eran Luisiana, casilla diecinueve, afecta a la hostería; Nevada, casilla treinta, afecta al pozo, y Missuri, casilla cincuenta y dos, afecta a la prisión.

El itinerario adoptado por Max Real era el siguiente: tomaría el Grand Trunk, ferrocarril que en una extensión de tres mil setecientos ochenta y seis millas va de Nueva York a San Francisco - Ocean to Ocean, se dice en América-. Un trayecto de unas quinientas millas le permitiría llegar a Omaha, en la frontera de Nebraska, y desde allí, a bordo de uno de los steamboats que bajan por el Missuri, llegaría a la metrópoli de Kansas. Después, como turista, llegaría a Fort Riley el día fijado.

Al entrar Max Real en la estación, encontró en ella a gran número de curiosos. Los apostadores querían ver por sus propios ojos al primero que emprendía el viaje.

Sin embargo, Max Real, la verdad sea dicha, no agradó mucho a sus conciudadanos, al ver éstos que llevaba los trebejos de pintor. Consideraban que no se trataba de ver el país y pintar cuadros, sino de viajar como un jugador que respetara las conveniencias que debían guardarse a los ciudadanos, que hacían de aquella partida uma cuestión de interés nacional.

Max Real se instaló cómodamente, seguido de su fiel Tommy, en uno de los vagones. Poco tiempo después el tren arrancó dejando atrás una gran multitud entre la que podía distinguirse al comodoro Urrican que lanzaba amenazadoras miradas de despedida.

El muchacho que acompañaba a Max Real le había sido recomendado a éste poco después de la muerte de sus padres y había tenido la suerte de nacer ya libre. Era de natural franco y observaba una excelente conducta.

Aquella primera jornada fue monótona en extremo. El paisaje de Illinois apareció confusamente entre las brumas. No se vieron más que las altas chimeneas de las fábricas de harinas de Napiersville y los tejados de las fábricas de relojes de Aurora. Nada de Oswego, de Yorkville, de Sandwich, de Mendoza, de Pricenton, de Rock Island, de su soberbio puente sobre Mississippi, cuyas aguas rodean la isla de Rock; nada de aquella propiedad del Estado, transformada en arsenal, donde centenares de cañones alargan sus bocas entre la hierba y las flores.

Por la tarde cesó la lluvia. Hacia el crepúsculo entraron en el territorio de lowa. Max Real no tardó en quedarse dormido y no despertó hasta el. alba. Estaba disgustado por no haber descendido la víspera en Rock Island

-Sí. ¡Hice mal, hice mal! -se decía-. El tiempo no me está tasado. El día con que cuento disponer para visitar Omaha debí pasarlo en Rock Island. Desde aquí a Davenport, la ciudad ribereña del Mississippi, no hay más que atravesar el gran río, y yo hubiera visto ese famoso "padre de los ríos", que tal vez estoy llamado a visitar en toda su línea, por poco que la suerte me pasee a través de los territorios elel centro.

Era demasiado tarde para entregarse a estas reflexiones. Al presente, el tren corría a todo vapor por las llanuras de Iowa.

Al fin, el Sol se levantaba cuando el tren llegó a Council Bluff, casi al límite del estado, y a tres millas solamente de Omaha, importante ciudad de Nebraska, donde el Missuri forma la frontera natural.

Allí se elevaba en otro tiempo El derrumbadero del Consejo, donde se reunían las tribus indias del Far West. De allí partían las expediciones de conquista o de comercio que debían practicar el reconocimiento de las regiones cruzadas por las múltiples ramificaciones de las Montañas Rocosas y de Nuevo México.

Max Real no pasó esta vez de largo.

-Bajemos -dijo.

-¿Hemos llegado? -preguntó Tommy, abriendo los ojos.

-Siempre se ha llegado... cuando se está en alguna parte.

Y después de esta respuesta, positivamente asombrosa, saltaron los dos al andén de la estación.

Hasta las diez de la mañana el steamboat no desamarraría del muelle de Omaha. Quedaba, pues, tiempo suficiente para visitar Council Bluff, sobre la ribera izquierda de Missuri.

Esto se efectuó rápidamente, tras el corto alto para el desayuno.

Luego, Max Real marchó derecho hacia el Missuri, ese gran tributario del Mississippi. El joven pintor había tenido la idea, que a no dudar no hubieran compartido ni el comodoro Urrican, ni John Milner, ni aun Harris T. Kymbale, de sustraerse en cuanto fuera posible a la curiosidad pública. Por esta razón no había hecho conocer su itinerario al partir de Chicago. La ciudad de Omaha se interesaba tanto como las demás en la partida del juego de los Estados Unidos, y de saber que el primer jugador acababa de llegar a ella, lo hubiera recibido con todos los honores. Max Real se limitó a comer en un modesto hotel, sin indicar su nombre y condición.

Omaha es precisamente el sitio donde nace la extensa vía férrea llamada Union Pacific, entre Omaha y Ogden, y después Southern Pacific, entre Ogden y San Francisco. En cuanto a las líneas que ponen a Omaha en comunicación con Nueva York, los viajeros no tienen otro cuidado que el de elegir la que más les convenga.

Sin ser conocido por nadie, Max Real vagó por los principales barrios de la ciudad, semejante a un tablero de damas, como su vecina Council Bluff; cincuenta y cuatro casillas yuxtapuestas y rectangulares, que imponen los límites rectilíneos.

El "Dean Richmond" estaba presto para la marcha. Max Real y Tommy embarcaron y se instalaron en la galería superior, a la popa.

¡Ah! Si los pasajeros hubieran sabido que uno de los jugadores de la famosa partida iba a descender en su compañía por las aguas del río hasta la ciudad de Kansas, ¡qué acogida rnás entusiasta! Pero Max Real continuó guardando el incógnito, y Tommy no se hubiera permitido hacerle traición.

A las diez largáronse las arnarras, las poderosas álabes se pusieron en movimiento, y el steamboat tomó la corriente del río, sembrado de piedras pómez flotantes, desprendidas de las Montañas Rocosas.

El "Dean Richmond" marchaba rápidamente entre la flotilla de los barcos de vela y de vapor que hacen la navegaclón hacia el sur, pues hacia el norte el río no es navegable, ni cuando los hielos lo cubren en invierno ni cuando la sequía lo agota en el verano.

Se llegó a Platte City, sobre el río que da uno de sus nombres al estado, pues lleva también el de Nebraska; pero realmente el de Platte está más justificado, pues su curso tortuoso se desarrolla entre dos riberas herbosas muy descubiertas y que dejan poca profundidad al lecho. A veinticinco millas de allí, el steamboat hizo escala en la ciudad de Nebraska, que es realmente el verdadero puerto de Lincoln, capital del estado, por más que se encuentre a unas veinte leguas al oeste del río.

Durante la tarde, Max Real pudo tomar algunos croquis a la altura de Atchison, y una vista notable cerca de Leavenworth, donde el Missuri es franqueado por uno los más hermosos puentes de su curso. Allí fue construido, en 1827, un fuerte destinado a defender el. país contra las tribus indias.

Cerca de la medianoche el pintor y Torrmy desembarcaron en la ciudad de Kansas. Les quedaban unos doce días para llegar a Fort Riley, sitio indicado en aquel estado por la nota de William J. Hypperbone.

El día siguiente Max Real lo dedicóa a la visita de la ciudad.

El 4 de mayo, por la mañana, el joven pintor se puso en camino para Fort Riley; hizo esta vez el viaje como un artista. Cierto que tomó el tren, pero estaba resuelto a apearse en las estaciones que le agradaran, a hacer excursiones en busca de paisajes, de los que sacaría buen provecho si el primero que partió no era el primero que llegara al fin de la partida.

Aquello no era el desierto americano de otra época. Habían desaparecido los bosques de cipreses y abetos, las plantaciones de millones de árboles frutales. Había que tomar nota, en cambio, del nuevo aspecto ofrecido por la aparición de planteles. Áreas inmensas, dedicadas al cultivo del sorgo, que entra en la fabricación corriente del azúcar, alternaban con campos de cebada, maíz, avena y trigo, que hacen de Kansas uno de los más ricos territorios de la Unión.

Topeka es la capital de Kansas, a donde llegó Max Real el 13 de mayo.

Medio día de descanso, tan necesario a Max Real como al joven que lo acompanaba, y al siguiente día una visita a la capital. Los habitantes de ésta ignoraban que entre ellos estaba el ya célebre Max Real. Y, sin embargo, se le esperaba de paso. Nadie imagnaba que hubiera tomado para ir a Fort Riley otra vía férrea que no fuera la que atraviesa Kansas y el desierto Topeka. Allí fue la población a esperarlo, y Max Real volvió a partir el 14 sin que nadie sospechara su presencia.

Max Real y Tommy se apearon en la penúltima estación, tres o cuatro millas antes de Fort Riley, y se dirigieron hacia la ribera izquierda del Kansas. No había que tener inquietud, pues medio día bastaría para recorrer esta distancia, incluso a pie.

El encantador paisaje que se desplegaba ante sus ojos, obligó a nuestro primer jugador a detenerse al borde del río. En un ángulo de éste, lleno de luz y de sombra, se elevaba uno de los últimos árboles de la farnilia de los cipreses.

-¡Qué hermoso paisaje! -dijo Max Real-. En dos horas acabaré el bosquejo.

Como se va a ver, él fue quien pudo terminar.

El joven pintor trabajaba junto a la orilla desde hacía unos cuarenta minutos, cuando se dejó oír un lejano ruido en dirección este. Parecía enorme cabalgata corriendo a través de la planicie que bordeaba la ribera izquierda.

El rumor sacó a Tommy de un semisueño, al que se entregaba con gusto, echado al pie de un árbol.

Como su amo no oía nada ni volvía la cabeza, se levantó y se subió algunos pasos por la orilla, a fin de alcanzar más extensión con la mirada.

El ruido aumentaba, y en el horizonte se elevaban nubes de polvo, que el viento, bastante fuerte entonces, arrastraba hacia el oeste.

Tommy volvió rápidamente y, con verdadero espanto, gritó:

-¡Señor, señor!

El pintor, abstraído en su trabajo, no le respondió:

-¡Señor, señor! -repitió Tommy con voz alterada, poniéndole su mano en el hombro.

-¿Eh? ¿Qué te sucede, Tommy? -respondió Max Real, muy ocupado en mezclar con la punta de su pincel un poco de tierra de siena y de rojo.

-¡Señor!... ¿No oye usted?

MaxReal se levantó enseguida, depositó su paleta en tierra y ganó la orilla del río.

A quinientos pasos se movía enorme cabalgata, levantando nubes de polvo y de vapor, especie de alud que se precipitaba por la superficie de la llanura, entre relinchos furiosos. Unos instantes más, y estaría al borde del río.

La huida no era posible más que en dirección norte. Así es que, recogiendo sus trebejos, el joven Real, seguido o mejor dicho, precedido por Tommy, corrió en aquella dirección.

La horda que avanzaba a toda velocidad se componía de varios miles de esos caballos y mulos que el estado mantenía en otra época en unos terrenos situados sobre la ribera del Missuri, pero desde que los automóviles y las bicicletas se pusieron de moda, aquellos cuadrúpedos, abandonados a sí mismos, vagaban por los campos.

Aunque corrían tanto como se lo permitían sus piernas, Max Real y Tommy estaban próximos a ser cogidos, y hubieran sido aplastados por el peligroso alud, de no haber conseguido subirse a las ramas de un vigoroso nogal, el único árbol que se erguía en la llanura.

Eran entonces las cinco de la tarde.

Allí ambos estaban seguros, y cuando las últimas filas de la horda desaparecieron por la ribera, el joven pintor gritó:

-¡De prisa! ¡De prisa!

Tommy se apresuró a abandonar la rama sobre la que se había colocado.

-¡De prisa, te digo, o perderé sesenta millones de dólares!

Max Real se burlaba, pues no corría el riesgo de llegar tarde a Fort Riley. En efecto, antes de que dieran las ocho en el reloj de la ciudad se hallaban ante el Jakson Hotel.

El que primero había partido estaba, pues, en el sitio elegido por William J. Hypperbone, en la casilla ocho. ¿Y por qué esta elección? Probablemente porque si el Missuri, situado en el centro geográfico de la Unión, ha podido ser llamado el estado central, el de Kansas justifica también este apelativo, pues ocupa el medio geométrico, y Fort Riley está colocado en el corazón mismo del estado.

Al día siguiente, el joven Real, abandonando el hotel, se dirigió al telégrafo y se informó si se le había expedido algún despacho.

-¿El nombre del señor? -preguntó un empleado.

-Max Real.

-¿Max Real... de Chicago?

-En persona.

-¿Uno de los jugadores de la gran partida del juego de los Estados Unidos de América?

-El mismo.

Esta vez era imposible guardar el incógnito, y la noticia de la presencia de Max Real se esparció por toda la ciudad.

En medio de hurras, aunque con gran disgusto suyo, el pintor volvió al hotel. Allí le mandarían, en cuanto llegara, el telegrama que indicaba el segundo golpe de dados que le concernía, y que debía enviarle... ¿dónde? ¡Dónde quisiera el capricho de la casualidad!

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1. Nombre que se le solía dar a Nueva Guinea.

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